Parte de la novela de Gaviria se desarrolla en la avenida Jiménez, entre las carreras 7ª y 8ª.

Filosofía y literatura en las manos del Che Guevara

La nueva novela del autor bogotano surgió de una investigación en el mercado negro. Un mercader de piedras preciosas y objetos robados termina negociando las manos del Che Guevara en una obra que funciona como una excusa para que la filosofía incursione sutilmente en la literatura.

2015/10/23

Por Andrés Osorio* Bogotá

Dicen que uno de los sitios donde más se mueve plata en el país es la cuadra de la avenida Jiménez, entre la carrera séptima y octava, en el centro de Bogotá. El lugar está destinado a las transacciones de esmeralderos y mercaderes, sin embargo, Juan Sebastián Gaviria (1980) encontró en ese movimiento de objetos y personas el espacio ideal para desarrollar su más reciente novela: La venta.

La obra y sus personajes son tan contundentes y sinceros como su título. Gaviria cuenta la historia de Ronnie, un mercader que bien podría pasar por jugador de póker, y que gracias a su habilidad para lograr negocios imposibles con piedras preciosas y objetos robados, ha hecho un nombre que vale tanto como su fortuna. Cuenta con una oficina en el piso séptimo del edificio Henry Faux, y con la ayuda de Julio, un tipo joven que hace las veces de secretario.

A Ronnie le parece que todos los días y toda la gente son iguales, y su capacidad para sorprenderse depende exclusivamente del objeto al que le deba encontrar comprador. Lo impensado sucede un día en el que un cubano entra a su despacho sosteniendo un maletín negro, dentro del cual descansan las manos del Che Guevara, valoradas en dos millones de dólares. En ese momento, los días, la gente y los objetos dejan de ser lo que son. El relato continúa, y una suerte de situaciones violentas y cómicas  suceden una tras otra; todas tienen en común el afán de Ronnie y Julio por conocer el verdadero origen de esas manos, y sobre todo, por hallar al mejor postor.

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Las camisas de fuerza no le quedan bien –ni le gustan– a Juan Sebastián Gaviria. Tampoco los rótulos. No se trata de un asunto de soberbia, más bien, tiene que ver con el espíritu libre que cosechó a lo largo de sus años en la poesía, y sobre la moto en la que recorrió América. En ese lapso publicó Cicatriz Souvenir (2009), un libro con la mayoría de sus poemas; y Brújulas rotas (2013), una novela autobiográfica que documenta las experiencias que vivió junto a su esposa, Ángela, durante la travesía que los llevó de Alaska hasta la Patagonia.

Por lo anterior, a Gaviria le cuesta encasillar La venta dentro de un género literario en particular, pero si es estrictamente necesario, no duda en definirla como “un thriller filosófico”.  A la Bogotá donde transcurre el relato no le falta ni le sobra ningún detalle; sin embargo, la pretensión de este escritor va mucho más allá de transcribir pensamientos o situaciones. Gaviria está convencido de que si hay algo de lo que está cargada su obra literaria, y sobre todo La venta, es de filosofía, pero “no esa filosofía de la que hablan los sobrevalorados intelectuales. Desafortunadamente, estamos en una sociedad que asocia la filosofía a los catedráticos y a la erudición. Para filosofar no hace falta tener un diploma, pues es un acto ingenuo y cotidiano”.  

El mejor vehículo que encontró Gaviria para conversar y, sobre todo, para preguntarse sobre la condición humana es la literatura. Y por eso, aunque acepta los elogios sobre la forma en que describe los lugares de su novela, su afán apunta a que los lectores se cuestionen sobre su existencia. La filosofía es su punto de partida y de llegada. Cuando a Gaviria se le ocurrió contar la historia de La venta, no estaba pensando en Ronnie, Julio y la cuadra de los esmeralderos. Sus pensamientos navegaban hacia el binario que existe entre los valores comerciales y morales en el interior de nuestra sociedad. Para explorar ese mundo, decidió escarbar en el mercado negro, un espacio donde a los objetos se les asigna un valor semejante al de las personas.

“Hay mucha literatura sobre la forma en que las personas son tratadas como objetos. Yo quise, en cambio, referirme a cuando los objetos son tratados como personas. En el mercado negro todo eso es clarísimo, los objetos robados, por ejemplo, son juzgados por su pasado, y su precio es determinado por el valor emocional del comprador”, asegura Gaviria.

Con el mapa de ruta definido, hacía falta diseñar el barco.

El escritor confiesa que su novela podría haber transcurrido en cualquier ciudad del mundo, pues “la literatura no puede depender del tiempo y del espacio. La literatura hace referencia a las diferentes caras de la condición humana, por eso nunca pierden vigencia obras que fueron escritas hace siglos en lugares distantes del planeta”. La excusa para escoger a Bogotá como la ciudad donde se desarrolla su novela fue simple: Gaviria vivía en la Florida, y quería tener al menos un vínculo con Colombia. Curiosamente, ahora que vive en el país, anhela escapar de él.

Los personajes de La venta están a la altura del mundo adulto, egoísta e individualista en el que viven. Entre tanto, los objetos que hacen parte del relato son producto de una investigación fascinante que le permitió a Gaviria hallar piezas que efectivamente han sido hurtadas alrededor del mundo. La mayoría de objetos robados que encontraron un lugar en esta novela no han tenido la misma suerte en la realidad, pues ni siquiera el Art Crime Team del fbi ha logrado localizarlos.

Un violín Stradivarius 1727, los cuadros Vista del mar en Scheveningen y Congregación saliendo de la iglesia reformada en Nuenen, de Vincent van Gogh, La danza de Picasso y, por supuesto, las manos cercenadas del Che Guevara tras su muerte en Bolivia son algunas de las piezas a las que el escritor da un papel protagónico.

Sobre las manos del Che Guevara se ha hablado mucho. Unos dicen que se perdieron, que las tiene Fidel Castro, que sobre ellas hay una maldición e incluso llegaron a asegurar que fueron enterradas junto a Evita Perón. La incertidumbre sobre su paradero llamó la atención de Gaviria y por eso las convirtió en el objeto central de su obra. “No deja de ser paradójico que las manos de un hombre que luchó contra el capitalismo sean deseadas en un mundo donde el egoísmo triunfa sobre el altruismo”, dice Gaviria.

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Aunque todo parece muy bien pensado, y extremadamente ordenado, es falso afirmar que a Gaviria le cupo la novela en la cabeza desde el principio. Lo que no saben sus lectores es que sus textos, al igual que él, deciden su propio rumbo. Y son justamente los accidentes, la incertidumbre y la improvisación los que imprimen el carácter a sus relatos. En últimas, nada está dicho desde el comienzo.

Gaviria sostiene que sus personajes guardan matices similares al de su personalidad; sin embargo, a diferencia de ellos, el escritor nunca está solo. Vive junto a Ángela, su esposa, y su hija Nagore. Mientras tanto, en el equipaje que lleva consigo para emprender los viajes en los que se convierten sus novelas no falta ningún integrante del selecto grupo de escritores que le “fregaron la cabeza cuando tenía dieciséis”. En ese panteón se leen nombres como Poe, Nietzsche, Baudelaire, Rimbaud, John Fante, Louis-Ferdinand Céline y Henry Miller, entre otros. La lista es interminable, como son interminables las correcciones a las que fue sometida su última novela, pues Gaviria prometió no publicar una obra antes de estar seguro de que le satisfacía más que las anteriores.

A pocas cuadras del centro de su historia, en el café La Romana, donde sirven tinto como en 1950, admite que siempre quiso ejercer el oficio de escritor de narrativa y pasar horas fumando, tomando café y tecleando en un estudio. Se refugió en la literatura para ofrecerles un lugar a sus disertaciones filosóficas. Así, la literatura se convirtió en la mejor de sus excusas.

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