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Las zonas grises de la censura china

El premio Nobel de Literatura: Mo Yan.

Nobel de Literatura para el chino Mo Yan

“En mi país, la realidad y la sátira son la misma cosa”, escribió el novelista ruso Vladimir Voinovich. ¿Quiere decir lo mismo del más reciente Nobel de Literatura? ¿Cómo se ha recibido el premio en China?

Por: Andrés Bermúdez Liévano* Beijing

Publicado el: 2012-10-30

China soñó durante décadas con el Nobel de Literatura que recibirá en diciembre Mo Yan, uno de sus autores más leídos y admirados. El premio a Guan Moye –cuyo seudónimo en mandarín significa “el que no habla”– ha sido recibido no solo como el reconocimiento a la obra de un escritor, sino como un logro nacional comparable con un primer puesto en los Juegos Olímpicos o con el éxito de su programa espacial.

Es, al mismo tiempo, un orgullo nacional y un asunto de Estado –una situación paradójica para un autor de novelas sarcásticas, fantásticas y en ocasiones cáusticas, que le han valido comparaciones con William Faulkner, Ítalo Calvino y Gabriel García Márquez–.

Pero para alguien cuyo mantra es “no hablar”, su Nobel ha generado ya una fuerte controversia. Pocos han expresado dudas sobre su calidad literaria, pero rápidamente se le ha acusado de ser un protegido del gobierno chino y –como suele suceder cuando se trata de China– la política saltó al primer plano.

Los detalles de su biografía parecerían validar la hipótesis. El nuevo Nobel vive gracias a un sueldo pagado por el gobierno y ejerce como vicepresidente de una asociación literaria estatal. Cuando China fue invitada de honor en la Feria del Libro de Fráncfort del 2009, rehusó participar en un coloquio con escritores exiliados como Dai Qing y Bei Ling. Y su discurso inaugural –que suele ser uno de los platos fuertes de la mayor feria editorial del mundo– pasó rápidamente al olvido por su insipidez.

Esa renuencia a asumir cualquier protagonismo ha llevado a que muchos intelectuales chinos se mostraran decepcionados con su consagración. “Creo que los organizadores del Nobel se han distanciado de la realidad con este premio”, opinó el artista Ai Weiwei. “Es un poeta del Estado [que] se retira a su mundo de artesanía cuando es necesario”, decía el poeta exiliado Liao Yiwu, quien recibió el premio de la Feria del Libro de Fráncfort esa misma semana.

Las reacciones también fueron mixtas en la Red china, el mejor termómetro de la opinión pública en el país asiático. “¿Cómo se obtiene un premio Nobel en China? No hablando”, escribía el fotógrafo Liu Miao. Crazy Crab –uno de los caricaturistas más conocidos de China– pintaba una medalla del Nobel, con una cinta negra cubriendo la boca del inventor de la dinamita.

Pero más que nada, Mo Yan ha sido reacio a convertirse en un intelectual público, como lo son Salman Rushdie o Mario Vargas Llosa. No es un huraño como el sudafricano J.M. Coetzee o la austriaca Elfriede Jelinek, aunque prefiere mantenerse alejado de los eventos multitudinarios y sobre todo de las discusiones políticas. Mo prefiere dejar que sus libros hablen por él. “No le interesa convertirse en una figura pública ni inmiscuirse en las problemáticas de la actualidad, excepto como material para su ficción. Simplemente quiere escribir”, señaló a Arcadia Howard Goldblatt, profesor de la Universidad de Notre Dame y su traductor al inglés.

Tras la controversia despertada en Fráncfort, Mo Yan pronunció un discurso en el que dejaba entrever su visión del arte y de su rol como intelectual. “Los escritores deben expresar sus críticas e indignación sobre los aspectos oscuros de la sociedad y la fealdad de la naturaleza humana, pero no deberían hacerlo en una expresión uniforme. Algunos preferirán gritar en la calle, pero debemos también tolerar a quienes se esconden en sus habitaciones y usan la literatura para dar voz a sus opiniones”, dijo en aquella ocasión.

El furor mediático ocasionado por el Nobel hizo pensar que el escritor, siempre tan cauto en sus declaraciones públicas, sería reacio a responder preguntas que se salieran de lo estrictamente literario. Por eso sorprendió mucho cuando Mo expresó sus deseos de libertad a Liu Xiaobo, el detenido activista de derechos humanos que ganó el Nobel de Paz hace dos años pese a la ira de Pekín.

“Espero que pueda recuperar su libertad tan pronto como sea posible”, dijo Mo en una de sus primeras palabras a la prensa después del anuncio. Esta sencilla declaración de un hombre tan taciturno constituye todo un acto de rebeldía para alguien cuyo premio es interpretado como una especie de saludo de paz de los Nobel a la nueva potencia mundial. Un acto que demostró que Mo Yan puede ser más independiente y complejo de lo que hasta ahora aparentaba.

El realismo alucinatorio de Mo Yan

También a nivel estilístico Mo Yan resulta una figura intrigante. La Academia Sueca describió su estilo como “realismo alucinatorio”, una mezcla de realismo mágico, historia china y tradicionales relatos orales. En China se le considera la mayor figura de la “literatura de las raíces”, ya que la mayoría de sus novelas se desarrollan en aldeas rurales como aquella en la que nació en 1955, en medio de la pobreza de los primeros años de la República Popular de Mao. Lo ven como la voz de un mundo que está desapareciendo debido a la vertiginosa transformación de un país que ya es –desde este año– más urbano que rural. “Siempre me preguntan cuándo escribiré una novela de la ciudad. Sinceramente, no lo sé. Aún hay demasiadas historias por escribir sobre la vida del campo”, señalaba el mismo Mo en una entrevista con China Files hace dos años.

Pero más que un admirador del realismo mágico o un nostálgico de la vida rural, Mo Yan es un maestro de la sátira. El mundo del Nobel chino está lleno de personajes prosaicos que se ven envueltos en situaciones tan absurdas como líricas, que le sirven para narrar –con mucha ironía y humor– los principales episodios históricos de China a lo largo del siglo XX. Su narración es por momentos realista y sumamente gráfica, llena de detalles grotescos y escatológicos. Y en otros, tan extrema que roza la hipérbole y lo kafkiano.

Las baladas del ajo (1988) gira en torno a un grupo de granjeros pobres que se rebelan contra las autoridades locales y los impuestos extorsivos que deben pagar por unos cultivos de ajo que se están pudriendo pese a haber sido plantados por encargo del propio gobierno. La situación, que efectivamente sucedió miles de veces en la China maoísta, es llevada hasta un extremo que la hace cómica y patética. En La república del vino (1992), una pesquisa policial en torno a unos banquetes caníbales sirve como telón de fondo para una mordaz sátira sobre los excesos y la corrupción de los funcionarios públicos. Y Rana (2009), la historia de una abortista amargada a quien le cae una plaga de ranas en su día de jubilación, ofrece una sutil crítica de la política del hijo único.

En otros casos es un hecho sobrenatural el que activa la sátira. La vida y la muerte me están desgastando (2006) es la historia de un rico terrateniente de treinta años que es asesinado por sus vecinos durante la primera reforma agraria de la época maoísta. Pero como Ximen Nao ha sido un buen hombre, se le permite reencarnar sucesivamente como un burro, un buey, un cerdo, un perro y un mico, y convertirse de esta forma en un testigo privilegiado de la reciente historia china, desde la llegada al poder de los comunistas hasta la opulencia de nuestros días.

Esta distancia poética le ha permitido publicar en un país donde la censura no es una práctica sistemática, sino más bien ambigua y muy sutil. En realidad, solo Las baladas del ajo fue censurada y de forma temporal: en parte por su temática, pero sobre todo porque su publicación coincidió con las revueltas estudiantiles de la Plaza de Tiananmen en 1989. Hoy es uno de sus libros más vendidos.

“Como cualquier persona en China, Mo Yan conoce las reglas. Y las reglas son lo suficientemente flexibles como para que puedas escribir sobre lo quieras mientras no te acerques a las tres T: Taiwán, Tíbet y Tiananmen”, explica Howard Goldblatt. Por fuera de estos temas existe una enorme zona gris en la que se mueven la mayoría de escritores chinos, usando recursos como la ironía, la alegoría y la ciencia ficción para contextualizar sus historias y esquivar los lápices rojos de los censores.

Para Mo, esta realidad podría ser incluso una circunstancia afortunada. “Sí creo que las limitaciones y la censura pueden ser beneficiosas para la creación literaria”, decía en una entrevista con la revista Granta, una de las pocas veces que ha tocado el tema.

El complejo chino con el Nobel

Para China, el Nobel representa un reconocimiento no solo a la vitalidad creativa del país, sino una evidencia de su ascenso como potencia mundial. Y claro, también resulta una herramienta idónea para promover el nacionalismo y legitimar al gobierno central.

Pero a pesar de la euforia, la realidad es que China ya tenía un Nobel de Literatura. Hace doce años, Gao Xingjian ganaba el Nobel por sus novelas de corte espiritual y autobiográfico como La montaña del alma. ¿El problema? Para Pekín, Gao no es chino: se convirtió en ciudadano francés tras haber recibido el asilo político allí, se ha mostrado crítico con el Partido y escribió una obra de teatro inspirada en las revueltas de 1989. Tres pecados suficientes para que le caiga como anillo al dedo la frase con la que alguna vez el expresidente de facto argentino Roberto Viola despachó a Julio Cortázar: “Que yo sepa, ese señor es francés y no tiene nada que ver con nosotros”.

La paranoia de China con el Nobel quedó en evidencia el día que Gao ganó el Nobel. Al entonces primer ministro chino Zhu Rongji la noticia lo agarró en una rueda de prensa. “Me da un enorme placer ver que una obra escrita en chino gane el Nobel. Los caracteres chinos tienen una historia milenaria y el idioma chino un gran atractivo”, no dudó en afirmar. Sus declaraciones serían borradas instantes después: a Zhu no le habían contado aún quién era Gao, ni que había renunciado a su nacionalidad china y vivía en el exilio. A partir de ese momento, la posición oficial dictó que el premio obedecía a “intenciones políticas ocultas”.

El caso de Liu Xiaobo resultaría aún más sensible políticamente, porque la Carta 08 que impulsó el poeta representaba un claro desafío a la autoridad del Partido Comunista. El manifiesto, firmado por más de diez mil personas e inspirado por aquel que redactaron los intelectuales checoslovacos en plena Guerra Fría, reclamaba entre otros aspectos, el respeto de los derechos fundamentales, un sistema judicial independiente y libertad de expresión. A raíz del Nobel de Paz, China congeló sus relaciones diplomáticas con Noruega, país que lo otorga, y bloqueó desde el ingreso de funcionarios noruegos a China, hasta los contenedores de salmón, pescado que China compraba en abundancia.

Esta paradójica situación política de los tres Nobel chinos ha dado pie a un chiste que circula en las redes sociales. “El primero no puede entrar, el segundo no puede salir y el tercero no quiere hablar”.

Un mercado para la literatura china

Una de las razones por las que el gobierno chino ansiaba el Nobel es el impacto mediático del premio. China sueña con un “efecto Nobel”, que impulse la circulación de su literatura alrededor del mundo como lo hizo en su momento con la portuguesa tras el premio a José Saramago o la turca cuando ganó Orhan Pamuk. Su razonamiento va más allá de lo artístico: al encontrar un público mayor para su literatura, Pekín busca ampliar la influencia de su “soft power”.

Aún así, el gobierno chino es consciente de que muchos de sus escritores más interesantes son tan incisivos como Mo Yan. Entre ellos sobresalen nombres como el de Yan Lianke, cuya novela El sueño de la aldea Ding aborda la epidemia del Sida en en campo chino en los noventa, causada por transfusiones sanguíneas poco higiénicas promovidas por el gobierno. O Yu Hua, cuyas novelas abordan –en un tono igual de mordaz– episodios históricos como el Gran Salto Adelante de Mao o la Revolución Cultural. E incluso de voces realmente “incómodas”, pero de indudable valor literario, como el poeta exiliado Bei Dao o el novelista Ma Jian.

Y aunque el interés de estos novelistas es que se aproximan a la reciente historia china sin tantos tapujos, este mismo hecho puede ser una espada de doble filo. “Se está hablando de las implicaciones políticas que rodean este premio [a Mo Yan], como ocurre siempre que se habla de literatura china actual. Se dejan de lado cuestiones literarias como el ritmo de sus novelas, las imágenes tan fuertes que transmiten, el entramado modernista y los saltos de tiempo y de perspectiva que las caracterizan, o los temas que tratan”, señala Maialen Marín Lacarta, una investigadora de literatura china contemporánea del INALCO. “En definitiva, no se habla de literatura sino de política”.

Otro de los escollos que enfrenta la literatura china en su búsqueda de nuevos lectores es su poca visibilidad. Aunque el número de traducciones ha aumentado desde que Gao Xingjian ganó el Nobel en el 2000, la oferta todavía es modesta. Mo Yan resulta una excepción a la regla, ya que buena parte de sus novelas han sido publicadas por la editorial española Kailas, aunque en ediciones limitadas que no han circulado mucho en América Latina. En la Biblioteca Luis Ángel Arango apenas hay dos de ellas.

Desafortunadamente, la mayoría de las traducciones han tenido que pasar por el inglés o el francés, antes de llegar al español. “El Nobel a Gao Xingjian ya demostró que este premio no hace que los editores busquen una mayor calidad en las traducciones y decidan traducir del chino”, dice Marín Lacarta, quien también es traductora del mandarín al español. De las veintisiete novelas contemporáneas chinas editadas en España en la última década, apenas seis han sido traducidas del chino. De Mo Yan la única ha sido Rana, la última que publicó.

Queda por ver si con el premio a Mo Yan y el apoyo del gobierno chino, que seguramente está interesado en contribuir a la formación de traductores, la literatura china puede por fin encontrar un público lector en América Latina.

* Periodista de China Files.