Miguel de Cervantes (1547-1616) publicó la primera parte del Quijote en 1605, a los 58 años.

Cervantes en el diván

José Manuel Lucía Megías abordó los primeros años del inventor de la novela, Miguel de Cervantes, en 'La juventud de Cervantes', el primer tomo de su gran proyecto biográfico. Arcadia lo entrevistó en Madrid.

2016/05/24

Por Gabriela Bustelo* Madrid

Catedrático, escritor, presidente honorario de la Asociación de Cervantistas, José Manuel Lucía Megías es el comisario de la exposición Miguel de Cervantes. De la vida al mito, en la Biblioteca Nacional de Madrid. Además es doctor en Filología por la Universidad de Alcalá, catedrático de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid, miembro del Comité Científico de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, presidente de honor de la Asociación de Cervantistas y titular de la Cátedra Cervantes de la Universidad Nacional del Centro (Argentina).

¿Cómo empezó en usted lo que podríamos llamar una fijación con Miguel de Cervantes?

Llevo 20 años trabajando en ello. Soy un poco Alonso Quijano, porque empiezo por los libros de caballerías, pero soy profesor de literatura medieval y especialista en literatura artúrica. De ahí pasé a los libros de caballerías castellanos. Y en España todos los caminos literarios llevan al Quijote.

Ahora que conmemoramos el aniversario 400 de la muerte de Cervantes, parece estar de moda el Quijote como libro de cabecera. ¿Recuerda su primera lectura del Ingenioso Hidalgo?

Fue un desastre, en tercero de bachillerato, donde era un libro obligatorio entre muchos. No me dejó huella. Lo descubrí en segundo de Filología, cuando leí también el Amadís de Gaula. Un verano en Segovia dediqué la hora de la siesta a leer el Quijote y me reía a carcajadas, tanto que mi tía venía a preguntarme qué me pasaba. Cuando mis alumnos se resisten a leerlo, les digo: “Dale una oportunidad”.

La crítica literaria actual tiende a exigir cada vez más que exista una coherencia entre el autor y su obra. ¿Podemos juzgar moralmente a un genio como Miguel de Cervantes?

Una obra literaria no es una transposición de una vida ni de un pensamiento, sino un universo particular y ficticio. La vida de Cervantes tuvo luces y sombras, que tal vez aparezcan como una idealización a través de sus personajes. No podemos exigir lo mismo a un autor de ficción que a un pensador o a un político.

Usted habla en su libro de la voluntad de Cervantes de crearse una identidad paralela. Qué vino primero: ¿el mito cervantino o el mito quijotesco?

El hecho de construirse un personaje, por así decirlo, era propio de la época y no específico de Cervantes. Lo interesante de Cervantes es que se construye literariamente en dos etapas. Una es cuando vuelve de Argel dispuesto a aumentar su prestigio en la corte y mejorar su currículum para lograr una “merced”, con la Galatea, las Comedias e incluso la primera parte del Quijote. Después, en los últimos tres años de su vida, se construye un verdadero proyecto literario que le distingue por completo de los demás escritores de la época. No incluye lo escrito hasta 1605, sino lo que va a publicar a partir de 1613. Ese personaje no tiene fines económicos, sino una voluntad de posteridad.

Ese proyecto se deriva del éxito del Quijote ¿Cervantes tiene conciencia en 1613 de la enormidad de esa obra cuya primera parte se había publicado en 1605?

No. Cervantes nunca tiene conciencia de haber escrito una obra universal. Para él siempre es un libro menor. Tiene un proyecto global de postularse como gran novelador con las Novelas ejemplares; como poeta narrativo, con el Viaje del Parnaso; como dramaturgo, con sus nuevas Comedias y entremeses y como gran novelista, con el Persiles. En este plan, el Quijote ocupa un lugar menor, pero el destino le da la vuelta.

¿No hay la menor posibilidad de que muriera habiendo intuido lo que iba a suponer el Quijote en la historia de la literatura mundial?

Todo lo contrario. Cuando le dan la extremaunción y apenas le queda aliento para vivir, sigue escribiendo. En su lecho de muerte, cree que su gran obra será el Persiles. Se equivoca.

La construcción de un personaje literario tan potente como el Quijote puede ser peligrosa. ¿Cervantes se contagió de la locura de su héroe imaginario?

El Quijote muestra esa sensatez que es el principio de la locura. Alonso Quijano, el Quijote, tiene una vida que podría considerarse perfecta. Tiene ganancias, rentas, amigos, una familia. Pero sabe que, a su edad, le espera la muerte. El libro es una rebelión ante ese hecho. El Quijote no se conforma con su vida en ese lugar de La Mancha y se lanza a la aventura, al peligro.

Entonces ¿pudo haber dicho Cervantes “El Quijote soy yo” como se le atribuyó a Flaubert la frase “Madame Bovary c’est moi”?

Seguramente, porque el Quijote que escribe con 50 años es una obra de madurez y en ese reírse de la vida con las aventuras del caballero andante, se estaría imaginando todo lo que la vida le había negado.

La influencia de Cervantes sobre Flaubert es evidente. ¿El desvarío de perder el contacto con la realidad por leer demasiado nos resulta tal vez más realista en Bovary por lo que pueda tener el romanticismo de femenino?

Flaubert es un gran lector del Quijote, que adora. En sus cartas a Louise Colet habla del Quijote como una obra de calidad inimitable. Madame Bovary es un personaje que parece tenerlo todo y al que, sin embargo, le falta todo. La ilusión de esa otra vida se la da la literatura. La locura es intentar vivir en ese lugar de evasión que es la literatura.

En la exposición Cervantes, de la vida al mito, actualmente en la Biblioteca Nacional de Madrid, hay un ejemplar de The Female Quixote, de Charlotte Lennox, hoy traducido al español como La mujer Quijote.

Conviene tener presente que, a finales del siglo xvi y principios del xvii, la mayoría de los lectores de libros de caballerías son mujeres. Es un género que se suele vincular a los hombres por las batallas y demás, pero en el Siglo de Oro ya pasaba en España lo que sucede hoy, en Colombia supongo que también, que los libros los leen en su mayoría mujeres.

Regresemos a Cervantes, el hombre. ¿Hasta qué punto la peripecia familiar que comienza en Córdoba con Juan de Cervantes, su abuelo, continuada por su padre, Rodrigo de Cervantes, ambos viajeros por motivos profesionales, influye en ese concepto cervantino de la vida como un peregrinaje?

Le influye mucho. Por eso no quise empezar mi libro con su nacimiento, sino explicar su historia familiar, que era la normal en aquel tiempo. Ninguno de ellos hace nada excepcional cuando van de un lugar a otro en busca de trabajo ni cuando acaban en la cárcel por deudas.

Es llamativo que su abuelo tuviera tantos pleitos en su contra.

El abuelo de Cervantes era un “piernas”, un vivo. Uno de los problemas que tenía la justicia en la Edad Media y en el Siglo de Oro era que se pagaba por obtener los cargos. Por eso se quería sacar el mayor rendimiento posible de ellos. Cuando se mezclan dinero y poder, aparece la corrupción, hoy y siempre.

En 1567, Cervantes pasa unos meses en la cárcel de Sevilla, donde asegura que se le ocurrió la idea del Quijote.

En España pasó poco tiempo en la cárcel, pero sus viajes por todo el país le influyeron mucho. En aquel tiempo los traslados duraban varios días y se iban leyendo libros de faltriquera, los actuales libros de bolsillo. Cervantes también recorrió Andalucía siendo recaudador de impuestos. Allí conoció en las ventas a tipos curiosos y vivió experiencias que le ofrecían la posibilidad de contarlas. Ese magma es muy valioso para un creador.

La vida es un viaje, como dice el famoso eslogan publicitario.

Así es. No imagino a Cervantes con una vida fija en un lugar concreto. Si hubiera llevado la vida de Shakespeare, se hubiera muerto del disgusto de vivir aislado en un lugar tan pequeño.

Habla en su libro de la voluntad inglesa de hacer del Quijote una sátira moral de carácter universal, alejándola de su primera construcción como libro de caballerías castellano. Sin esa intervención británica, ¿el Quijote hubiera languidecido en el olvido?

Sí. Para mí no hay duda. El Quijote es el creador de la novela moderna porque Cervantes lo escribió y porque los lectores ingleses vieron en él la base para construir un nuevo modelo de novela. Sin esa coyuntura doble del creador original y de su recepción en Inglaterra, el Quijote no sería hoy esa obra cumbre de la literatura mundial.

Es inevitable comparar el tratamiento del IV Centenario de Cervantes por parte de España con el de Shakespeare por parte de Reino Unido. ¿Estamos ante la prueba viviente de que unos países saben publicitarse y otros no?

Es la prueba viviente de que cada país tiene una personalidad. Los ingleses son unos maestros del marketing. Saben vender humo encapsulado, incluso aire encapsulado, y todos lo compramos. Los españoles quizá tengamos más material para meter en esa botella, pero nuestra actitud suele ser negativa. Tenemos la suerte de vivir el IV Centenario de Cervantes y deberíamos disfrutarlo, leerlo y estudiar su época.

Cuando el escritor chileno Jorge Edwards recibió en 1999 el Premio Cervantes, mencionó la ironía quijotesca como algo único. ¿Qué queda de esa ironía hoy en España y en América Latina?

Tendríamos que dar un giro precisamente este año del aniversario para pasar de la visión quijotesca que lucha por imponer un sueño a la visión cervantina que propone el diálogo.

¿Y recuperar la autocrítica irónica?

Por supuesto. Debemos mirarnos sin creer saber la verdad absoluta, conscientes de no saberla, y recuperar el diálogo cervantino, que forma parte de la novela moderna. Quijote y Sancho, tan diferentes, dialogan constantemente, sin perderse el respeto. Si eso lo pudiéramos trasladar a la sociedad, viviríamos en un mundo más cívico, moderno y tolerante.

¿Cuáles son las semejanzas y las diferencias entre Cervantes y Shakespeare?

La mayor semejanza es que ambos son mitos creadores que han transformado la forma de entender la literatura. La mayor diferencia fue su modo de vida. Shakespeare es la voz del poder, mediante la cual la monarquía inglesa impuso determinadas ideas políticas, sociales y culturales. Cervantes está en los márgenes. Pero esa posición apartada del poder le da su enorme modernidad, porque su mirada es poliédrica, más abierta.

Gerald Martin, biógrafo británico de Gabriel García Márquez, mantiene que el nobel colombiano escribía como Cervantes, lo que lo convirtió en el gran clásico del llamado boom latinoamericano.

García Márquez tuvo, como Cervantes, el proyecto literario de una novela global. Por eso fue un gran autor no solo del boom, sino de la literatura del siglo xx. Lo mismo hizo Cervantes al elegir un género narrativo, el de caballerías, que lo incluía todo: aventura, amor, épica, humor, llanto, personajes de todas las clases sociales. Ese proyecto de novela total es la enseñanza cervantina que se ve claramente en Cien años de soledad.

Las generaciones audiovisuales confiesan no leer, ni tener intención de empezar a hacerlo. Para intentar acercarlos a Cervantes, ¿aplaude iniciativas como la modernización del Quijote de Arturo Pérez-Reverte?

No me parece bien que Pérez-Reverte le haya metido la tijera, como si fuera la longitud lo que aleja al lector. Defiendo la labor de Andrés Trapiello al actualizar el lenguaje y algunas de las estructuras lingüísticas de la obra. Apoyo todo lo que sea establecer puentes, como las adaptaciones infantiles y juveniles, el Quijote en cómic, en manga o en cualquier otro formato. Todos harán llegar lectores al libro.

Directores tan dispares como Orson Welles, Terry Gilliam y Gutiérrez Aragón han intentado llevar el Quijote a la gran pantalla. ¿Es el cine un buen vehículo para mantener viva la antorcha cervantina?

Lo curioso de Cervantes es que parece un autor maldito para el género audiovisual. No hay una serie ni una gran película dedicada a él, siendo un personaje fascinante. Tendrá que llegar un cineasta o un guionista capaz de hacer con Cervantes algo parecido a Shakespeare in Love.

¿Cuál es su relación con Colombia, país por el que siente un gran cariño?

Colombia tiene algo fascinante, que es cómo la literatura está presente en la vida. Una de mis experiencias más hermosas fue en la Casa de Poesía Silva, en Bogotá, en un patio donde una persona lloraba de emoción por los versos que se escuchaban. Me emocionó comprobar que la poesía está presente en cada esquina. Un país con la literatura en su ADN tiene que ser un país tocado de la mano de Dios.

*Periodista

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