El hombre que jamás murió

Es conocido en Argentina y Uruguay por el gran público, pero en Colombia pocos han leído al gran escritor uruguayo fallecido en 2004. Autor de más de 20 libros entre novelas, volúmenes de relatos y libros inclasificables; este es el retrato de un extraño espécimen de la literatura latinoamericana.

2015/08/21

Por Germán Beloso * Buenos Aires

Reconstruir a Jorge Mario Varlotta Levrero, nacido en Montevideo el 23 de enero de 1940, es adentrarse en una unidad partida, en un vidrio astillado. Lo primero que habría que decir de él es que era un artista múltiple que tenía los saberes diversos de un curioso. Varlotta y Mario Levrero, junto con una gran variedad de seudónimos como Alvar Tot, Sofanor Rigby, el Profesor Off, Crush Syndrome o Profesor Hybris, conforman las aristas de aquella unidad nominal. Esto es en sí una complejidad a la hora de abordarlo. La otra es que, aún reconstruyendo a Mario Levrero desde lo biográfico, el escritor se nos seguirá escapando, porque él consideraba que ese escritor que había dentro de él solo aparecía en el momento de la escritura, que era ahí, en ese trance, que el escritor se imponía una vez abiertas las puertas del inconsciente.

Quizás todas esas máscaras funcionaran como resguardos o broquelados de una personalidad que Daniel Divinsky (editor de Ediciones de la Flor, en Buenos Aires) describe como tímida y de pocas palabras. En aquellos tiempos Divinsky, “en parte porque el éxito de Mafalda daba un respaldo económico”, se arriesgaba a publicar escritores desconocidos. Así como en 1986 publica Santo Varón, una tira cómica que Levrero hacía con el dibujante Lizán, al año siguiente apuesta por Fauna y Desplazamientos, dos nouvelles que salieron juntas en un tomo. Fue Elvio Gandolfo, escritor y poeta amigo de Mario, quien le presentó las obras. Divinsky recuerda la fascinación que le provocaron esas dos novelas, y de las historietas señala que eran muy divertidas, de un humor absurdo genial.

Sin embargo, la repercusión que ha cobrado Mario Levrero a partir de la publicación póstuma de La novela luminosa, en 2005, es inversamente proporcional a la repercusión de aquella jugada editorial de Divinsky; pero al mismo tiempo ese contraste reafirma las impresiones de esas primeras lecturas que el editor había catalogado de magistrales, y le despierta el orgullo de haberlo publicado cuando su obra aún no tenía la expansión ni los lectores de hoy día.

De lo onírico al yo

En cuanto a la producción literaria general de Levrero, Elvio Gandolfo afirma que su literatura “durante un largo período tuvo que ver con la idea del arte como hipnosis, que había absorbido de un ensayista francés. En el período final tenía que ver con el tratamiento directo de lo real, a partir de Diario de un canalla y hasta Burdeos, 1972, de publicación póstuma”. Simplificando, entonces, dos etapas: una onírica (que la crítica vincula con una etapa kafkiana) y otra del yo. Para su hijo, Nicolás Varlotta, en la literatura de su padre se puede observar “claramente una evolución que pasa de narrar situaciones más alejadas de lo cotidiano, donde lo biográfico está más escondido, a abiertamente contar su vida cotidiana, como por ejemplo en La novela luminosa y El discurso vacío”. Aunque también afirma que Levrero está en todo lo que escribe porque “pone mucho de él en sus personajes”, incluso en la novela Nick Carter, “que es pura parodia y es muy satírica, él decía “soy yo”, pero el personaje es un detective que tiene todos los defectos: es megalómano, tramposo, abusador, es un personaje detestable, sin embargo sintió que ahí estaba él”.

Para Martín Kohan (premio Herralde 2007) es ese segundo período de la obra de Levrero el que más lo atrae, y del cual rescata “el modo en que, a partir del formato diario, plasma la relativa anomia y la angustia laxa del sucederse de los días. Hay un uso del género diario, un uso de la estructura secuencial y de cierta inercia de la sucesión cronológica, que Levrero aprovecha de manera extraordinaria para narrar justo eso: los quedos y las inercias de una vida que meramente transcurre. Con la modestia y la admiración del caso, me valí de ese aprendizaje de lector para escribir la primera parte de Bahía Blanca”.

En esta segunda etapa de la obra, la del yo, que se inicia con Diario de un canalla, no se puede ver el límite entre lo cotidiano y la literatura, o al menos no se puede ver con claridad la dirección, ¿es de lo cotidiano a la literatura que se está yendo o de esta a lo cotidiano? En realidad, habría que hablar de escritura; la literatura es algo posterior, porque lo que acontece ahí en los libros del yo es el ejercicio de la escritura, de una escritura que toma por asalto a lo cotidiano. En todo caso, la fusión entre cotidianidad y escritura es tan grande que estamos frente a una escritura cotidiana. Este límite laxo se puede graficar con una anécdota que Nicolás Varlotta recupera: “A veces, ordenando cosas me encuentro con cartas de él que cuando releo, me doy cuenta de que eso que me está contando ahí en el papel es lo mismo que aparece en sus novelas; por ejemplo, en El discurso vacío hay fragmentos que son muy parecidos a lo que él me escribía a mí, me contaba las mismas anécdotas: los arreglos en la casa, el zumbido de la UTE y toda una serie de cuestiones”.

Viaje a la semilla
La novela luminosa
se publica en 2005 y coincide con un espacio “nuevo” que la crítica literaria había abierto: las literaturas del yo. Lo cierto es que esa publicación ilumina y hace reflotar gran parte de su obra, que desde 1988 presentaba el formato de diario. Sin embargo, Mario Levrero había muerto el 30 de agosto de 2004.

Levrero ya sabía de su muerte. No solo la presentía, sino que además había tenido dos sueños premonitorios al respecto. El primero le presentaba a su tía Celia Varlotta, quien le señalaba en una cinta métrica cuánto le quedaba de vida. Su amigo, el Tola Invernizzi, protagoniza su segundo sueño, en el cual lo invitaba a partir tranquilo y le afirmaba que todo estaba bien. En 2003 había tenido un preinfarto, y a causa de su fobia a las cirugías no quiso ponerse un catéter para mejorar el funcionamiento de su corazón.


Mario Levrero nació en Montevideo en 1940 y falleció en la misma ciudad en 2004. En Colonia del Sacramento, Uruguay, escribió algunos de sus libros.

En estos últimos años sus fobias y sus manías se habían exacerbado. De las primeras, quizás la más fuerte fue su agorafobia, que lo llevó a encerrarse cada vez más hasta confinarlo a los ambientes de su departamento. De las segundas, la obsesión por su privacidad: si no se le avisaba con antelación que se iba a pasar por su departamento, no atendía el timbre o la puerta por más que se insistiese en demasía.

Un salto atrás en el tiempo, a los años noventa. Acontece su segundo gran dolor: la muerte de Nilda, su madre. Levrero vive en la pequeña ciudad uruguaya Colonia del Sacramento, donde continúa con los talleres de narrativa que había iniciado en Buenos Aires. Dejen todo en mis manos y El alma de Gardel fueron escritas en ese enclave uruguayo.

Otro salto: segunda parte de la década del ochenta, que tiene como escenario la ciudad de Buenos Aires, a donde la mala situación económica que vivía en Uruguay lo impulsa a viajar. Un amigo uruguayo, Jaime Poniachik, le ofrece un trabajo en una revista de crucigramas llamada Cruzadas y también dirigir la publicación de pasatiempos Juegos para gente De Mente, donde creó gran variedad de juegos de ingenio. Por primera vez en su vida, a los 45 años, encuentra cierta holgura económica. En Buenos Aires comienza a ser reconocido y reseñado. Aquí la tarea de Marcial Souto es de gran importancia, pues reeditaría Nick Carter y la primera novela de Levrero, La ciudad. En Buenos Aires también termina el primer borrador de La novela luminosa, que había comenzado a escribir en Montevideo, y deja asentados con fecha y hora muchos sueños, a los que les da forma narrativa. Es una etapa en la que la escritura aparece como terapia, entre lo autobiográfico y lo autoficcional, escribe Apuntes bonaerenses (1988), Diario de un canalla (1988), La Banda del Ciempiés (1988), además de publicar textos inéditos o diseminados en revistas.

También de los ochenta data el origen de su amistad con Edgardo Lizasoain, conocido como Lizán, un dibujante con el que comienza a realizar colaboraciones humorísticas en diferentes revistas de Uruguay y Argentina. De esta amistad nace Santo Varón. La primera mitad de los ochenta es económicamente difícil. Ya se había materializado lo que él mismo llamó su trilogía involuntaria, gestada a fines de los setenta: La ciudad (1970), París (1979) y El lugar (1982).

Un descenso más, década del setenta, y las penurias económicas persisten. Estamos frente a una economía del aire. Son períodos en los que la presencia de amigos es fundamental. Por ejemplo, Jorge Califra, a cuya casa Levrero iba casi a diario a comer.


Santo Varón fue una tira cómica creada por Levrero y Lizán, a mediados de los años ochenta.

Mario Levrero vivía al costado del camino, en otra temporalidad, y por eso, como así también por las temáticas de sus novelas, lo tildaron de apolítico y no comprometido. Pero Elvio Gandolfo recuerda que en las numerosas charlas que tenían “aparecían la política, la actualidad y sobre todo ‘las urgencias del mundo’ (comer, vestirse, comprar algún libro)”. La idea de su supuesto aislamiento fue fomentada por una influyente crítica de izquierda uruguaya de los años sesenta y setenta, que ayudó a mantenerlo aislado y ninguneado durante un largo período, mientras en Argentina era mucho más reconocido como un gran autor”.

Las primeras publicaciones firmadas como Mario Levrero son de los sesenta. En la revista Señal, aparece en 1967 el relato “Ese líquido verde”. El año anterior había aparecido otro, “Historia sin retorno”, pero lo firma como Jorge Levrero. Esta dimensión de producción literaria confluye con otra en la que además de textos también se producían ilustraciones que conformarían cuadernillos que tituló Álbumes y Cuadernos del infierno. En realidad, las dimensiones que esa mente artística crea son múltiples: fotos, cortometrajes y dibujos. A su vez, en esta década encontramos a Jorge Varlotta oficiando como librero en La Guardia Nueva, librería que montó con su amigo Jorge Califra en 1959.

Un último salto y vemos al niño sobreprotegido por su madre, un niño con pasiones bien nítidas: el ocio, la observación de las cosas y la lectura, formadas por una niñez muy particular: un supuesto soplo en el corazón lo destina a un reposo excesivo que lo aleja de la escuela entre los 3 y los 8 años.

Si se comienza a leer de nuevo esta sección, pero ahora desde aquí hacia arriba, se observará que Levrero recién acaba de nacer y que –aun cuando el lector llegue a las primeras palabras que lo han traído hasta aquí y dé fin a esta segunda lectura– entenderá que Levrero o Jorge Mario Varlotta Levrero jamás murió y que lo está esperando en sus novelas.

Construir al padre
Perla Domínguez y Levrero se separan antes de que Nicolás nazca en 1979, y es recién a los dos años que este comienza a ver a su padre una vez por semana. En el 90, Nicolás se va a vivir a Nueva York con su madre, y desde allí viaja para ver a Levrero una vez por año. Ya en el 95, madre e hijo se instalan en España y a partir de aquí la relación hijo-padre pasa a ser epistolar. Pero ¿qué es lo que un hijo puede reconstruir de su padre a través de su escritura y su obra? “A través de los libros siento que la imagen de él está muy presente, y con todos reconstruís un poco su voz. Yo leo sus textos y me lo imagino a él hablando, su persona, siento que el alma realmente aparece. Después, los libros en formato diario me permiten saber cosas concretas de su vida cotidiana”, afirma Nicolás.

Primer contacto Levrero
Los efectos de algunas obras entran –casi en simultáneo con el proceso de lectura– en una zona de olvido de la que nunca emergerán; otras, en cambio, dejan marca, y la obra de Levrero entra aquí, pues su lectura nos introduce en una experiencia del orden de lo irreversible, salimos de la lectura y encontramos otra realidad, por el simple hecho de que algo en nosotros ha cambiado, de que nuestra mirada ya no es la misma.


Foto: Archivo El País

El escritor argentino Martín Kohan llegó tardíamente a la obra de Levrero y su iniciación fue con El discurso vacío, un libro que “me deslumbró y que sigue siendo, entre los de Levrero, mi predilecto. Me fascinó la manera en que la escritura, tantas veces remitida a presuntas trascendencias o a los mitos de la expresión personal, se mostraba en cambio fuertemente configurada como una práctica material, una experiencia corporal y física, una vivencia concreta en sí misma. La vida, mientras tanto, por detrás, se diluye”.

Por su parte, Gandolfo, antes de ser amigo de Levrero, había conocido algunos de sus primeros cuentos a través de la revista uruguaya de Clemente Padín, Los Huevos del Plata. En un viaje a Montevideo regresa a Rosario, Argentina, con un ejemplar de Gelatina: “El texto me dio vuelta, y saqué una nota en mi revista El Lagrimal Trifurca”, donde luego le publicaría también los cuentos “La máquina de pensar en Gladys (positivo y negativo)”. Gandolfo fue el primero en escribir sobre Levrero y describe esa época de fines de los sesenta como “muy rica en lecturas que sonaban nuevas, en particular de toda América Latina y en mi caso, cada vez más, de Uruguay (Juan José Morosoli, Humberto Megget, Felisberto Hernández). Recuerdo que me impresionó mucho Gelatina con relación a otras lecturas, y en sí misma”.

Daniel Divinsky, antes de publicar a Levrero, ya “había leído algunos de sus libros aparecidos en Montevideo” y cuando Elvio Gandolfo “me ofreció Fauna y Desplazamientos para publicarlas, las leí y a mí me parecieron fascinantes, realmente. Ya lo conté en otros ámbitos, todavía sueño con esa escena del tipo, del cobrador de alquileres de la novela Desplazamientos. Lo que hacía Levrero me resultaba totalmente atípico”.

El primer contacto de Nicolás Varlotta con la literatura de Levrero es un caso particular. Siempre tuvo curiosidad por saber qué era lo que escribía su padre. Pero siendo un chico de tan solo 8 años, Levrero le permitió leer únicamente El sótano. Nicolás tuvo que esperar hasta los 13 años para poder leer el resto de la obra de su padre. La ciudad fue la puerta de entrada, y a partir de ahí “empecé a devorar todo lo que él tenía y me prestaba. Creo que lo primero que me enganchó en ese momento adolescente fue que por primera vez leía cosas que yo podría haber soñado. A mí, soñar, en ese momento y hasta el día de hoy, me provocaba un estado de felicidad, sobre todo el recordar los sueños. Pensar en todas las posibilidades que uno está viviendo, tener esas experiencias tan vívidas, tan intensas, que a lo mejor uno no tiene en la vida cotidiana, para mí era algo maravilloso, y el hecho de leer que alguien escribiera los sueños tal como suceden y además los contara de una manera que pudieran ser universales; que haya podido transformarlos en algo que uno puede leer de corrido y que fuera una historia entretenida de leer, eso me maravilló y me enganchó, fue una adicción total desde el primer momento, le pedía que me prestara más cosas, no podía parar”.

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