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Mi negocio es la provocación

Uno de los más incómodos narradores británicos publica 'La zona de interés', una suerte de pantomima sobre los Lagers que no se publicará en Alemania y que Gallimard, la editora francesa de sus exitosos libros, ha desechado por “irresponsable”.

2014/11/19

Por Hernán D. Caro* Berlín

 

Escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie”, escribió el filósofo alemán Theodor W. Adorno tras el final de la Segunda Guerra Mundial y el descubrimiento espantoso de los campos de concentración y exterminio nazis por parte de los ejércitos aliados. La frase ha sido interpretada de formas diversas: como el rechazo de la idea de que la civilización puede aplacar nuestros impulsos más oscuros e irracionales; la constatación de que los crímenes nazis destruyen cualquier posibilidad de belleza, o como un dardo irónico dirigido contra Alemania, el “país de los poetas y los pensadores”.

Otras dos interpretaciones célebres hacen referencia a los límites de arte. Según una de ellas, Adorno decreta que el horror del Holocausto –del asesinato industrializado de millones de personas, la mayoría de ellos judíos, cometido por funcionarios alemanes– no debería ser maquillado a través del arte. Según la otra, la frase es más bien la expresión de una desilusión profunda: la crueldad nazi es tan aterradora que ninguna obra de arte logrará jamás representarla adecuadamente.

Contradiciendo el dictamen de Adorno, ningún otro acontecimiento de la historia feroz del siglo xx ha dado pie a más obras literarias notables que el Holocausto nazi. Frente a las humillaciones y las masacres cometidas bajo el régimen nacionalsocialista, el arte ha resuelto, una y otra vez, no guardar silencio. Es más: desde el poema legendario “Fuga de la muerte”, de Paul Celan (“…la muerte es un maestro de Alemania…”), pasando por la maravillosa novela gráfica Maus, de Art Spiegelman, hasta la espeluznante novela Las benévolas de Jonathan Littell, parecería de hecho que solo el arte es capaz de vislumbrar, aunque sea nebulosamente, la causas y la naturaleza de las atrocidades cometidas por los nazis.

Y, sin embargo, a la hora de hablar del Holocausto, existe aún una frontera que el arte se ha atrevido a cruzar solo pocas veces. Cada vez que lo ha hecho, el disgusto, la crítica indignada y la polémica no se han hecho esperar. Se trata de la descripción humorística de las monstruosidades nazis.


“¡No nos los comemos!”

La polémica más reciente sobre la espinosa relación entre humor y horror la ha provocado la última novela de Martin Amis, considerado uno de los escritores británicos vivos más influyentes al lado de pesos pesados como Ian McEwan o Julian Barnes. El libro, aparecido en inglés en agosto pasado, se titula The Zone of Interest [La zona de interés] y será publicado en español el año entrante.

La “zona de interés” es Auschwitz. Los eventos de la novela se desarrollan desde tres perspectivas narrativas: la del posterior héroe trágico del libro, Angelus “Golo” Thomsen, un alto y apuesto funcionario civil encargado de evaluar las fábricas contiguas al campo de concentración, y quien sufre una transformación importante durante la novela; la de Paul Doll, el inepto, perverso y alcohólico comandante de Auschwitz; y la de Szmul, líder de la “Escuadra especial” del campo: el miserable grupo de prisioneros judíos dedicados, bajo el control de los nazis, a la matanza y la cremación de sus congéneres.

La historia inicia cuando Thomsen decide seducir a la esposa del comandante Doll. Pero esta “historia de amor” es en verdad el pretexto de Amis –quien ya en su novela La flecha del tiempo (1991) había examinado el infierno de Auschwitz– para realizar un inventario detallado de los espantos de la “zona de interés”: el exterminio de millones de judíos y miembros de otras minorías étnicas en las cámaras de gas y su cremación en los hornos, el hedor de la muerte masiva, el uso de trabajadores esclavos por parte de empresarios alemanes, los experimentos con prisioneros vivos por parte de científicos alemanes.

La simple descripción de los crímenes de Auschwitz –que conocemos bien de otras novelas, películas y documentales estremecedores– basta para producir turbación e indignación inmensas. Pero en la novela de Amis hay algo más: el tono satírico de las narraciones de Thomsen y de Doll (la perspectiva de Szmul, quien se llama a sí mismo “el hombre más triste de la historia del mundo”, es sencillamente deprimente) le confieren a los hechos narrados una repugnancia y provocan en el lector una perplejidad especiales.

Un pasaje relata el diálogo de “Golo” Thomsen con su mejor amigo sobre el trato de los prisioneros del campo por parte de los nazis:

“—Estoy pensando, ¿hay algo que no les hagamos?

—Supongo que no las violamos.

—Pero les hacemos cosas peores, Golo... Cosas mucho más desagradables. Buscamos a las más guapas y experimentamos con ellas. Con sus órganos reproductivos. Las convertimos en pequeñas ancianas. Y a ellos el hambre los convierte en pequeños hombrecillos.

—¿Estarías de acuerdo con que no podríamos tratarlos peor? —pregunté.

—Bueno —respondió—, ¡al menos no nos los comemos!

En otro lugar, el comandante Doll se encuentra con Szmul: “Así que esto es un ser humano, dije. ¡Usted realmente tiene una pinta atroz! ¿Mis ojos? Comparados con los del líder de la Escuadra especial, Szmul, mis ojos son como los de Ricitos en Oro. Sus ojos se han ido, muertos, difuntos, extintos... Por Dios, ¡que ojos, hombre!”. Más tarde, Doll describe sus pensamientos durante un concierto con sus colegas nazis: “No fue como la última vez, donde de repente me vi sumergido en pensamientos del reto logístico de gasear a la audiencia. No. Esta vez me imaginé que la gente detrás de mí ya estaba muerta y acababa de ser desenterrada para su inmolación en la hoguera. ¡Y qué dulce que olían los arios! ¡Si los convirtiera en humo y llamas, sus huesos (estaba seguro) no perderían aquel fresco aroma!”. Otros pasajes del libro describen irónicamente las opiniones de los nazis de los trenes repletos de judíos, la dificultad de saber exactamente cuántas personas han sido incineradas en los hornos o las reflexiones picantes de Thomsen y Doll sobre sus éxitos, obsesiones (y en el caso de Doll: fracasos) sexuales.

Para el periódico inglés The Guardian, el libro es “acaso la mejor novela de Amis de los últimos 25 años”, y según The New York Times, Amis ofrece un “acercamiento desgarrador a la monstruosidad de los crímenes nazis”. Al mismo tiempo, la polémica que la novela ha producido en otras partes deja muy en claro cuán difícil es digerir su tono sardónico. En Francia, la editorial Gallimard, que usualmente traduce las obras de Amis, decidió no editar el libro (lo hará una editorial más pequeña). Y en Alemania –donde ningún tema es más serio que el Holocausto– es casi seguro que la novela no se traducirá jamás. Según el diario alemán Süddeutsche Zeitung, el libro intenta “hacer de la provocación un negocio”. Y el semanario Freitag denuncia algunos problemas históricos de la novela y sostiene que al “melodrama nazi” escrito por Amis “nadie lo extrañará en Alemania”.


El horror y la risa

No es la primera vez que el arte se acerca al nacionalsocialismo a través del humor. En particular, en la historia del cine hay casos ilustres como El gran dictador (1940), de Charles Chaplin; la comedia Ser o no ser (1942), de Ernst Lubitsch; o la conmovedora La vida es bella (1997), de Roberto Benigni. Estas películas son hoy en día verdaderos clásicos. Pero en su autobiografía Chaplin escribe: “Si hubiese sabido de los verdaderos horrores de los campos de concentración alemanes no habría hecho El gran dictador”. Y Lubitsch y Benigni fueron ambos criticados en su momento por atenuar las infamias nazis y estar dispuestos a “hacer cualquier cosa para producir una carcajada”.

La zona de interés –más allá de sus virtudes o faltas literarias, y de si se convertirá o no en un “clásico sobre el Holocausto”– nos hace preguntarnos una vez más: ¿es posible reconciliar el humor con el mayor horror que la humanidad ha experimentado? Es probable que no haya una repuesta definitiva a esta pregunta, que se trate de una cuestión de gustos y sensibilidades. Y, sin embargo, una impresión paradójica y extraña surge de la lectura de este libro provocador: la de que el humor negro de la narración, en vez de aminorar la vileza y la crueldad de los crímenes nazis, revela cuán pérfido era el proyecto nazi y cuán descomunal fue el sufrimiento de sus víctimas.

El judío italiano Primo Levi, quien vivió un año infernal en Auschwitz, escribió en su grandiosa y terrible memoria Si esto es un hombre (1956) que en el campo de concentración no había “por qué”: no había razones, explicaciones. Quizá pertenece a la idea de Auschwitz la imposibilidad de ser comprendida. Y quizá el arte y sus aliados más subversivos, el humor y la ironía, logren algo aún más perdurable: que empecemos a sentir cuán profundo y oscuro es el abismo de la maldad humana.

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