Cortesía Archivo General de la Nación

El redescubrimiento literario del año: el hermano perdido de 'La vorágine'

Julio Quiñones publicó 'En el corazón de la América virgen' en París, en 1924, el mismo año en el que salió la obra maestra de José Eustasio Rivera. ¿Quién era este ilustre desconocido, testigo de uno de los episodios más violentos y olvidados de nuestra historia reciente, autor de una olvidada novela sobre la selva amazónica?

2016/07/28

Por Camilo Hoyos Gómez* Bogotá

Fue terminando el café de la sobremesa cuando Jon Landaburu me habló de una extraña novela publicada en París en 1924 sobre la selva del Putumayo. En Cartagena, a comienzos de la década de 1970, su tía Vicky le obsequió un libro escrito en francés por un colombiano residente en París: una novela en la cual el autor recreaba su supuesta experiencia luego de convivir (est resté decía el editor en una nota) con la comunidad nonuya del Amazonas entre los años de 1907 y 1911. “Ya que tú sabes de lenguas amazónicas”, le dijo la tía Vicky, “de pronto encontrarás algo interesante”. Landaburu, lingüista y filósofo que ha estudiado como pocos las lenguas indígenas colombianas, abrió En el corazón de la América virgen con algo de escepticismo, al recordar cuán exageradas son las invenciones biográficas por parte de algunos autores para legitimar sus novelas de aventura en la selva. “Pero cuando comencé a leer los nombres de los personajes y noté ciertas palabras”, me dijo, “supe que sí tenía un detallado conocimiento de la cultura nonuya. Quiñones sí estuvo allí”.

¿Un colombiano residente en París que publica una novela sobre su experiencia de vida en la selva con los nonuyas, el mismo año en que José Eustasio Rivera publicó La vorágine, en la que su narrador, el esquivo Arturo Cova, apenas menciona a los indígenas huitotos? ¿Quién era el desconocido Julio Quiñones? ¿Qué hacía en la selva justamente en los años en los que arreciaba el genocidio huitoto en manos de los caucheros de Julio César Arana, dueño de la Peruvian Amazon Company radicada en Londres, durante esos años en que se coció el conflicto colombo-peruano? ¿Qué o quién lo había llevado a las riberas del río Caraparaná precisamente durante los años en que el joven norteamericano Walter Hardenburg, de viaje por los selvas amazónicas, fue testigo del horror infligido a los indígenas por los caucheros y publicó una columna en el diario inglés The Truth denunciando el genocidio en manos de una compañía inglesa? ¿El mismo año en que el Parlamento inglés, acusado por el impacto mediático causado por el artículo de Hardenburg y otros de diarios peruanos, decidió enviar a Roger Casement al Putumayo para verificar las acciones de la compañía inglesa en territorio colombiano? ¿Quién era este ilustre desconocido, testigo de uno de los episodios más violentos de nuestra historia, autor de una desconocida novela sobre la selva amazónica?

“Justamente la acaban de reeditar y la presentaron en la última Feria del Libro”, cerró Jon mientras nos levantábamos de la mesa. Esa tarde compré la reedición de Diente de León y a los pocos días Jon me prestó la edición francesa, publicada por J. Peyronnet, en París, en 1924. En las primeras páginas encontré la pomposa dedicatoria del autor a la tía Vicky: “À Madame Victoria Fadul, la meilleure des amies et la plus charmante de toutes les femmes, avec la vive sympathie de l’auteur J. Quiñones. Carthagène, le 31 mai 1936”.

La novela narra el combate que libra la comunidad nonuya, encabezada por Fusicayna, su jefe, contra un jaguar (tigre en la novela, pero con una nota a pie de página que así lo aclara) que ha diezmado la comunidad durante los últimos meses con sus ataques voraces. Luego de un ritual con la yera, el sabio Oyma tiene una visión en que una pareja de hermanos de otra comunidad matará al tigre. Quega y Simigüey, nietos del gran Charocangui, rey de las selvas de Canimaní del río Caquetá y cacique de los Emuas, confirman la profecía, pero el aliento del tigre antes de morir desencadena más desgracias: Fusicayna muere de viruela, y su hija Moneycueño, quien fue dada en matrimonio a Quega en agradecimiento, se enamora de Willy, un cauchero blanco a quien encuentran perdido en la selva. Se respira durante toda la novela un aire romántico que sin embargo oculta algo más.

Esta trama con un evidente elemento de la tragedia shakesperiana, empezando por su pair of star-crossed lovers de distintos orígenes, está armada de tal manera que Quiñones pueda exprimir todo su conocimiento etnográfico de la selva. Comenzando por los nombres, que Landaburu ya había destacado: Fusicayna, Nonoray, Cuyonimuy, Capoyma, Fusiñaviray, Umuyrutique y el bello Moneycueño, entre muchos otros. En la introducción, el antropólogo Roberto Pineda explica cómo la comunidad de los nonuyas creía que los chamanes de comunidades enemigas se convertían al morir en jaguares para vengarse atacando a los indígenas enemigos. Además del dominio de la lengua, sobresale su íntimo conocimiento de los rituales de la comunidad como el rafue, la palabra hablada durante las sesiones de mambeo de tabaco. Según Pineda, rafue es “la ‘palabra-acción’ que conduce a la sabiduría sagrada alrededor de la cual se conforma el pensamiento y cotidianidad de la comunidad”. También aparece en la novela el ritual del Rodorite, fiesta que se celebra al año de muerte de un familiar en la cual la joven virgen más cercana por parentesco al muerto contrae matrimonio y bebe las cenizas del difunto para así permitir la reencarnación del mismo en su primer hijo. O el juare, tambor de dos partes que era utilizado en fiestas y como medio de comunicación con otras tribus. Landaburu me contó que escuchó, a finales de la década de los sesenta, a viejos indígenas hablar de sus abuelos que cuando niños vieron el juare. Estos episodios etnográficos son portales a intimidades indígenas perdidas en el tiempo.

Las mejores escenas de la novela son precisamente las que exigieron una experiencia de primera mano. Cuando supe más sobre Quiñones, me pregunté cómo fue que un cauchero del Putumayo sintió tanto respeto por las culturas nativas, pisoteadas y vilipendiadas por prácticamente cualquier occidental que se internara en la selva.

De pronto es por esto que nada es más distinto de la selva voraz y enloquecedora de Rivera, y de tantas otras de los mismos años, que la de nuestro desconocido Quiñones. Puede ser por un romanticismo trasnochado a lo Rousseau o Chateaubriand, pero la novela es una oda a la selva como lugar paradisíaco y nido de lealtad y sabiduría derivada de la contemplación de la naturaleza. Es un lugar donde, “en medio de flores y palmeras, fuentes bulliciosas expanden sus aguas blancas y puras, diáfanas como el cristal, arrulladas por mil gorjeos y murmullos y acariciadas por la fresca sombra de la selva infinita”, para luego decir que “En esta encantadora región se extiende el dominio de los indios Güitotos o Huitotos”. Encantadora: es decir que genera misterio, como lo comprende Umuyrutique, para quien la selva es “una delicia que encanta el espíritu observador del indígena, que abandonaba su hogar para ir allí a contemplar el esplendor de la naturaleza”, o el caso de Moneycueño, en cuyo carácter contemplativo “había algo de melancólico; ella había visto sonrientes auroras y lúgubres crepúsculos y las bellezas misteriosas de la naturaleza virgen le dejaban, a veces en el alma, una inquietud indefinible.” Sobre Willy, el occidental convertido en nonuya, el narrador dice: “¿Cuántas veces, cuando esperaba a Moneycueño en el lugar acostumbrado, su corazón había palpitado al menor rozamiento de las hojas?”. El tema último de la novela es la unión de lo humano con la selva.

¿Quién fue Julio Quiñones? ¿Se trataba de un cauchero redimido por una experiencia indígena? En la novela la realidad de las caucherías es marginal. Willy le cuenta a Moneycueño que antes de perderse en la selva su morada estaba sobre las orillas del Caraparaná. Al ser atacados por hombres de la agencia cauchera La Chorrera huyó selva adentro mientras algunos compañeros eran asesinados. “Yo vengo de lejanas tierras”, le dice, “donde somos menos felices que vosotros, ¡vengo huyendo de los hombres!”. Moneycueño reconoce que se refiere a los biracuchas, como denominaban a los caucheros, “que nos han traído las enfermedades, los dolores y la muerte”. Pero lo perdona: “Tú eres de esa raza, pero no tienes la culpa; tú también has sufrido como nosotros, tú no puedes ser malo, porque nosotros te hemos hecho bien”. Y este perdón, que evidentemente tiene que ver con las caucherías, vuelve a aparecer cuando Dizie reconoce en Willy a un biracucha y decide vengar la muerte de sus familiares: el sabio Fusiñaviray le recrimina que “¡Tú, buscas todo el mal de la especie en el individuo, yo encuentro a veces la bondad de mi corazón en toda la raza humana!”. Moneycueño lo perdona a sabiendas de que los biracuchas mataron a su tío Ifé, gran cacique de los yahuyanos; para efectos de memoria, en una nota a pie se da fe de que el autor vio a Ifé encadenado a las órdenes de un trabajador de La Chorrera, en 1907. El silencio de la violencia no es gratuito: no se quiere manchar la selva con su recuerdo. ¿Quién fue este Julio Quiñones?

El segundo tomo de Putumayo: la vorágine de las caucherías. Memoria y Testimonio, editado por el Centro Nacional de Memoria Histórica, es la transcripción de material seleccionado del tomo 600 del Fondo del Ministerio de Relaciones Públicas del Archivo General de la Nación, un grueso y desgastado tomo verde titulado Documentos relativos a las violaciones del territorio colombiano en el Putumayo. 1903 a 1901, con un error más puesto en el lomo. Se trata de toda la información conservada sobre los años más terribles de la violencia de las caucherías, entre los que se incluyen informes oficiales de gobernadores exigiendo explicaciones sobre la situación del bajo Putumayo, declaraciones de asesinatos y exabruptos, informes a Rafael Uribe Uribe y peticiones al presidente Reyes. Una sola petición prevalece en todos los informes o cartas: protección por parte del gobierno colombiano ante los ataques de los peruanos. Se trata de los años del horror del Putumayo. Allí es donde aparece mencionado en tres oportunidades Quiñones, y además firma una carta que narra el horror de la época.

Con la misma letra de la dedicatoria a la tía Vicky, fechada en Yubineto el 8 de abril de 1908, dirigida al cauchero colombiano Artemio Muñoz, Quiñones cuenta en su carta: “Con grande pena te comunico los hechos posteriores al acontecimiento del 12 de enero como terribles consecuencias de este: El 29 de enero iban con decisión a la casa de Serrano (q.e.p.d.) el Sargento Pulido, Juan Escobar, Rafael Cano, Fernando Quimayaza, Félix Lemos, Francisco y Vicente Ramírez, y fueron tomados a traición por Zumaeta y sus compañeros y el mismo día los llevaron a donde Nuisayes, en donde fueron cobardemente asesinados al día siguiente. Una vez consumado el asesinato, no cesada la sed de sangre y de dinero se fueron los mismos el 2 de febrero a casa de Serrano y llegaron por la mañana. Con sus falsas sonrisas y apariencias engañaron a David, Jaramillo Chino, Ramírez Castro, Benjamín Muñoz, Abelardo Riveros, Manuel Erazo y quince compañeros y todos fueron asesinados y los arrojaron al río Caraparaná. Ellos pensaron acabar con todos; pero Dios es justo y nos ha conservado la vida para protestar contra tan espantoso crimen…”.

¿Qué sucedió el 12 de enero de 1908? Luego de revisar cartas, documentos y contrastar versiones, parece ser que los caucheros Enrique Serrano y Lisímaco Velasco firmaron un contrato para la explotación de caucho y robaron “una nación” de indígenas pertenecientes a la Casa Arana. Velasco, una vez cometido el robo, llamó a la desobediencia civil frente al inspector del Putumayo, Gabriel Martínez. Los peruanos, una vez enterados de la desaparición de los indígenas, comenzaron a perseguir a Velasco al mismo tiempo que Martínez lo buscaba por desacato. En un punto las dos búsquedas se encuentran, y los peruanos acusan a Martínez de ser cómplice del robo: lo esposan y retienen; es decir, los soldados paramilitares (¿hay otro nombre?) de Arana detienen a un miembro de la fuerza pública colombiana. Mientras tanto, Zumaeta, uno de los más sanguinarios capataces de la Casa Arana, lidera a 200 hombres armados en el ataque a la agencia colombiana de caucho La Unión, de Antonio Martínez. Este es el acontecimiento del 12 de enero: el asesinato de ocho colombianos a manos de hombres de la Casa Arana, que catapulta el conflicto político de fronteras. Este parece ser el episodio relatado por Willy a Moneycueño cuando le cuenta de su morada en las orillas del río Caraparaná. Este es el Putumayo sangriento que Quiñones vivió. Y es, sin lugar a dudas, el escenario que transformó asombrosamente en su novela.

No tengo la más remota idea de cómo llegó Quiñones a vivir en París, y de cómo aprendió francés lo suficientemente bien como para escribir su novela. Un aspecto más humano se perfila al evocarlo: la manera como la literatura permite transformar la memoria. Darles voz a los nonuyas y a su manera de ver el mundo en 1924, luego de haber sido una víctima más del Putumayo azotado por el oro blanco, es ya un ejercicio de perdón a través de la escritura literaria. Pueda ser que estemos frente a un caso histórico de la literatura como resiliencia. Pueda ser que Quiñones nos sirva de ejemplo para todo lo que se nos viene encima.

*Crítico literario

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