El editor y poeta Juan Gustavo Cobo Borda con un dibujo de Juan Cárdenas.

Una risa impenitente

Durante muchos años, un par de generaciones de colombianos ha visto a Juan Gustavo Cobo Borda como una figura literaria, pero pocos saben que detrás de su humanidad está la historia de un editor fundamental de nuestras letras y de un poeta que hoy, “furioso y agónico”, ha reunido su poesía en un solo libro.

2014/09/23

Por Claudia Cadena Silva* Bogotá

Al llegar al piso que el portero me indica sé de inmediato a qué puerta llamar. Solo una tiene una placa que dice poeta. Entro. No hace falta que timbre, la puerta está entreabierta y al parecer así permanece siempre. No es la casa del poeta, en realidad; es la casa de la biblioteca. Es la primera biblioteca con casa propia que conozco. Los libros, que pueblan de piso a techo y ocupan todos los espacios, incluidos baños y cocina, condescienden y dejan libre apenas un lugar para un objeto raro, una cama de una plaza y en ella una señora rozagante de unos noventa y algo de años. Como en el caso de la biblioteca con casa propia, es la primera mujer radiante de noventa y algo de años que conozco que está en una cama, pero que parece estar en cualquier jolgorio del mundo menos en una cama. Y entonces entiendo de dónde le viene la alegría al poeta de la placa de la puerta de entrada. Es un asunto de familia.

 *

“Y yo que ahora estoy cada vez más furioso, más agónico, más detestando todo… pero es cierto, cuando salen los poemas y los leo sí queda al final un cierto saldo de cosas gratas, de cosas que fueron vividas, en las que uno se hundió y que de algún modo lo recubren; sí, tienen algo que alegra, algo que alegra incluso el hecho de haber estado en las bajezas…”, me dice cuando le comento la impresión que me dejó la lectura de su Poesía reunida, publicada hace dos años (2012) en España por Tusquets (la edición argentina, de 2013, llegó apenas este año al país): al margen de la seriedad o profundidad de los asuntos de los que se ocupe, al margen de esas “bajezas” en las que se ha estado, como él dice, al leer su Poesía reunida, toda, en conjunto, tiene uno la sensación de haber estado oyendo una respiración alegre, de haber estado con un espíritu feliz, de haberse encontrado con el duende de la bonhomía.

Y esa especie de marca de sello tan extraña al común de los poetas que este sí tiene –una alegría rara que prodiga sin el menor atisbo de tacañería– se hace extensiva a los oficios en los que hizo de aprendiz y a los que llegó gracias a los cómplices que, como dice él, se iba encontrando y le facilitaban el camino al paraíso, a los paraísos, porque siempre terminaba en uno y otro y transitó por varios. El primero de ellos fue la librería Buchholz. Cobo Borda era entonces estudiante de Idiomas en la Universidad Nacional (lo había sido primero de Derecho en el Externado y de Filosofía y Letras en los Andes), pero pasaba la mayor parte de su tiempo en la Buchholz. Un buen día Nicolás Suescún, que hasta entonces manejaba la librería, le entregó las llaves del negocio y le sugirió que en lugar de ir día de por medio a hablar paja y a robarse algún libro se hiciera cargo de la Buchholz (Suescún se había ganado una beca de escritor y se iba del país). Siete pisos de libros solo para Cobo. El primer cómplice conocido: Suescún le facilitó el camino a este primer paraíso y el abandono del tercer y último intento en la academia: adiós a la Nacional (de la Academia, pero de la Lengua, terminaría siendo miembro varios años después). En la Buchholz, además de librero, se haría también editor. Durante diez años dirigió la revista Eco, uno de los dos hitos en la historia de las publicaciones literarias y periódicas del país. El otro es la revista Mito. Eco, publicada y financiada por Buchholz, divulgaba textos inéditos de autores que años después se convertirían en lectura obligada. Clásicos. Y entonces no existía internet, pero Eco conjugaba con excelencia ese verbo que nació ya desprestigiado: globalizar. La revista Eco globalizaba ya en ese entonces la cultura a la perfección. Ernesto Volkening, con rigor ario, introdujo al librero en el arte de corregir pruebas. Se iban juntos con los machotes de la revista a un café del centro de Bogotá y el uno leía en voz alta su versión y el otro la cotejaba con la suya.

Pero Cobo se hizo editor por la única razón por la que los editores de vocación se convierten en tales: porque no encuentran en las librerías ni en ninguna parte los libros que quieren, y entonces se ven obligados a hacerlos, o porque sí los encuentran pero feamente hechos, desastrados, y entonces tienen que hacer una edición que los vista mejor, que les haga mérito. Cobo se volvió editor para que estuvieran los libros que no estaban y también para aliviar su compulsión: “Si no me robo libros, los edito; si no están los libros, qué desespero. Y no estaba la colección de la revista Mito, no estaban los ensayos de Volkening, no estaban las obras de Gaitán Durán ni de Jorge Zalamea… Era un horror, había que hacerlos”. Hizo, y con ese solo bastaría, Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila. ¿A quién le vendió la idea, a quién convenció?, porque no creo que anduviera por los pasillos de Colcultura amenazando con robar los libros que no le dejaban hacer. Se ríe. Así llegó a su segundo paraíso y produjo allí –Colcultura– una de las colecciones literarias más importantes en la historia editorial del país. No sé quién ofició de cómplice. Tal vez fueron varios: Gloria Zea, directora de Colcultura y de quien era asesor lírico y guardaespaldas moral –así lo decía su tarjeta de presentación–, y amigos que hacían fuerza: Jaime Jaramillo Uribe, Eugenio Barney Cabrera, Luis Ospina Vásquez, Fernando Charry Lara, Hernando Valencia, Jorge Eliécer Ruiz, Pedro Gómez Valderrama… Nada se proponían. Un día alguno se lamentaba porque se iban a perder las notas de, por ejemplo, José Umaña Bernal, y entonces se hacían, sin más, las volvían parte de la colección y dejaban de correr peligro.

Juan Gustavo Cobo Borda fue entonces librero, editor, esculcón y divulgador de talentos, rescatador de figuras ocultas o en peligro de extinción, diplomático (en Argentina, Grecia y España). Poeta, siempre. Con esa manera de hacer las cosas, y ahora cabe decirlo, además de alegremente con una generosidad sin miramientos, ayudó a abrir para muchos que vendrían después el camino de sus respectivos oficios, que con los años dejarían de aprenderse en el trasegar para hacerlo en la academia.

 *

No quise preguntarle y me quedaré sin saber por qué ese estado del que habló al comienzo: “… cada vez más furioso, más agónico, más detestando todo…”. Me quedé con la rara alegría que leí en su Poesía reunida y con la misma que me dejó la visita a la casa donde vive su biblioteca y a la que se llega entrando por la única puerta que tiene una placa que dice poeta. Tal vez simplemente le pase que el humor, como se sabe, es también un asunto serio.


Test de reina de poetas

Le pido a Cobo Borda que sintetice su vida en cinco nombres, en cinco películas, en cinco escritores (hay que decir que a veces, entre una enumeración y otra, pide que le soplen un nombre que no encuentra. Y llega la carcajada):


Los cinco nombres

  • Griselda (profesora de Matemáticas argentina a quien conoció en un mitin peronista)
  • Paloma
  • Borges, en primerísimo lugar
  • Enrique Molina
  • Álvaro Mutis

Las cinco películas

  • El halcón maltés
  • West Side Story
  • Cualquiera de Orson Welles
  • El gatopardo
  • Cualquiera sana y edificante de Tarantino y donde aparezca Uma Thurman

Los cinco escritores

  • Borges, en primerísimo lugar
  • Truman Capote
  • Cocteau
  • Hernando Valencia Goelkel
  • Nicolás Gómez Dávila

Citas de Cobo

  • “El poema me reconciliaba conmigo mismo, me aliviaba el castigo, era mi forma de hacerle trampa a la adversidad”.
  • “Escribir es rezar de modo diferente”.
  • “Todos los poetas son santos e irán al cielo”.
  • “La poesía de Juan Gustavo Cobo Borda merece mencionarse por la cristalina limpidez de su lenguaje, sus acentos irónicos y su visión crítica de la historia y cultura colombianas, según puede apreciarse en su Poesía reunida (2012)”.

José Miguel Oviedo, Letras Libres, agosto de 2013

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com