Yuval Noah Harari nació en Israel en 1976. Foto: De Fontenay/JDD/SIPA.

El 'Homo sapiens' o el fracaso de la humanidad

En 450 páginas, el libro de este académico israelí recorre el surgimiento y la consolidación del Homo sapiens como el animal más poderoso –y brutal– que ha rondado la Tierra. Pero su obra no se queda en el pasado, ni siquiera en el presente, sino que apunta al futuro: al nacimiento del superhombre.

2016/01/27

Por Christopher Tibble* Bogotá

El experimento incluye la eterna juventud. También el diseño de emociones. Pensamientos que, en cuestión de milésimas, se comunican directamente con otros seres. Memoria eidética, manipulación de deseos. Seres sin necesidad de reproducción, asexuales, incluso incorporales. El futuro del hombre y el de la ciencia ficción es, por primera vez, el mismo. Y, a menos que ocurra alguna catástrofe nuclear o ambiental, sucederá.

Así, por lo menos, lo expone el historiador Yuval Noah Harari en De animales a dioses: breve historia de la humanidad, un libro que sintetiza en 450 páginas la historia del hombre, su meteórico ascenso, pero también su capacidad de revolucionar los principios de la vida misma. La obra lo catapultó al estrellato: ha sido traducida a más de 30 idiomas y ha llevado a que más de 100.000 personas tomen su curso de Historia en YouTube. Incluso Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, la recomendó en su club de lectura. El éxito de libro, según el mismo Harari, se debe a que refleja las inquietudes de un mundo globalizado, a diferencia de la mayoría de los tomos de historia.

“Intento no ser pesimista u optimista, más bien realista –me dice por correo–, no sé si lo que viene es bueno o malo, solo sé que está pasando. Para ser completamente honesto, creo que en el futuro los hombres usarán la tecnología para transformarse en dioses. Lo digo literalmente, no metafóricamente. A pesar de todo lo que se habla del radicalismo islámico y cristiano, el lugar más interesante desde una perspectiva religiosa no es Siria o el Cinturón de la Biblia, sino Silicon Valley. Es ahí donde los gurús del hi-tech nos están cocinando nuevas y felices religiones que tienen que ver poco con Dios, y todo con la tecnología. Nos prometen todos los viejos premios –felicidad, paz, justicia, y la vida eterna en el paraíso–, solo que aquí en la Tierra con herramientas digitales, y no en la muerte con ayuda de seres supremos. El todopoderoso y omnisciente Dios de la religión tradicional está siendo reemplazado por los todopoderosos y omniscientes algoritmos de los computadores”.

La necesidad de entender el futuro llevó a Harari a explorar el pasado: “Sentí que era urgente mirar la historia de manera amplia, porque el humano está a punto de tomar las decisiones más importantes de su existencia y así redefinir su curso y el mismo significado de la vida. Desde que apareció la vida en el planeta, hace cuatro mil millones de años, esta ha sido gobernada por las leyes de la selección natural. Ahora la ciencia humana quizá la reemplace por el diseño inteligente, y puede que empiece a crear formas de vida no orgánicas. El diseño inteligente, sin embargo, está siendo guiado casi exclusivamente por las fuerzas ciegas del mercado y las modas efímeras. Espero que entender quiénes somos, de dónde venimos y cómo hemos adquirido este inmenso poder nos ayude a tomar decisiones más sabias sobre el futuro”.

Así que, ¿quiénes somos y de dónde venimos, según Harari? ¿Cómo hemos adquirido este inmenso poder?

Una brevísima historia de la humanidad

Tiempo atrás, unos 200.000 años, aparece el Homo sapiens. Es un primate, un animal sin importancia. En su natal África, así como en otros continentes, rondan sus primos mayores: los corpulentos neandertales soportan los inviernos europeos; el Homo erectus lleva dos millones de años en las estepas asiáticas; el tropical Homo solensis deambula por Indonesia y los diminutos Homo floresinesis, incapaces de pesar más de 25 kilos, cazan diminutos elefantes en la isla de Flores.

El Homo sapiens pronto domina el fuego y la producción de utensilios. Aprende, memoriza, se comunica, y al cabo de 100 milenios se sitúa impetuosamente, como un dictador inseguro y cruel, en la cima de la cadena alimenticia. Su auge se consolida 30.000 años después, cuando mutaciones genéticas desembocan en la revolución cognitiva. Pululan joyas, arte, barcas, lámparas de aceite, alfileres, pero más importante es el surgimiento de las capacidades lingüísticas básicas.

Con la cognición y el lenguaje, el Homo sapiens confabula el orden. Imagina religiones, comercio y estratos sociales. Se dedica a construir mitos colectivos, a formar pequeñas cuadrillas. Al mismo tiempo, abandona África y se esparce, como un veneno, por el mundo. Convertido en un megadepredador, arrasa con los ecosistemas. Al llegar a Australia, elimina a 23 de las 24 especies de animales grandes. Luego es el turno de América. También los primos sucumben (y desaparecen).

Pero hace 10.000 años, el hombre comete su primer error. Se asienta. Abandona su dieta variada, su corto horario laboral, así como su extenso conocimiento de la naturaleza. Se deja domesticar por el trigo y las cabras, por los olivos y los caballos. Nace la revolución agrícola, y con ella una vida menos estimulante, con peores dietas, nuevas enfermedades y hambrunas. Pero el Homo sapiens prolifera, se multiplica, manipulado por una fuerza que desconoce: su genética. El éxito evolutivo triunfa sobre el sufrimiento individual. Los lujos no tardan en convertirse en necesidades y estas, en obligaciones.

Aparece entonces el futuro, la planificación a largo plazo. Presas de la ansiedad y de los ciclos climáticos, los campesinos acumulan reservas y, mediante la sobreproducción, empiezan a esbozarse los primeros imperios, con sus élites, monumentos y represiones. Las ficciones, hijas de la revolución cognitiva, también participan creando los mitos que justifican las nuevas redes de cooperación. El voraz crecimiento de estos nuevos órdenes imaginados pronto requiere códigos sociales, como las leyes, y procedimientos burocráticos, como los lenguajes escritos.

Ciudades surgen y caen, generaciones se relevan, mientras la historia humana avanza implacable hacia la unidad. En el primer milenio antes de Cristo, comienza a fraguarse la posibilidad de un orden global. Los comerciantes, misioneros y conquistadores desmoronan el binario ‘nosotros’ y ‘ellos’: toda la humanidad es un potencial cliente, creyente o súbdito. El dinero, el más universal y eficiente sistema de confianza mutua, da un salto cuando se despoja del valor intrínseco, cuando las monedas reemplazan a la cebada y a los trueques. Los imperios, empezando con el de Ciro el Grande de Persia (550 a. C.), deciden ser inclusivos: “Te gobernamos por tu propio bien”; mientras que las religiones, en especial el islam y el cristianismo, poseedoras de un único mensaje sagrado, forjan un nuevo mapa desde

el fanatismo.

Es en aquel mundo entreverado donde hace 500 años, durante la época dorada de un puñado de imperios como el mongol en la India o la dinastía Ming en China, Europa occidental, un rincón atrasado del Mediterráneo, se inventa la modernidad. Contra toda intuición, el europeo empieza a dudar, admite su ignorancia, y así abre las puertas a la revolución científica. Allí, las matemáticas reemplazan a las fábulas como la base del conocimiento, la observación sustituye a la tradición. Germina, por primera vez, la noción del progreso, cuyo objetivo principal no es otro que la conquista de la muerte.

La ciencia entonces zarpa en las barcazas imperialistas. Las conquistas europeas de América, África y Asia posibilitan –y son consecuencia de– los nacientes campos de biología, geografía, botánica, entre otros. Por ejemplo, con la intención de medir la distancia entre el Sol y la Tierra, los británicos mandan en 1768 una expedición en cabeza de James Cook a Tahití, quien no solo regresa a Inglaterra con el “descubrimiento” de Australia, sino también con la cura del escorbuto. Las conquistas ahora trascienden lo territorial: también pretenden colmar una nueva e insaciable sed de conocimiento.

La idea del progreso, devenida de la ciencia, posibilita a su vez el capitalismo: el crédito permite construir el presente a expensas del futuro. El egoísmo es altruismo, se infiere de las ideas de Adam Smith, pues los beneficios de la producción han de reinvertirse en aumentar la producción. Pero los comerciantes –la nueva élite gobernante– no solo construyen imperios, también infiernos: se crean monopolios, se transan acciones de esclavos en los mercados de valores de Europa.

Desbocados hacia el futuro, florece la industria. La energía y materia prima finita sucumben ante el infinito ingenio humano: aparecen máquinas a vapor, motores de combustión interna, átomos diseccionados. Una segunda revolución agrícola se cobija detrás de la revolución industrial y decenas de miles de millones de animales son triturados en el peor crimen de la historia. El capitalismo también se reinventa con la eclosión del consumismo, cuya voracidad despedaza a la ecología. La familia y la comunidad, antaño los pilares de las sociedades, son desplazados por el Estado y el mercado.

La celeridad se convierte en la norma al tiempo que la segunda mitad del siglo xx se vuelve, de repente, la época más pacífica de la historia (para el Homo sapiens). Los Estados modernos promulgan una paz inusitada, los imperios europeos capitulan sus conquistas, las tasas de mortalidad infantil y hambre alcanzan bajas históricas y, con contadas excepciones, las guerras internacionales desaparecen. El hombre es testigo de la consolidación de un imperio global.

Pero ahora el hombre decide que ya es hora de dejar de ser hombre. Se desprende de sus cadenas biológicas y contempla, en los albores del siglo xxi, desgajar las leyes de la selección natural y sustituirlas por las del diseño inteligente. Juega a ser Dios, a producir cíborgs, a revivir animales extintos, a descargar su conciencia en un ordenador. Se desdibujan los límites. El Homo sapiens se deshumaniza y se encamina, emocionado, a culminar su proyecto de vencer la muerte.

*

A Harari le inquieta el devenir. Pero también el presente. Además de recorrer la historia humana, el autor dedica una buena parte del libro a estudiar un campo a menudo ignorado por sus colegas : la felicidad. Hacia el final, se pregunta si las riquezas que hemos acumulado a lo largo de los últimos cinco siglos se han traducido en nuevas satisfacciones. ¿Somos más felices? Y si no, ¿qué sentido ha tenido el trashumar humano? El israelí considera que la felicidad es la laguna más grande de la historia y que, en una coyuntura en la que los humanos están a punto de alterar el orden biológico de manera irreversible, estudiarla es fundamental. “Somos extremadamente buenos adquiriendo poder –me dice–, pero no sabemos traducirlo en felicidad. En 2015 somos más poderosos que en cualquier otra época, y nuestra vida sin duda es más cómoda, pero es cuestionable si somos más felices que nuestros ancestros. En comparación con lo que la mayoría de la gente llegó a soñar, puede que hoy vivamos en el paraíso. Pero por alguna razón, no lo sentimos”.

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