EL TREN DE MACONDO, ARACATACA, COLOMBIA. S/F. DEL LIBRO MACONDO VISTO POR LEO MATIZ.
  • Gabriel García Márquez en La Habana, 1988.

La invención real de un lugar imaginario

La explosión masiva que representó Cien años de soledad desnudó los complejos de Colombia. Su héroe cultural inventó una mitología doméstica y mantuvo una distancia estratégica ante esos mismos complejos. Macondo era el Caribe, pero también los mapas recorridos por García Márquez para comprender el libro que al fin pudo escribir cuando vivía en México.

2015/04/16

Por Hugo Chaparro Valderrama* Bogotá

William Faulkner trazó con precisión de cartógrafo el mapa de su geografía literaria. Aceptando la sugerencia del crítico Malcolm Cowley, Faulkner le envió, para la antología que preparaba de su obra, el mapa de Jefferson y el Condado de Yoknapatawpha. El escritor tuvo entonces un segundo aire, a finales de los años cuarenta, después de que Estados Unidos le hubiera dado la espalda y sus libros estuvieran fuera de circulación.

Pero el mapa ya existía diez años atrás. Faulkner lo dibujó como una ilustración que acompañaba la cronología y la reseña biográfica de los personajes que protagonizan ¡Absalón, Absalón! Además de la extensión del condado –2.400 millas cuadradas– y de su población –blancos: 6.298; negros: 9.313–, el origen de la geografía hecha ficción aseguraba en la brevedad de un rótulo quién era el creador que propició el génesis y los diversos apocalipsis de sus narraciones: “William Faulkner. Sole Owner and Proprietor” (William Faulkner. Único dueño y propietario).

Era un derecho legítimo: presentarse como dueño y propietario de su territorio ficticio. Un ejemplo que siguieron otros escritores –Rulfo, Onetti, García Márquez– cuando soñaron con mundos no menos inverosímiles: Comala, Santa María, Macondo.

Distintos en sus hallazgos formales, solo comparten con Faulkner, según García Márquez, analogías geográficas. “Los pueblos ardientes y llenos de polvo, las gentes sin esperanzas”, explicó en El olor de la guayaba. Quizás una forma de entender al ser humano.

La imagen de Faulkner surge entonces en el espejo de sus influencias cuando conocemos el calor perpetuo de Comala, la desesperanza en Santa María, la vida provinciana hecha historia universal en Macondo.

 

José Félix Fuenmayor, con la certeza de los lectores astutos, compartió con García Márquez, cuando era un escritor que aprendía su oficio en Barranquilla, la ilusión de que Faulkner era un autor del Caribe. El sur de Estados Unidos descrito por Faulkner, advirtiendo en los mapas de Yoknapatawpha donde nacieron, vivieron, sufrieron por sus amores confusos, hicieron de la religión una invocación supersticiosa, cometieron asesinatos, fueron encarcelados, linchados y, al final de todo, murieron, no era del todo ajeno a las biografías, los dramas y las muertes del Caribe donde Fuenmayor comprendió que las historias de Faulkner también podían narrarse en una geografía hechizada por fantasmas similares.

Los orígenes del mito explicado por sus creadores: Yoknapatawpha, según Faulkner, se descubría en los tiempos ancestrales de una antigua tribu india que llamó Yocona al río que avanzaba por el sur de Oxford (Mississippi); García Márquez, con su poder de fabulación, por el que no interesa tanto la verdad de los hechos como su invención, recordaba que Macondo era el nombre de una hacienda de banano cerca de Aracataca.

De una geografía a otra, en el azar de las lecturas que moldean un estilo, Faulkner soñó con un mundo autónomo en su escritura, que no pasó en vano para que García Márquez resumiera el mundo en un pueblo.

Con una diferencia, literalmente, fantástica, que lo distingue de Faulkner: la naturaleza mágica asumida como un hecho normal y cotidiano por los habitantes de Macondo.

La tradición del realismo espeso y violento del sur de Estados Unidos narrado por Faulkner, se transformó en el Caribe cuando García Márquez narró los hechos de un lugar imaginario, habituado a los excesos fantásticos, tan reales como pueden ser los sueños, ilógicos de una manera implacablemente lógica, donde todo es posible aunque parezca imposible.

 

Nació entonces el pueblo, el origen de su novedad, anunciado a mediados de los años cincuenta en el “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, con sus casas de barro y cañabrava, a la orilla de un río de aguas diáfanas, con piedras grandiosas como huevos prehistóricos.

Un lugar que se convirtió, con la rapidez del vértigo, en el patrimonio de una generación que cruzó por las páginas de Cien años de soledad sin que pudiera abandonarlas jamás.

Sus lectores cruzaron el umbral de una frontera que desvaneció las fronteras. El escritor Francisco Goldman, criado en Boston, de origen guatemalteco, recuerda de una manera entrañable la tarde en que su madre lo entretuvo leyéndole en voz alta, para aliviarlo de la enfermedad que felizmente le evitó ir ese día al colegio, fragmentos de la novela donde pudo descubrir que las leyendas y anécdotas de su familia en Guatemala se encontraban reinventadas por el libro que parecía resumir la historia íntima de un continente.

“Las influencias literarias son quizás más interesantes cuando cruzan fronteras e idiomas”, escribió Goldman en The New York Times del 2 de noviembre de 2003, titulando su artículo con una frase que parece tópica pero hace del lugar común una manera de honrar con justicia al padre, In the Shadow of the Patriarch (A la sombra del patriarca). “García Márquez siempre nombró a Faulkner, Kafka y Virginia Woolf entre sus mayores influencias, además de otros escritores latinoamericanos como Juan Rulfo. Según la lógica ya conocida de Harold Bloom en “La ansiedad de la influencia”, la originalidad en literatura es por lo general un asunto en el que se combinan al menos dos influencias inesperadas. En todo el mundo, García Márquez parece que hubiera aportado parte de esa ecuación a escritores como Salman Rushdie, Toni Morrison y Ben Okri, así como también a escritores latinos en Estados Unidos como Óscar Hijuelos. Un académico escribió hace poco que García Márquez es el escritor más influyente en la literatura contemporánea china; en un cuento del escritor iraquí en el exilio Najem Wali, un personaje redescubre la ciudad de Basra en Macondo”.

La explosión masiva que representó Cien años… desnudó los complejos de Colombia. Su héroe cultural inventó una mitología doméstica y mantuvo una distancia estratégica ante esos mismos complejos. Macondo era el Caribe, pero también los mapas recorridos por García Márquez para comprender el libro que al fin pudo escribir cuando vivía en México.

Fue un escritor universal en sus referencias locales y un escritor local que entendió cómo salvarse, a través de la ficción, del malestar narrativo según la visión apocalíptica, que aún perdura, expresada en su artículo “La literatura colombiana, un fraude a la nación”, publicado a principios de 1960.

Alerta ante los falsos prestigios entronizados con facilidad en el país del Sagrado Corazón de Jesús, supo que el oficio de escribir debería tener un rigor profesional; que la inspiración es un asunto de transpiración para vencer los misterios de la escritura; que la historia, en términos literarios, cuando no es estimulante, puede ser –o parecer– una condena, pero conocerla nos permite reaccionar ante su fragilidad.

No en vano trabajó en contra de la literatura ocasional y su languidez creativa, agobiada en Colombia por la mala costumbre de considerar a los artistas como genios espontáneos según la visión romántica del siglo xix.

“Sin duda, uno de los factores de nuestro retraso literario ha sido esa megalomanía nacional –la forma más estéril del conformismo– que nos ha echado a dormir sobre un colchón de laureles que nosotros mismos nos encargamos de inventar”, escribió como un fusilero literario al que no le faltaba razón.

El aire de frustración alcanzó niveles tóxicos cuando García Márquez hizo parte del jurado en el Premio Barral de Novela, a principios de los años setenta. Según la entrevista de Xavi Ayén con Salvador Clotas en su libro Aquellos años del boom, “Clotas certifica que a Gabo solo le interesaban los manuscritos colombianos para cerciorarse de que eran malos: “Dijo, como tranquilizado: ‘Ya me he asegurado de que no hay ningún colombiano que valga la pena’”.

Crecimos entonces a la sombra del patriarca. Celebrando las proezas épicas de una vasta familia que multiplicó la estirpe de José Arcadio Buendía y Ursula Iguarán, organizada de una manera precisa en el árbol genealógico que hicieron muchos lectores para guiarse con facilidad por el desfile tumultuoso de Cien años de soledad. Descubriendo con el tiempo que Macondo no era un lugar sino la idea de un lugar que podía ser el Caribe y, por extensión, el mundo. Cruzándose el destino de sus personajes con el destino y la biografía de sus lectores en una geografía imaginaria que también pudo llamarse, en el mundo paralelo de la literatura, Aracataca, Barranquilla, Cartagena, el mapa navegado por Bolívar hasta morir en Santa Marta, con el cuerpo diminuto que se puede soñar en la Quinta de San Pedro Alejandrino cuando se muestra a los turistas la cama para niños en la que supuestamente falleció el Libertador, encontrándose Macondo en una biblioteca con otros territorios tan fantásticos que continúan colonizando la imaginación cuando visitamos Lilliput, el País de Nunca Jamás, la isla de piratas inventada por Stevenson o la isla de Robinson Crusoe, el paisaje alucinado donde la ficción fue una realidad desconcertante para el Quijote.

Un pueblo que alcanzó la desmesura de una fama ingobernable, no menos fantástica que la literatura donde se originó Macondo, logrando el prodigio de vencer otra frontera aún más difícil de cruzar: la arrogancia del mundo intelectual, aquejado de una enfermedad crónica como la suspicacia cuando un miembro de la tribu es elogiado en el territorio generoso de la cultura popular.

Dos años después de que se publicara Cien años…, el compositor peruano Daniel Camino triunfaba en el Festival de la Canción de Ancón con la cumbia “Macondo”, que en la voz de Johnny Arce –el Rey de la Pachanga, a quien también se le conoció como Mr. Macondo–, llevó el legado de García Márquez a las listas del tropipop musical como una experiencia inédita para la literatura latinoamericana: bailar una novela o el recuerdo fragmentario de una novela en la brevedad de una cumbia.

Los prejuicios regionales que hacen de Colombia un rompecabezas sin armar, la presunción del mundo andino ejerciendo un centralismo cultural desde Bogotá hacia el resto del país, fueron demolidos con la evidencia del talento desde un lugar desconcertante llamado Macondo.

Quedaba atrás el ultraje del folclorista y compositor bogotano Daniel Zamudio, profesor del Conservatorio de Bogotá, cuando afirmó en 1936 que la música del Caribe colombiano, según las influencias de la rumba, sería “una primera tentativa de la humanidad a la regresión para volver al mono… Esa música, que no debiera llamarse así, es simiesca… La rumba y sus derivados, porros, sones, boleros, desalojan nuestros aires típicos autóctonos ocupando sitio preferente en los bailes de los salones sociales… En cuanto a los negros colombianos, hablando culturalmente, cabe la posibilidad de desrumbarlos a pesar del atavismo… Existen en las regiones costeras algunos (aires) llamados merengue, fandango, cumbiamba, etc., pero lo poco que conocemos de ellos nos hace pensar que carecen de interés y de originalidad”.

Una visión distorsionada del Caribe antes de Pacho Galán, Lucho Bermúdez, José Barros, Luis Carlos Meyer y, al lado de la música, García Márquez, asegurando lo que es ahora el lugar común de su definición de Cien años… como un vallenato de 350 páginas.

Aunque también la sorpresa y el recelo rondaron por el Caribe cuando las niñas de la casa decían malas palabras y los padres suponían que las habían aprendido leyendo a García Márquez.

Las geografías del prestigio cultural tuvieron entonces otros mapas como referencia para comprender el giro literario que le otorgó a la ficción Macondo –y sus compañeros de generación que llevaron al lector hacia el Amazonas de Vargas Llosa en La casa verde; al Paraguay del doctor Francia en el siglo xix según Roa Bastos en Yo el Supremo; a La Habana de los años cincuenta, que ahora parece no menos imaginaria que Macondo cuando leemos a Cabrera Infante.

La invasión de Europa y Estados Unidos por la literatura latinoamericana en los años sesenta, fue semejante a la invasión británica que hicieron Los Beatles a Estados Unidos en la misma década: desquiciaron los peligros de la comodidad creativa y enseñaron otra forma de vivir y de soñar en el mundo.

Una avalancha que no pasó en vano y continuó su “invasión” cuando Macondo llegó a Estocolmo en 1982 de la mano de García Márquez, vestido con la claridad de un liqui liqui que contrastó con la solemnidad oscura de los trajes que lo rodeaban mientras recibía el Nobel –sin que la prensa olvidara en Colombia adjetivar permanentemente a García Márquez con el premio como una forma de ratificar que es posible salvarse del caos local, olvidando la exclamación estruendosa de Gabo cuando se enteró de la noticia: “¡No me jodan con el Nobel!”.

El periodista Heriberto Fiorillo, un día después de que García Márquez recibiera la noticia del premio, le preguntó para qué le servía a un escritor el Nobel.

“Depende de las circunstancias –respondió–. A mí me ha servido como arma política. El Nobel da más audiencia y cierto poder público. Cuando yo digo arma política no estoy pensando en las elecciones o en la Cámara de Representantes. Pienso en la posibilidad que tengo de contribuir en la solución de problemas como los de Centroamérica o de América Latina en general que, al fin y al cabo, es lo que me importa realmente”.

La magia de Macondo fue también un arma política para las estirpes que tal vez no tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra. Una forma de la solidaridad, que estuvo a favor de los condenados para defender su mundo en contra del poder y su insolencia.

Uno, entre tantos e inagotables argumentos, más allá del respeto del tamaño de una catedral que inspira García Márquez, para que el escritor hindú Somathanahalli Diwakar se hubiera lanzado con entusiasmo asombroso a encerrarme en un abrazo el día que nos conocimos, agradeciendo a la suerte que se hubiera encontrado por primera vez con un escritor colombiano.

“¡Cien años de soledad me salvó!”, dijo cuando suavizó el abrazo que tenía la fuerza posible de Vishnu.

El libro, que descubrió una tarde melancólica en Nueva Delhi, lo maravilló por el título.

“Parecía una descripción de mi vida”, me dijo.

Lo leyó sin tregua hasta que lo terminó y supo que había vivido, sin darse cuenta, en Macondo, como acaso les pudo suceder a tantos lectores hechizados que han regresado al pueblo releyendo la novela para entenderse a sí mismos a través de la magia controlada hasta el delirio como un hecho natural según García Márquez.

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