El noruego Karl Ove Knausgård (Oslo, 1958).

Contar su propio mundo, aunque duela

La vida como material literario despierta tanto interés como suspicacia. De Karl Ove Knausgård a Emmanuel Carrère, la literatura contemporánea acude con más frecuencia a los nombres propios. ¿Hasta dónde es preciso contar sin que la gente que los rodea se vea afectada por sus palabras?

2015/09/16

Por Martín Franco Vélez* Bogotá

Hace seis años, el escritor noruego Karl Ove Knausgård se embarcó en un proyecto titánico: contar su vida en seis tomos a los que llamó Mi lucha. Comenzó con La muerte del padre –que apareció en Noruega en 2009 y editó Anagrama en castellano tres años después– en donde describió la compleja relación filial y narró, sin omitir detalle, el trágico final de su papá: alcoholizado y solo, ingiriendo incontables botellas de vodka junto a la abuela de Knausgård en una casa, la de infancia, a la que le faltó muy poco para caerse por culpa del abandono.

Convertido en un fenómeno de ventas sin precedentes (más de medio millón de copias en Noruega y traducciones a 22 idiomas), y comparado con Proust y Sebald, Knausgård confesó en una de sus muchas entrevistas que esa osadía acabó arruinando su vida personal: su madre trató de convencerlo de que no publicara, su exesposa –con quien vivió ocho años– lo condenó públicamente, la familia de su padre dejó de hablarle y su actual mujer, Linda, cayó sumida en una depresión. Nada de eso lo detuvo pues, como él mismo confiesa en Un hombre enamorado, el segundo tomo, “quería más de lo que acompañaba todo esto, porque la atención pública es un narcótico, la necesidad que satisface es artificial, pero cuando se ha saboreado, se quiere más”.

Knausgård, sin embargo, no es el único escritor que ha nadado con éxito en las aguas de la no ficción. Es lo mismo que viene haciendo el francés Emmanuel Carrère, que en libros como De vidas ajenas o El adversario no solo se involucra en la historia y se mezcla con los personajes, sino que revela intimidades familiares que muchas veces resultan incómodas (en Una novela rusa cuenta que su madre le pidió no revelar el pasado nazi de su abuelo materno, y que él pasó por alto la advertencia). La lista es tan larga como variada: Francisco Goldman, Marcos Giralt Torrente, Jonathan Franzen, Paul Auster y Salman Rushdie, por citar solo algunos, han convertido más de una vez su vida en la materia prima de sus libros.

Y aunque la tendencia parece estar en auge, lo cierto es que para escarbar en las raíces de la no ficción es preciso devolverse hasta la segunda mitad del siglo xx, cuando Truman Capote publicó A sangre fría (1966), un minucioso reportaje sobre la matanza de una familia en Holcomb, Kansas. La incorporación de elementos literarios en un periodismo que hasta entonces había respetado el límite de la objetividad fue un primer paso para acercar dos géneros que hoy están separados por fronteras muy ambiguas. Desde entonces, la fusión no ha hecho más que seguir llevando a la no ficción por caminos cada vez más sinuosos. Basta ver lo que hacen escritores como Javier Cercas o Enrique Vila-Matas: novelas que combinan elementos históricos (la Guerra Civil española, el fallido golpe de Estado de 1981 en España, por ejemplo, en el caso de Cercas) con otros mucho más introspectivos que cuestionan la propia vida y la manera de actuar, no solo les han granjeado miles de lectores, sino que arrojan luces sobre una verdad tácita: que la propia vida es una de las grandes fuentes literarias, si no la mayor.

Así las cosas, ¿hasta dónde debe llegar un escritor a la hora de contarlo todo? ¿Vale la pena arriesgar las relaciones con los seres queridos por el éxito literario? ¿Cómo repercute lo escrito en su entorno más cercano?

La vida entre páginas

Uno de los grandes éxitos editoriales en Colombia ha sido El olvido que seremos (2006), el libro en el que Héctor Abad Faciolince relata la muerte de su padre a manos de los paramilitares. Quienes lo han leído saben que en esas páginas Abad abre el álbum familiar y revela momentos de gran intimidad: la trágica muerte de su hermana Marta, por ejemplo, o esa relación excesivamente amorosa entre padre e hijo en una sociedad antioqueña machista y distante.

“Cuando yo terminé ese libro tenía un viaje a China y toda mi familia iba a reunirse en la finca, por navidades. Les dejé dos copias y me fui para el otro lado del mundo. No quería verles las caras. Si mi mamá y mis hermanas me hubieran pedido que no publicara el libro, no lo habría publicado. El amor familiar está por encima del arte; al menos el amor de las personas más cercanas e íntimas: hermanas, padres, hijos, esposa”, cuenta Abad. Aclara, sin embargo, que la reacción de su familia fue positiva: no solo aceptaron verse reflejados en el libro, sino que nadie le pidió cambiar una sola coma.

Pero no siempre las reacciones han sido tan benévolas. De hecho, Abad cuenta que no ha publicado su novela Antepasados futuros por cuenta de un altercado con la familia política de su primer matrimonio: “Cuando mi exsuegra se enteró de que yo me estaba metiendo con su vida y con la vida de su exesposo, me escribió una carta muy seria diciendo que ella no soportaría (como había soportado mi familia de sangre) que yo ventilara en público sus asuntos privados. Yo le di la razón y le dije que no publicaría el libro; que cuando me muriera, si mis hijos lo querían publicar, lo podrían hacer”.

Abad, sin embargo, extiende su respuesta: “En realidad, si a mí me hubiera gustado el resultado del libro, lo habría publicado. Pero es una mala novela, y no veo la necesidad de pelearme con nadie por una mala novela. Si fuera algo que me hubiera dejado satisfecho artísticamente, si las verdades de ese libro fueran importantes para entender algún aspecto de la vida, habría pasado por encima de toda consideración legal o cualquier molestia u ofensa de mis allegados”.

 El antioqueño Fernando Vallejo (Medellín, 1942). Foto: Carlos Julio Martínez.

Quizá quien más ha convertido su propia vida en material literario en el país es Fernando Vallejo. Desde Los días azules (1986), pasando por la pentalogía El río del tiempo, él y su familia son una presencia constante en su literatura: Darío, Raquel, Lía, Aníbal y demás. En El desbarrancadero (2001), uno de los personajes principales es su madre, Lía, a quien llama sin pudor “La loca” y de quien escribe: “La loca era más dañina que un Sida. (…) era el filo del cuchillo, el negror de lo negro, el ojo del huracán, la encarnación del Dios-Diablo…”. Qué tanto afectaron esas palabras a su familia lo revela su hermana Gloria en el documental La desazón suprema, de Luis Ospina, cuando afirma: “Me duele mucho la imagen que él dibuja de mi mamá en ese libro, dentro de toda esa locura y esos términos que él utiliza para referirse a ella. Nunca le quisimos mostrar esa obra a mi mamá, siempre se la ocultamos, pero sin embargo ella intuía todo lo que había ahí”. Pero Vallejo no se detiene: en ¡Llegaron!, novela que acaba de publicar Alfaguara, sigue condenándola.

 La poeta y novelista Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951).

En nuestra literatura hay más ejemplos: en Lo que no tiene nombre, la poeta Piedad Bonnett narra el doloroso suicidio de su hijo Daniel, aquejado por la esquizofrenia, en un libro visceral y profundamente doloroso. ¿Por qué revelar un episodio tan íntimo? Las pistas las dio ella misma en una entrevista que le hicieron por entonces: “Escribir este libro no resuelve mi dolor, porque el dolor estará siempre ahí. Lo mitigo mucho, lo sublimo. Lo convierto en arte, es una catarsis también, para usar el término griego, es una liberación. En ese sentido ha sido muy curador escribir este libro”.


En Corea: Apuntes desde la cuerda floja, el bogotano Andrés Felipe Solano narra el primer año que vivió en Corea del Sur: las vicisitudes con el idioma, la soledad, las barreras culturales e incluso las dificultades de su relación de pareja (está casado con una coreana). “Al tratarse de un libro de no ficción y con formato de diario, me di cuenta de que solo podía tener peso en la medida en que me arriesgara a contar ciertas intimidades de mi matrimonio. Armé el libro a partir de fragmentos y quizás el verdadero hallazgo al escribirlo fue que encontré la manera de que los silencios entre los fragmentos potenciaran esas descargan íntimas”, cuenta.

Pareciera entonces que despojarse del pudor y exponer la vida ante los demás tiene un enorme atractivo. Pero ¿qué tan fácil es lograrlo? “Creo que el escritor tiene que tener dos defectos muy graves para poder serlo: la indolencia y la impudicia –explica Abad–: la indolencia en el sentido de ser capaz de ser despiadado: uno no puede amilanarse ante el posible dolor de los demás. Esto es muy paradójico pues el escritor tiene que ser, al mismo tiempo, compasivo y empático, para poder entender a los otros. Pero cuando el escritor sabe que algo va a doler, tiene que ser capaz de seguir escribiendo, aunque duela. Aunque le duela a él mismo y aunque les duela a los demás”.

Ahora bien, ¿vale la pena arriesgarlo todo por el éxito literario? Solano es enfático al respecto: “El autor que piensa en el éxito literario como punto de partida para su escritura está perdido de antemano. Un buen lector siempre se dará cuenta de las ganas de escandalizar de un escritor porque sí y quizás las ventas inmediatas premien esa estrategia, pero el tiempo terminará por sepultarla. Creo que una confesión literaria tiene valor si parte de un contrapunteo intenso del autor con él mismo. Mirarse a la cara y dinamitarla siempre será más difícil que relatar infidelidades vanas o pecados veniales”.

*Periodista.

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