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Naturaleza humana

Después de dos años, el escritor antioqueño publica una nueva novela, mucho más cercana a la celebrada La luz difícil. En esta ocasión, un amor contrariado define las cuatro voces de la narración que están encerradas en su propia nimiedad. González habló con Arcadia desde su finca en Cachipay.

2015/03/27

Por Juan David Correa* Bogotá

La extrañeza recorre una vez más un libro de Tomás González. Como quien se sienta sobre un zabuton para practicar meditación zen, hay una incomodidad permanente. Una especie de desconcentración exasperante ocurre a medida que uno se va sumergiendo en la vida de los cuatro personajes sobre cuyas voces está armada la novela. Concurrir a la conciencia no es un asunto fácil. Y uno es testigo, a través de cuatro miradas, de la conciencia –o inconsciencia, quién sabe– que tienen los personajes de lo ineluctable de las relaciones. De lo torpes que podemos ser los humanos cuando amamos. Quizás, pensará Tomás González, desde su casa en el campo en Cachipay, si uno no es capaz de vivir con uno mismo, nunca será posible entenderse con otros. Niebla al mediodía tiene título de haiku. Sé que a González, quien practica con regularidad el zen, le molestan sobremanera los lugares comunes. Quizás también las exégesis de ocasión como la que se me ocurre a mí después de terminar su novela. Podría decir que es sobre el amor, la naturaleza, el clima o sobre cómo el clima y la naturaleza deciden sobre nuestras emociones. O sobre cómo uno puede irse lo más lejos que quiera para darse cuenta de que uno se lleva a cuestas. O sobre mirar la oscuridad, como dice Basho.

La primera vez que entrevisté a Tomás González venía él en una pequeña gira para presentar Primero estaba el mar, la novela que había publicado con las ediciones del Goce Pagano, a comienzos de los años ochenta. Es conocida y repetida la historia de Tomás, quien entonces era el mismo hombre taciturno y de pocas palabras que sigue siendo. No diré, pues, que fue barman, que trabajó en Miami, que se ganó la vida subtitulando películas en un pequeño apartamento en Nueva York, cuya ventana de la cocina daba a un pequeño cementerio. En ese entonces la editorial Norma recuperaba a un autor que, silenciosamente, había escrito un puñado de cuentos y unas cinco novelas, sin hacer alarde de nada. González regresó hace 13 años de Nueva York, pero la impronta de esa ciudad sigue estando en sus novelas. En este caso, a través de Raquel, la hermana de Raúl, el protagonista, quien en un balcón desde el que se ve el Hudson reflexiona sobre el dolor que ha padecido su hermano a causa de una terrible relación con Julia, la única voz en primera persona del libro. Lo de Nueva York, me dice González a través de correo electrónico, fue una decisión de vida. “Me instalé en el campo y mi gusto por estar en Colombia y en el campo no ha disminuido desde entonces. Las ciudades grandes –viví muchos años en Medellín, 15 en Bogotá, tres en Miami, 16 en Nueva York– para mí están descartadas. Pero disfruto tomándome un tinto en algún café de Medellín o del centro de Bogotá y siento nostalgias por Nueva York, a donde voy de visita cada cierto tiempo. Con el personaje de Raquel me di el lujo de vivir otra vez una nevada de las grandes, un blizzard, esta vez en Inwood, al norte de Manhattan”.

La voz de Raúl abre la novela. Es un hombre solo que vive aislado en una casita en un paraje nebuloso y húmedo cercano a Bogotá. Raúl es arquitecto, pasa los días oyendo “al mismo tiempo el arroyo, el aguacero y el río”. Los pasa cuando comienza la novela y es, de nuevo, un hombre solo. Pues antes, que será el tema que recorrerá Niebla al mediodía, estará con Julia, una poeta insoportable con la que vive un romance brutal, que casi acaba con su vida. Caer en la obviedad de los paralelismos entre la vida de un autor y la de sus personajes es, casi siempre, una tontería. “Lo que no es autobiografía es plagio”, dijo alguna vez Francisco Umbral. Y Tomás González parece escindirse de Raúl cuando le pregunto si se trata de un personaje desencantado del amor, en un momento en el que atraviesa la madurez hacia la vejez: “Este fenómeno del amor es muy delicado, pues puede presentarse en cualquier momento y llevarlo a uno al infierno o al paraíso, no importa la edad. No estoy de acuerdo con lo del desencanto. Me acaba de venir a la mente el protagonista de Muerte en Venecia, que a pesar de tener ya un pie en la tumba está tan enamorado –es decir, encantado– como puede estarlo un ser humano. A Raúl lo sorprendió ese enamoramiento, pero más lo sorprendió el abandono de Julia. Las dos cosas lo pusieron a la deriva, como un papel arrastrado por el viento, y la novela narra esa peligrosa deriva”.

Por boca de Raúl sabremos de Julia. Aunque ella, unas páginas más adelante, se presentará sola. “Me casé cinco veces y siempre terminé libre e independiente y sin marido que me enredara la vida. Seis. No fui nunca la sombra de nadie”. Y sola, como un ánima, recorrerá la novela en una primera persona que resulta a veces tan fastidiosa como su propia personalidad: Julia dirá de ella que es una gran poeta, se citará a sí misma, hará discursos de ocasión en los que, más allá de su independencia, lo que va deshilvanando es su profunda dependencia al mundo de los hombres. Julia será la piedra de toque que terminará con Raúl, no solo por ella, por supuesto, sino porque ambos se enamoran de una idea del amor que en nada tiene que ver con aquello que dice lúcidamente Zygmunt Bauman en su libro Amor líquido: “El amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas ya hechas, completas y terminadas, sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas”. En la relación de Julia y Raúl solo busca autodestruirse: él, porque evade una y otra vez una afectada sensibilidad poética; ella, porque entiende que el ego masculino es incapaz, casi siempre, de abstenerse de tener la razón.

En esa tensión, aparecerá Raquel, la hermana de Raúl, quien vive desde hace décadas en Nueva York; y una mujer más: Alejandra, maestra de yoga y amiga de Julia. Como si González no diera puntada sin dedal, una vez más aparecen sus recorridos: Nueva York, la naturaleza, la tensión en las relaciones. Y aquí, con mayor fuerza, el amor. Quizás ya había hablado de amor. Pero no así, no de la manera en que resulta Niebla al mediodía una narración sobre las cosas mundanas que a todos, tarde o temprano, nos aquejan: el abandono, la imposibilidad de la convivencia, la posibilidad de la violencia, la celotipia, el duelo tan temido. “La novela exigía que cada uno de los cuatro personajes presentara su vivencia de lo ocurrido. Ninguno de ellos conoce la realidad o verdad de lo que pasó, que solo se toca cuando se tienen los cuatro puntos de vista, es decir, las cuatro vivencias de los hechos. La verdad, la realidad, es muy elusiva y solamente puede medio vislumbrarse cuando se la busca desde varios ángulos. No fue intencional que tres de estos personajes en los que se apoya la narración fueran mujeres. Fue casualidad, tal vez, o una decisión intuitiva o subconsciente que tiene que ver con mi convicción de que ellas están más cerca de la realidad de lo real que los hombres, pues es más en ellas que en los hombres donde se forma la vida”.

Tanto Raquel como Alejandra serán los testigos de cada parte de la disolución del amor. En el caso de Alejandra, habrá una especie de hacer tabula rosa con Julia, a quien conoce y padece desde que era una niña.

Además del cruce de los personajes, la novela participa, una y otra vez de la naturaleza como si sus estados de ánimo estuvieran dictados por estos. “Pertenecemos a la naturaleza. Somos sus hijos. La separación con la naturaleza es imaginaria y más imaginario todavía es creer que nos pertenece. Somos una tribu de micos medio locos que se imaginan que ya no dependen de la naturaleza o que están separados de ella o que la dominan. Para mí es imposible escribir sin mencionar los árboles o los animales, es decir sin tener presente la manera como estamos viviendo en la tierra con relación al resto de criaturas, así la historia transcurra en Manhattan entre ladrillos, hierros y cemento. Pienso que de la naturaleza hemos tomado los modelos esenciales de toda forma artística, de toda armonía. No conozco, por ejemplo, ningún jardín, ni en persona ni por fotos, que tenga ni remotamente la belleza y la armonía de ciertas ‘composiciones’ vegetales naturales que he visto en el camino real que sube de Cachipay a Bojacá”.

Al comienzo decía que había una sensación incómoda en la novela porque, precisamente, Tomás González no es condescendiente con sus personajes. Al contrario, es capaz de capturarlos a partir de un lenguaje tan simple que parece fácil, en toda su humanidad, en toda su monstruosidad. No sé si tenga que ver con el zen, que ha practicado desde hace tiempo. Cuando se lo pregunto me dice: “Esa influencia del zen podría estar, tal vez, en el énfasis o intensidad que trato de dar al instante presente en cada punto de la narración. Mi ambición es que cada instante, cada frase, cada párrafo, contenga el peso y la vida de la narración toda. Que no haya relleno. Ningún segundo de nuestra vida es de relleno. Que no haya frases inertes o mal templadas. Cada página debería tener la misma intensidad de la primera o de la última. Es algo muy difícil de lograr, por supuesto, pero pienso que es bueno habérmelo planteado y tratar de acercarme a eso tanto como pueda”.

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