Azriel Bibliowicz

La sombra de la escritura

Con la perspectiva que da el conocer de cerca dos de las grandes tragedias de la historia contemporánea, Azriel Bibliowicz aborda en su última novela, Migas de pan, el drama de los hijos de los sobrevivientes del Holocausto judío y el de los hijos de los secuestrados en Colombia.

2013/10/18

Por Francisco Barrios. Bogotá.

A Azriel Bibliowicz lo inquieta la ambivalencia, tal vez porque él mismo la refleja. No solo fue enfático en decirlo: “En la vida cotidiana las ambivalencias son fatales, pueden matarte, pero en la literatura son fascinantes”, sino que cuando lo entrevisté, pasaba del “usted” al “tú” indistintamente. Cuando abordé el tema del origen judío de su familia, Bibliowicz subrayó su colombianidad, pero cuando empezamos a hablar del país, la conversación se desvió hacia la historia de la comunidad judía en Colombia. “Yo soy un judío tradicional. No importa si soy o no religioso. Yo tengo un gran sentido de identidad y de pertenencia a mi comunidad”, me contestó cuando le pregunté qué tan ortodoxo es.

Su ambivalencia es también, a mi parecer, la de algunos novelistas que son académicos; que se entusiasman con el proceso creativo, pero a la vez son tan conscientes del oficio que quieren plasmar su concepción de la literatura en sus ficciones. “El tipo de literatura que yo creo que hay que hacer –afirma–, es una literatura más reflexiva, que esté directamente ligada a la investigación y no solamente a mirarse el ombligo y los sentimientos”.

Bibliowicz (Bogotá, 1949) pertenece a una generación que empezó a publicar a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, pero como la industria editorial no era lo suficientemente robusta en esa época, no gozó de la promoción que hoy en día tienen escritores más jóvenes. En 1991 publicó su primera novela, El rumor del astracán, en la que narra la historia de tres inmigrantes judíos en la Bogotá de la preguerra. Esta novela, cuya cuarta edición acaba de salir bajo el sello Babilonia, alcanzó cierto renombre, pero mi recuerdo es que nunca terminó de difundirse del todo más allá de un público culto. Después de El rumor del Astracán, Bibliowicz publicó el libro de cuentos Sobre la faz del abismo (2002) y Flaubert: historia de una cama (2004).

Ahora Azriel Bibliowicz acaba de publicar la novela Migas de pan (Alfaguara), y el punto de partida de la historia me pareció genial: secuestrar a un viejo loco. Pero la narración no se desenvuelve como yo hubiera querido –la historia del secuestrado y sus captores–, y por eso quise saber más sobre el punto de vista narrativo: “Yo no quería contar una historia patética de nuevo. No era mi interés mirar el problema de frente. No quería una historia tan repetida como lo es la del secuestro en Colombia. ¡Otra vez el secuestro! –me dijo–. Siempre se ha entrevistado a los secuestrados. A mí me interesaba el drama de la espera”.

Josué, el secuestrado, es un sobreviviente de un gulag y es un viejo excéntrico. Está casado con Leah, una sobreviviente del Holocausto, y compra una casa en la que hace un “gabinete de maravillas”, como los que florecieron en Europa entre los siglos xvi y xix. Pero la presencia de Josué en la novela es solo evocativa: “La figura central es él, pero él no está. Todo queda en suspenso”, acota Bibliowicz. El protagonista de la espera es Samuel, el hijo de Josué, que antes de vivir la desventura del secuestro ya cargaba con el peso de la tragedia de sus padres: “Debo decir que, por encima de todo, me marcó el que ningún dolor que experimentara o sintiera se pudiese comparar con el que ellos padecieron, y eso, en últimas, me hacía sentir culpable. ¿Culpable de qué? No sé. Me perseguía como lobos que acechan. En alguna ocasión me di cuenta de que si bien había vivido con los números tatuados en el brazo de mi madre, no recordaba la serie. Únicamente los dos primeros dígitos. ¿Debía recordarlos”, se pregunta.

La novela tiene pasajes tan estremecedores como el anterior, así que insistí en preguntarle qué tan autobiográfica es Migas de pan, y aunque Bibliowicz fue enfático en afirmar que lo que él hace es ficción, me contó que vivió de cerca dos secuestros: el de un tío y el de una sobrina. En lo que atañe a Josué, este personaje es también una ficción, pero tiene algo de un tío suyo que sobrevivió a un gulag. Leah, por su parte, tiene en común con una tía del autor el haber perdido a toda su familia en los campos de exterminio, pero no es el autor sino la voz narrativa del hijo la que da cuenta de ello: “Samuel en más de una ocasión le preguntó sobre la guerra y sus experiencias. No podía hablar sobre ello. Para Leah resultaba indigno y se sentía denigrada al relatarlo; más aún, se le extraviaban las palabras. Las atrocidades no las lograba representar, le daban vergüenza. No era capaz de referirse al tema. Sentía que intentar describir una aberración o una situación infrahumana acababa por reducirla y trivializarla. Las palabras no alcanzaban a expresar lo sufrido y se quedaban cortas. Estaba segura de que cuando describía su experiencia, lo que resistió, terminaba por empobrecerla”.

Cuando llegamos a este tema tan arduo, Bibliowicz acotó: “Es una novela muy colombiana, a pesar de que trate el Holocausto”. ¿Pero qué la hace tan colombiana? En mi opinión, es la frialdad en la negociación del secuestro, uno de los aspectos que mejor explotó el autor en la figura de un comité de parientes del plagiado, que no está exento de sospechas.

El abuelo materno de Bibliowicz fue uno de los primeros judíos que llegaron a Bogotá en los años treinta y fundaron la comunidad. Bibliowicz estudió en el Colegio Colombo Hebreo y después ingresó a la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional. Se doctoró en la Universidad de Cornell y, al regresar al país, fue columnista de El Espectador. En 1981 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y en el año de 1983 se vinculó a la Universidad Nacional, que le otorgó la Medalla al Mérito Académico en el 2004 por su labor como profesor fundador de la Escuela de Cine y Televisión y fundador y director de la Maestría en Escrituras Creativas de la misma universidad, uno de los programas más exitosos en este campo en el país. Sobre su didáctica como profesor de escritura creativa me dijo: “Rilke negaba que la poesía tiene que ver con los sentimientos, decía que tiene que ver con la experiencia. Eso es lo que yo traté de marcar en la maestría. Uno debería hablar de la literatura como el arte de combinar, como un gran diálogo intertextual. Es un producto de la investigación. Si voy a leer esto, que por lo menos aprenda algo. Yo creo que la literatura moderna debe ser mirando al otro”. Como no comparto del todo el enfoque de Bibliowicz, le pregunto si como escritor, no como profesor, concibe la escritura de la misma forma: “Mire, yo lo único que hago es investigar con cuidado. En la medida en que uno investiga con cuidado, la vida es muy buena con uno porque las cosas se empatan. Es como si la realidad quisiera que la ficción encuentre las piezas. El periodismo mira las cosas de frente, pero la literatura mira la sombra”.

Una de las sombras es, en mi opinión, la de la vergonzosa historia de Colombia con relación al Holocausto, un aspecto que abordó en El rumor del Astracán y que retoma, de forma más tangencial, en Migas de pan. Al respecto me dijo: “El país siempre que creyó que estaba a espaldas de la Segunda Guerra Mundial, pero en el momento en que Luis López de Mesa, entonces canciller, cerró las puertas de Colombia, en 1938, lógicamente el país entró a formar parte de la guerra. Lo que pasa es que tomó parte con los malos, tomó parte con los nazis, tomó parte con los racistas. Pero evidentemente tomó parte. No estuvo a espaldas. Participó al no dejar que las personas que buscaban refugio encontraran un lugar, una mano abierta”. Pero aclara: “Ahora bien, pasa una cosa rara y es que esta fue una migración de gente de piel blanca, así que tampoco se conocieron deportaciones en el país. En ese sentido, fue muy colombiano: pagabas tu entrada y listo”. Bibliowicz se refería a la suma de mil pesos que los inmigrantes europeos debían pagar al Banco de la República para ingresar al país, lo que en 1938 era una fortuna. Y fue enfático en subrayar que esta medida fue adoptada bajo el mandato de Eduardo Santos que, en la historia oficial, figura como un gran demócrata. “Colombia siempre juega las cartas perdidas. En las dos guerras mundiales trató de estar de parte de los alemanes. Y por eso la novela también plantea un problema: ¿hasta qué punto no somos uno de los tantos herederos de los campos de concentración? Esa era la imagen, por ejemplo, del Mono Jojoy en los campamentos de secuestrados. Pero el hecho real es que aquí se cerraron las puertas. Y hubiera representado un gran cambio para el país si hubiéramos sido un poco más inteligentes y hubiéramos abierto las puertas, pero este ha sido un país xenófobo desde hace muchos años, así que no me extraña”, agregó.?Una de las ideas de Josué en la novela es la de establecer un nuevo calendario llamado el “Almanaque de las rupturas”, que conmemoraría los exterminios que la historia intenta olvidar. En este calendario de ficción, el octavo mes estaría dedicado a los muertos de la violencia en el país. “En Colombia el gran drama es el de los desaparecidos. Vivimos en un país que está buscando a sus padres. Hay una gran cantidad de familias todavía buscando el cadáver del padre”, afirma.

Cuando hablaba de la ambivalencia de Azriel Bibliowicz me refería a ese vaivén entre sentirse profundamente colombiano y profundamente judío; entre ser escritor y ser profesor de escritura, y creo que esa ambivalencia se ve en Migas de pan. Hay en la novela una reflexión sobre el Holocausto, pero esta es extrapolada al conflicto colombiano; el personaje principal es entrañable, pero no está presente. Es, en últimas, una de esas novelas en las que lo que se obvia pesa tanto como lo que está escrito, y aunque esto suene a un lugar común, en este caso no lo es. Porque cualquiera puede escribir sobre la comunidad judía o sobre una masacre, pero lo que me parece aleccionador de la perspectiva de Bibliowicz es que, precisamente por haber vivido de cerca dos episodios tan terribles de la historia contemporánea, fue extremadamente delicado al referirse a ellos, y lo es al abordarlos en su novela. Migas de pan le recuerda a uno el horror del Holocausto y, al hacerlo, lo lleva a pensar en el conflicto colombiano. “Colombia es un país que no se conoce a sí mismo y apenas se está empezando ?a encontrar. Lo único que nos está uniendo es la tragedia. Tenemos que aprender a mirar a Colombia”, me dijo Bibliowicz al final de nuestra charla.

Al frente de su apartamento están construyendo un edificio que va a tapar la vista y cuyos constructores, además, se apropiaron de un pequeño parque aledaño. Cuando ya me despedía, le pregunté por la novela en la que está trabajando en este momento: “¿Se puede contar”. “Sí, claro –me contestó–, es sobre Bogotá porque Bogotá es una ciudad sin doliente. Y a mí sí me duele. Yo sí la siento como propia, aunque sea el hijo de unos inmigrantes”.

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