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La fuerza sin gravedad

Después de 'Nada importa' y 'Final de las noches felices', el escritor colombiano se sumergió en un silencio de casi diez años del que ahora ha salido con una novela que apela al humor y a la búsqueda de un camino espiritual para burlarse de la muerte.

2015/06/19

Por Daniella Sánchez Russo* Bogotá

Si hay algo extraño y a la vez admirable en Que venga la gorda muerte (Planeta, 2015), la más reciente novela de Álvaro Robledo, es que tiene los elementos de una trama de iniciación sin que su personaje sea un adolescente confuso y perdido. No conocemos el nombre del narrador, ni su edad, pero intuimos que tiene un camino ya recorrido. Que vive, por lo menos, entrado en los treinta, porque tiene un pasado del que habla con madurez, alejado de los gritos adolescentes. “¿En qué momento me dejé acorralar? Es verdad que llegada cierta edad sentimos que ya no podemos responder a los estímulos agresivos y tristes del mundo de la misma manera que lo hacíamos”, dice al comienzo de la novela. Con este mismo tono reflexivo e irónico, el narrador nos adentra en una búsqueda espiritual que comienza con la muerte de su madre y que lo llevará a atravesar un supuesto camino de salvación, en una especie de “supermercado de disciplinas espirituales”, como lo anota el escritor Tomás González.

El lugar se llama El Interior y está ubicado en una zona costera, muy cercano a la desembocadura de un río en el mar. Hasta ese lugar llegará el incrédulo narrador, después de una decena de páginas sobre su propio duelo, intentando escapar de lo inescapable. En El Interior se encontrará con la mujer de clase alta que lleva a su empleada al retiro espiritual; con aquel que dejó su fortuna para encontrarse con una fuerza superior; con el maestro farsante cuyas enseñanzas parecieran ser verdaderas; con un intersexual que estudió moda y que lucha por quebrar el binarismo de género; con un alucinado maestro sufí colombiano que enloqueció en el desierto; con el extranjero que viajó hasta Colombia por la sed de aventura. Todos ellos confluyen, como si estuvieran dentro del mismo río, en busca de una especie de salvación por vía de un extraño iluminado de nombre Guido Alemán.


Que venga la gorda muerte se burla de la gravedad de los ‘yoguis’ y de los ‘maestros’ al tiempo que reflexiona y rescata ideas engravadas en la tradición zen. ¿No le preocupó convertir la literatura en el vehículo de su propio mensaje?

Cuando empecé a escribir esta novela hace diez años estaba sumergido en la literatura zen y descubriendo premisas que, aunque parecieran obvias, me estaban transformando. Empecé a practicar artes marciales y a leer a maestros como Taisen Deshimaru. En las librerías uno encuentra este tipo de autores en la sección de autoayuda, cuando lo que dicen va más allá de dicho género, que puede concebirse a veces como superficial, o frágil. Lo que quise hacer en la novela fue revelar las enseñanzas de estos maestros a través de una historia que me debía y que tiene como detonante la muerte de la madre del narrador. Este es un personaje pasivo, curioso, que tiene una mirada particular sobre el universo. Esta mirada se verbaliza para decir cosas profundas de manera casi tonta. No significa que esté irrespetando la cultura yogui o zen: el juicio lo da quien lo lee, dependiendo de su cultura y de las connotaciones que tiene sobre cada palabra.

Diez años atrás, Robledo vivía en Barcelona, ciudad en la que adelantaba una maestría en Literatura Comparada. Allí había llegado tras estudiar literatura en la Universidad Javeriana, con un libro a cuestas –Nada importa (finalista en 1998 del Premio Herralde de Novela)–, y la esperanza de poder terminar uno más –que se publicó en 2006 bajo el título de Final de las noches felices–. Fueron cinco años estudiando guion y literatura, viviendo las largas noches de una ciudad que para entonces comenzaba a convertirse en un avispero de turistas del que Robledo huyó sin remordimientos. Entonces se devolvió a Colombia y empezó una búsqueda espiritual que, pensaba, requería de un maestro; uno que terminó por ser una figura idealizada e imposible. Se cansaba rápido de hombres y mujeres que predicaban verdades absolutas, se daba cuenta de que algo fallaba con la idealización de la vida espiritual. Y quizás, sin saberlo, lo había encontrado al obsesionarse con esa figura de obesidad mórbida, cuya piel parece transparente, y quien jamás dice más de dos palabras en la novela. “En el momento en que abracé a Guido Alemán y le dije que lo quería, él estiró su inmenso brazo y me pegó contra su pecho. La sensación física que tuve no era la de estar unido a un cuerpo, era más bien como si estuviera sumergido dentro de un lago tibio y en calma: no había sonidos ni incomodidad alguna. Sentía que ese mismo fluido era mi madre, mi perro, Muriel, todas las cosas que había amado en la vida y que ahora no estaban pero que siempre iban a estar”, se lee en el libro.


A diferencia de sus primeras obras, Que venga la gorda muerte parece estar más preocupada por relatar la visión del narrador, y no por la trama; por el lenguaje y no por las acciones que se ejecutan. ¿Qué cambió en su visión como escritor?

Empecé a interesarme por la literatura japonesa, que hoy en día es la que más aprecio. En esta literatura los autores están interesados en narrar los espacios y no en narrar las acciones que suceden en el tiempo. Ellos quieren crear atmósferas y lo logran muy bien, porque se preguntan qué pasa con los espacios cuando se llenan y qué pasa cuando quedan vacíos. En este sentido concebí que la novela sucediera en un único lugar –El Interior–, donde se da una búsqueda interna y no externa. Tuve como influencias a escritores como Yukio Mishima, Kenzaburo Oe, Yasunari Kawabata y Kobo Abe, que es quizá el menos conocido, y quien frecuentemente se pregunta por la identidad de sus personajes. De él también me gusta que reivindica el lugar de la mujer de una manera brutal.

Sin embargo, el universo que usted ha creado es muy masculino, y no lo digo de una mala manera. De hecho, es de las cosas más interesantes: su personaje se erotiza ante una presencia masculina, y frecuentemente menciona su orín, quizá como forma de marcar territorio.

El personaje de Guido Alemán no está pensado como una presencia masculina. Es verdad que tiene un nombre de hombre, pero en principio es un ser asexuado. Cuando el protagonista habla de él, dice que siente que es un animal y no un ser humano. Quise que se pensara, o bien como un ser asexuado, o bien como un cuerpo en el que todo el sexo está contenido. Por otro lado, sí es verdad que el universo que he creado es masculino puesto que es el que conozco mejor: estudié en un colegio de hombres y pasé mucho tiempo con mi hermano, el poeta Juan Felipe Robledo, quien fue quien me dio mis primeros libros. Sin embargo, en esta novela sí intento que haya personajes femeninos de mayor trascendencia, como la cocinera del retiro, la novia o la madre del narrador. A futuro, sobre todo en lo que concierne a la voz narrativa, pues en mis novelas los tres narradores han sido masculinos, sí pienso salirme del género, pero necesito prepararme: no quiero sonar como un hombre metido en el cuerpo de una mujer.

¿Qué aprendió de la muerte al escribir una novela con un tema así de complejo?
Fue la muerte la que me hizo darle un giro a la historia. Cuando estaba pensando y escribiendo las primeras partes del libro, no sabía qué era lo que hacía que el personaje viajara a un sitio como El Interior. Este proceso creativo coincidió con la muerte de mi madre en 2010, y a las pocas horas de que eso sucediera, supe cómo tenía que caminar la novela. Es extraño cómo funciona la mente, es aterrador. Supuestamente yo debía estar hundido en el dolor, pero fue la muerte la que me reveló la escritura. Entonces me di cuenta de que no hay que tenerle miedo al fin, que la muerte es igual a la fuerza de gravedad: natural e imposible de detener. Además, la energía es algo que demora mucho en irse, que incluso, creo, nunca se acaba, por lo que aún siento a mi madre conmigo.

Así que puede decirse que el título es casi un reto, un reto a la muerte…
Sí. Y a una bien gorda.

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