Susan Atkins, Patricia Krenwinkel y Leslie Van Houten, integrantes de La Familia Manson, se ríen durante el juicio por el asesinato de Sharon Tate.
  • Emma Cline nació en California,en 1989.

Su lugar en el mundo: 'Las chicas' de Emma Cline

Ambientada en 1969 y con un trasfondo macabro, el debut literario de la estadounidense Emma Cline (1989) narra el ingreso de una adolescente a una secta tipo La Familia Manson. La ópera prima, un análisis perspicaz del papel de la mujer en la sociedad, se ha convertido en uno de los libros más cotizados del año.

2016/10/26

Por Gloria Susana Esquivel* Bogotá

Varios hombres asedian a la chica. Como si fueran un grupo de adolescentes durante una piyamada, le preguntan si está ansiosa de verlo. Si sabe para qué la llamó. Si está nerviosa porque él se afeitó la barba y ese era su mayor atractivo. Si tiene preparado todo lo que le va a decir cuando lo vea. La chica, con un gesto ambiguo que oscila entre el coqueteo y la timidez, se acomoda su largo cabello negro. A pesar de que las preguntas cada vez se tornan más insidiosas, persiste en sus buenos modales. Responde con tono dulce, como si se tratara de un interrogatorio diseñado por amigos curiosos y no por periodistas afuera de un juzgado. Cada vez que pronuncia su nombre, o que le dice “mi amor”, se sonroja. Como si confesar sus sentimientos por él también fuera confesar un crimen.

La escena es perturbadora. La chica interrogada es Susan Atkins, miembro de La Familia Manson. En agosto de 1969 cometió nueve asesinatos, incluido el de la actriz Sharon Tate, que tenía ocho meses de embarazo. La motivación detrás de estos sanguinarios crímenes era que precipitarían el Helter Skelter, una guerra racial apocalíptica. La devoción ciega que le profesaba a Charles Manson, su amor y el líder de esta secta, la llevó a empuñar un cuchillo y apuñalar repetidas veces a Tate. Durante el juicio, Atkins aseguró que Manson no sabía nada de los crímenes y que era un hombre inocente.

La devoción irracional, la admiración desbordada y esa ambigüedad que logra hermanar al erotismo con la muerte como si fueran una sola pulsión ciega que existe lejos de toda lógica fue precisamente lo que atrajo a la joven autora estadounidense Emma Cline (1989) a escribir Las chicas (Anagrama, 2016), su primera novela. Ambientada en 1969, cuenta la historia de Evie Boyd, una adolescente de 14 años sedienta de atención y afecto, que comienza a frecuentar a los miembros de una secta bastante similar a la liderada por Manson. Pero no es una novela amarillista, que busca recrear los acontecimientos de la época, ni los asesinatos cometidos por este grupo. La apuesta de Cline es mucho más profunda. Lo ha declarado en repetidas ocasiones: “Me interesan los mejores y los peores instintos humanos”, y es justo ahí donde comienza a hilarse esta historia.

Con tan solo 27 años, Cline no es la autora joven que muchos imaginan. En un mercado editorial que se ha ajustado perfectamente a los hábitos de consumo de los millenials, han aparecido escritores que transmiten por Twitter sus idas al supermercado bajo el efecto de los hongos alucinógenos, o que bailan en ropa interior por Instagram, recolectando seguidores mucho más ávidos de consumir sus experiencias cotidianas que su literatura. Cline —quien no tiene ninguna red social, mucho menos un teléfono inteligente— pertenece a otra camada de autores, entre los que podrían contarse a Richard Ford y a Elena Ferrante, que están interesados en retratar los complejos matices de las emociones. En su corta carrera literaria, ha deslumbrado al público por tener una gran claridad y conocimiento a la hora de abordar las diferentes aristas que componen la experiencia humana. Esta maestría a la hora de navegar los lugares grises que habitan la mente y las acciones de sus personajes le ha dado gran notoriedad en el mundo editorial. Las chicas le mereció estar en el centro de una puja entre las editoriales más grandes de habla inglesa, lo que resultó en un adelanto de dos millones de dólares. Fue el libro que más vendió sus derechos para ser traducido a otros idiomas en la Feria del Libro de Frankfurt, y el próximo año se estrenará su versión cinematográfica.

Yo creía, a la manera de los adolescentes, en la superioridad y el acierto absolutos de mi amor. Mis propios sentimientos daban forma a la definición. Ese tipo de amor era algo que ni mi padre, ni siquiera Tamar, podrían entender nunca, y por supuesto tenía que marcharme de allí.

Precisamente esa poética de las emociones la instó a narrar la historia de una adolescente a finales de la década de los sesenta. Las chicas no es una novela juvenil ni una novela de formación, en donde la adolescencia es solo un marco para contar una historia de buenos y malos. En el caso de la novela de Cline, el mundo de una chica de 14 años se convierte en un universo lleno de complejidades emocionales bastante dolorosas que desembocan en la pérdida de inocencia. Como la misma autora lo declaró en una entrevista al Paris Review: “La adolescencia es un momento en el que no podemos ver nuestras emociones de una manera constructiva. Son monstruosas y claustrofóbicas, o al menos eso es lo que yo recuerdo de ser una adolescente. Es un momento en el que no tenemos la habilidad de calibrar la diferencia entre algo menor y algo importante. Es emocionalmente agotador tener estos sentimientos a todo volumen todo el tiempo”.

Ambientada justo cuando el idealismo de los años sesenta llegó a su fin, la novela le permite al lector también tejer un puente entre las transformaciones por las que pasa la protagonista, y la transición entre la ingenuidad de una sociedad sumida en el verano del amor y la violencia de los asesinatos cometidos por esta secta. En palabras de Cline: “Me imagino a la protagonista creciendo en el norte de California, donde existía este torrente de idealismo en los sesenta, y luego en las décadas siguientes la forma en la que ella tuvo que agotar ese idealismo. Me interesa mucho la manera en la que la gente transita ese espacio entre el idealismo y lo que resulta tiempo después”.

Eso era parte de ser chica: conformarse con cualquier respuesta que una obtuviera. Si te enfadabas, estabas loca; si no reaccionabas, eras una zorra. Lo único que podías hacer era sonreír desde la esquina en la que te hubiesen arrinconado. Sumarte a la broma aun cuando siempre fuese a tu costa.

Pero el sube y baja emocional por el que transitamos durante la adolescencia no es lo único que descansa en el núcleo de la novela de Cline. Hay en la autora un deseo por analizar, montar y desmontar las diferentes fuerzas que articulan el lugar de la mujer en el mundo. Es durante la adolescencia en la que el despertar sexual y los códigos del deber ser comienzan a instalarse, pero también el momento en el que ser visto se vuelve parte fundamental para sentirse parte de la sociedad. En el caso de Evie Boyd, la protagonista de Las chicas, el único lugar en donde encuentra atención y afecto es en medio de esta secta. Sus padres atraviesan un divorcio y su única amiga del colegio está a punto de mudarse. Es ahí cuando aparece Russell, un émulo megalómano y desinflado de Charles Manson, y Suzanne, cuyo nombre es un guiño evidente a Susan Atkins. Estos dos personajes jugarán con las ansiedades y el deseo de Evie, haciéndola sentir elegida. Como dice Cline: “Me interesa ese punto antes de la adultez cuando nos damos cuenta de la manera como el mundo trata a las mujeres y a las chicas, lo que significa ser una chica en el mundo. También estaba pensando mucho sobre la mirada masculina. Y luego pensé en cómo es la mirada femenina, qué tipo de cosificación y autocosificación sucede a esa edad, especialmente al estar hiperconscientes de las apariencias y al sentir todo tan intensamente”. De esta manera, Cline bordea las profundidades del deseo femenino y también lo complejiza, al poner a la mujer no solo como objeto de la mirada masculina, sino como agente de una mirada mucho más aguda e implacable: la mirada sobre ella misma y sobre otras.

No hizo falta mucho: yo sabía que el simple hecho de ser una chica perjudicaba la capacidad de creer en ti misma. Los sentimientos parecían algo en absoluto fiable, como los galimatías llenos de errores que le arrancábamos a la ouija. Las visitas de mi infancia al médico de cabecera solían ser situaciones estresantes por ese motivo. Me hacía preguntas consideradas: ¿cómo me encontraba? ¿Cómo describiría el dolor? ¿Era más bien agudo o difuso? Y yo me lo quedaba mirando con desesperación. Lo que necesitaba era que me lo dijeran, esa era la gracia de ir al médico. Que me hiciesen un análisis, que me metiesen en una máquina que me peinara por dentro con radiológica precisión y me dijeran cuál era la verdad.

Las chicas es también una construcción a partir del deseo femenino. A pesar de que Russell, el personaje que lidera la secta a la que llega Evie, es un hombre medianamente atractivo y carismático, el deseo de esta adolescente no orbita en torno a él. Va mucho más allá: “Estaba interesada en lo caprichoso que es el deseo femenino. Las diferentes formas que toma, especialmente cuando se posa sobre otras chicas. Pareciera ser un protorromance en el que los chicos actúan como una triangulación, en el que todo el mundo actúa como si ellos fueran el centro de todo. Pero los chicos son solo extras, y nosotras sentimos todas estas emociones hacia otras chicas”, explica Cline. En esta novela narrada por una mujer, la joven autora pone en evidencia ese lenguaje secreto, lleno de enigmas y señales que las adolescentes emplean para darles algún tipo de mística a los actos en extremo simples de los hombres. Como si debajo de las acciones se escondieran intenciones contrarias, Evie llena los vacíos de sus afectos leyendo de manera extraordinaria los gestos de otros. Un encuentro medianamente amable se convierte en toda una épica sentimental en la que el objeto de deseo se desdibuja: “Creo que las chicas son engañadas por esta habilidad de inventarse historias, de ver el mundo como si estuviera lleno de símbolos y marcas de amor y sentido. No creo que a los chicos los adoctrinen de la misma manera en ese vocabulario. Es como si las chicas fueran las únicas capaces de hablar ese lenguaje así que, claro, cuando te relacionas con otras chicas también estás hablando con quienes pueden entenderte”.

Yo estaba encantada de deformar los significados, de malinterpretar deliberadamente las señales. Acceder a lo que me pedía Suzanne parecía el mejor regalo que podía hacerle, una manera de liberar sus sentimientos hacia mí. Y ella estaba atrapada, a su manera, igual que lo estaba yo, pero no me daba cuenta. Me dejaba llevar sin más en la dirección que ella indicara.

Las chicas es, ante todo, una novela que explora la profunda ambigüedad de la amistad femenina. Un tipo de relación que le sirve a Cline para articular una narrativa que disecciona las emociones y las tiñe de una atmósfera enrarecida. Un vínculo que bordea el amor filial y el erótico, y que en esta novela nos recuerda que el lugar de una chica en el mundo es también aquel en donde las fronteras del deseo y del peligro se tornan borrosas, misteriosas; justo como la psique de una chica de 14 años.

*Escritora.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.