Mike Wilson nació en Saint Louis, Missouri, en 1973. Hoy vive en Chile.

'Leñador' de Mike Wilson: una utopía de la pureza

Al escritor argentino-estadounidense le es difícil responder a partir de qué surgen sus ficciones, pero sabe que las ideas emergen cuando muchas cosas y estímulos confluyen de una manera que no comprende ni quiere comprender. ¿Quién es este escritor aplaudido por la crítica argentina y desconocido en Colombia?

2016/10/26

Por German Beloso* Buenos Aires

Mike Wilson ahora vive y trabaja como profesor en Chile, uno de los países que había conocido de niño y en el que había vivido unos pocos años, como así también en Paraguay y en Argentina, donde se radicó con sus padres e hizo sus estudios secundarios. Había nacido en Estados Unidos en 1974, de allí es su padre, y allí volvería Mike para estudiar Literatura y doctorarse. No sabe por qué, pero la lengua que ha elegido para sus ficciones es el castellano, “No lo tengo claro. Desde que empecé a escribir ficción lo he hecho siempre en castellano. Mi madre es argentina y me crié en Buenos Aires, Santiago y Asunción, y en mi casa siempre hablé castellano con ella e inglés con mi viejo. Para algunas cosas prefiero un idioma sobre otro. Escribir es una de ellas”.

La editorial argentina Fiordo ha publicado este año Leñador, su quinta novela, que ya había aparecido en Chile por primera vez en 2013, donde recibió el Premio de la Crítica 2014. En Leñador, su protagonista, de quien sabemos tan solo que fue boxeador y excombatiente argentino, introduce al lector en el mundo de una comunidad de leñadores del Yukón, el extremo noroeste de Canadá, con quienes convive hace ya un tiempo. Pero el lector no entra a ese mundo a través de una narración, sino a través de un vocabulario exhaustivo, con el que, al igual que en una enciclopedia, el personaje le va descubriendo diferentes aspectos de la vida de los leñadores: su oficio, sus costumbres, pero también aspectos del entorno: la fauna, la flora, el clima y mucho más. Incluso hay entradas, si se quiere, más abstractas como Muerte, otras más prácticas como Xilografía, en las que se describe la actividad y a su vez se explica cómo se llevan a cabo. Y así, de manera arborescente, de una entrada como Abeja se entra en la deriva de otras que la van completando y complejizando como: Taxonomía, Colmena, Panal, Apicultura. Es una novela, digamos, enciclopédica, como si solo a través de las palabras pudiésemos acceder al mundo, a ese mundo, donde paradójicamente los hombres hablan poco y nada. Sin embargo, su protagonista frente a la experiencia busca el silencio, se refugia en él, y lo poco que hay de narración son apenas unos fragmentos luminosos, que se recortan en cada una de esas entradas enciclopédicas. En esos fragmentos, el personaje reflexiona, conmovido y maravillado (pero sin adjetivar, tan solo son anotaciones como si de un diario íntimo se tratara, anotaciones sinceras, cargadas de emoción pero sin sentimentalismo) sobre la muerte, las pequeñas cosas, de un insecto, su situación en el mundo, etcétera; todo lo experimenta desde una suerte de inocencia recobrada, desde un estado de prístino asombro que su vivencia en el bosque le hace experimentar con el regalo de una nueva mirada, de esta nueva sensibilidad que le aflora y que experimenta. Cuando Mike Wilson comenzó a escribir esta novela no quiso recurrir a la narración: “No estaba muy interesado en narrar. Había algo sobre la narrativa que en ese momento de mi vida me hacía ruido. Cierta imposibilidad de conectarme con algo distinto, con algo certero. Y sentía que la narrativa era paródica, y que esa parodia estaba intermediando e interponiéndose entre la escritura y el sentido que buscaba. A la vez, en el momento, la justificación de la forma en sí no fue algo sobre lo cual reflexioné de sobremanera, simplemente encontré alivio en escribir textos descriptivos. Preferí no cuestionármelo y dejarme llevar por el ímpetu”.

Leñador es un viaje al silencio, un despojo del lenguaje para volver a la experiencia pura, a la utopía de su pureza. En ese silencio lo que encuentra el personaje es la dilatación de sus poros, que lo conectan con lo efímero, con lo fugaz, con los eslabones de un ecosistema, de un mundo del que ahora pareciera sentirse parte, ha dejado a un lado su individualidad para formar parte de un todo. Así, el leñador, de cuyo pasado casi nada sabemos porque lo importante está ahí, en el instante, en la vivencia, encuentra en el silencio una nueva forma de experimentar las cosas, sin necesidad, como afirma Wilson, de caer en la parodia del lenguaje, “que siempre permitimos que se interponga porque estamos acostumbrados a la idea de que las cosas, todas las cosas, son definibles, que siempre debemos completar la ecuación de significado, porque confiamos tanto en el conocimiento que subordinamos la experiencia, o le imponemos lenguaje a experiencias que no son cifrables, por ejemplo, algo tan simple como la experiencia de un acto físico que en su ejecución tiene cero que ver con el lenguaje y el conocimiento”.

Sin haber leído sus producciones anteriores uno podría arriesgar que Leñador significa un quiebre; sin embargo, Wilson no lo ve tan así, en todo caso, si hay una ruptura con su producción anterior, la vincula más con cuestiones superficiales: “Aspectos como el largo de la novela y el cambio de estilo, cosa que era inevitable por enfocarme más en la escritura de descripciones. Sin embargo, las preguntas existenciales suelen ser muy similares en todas mis novelas, las respuestas son distintas, pero la preocupación en cada una son parte de mi cuestionamiento de las cosas y a la vez mi esfuerzo por recuperar sentido. Quizá diría que Leñador es para mí el libro más optimista”. Nachtrópolis (2003), El púgil (2008), Zombie (2009) y Rockabilly (2011) son sus novelas anteriores.

¿Cómo se gesta una novela así, con tanta información variada y minuciosa? Mike cuenta que la escritura de la novela involucró mucha lectura sobre los temas que surgen en el texto. “Me enfoqué en fuentes obsoletas, en textos más antiguos, ensayos, tratados, almanaques agrícolas, enciclopedias y artículos. Muchas de las fuentes fueron escritas en inglés y son de hace un siglo o más. Utilicé internet para ubicar fuentes, especialmente facsímiles de ediciones difíciles de encontrar y artículos especializados. Más que nada me interesaba tener el material necesario para describir; no estaba tan interesado en el conocimiento en sí, o sea, no buscaba aprender todo sobre el hacha, o el musgo, las tormentas, los ciervos, etcétera, más bien intentaba tener a mi disposición un mundo inagotable para escribir, hasta que sentía que lograba lo que buscaba. La utilidad de la información era más mecánica en ese sentido”.

Por otro lado, en su proceso de escritura siempre está la obra filosófica de Wittgenstein como fuente inspiradora. Wilson reconoce su influencia desde muy joven y su presencia en lo que escribe. A su vez, cuando estaba escribiendo la novela señala que los referentes en los que pensaba no eran muy literarios, más bien pensaba mucho en lugares del oeste norteamericano donde había estado, y en las historias de su padre nacido durante la Gran Depresión, y también en su abuelo trabajando en lugares aislados del oeste estadounidense, en bosques, construyendo represas y puentes. “Documentos y fotografías de esa época incidieron en la novela, y música también, como Woody Guthrie y un video antiguo de Dylan cuando recién partió, en blanco y negro, filmado en Canadá, donde canta Girl From the North Country, en una cabaña rodeado de trabajadores que descansaban al final del día, y uno de ellos escribía algo sobre un papel”.

Ya por fuera de lo que fue la escritura de esta novela, Wilson ubica en el friso de su arquitectura literaria a escritores como Roberto Arlt, Cormac McCarthy, Shirley Jackson, Flannery O’Connor, Borges, Piglia, Bombal, John Williams, David Foster Wallace, Nathaniel Hawthorne. Actualmente está releyendo Meridiano de sangre, de McCarthy “La doy cada año en un curso que dicto en la universidad. Es una novela que no deja de sorprender. También las novelas gráficas de Charles Burns y de Jason, son tremendas. Ahora estoy leyendo algunos libros recientes publicados acá en Chile, El brujo, de Álvaro Bisama; Imposible salir de la tierra, de Alejandra Costamagna; Acerca de Suárez, de Francisco Ovando, y otros escritores nacionales como Diaz Klaassen, Francisco Ide, Catalina Infante, Paulina Flores, Simon Soto, Camila Gutiérrez, entre otros”.

A Mike Wilson le es difícil responder a partir de qué surgen sus ficciones, pero sabe que las ideas emergen cuando muchas cosas y estímulos confluyen de una manera que no comprende ni quiere comprender. “Imágenes, música, estados de ánimo, sonidos, recuerdos, temperaturas, sensaciones y la lista sigue. Puede ser una cosa o varias, o a veces ni siquiera logro identificar dónde ni cuándo parte una idea”. En todo caso, Mike prefiere pensar la escritura como un impulso, siente que en él siempre es así, primero el impulso, luego las ideas se acoplan. No suele leer mientras escribe, pero Leñador ha sido una excepción. Lo que parece estar presente casi siempre cuando escribe es la música, esa musa compartida por muchos escritores.

Leñador generará incomodidad al lector que busque sumergirse en una narración convencional, e incluso lo puede llevar a preguntarse si es o no literatura. Leñador se ubica desafiante en ese umbral, del mismo modo que es provocada la entidad Arte en uno de los pequeños fragmentos narrativos que escribe el personaje, donde cuenta, observando un calendario agrícola con el que se entretiene en algunos momentos de ocio, que un antiguo lector escribió en uno de los márgenes de la octava página: “Esto es arte”. A partir de esa anotación marginal y anónima, el personaje es impulsado a reflexionar acerca de qué es o no es literatura, y se interroga acerca de si un manual de instrucciones que detalla la manutención de motores a vapor sigue siendo un manual aun cuando ya nadie utiliza motores a vapor. Puede ser, se responde. “O quizá sea otra cosa, quizás a partir de la obsolescencia de un texto este se vuelva literatura, se vuelva arte. El manual, el almanaque, la guía, pasa a ser novela, dotada de una honestidad brutal, sin artificio, sin pretensiones ni ambiciones literarias, sin ánimo de vanguardia ni de experimentación, simplemente un texto libre de espejismos”. En este fragmento se cifra una de las claves de la novela. Una de sus aristas, quizá, la esencia misma de Leñador destella allí.

*Periodista.

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