Foto cortesía de: Agence Opale

Pesadillas, confesiones y susurros

El escritor francés fue puesto una vez más en la picota pública a causa de una ominosa coincidencia: el lanzamiento de su nueva novela fue el día de la masacre de Charlie Hebdo, el pasado 7 de enero. Houellebecq decidió irse de París, cancelar todas sus presentaciones salvo una en el festival literario de Colonia, en Alemania. Arcadia estuvo allí.

2015/03/02

Por Hernán D. Caro* Berlín

Depravado sexual, cínico, misógino, reaccionario, enemigo público, “la última estrella de rock de la literatura francesa”… Al escritor y cineasta francés Michel Houellebecq lo han llamado de muchas maneras en los últimos años. Su buena mala fama empezó a establecerse con la publicación de sus primeras novelas, Ampliación del campo de batalla, en 1994, y Las partículas elementales, en 1998. La primera relata el descenso a las tinieblas del alma de un ingeniero informático retraído, hastiado de su trabajo y de la sociedad. La segunda es la historia de dos medios hermanos, uno de ellos un obseso sexual que termina en una clínica psiquiátrica, el otro un científico depresivo cuyo legado es la invención de una raza de seres humanos superiores: inmortales, asexuales y carentes de toda libertad individual.

Por más empalagosamente existencialistas que pudieran parecer esas tramas a primera vista, marcadas como están por protagonistas rotos entre la soledad, el sexo compulsivo y frustrante y el aborrecimiento de los valores del resto de la humanidad, aquellas dos primeras novelas feroces y las siguientes –Plataforma (2001), La posibilidad de una isla (2005) y El mapa y el territorio (2010)– han logrado, con gran efectividad y gran éxito, una de las cosas más valiosas y valientes a las que puede aspirar el arte: ofrecer un diagnóstico general del presente.

En el caso de Houellebecq, esto ha significado componer un cuadro minucioso de la vida en las sociedades occidentales, con su consumismo infatigable y su mercantilización de las relaciones humanas, su espíritu tecnológico y su exceso de información, su afirmación de la libertad individual, sus manías pornográficas privadas y su impotencia pública. Y con la promesa omnipresente de que sí: también puedes ser feliz. En la medida en que los libros de Houellebecq terminan invariablemente en catástrofes personales, ese diagnóstico general implica el desmonte metódico de los sueños y las promesas de la llamada modernidad. Lo que a su vez ha cimentado su fama de observador descarnado e intelectual subversivo, y lo ha convertido en uno de los escritores más controvertidos del planeta.


Sumisión

No ha de extrañar entonces que hace poco tiempo, cuando se supo que Michel Houellebecq estaba a punto de publicar una nueva novela titulada Sumisión, la excitación de los medios haya sido inmensa. Por una parte, se trataba de Houellebecq. Por otra, el tema del libro sería algo que desde hace tiempo provoca emociones contradictorias, inquietud y controversia: la presunta amenaza que el islam representa para las sociedades occidentales. Sumisión contaría la historia del ascenso al poder en Francia, por vías democráticas, de un partido musulmán, y así, la historia del comienzo del fin del Estado secular y liberal francés. Ya antes de la publicación de la novela, programada para los primeros días de 2015, los críticos literarios hacían sus apuestas sobre las verdaderas intenciones de Houellebecq, y los editores se frotaban emocionados las manos como saben hacerlo cuando un libro promete causar revuelo.

Y luego pasó lo que pasó. En la mañana del 7 de enero, dos terroristas islamistas, los hermanos Saïd y Chérif Kouachi, entraron a la oficina parisina de la revista satírica francesa Charlie Hebdo, que en varias ocasiones había publicado caricaturas de Mahoma y por este motivo había recibido amenazas de grupos fundamentalistas islamistas, y asesinaron a balazos a once personas, entre ellos, a la mayor parte del equipo de redacción de la revista. Más tarde mataron a un agente de policía, asaltaron una gasolinera a mano armada, y fueron abaleados por la policía a las afueras de París. Las consecuencias del atentado son bien conocidas: las campañas de apoyo a la revista, las manifestaciones mundiales de rechazo al terror y las discusiones interminables sobre los límites de libertad de expresión y lo que es y no es permitido a la sátira.

Para bien y para mal, la nueva novela de Houellebecq quedó atrapada justo en medio de este huracán de nerviosismo global. Tras el ataque a la revista, Sumisión adquirió un carácter simbólico, atrayente y siniestro por varios motivos. En primer lugar, una historia sobre el dominio islámico de Francia en el año 2022 no podía llegar en un momento más macabramente oportuno para los adeptos a teorías de conspiración literaria. ¿Cómo no querer ver en el libro una señal, una voz de alarma, si mientras la novela era publicada, en la misma mañana y en la misma ciudad los hermanos Kouachi acababan a tiros con los miembros de Charlie Hebdo? Y para colmo, la portada de la edición de la revista que apareció justo antes del atentado mostraba una caricatura de Michel Houellebecq en todo su desaliño exagerado, vestido de mago y diciendo: “En 2015 perderé mis dientes” y “En 2022 celebraré el ramadán”. Como escribió un periódico alemán tras el atentado: “Las balas contra Charlie Hebdo también estaban dirigidas contra Houellebecq”.

El ataque a la redacción de Charlie Hebdo y las muy diversas reacciones consiguientes (sin importar si estas eran pacifistas, nacionalistas moderadas o antiislámicas y xenófobas), convirtieron a Sumisión en cuestión de horas en el nuevo best seller de Houellebecq: en Francia y en Alemania, la novela se encuentra desde hace semanas en los primeros lugares de ventas, y las ediciones inglesa y castellana, que aparecerán en los siguientes meses, prometen también hacer de las suyas. Sumisión es el libro más intensamente discutido de los últimos años. Por lo demás, la lista de calificativos para señalar a Houellebecq sigue en aumento: palabras dispares como “visionario”, “fundamentalista” o “islamófobo” forman ahora parte de ella, y el primer ministro francés, Manuel Valls, dijo tras el atentado: “Francia no es Houellebecq”.


Vino y aviones a escala

Pero como suele suceder en estos casos, el revuelo en torno al tema de la novela de Houellebecq ha tenido poco en cuenta el verdadero contenido de libro. Y es que quien busque en la novela escenarios de horror, guerras religiosas sangrientas, el choque de civilizaciones total, busca en el lugar equivocado. Sumisión, como todo el resto de obras de Houellebecq, es en primera instancia un juego de allanamiento de los valores y los supuestos triunfos del mundo ilustrado.

Su narrador, François, profesor de Literatura en la Sorbona, es una figura típica de Houellebecq: un misántropo solitario y cansado, que bebe y fuma sin pausa, quien lleva, en sus propias palabras, “una vida monótona y sin color”, cuyas relaciones sexuales a lo largo de la novela son ardientes y al mismo tiempo insatisfactorias y deprimentes, y que mientras pasan las páginas va desmontando una a una las supuestas virtudes de la vida urbana moderna. El proceso de autosumisión de Francia al islamismo, que es también el de François, es apacible, la “Hermandad Musulmana”, que llega al poder dirigido por un político refinado y carismático, es a final de cuentas un partido bastante moderado. Y de repente surge la sospecha de que este libro no es precisamente –¿o no solamente?: con el prestidigitador Houellebecq las cosas nunca son como parecen– un pasquín contra el islam, sino ante todo un himno furibundo, escrito en el estilo más impasible que se pueda imaginar, a la agonía de Francia y, en términos generales, de Europa toda, a manos de la socialdemocracia, la corrección política, el individualismo, el capitalismo y el humanismo ateísta.

En un pasaje del libro, François reflexiona sobre su creciente incapacidad de sentir placer sexual: “Me preguntaba a mí mismo por qué cosa debería interesarme si el final de mi vida romántica resultara ser cierto. Podía aprender a producir vino o coleccionar aviones a escala…”. Este protagonista fatigado de Sumisión –quien adora al escritor decadente francés Joris-Karl Huysmans (1848-1907), cuyos libros expresan un rechazo de lo moderno y un pesimismo profundos, y quien al final de su vida se convirtió al catolicismo por motivos estéticos– es él mismo el símbolo de una sociedad que se encuentra en decadencia a causa de sí misma. Alguna vez Houellebecq decía en una entrevista: “Una sociedad sin religión no es capaz de sobrevivir. El laicismo, el racionalismo y la ilustración carecen de futuro”. Y así las cosas, en algunas páginas de Sumisión, uno tendría la impresión desconcertante de que para Houellebecq –quien apenas en 2001 sostenía que “El islam es la religión más tonta de todas”–, las formas de sumisión que imagina la novela –la sumisión de la democracia ilustrada a la ley islámica, del creyente a dios, de la mujer al hombre, del ateo a la fe– no son una perspectiva apocalíptica sino todo lo contrario: casi un consuelo.


El misterio Houellebecq
Inmediatamente tras el atentado en Charlie Hebdo, Michel Houellebecq salió de París, rodeado por una escuadra de seguridad personal. Después se supo que una de las víctimas de la masacre había sido el economista Bernard Maris, amigo cercano del escritor. Houellebecq canceló la campaña de publicidad para Sumisión en Francia (estrictamente hablando: el libro ya ha recibido toda la publicidad posible) y se aisló de los medios durante algunos días.

Solo un compromiso público sobrevivió al aislamiento de Houellebecq: la presentación de Sumisión durante el festival de literatura de la ciudad alemana de Colonia hace un par de semanas. Cuando solicité una entrevista privada con el escritor, la encargada de prensa de su editorial alemana me respondió por teléfono, muy amablemente, algo parecido a: “¿Usted está loco?”. Tras la presentación pública pensé que quizá haya sido una especie de suerte no tener que estar sentado a solas con Michel Houellebecq.

Sentado frente a 600 personas ávidas de escándalo, con su rostro y su pelo de anciana desahuciada y una chaqueta que alguna vez fue verde oliva, Houellebecq daba la impresión de venir de otra galaxia. Al inicio leyó muy lentamente, en un volumen casi imperceptible y con un rostro cuya principal expresión era de reposo prehistórico, una declaración pública. Su novela, dijo, no es antimusulmana, pero por supuesto debería ser posible en nuestra sociedad escribir una novela antimusulmana. Las manifestaciones tras el atentado a Charlie Hebdo muestran cuán importante es para millones la libertad de opinión. Su libro, sin embargo, no quiere tomar partido, no quiere dejarse influir por las pasiones de uno y otro lado, y es que incluso si en todas partes chorrea sangre, el artista se debe concentrar en lo que hace… Las respuestas a las preguntas posteriores del moderador usualmente eran precedidas por una larga chupada a un cigarrillo y un “hmmm, eeeh, pfffff” (o consistían exclusivamente de eso). ¿Que cuál fue el proceso de investigación para componer la novela? “Hmmm, ninguno”: simplemente la reunión de influencias literarias. ¿Que si cree realmente en el patriarcado? “Eeeh, bueno”: al menos el patriarcado ha funcionado socialmente. Y una y otra vez una respuesta que, de hecho, sonaba cortés: “Puede ser… Pero a fin de cuentas, ¿yo qué sé?”. Después, un largo silencio.

Fue una noche extraña: de repente uno creía haber entendido por fin algo, para sentir un segundo después que no había comprendido absolutamente nada. Y quizá de eso se trata con Houellebecq. Hablando de la libertad del arte, el escritor sostuvo en algún momento que “para hacer posible el pensamiento nuevo, el arte debe también poder ser irresponsable”. Que los críticos sigan discutiendo qué cosa es su libro: una crítica del establecimiento político europeo, un vituperio del islam, una utopía, una pesadilla, una sátira, una confesión personal, nada de esto o todo a la vez. Y que Houellebecq siga siendo un irresponsable. En un instante de aquella noche, viéndolo decir todo y nada con una calma infinita, fue imposible no tener una (tan solo una) revelación: este tipo está completamente tranquilo y no tiene nada que aclarar. El artista Houellebecq es un hombre libre.

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