Foto por: SANTIE TROPPOLI. Juan Cárdenas nació en Popayán, en 1978.
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Distorsiones y malentendidos

En esta feria se lanzará Ornamento, una nueva novela de Juan Cárdenas: lejos del realismo imperante en nuestra literatura, Cárdenas, quien también oficia como traductor y crítico de arte, aboga por una escritura que interrogue al propio lenguaje desde un artefacto llamado novela.

2015/04/17

Por Catalina Holguín Jaramillo* Bogotá

No hay muchas brújulas en este empeño de leer a Juan Cárdenas. No con un autor así de joven, vivo, periférico y difícil. La obra que firma como Juan Cárdenas, que consta de un libro de cuentos y tres novelas, es inquietante y provocativa. Juan Sebastián Cárdenas—que es el nombre completo de este escritor nacido en Popayán en 1978—se lo reserva para firmar traducciones y su trabajo como crítico y curador de arte. Hace unos meses fue comisario de la muestra de arte “Acorazado Patacón” en ARCO, la feria de arte madrileña en la que Colombia fue país invitado de honor. Cárdenas también es traductor fiel de la editorial española Periférica, donde ha realizado traducciones del inglés, francés y portugués de Henry James, Thomas Wolfe, Eça de Queirós, entre otros.  Del oficio de la traducción literaria ha aprendido “la música interna que tiene el lenguaje”. De su otro oficio, el de crítica de arte, ha aprendido todo lo contrario: a tomar distancia crítica de la literatura. Todo esto para decir que Juan y Juan Sebastián habitan de forma permanente y problemática el mundo de la palabra y de la imagen, del tránsito entre lenguajes y sistemas de representación simbólica.

Las novelas Zumbido (451 Editores, 2010), Los estratos (Periférica, 2013) y Ornamento (Periférica, 2015) rompen los esquemas clásicos de representación propuestos hasta ahora por los autores colombianos más sonados del momento. Cárdenas no ofrece una literatura confesional y autobiográfica, ni son éstas novelas coherentes con el deseo presidencial de mostrar a un país herido por la violencia sobreponiéndose al Horror de la Historia. “A mí no me parece que esto es lo que haya que hacer: vamos a contar este terrible episodio de nuestra historia con unos personajes sumamente Tal y Pascual”, afirma Cárdenas en esta entrevista conducida por Skype entre Bogotá y Quito. “Por bien hecho que esté, eso no deja de estar basado en un modelo de representación chato”. En otra entrevista, conducida por la escritora española Elvira Navarro, Cárdenas amplía sobre esta dificultad de representar a Colombia: “Yo quería hablar de mis fantasmas colombianos, de la violencia, del horror y de la vitalidad rabiosa que se manifiesta en extrañas formas de resistencia cultural contra los poderes que desangran al país. Pero para hablar de todo eso tenía que encontrar una manera de gambetear la legibilidad hasta el límite del absurdo. Si te volvés legible te agarran y te ponen a trabajar para ellos”.

 

En abierta resistencia a la explicación y al resumen dócil del dossier de prensa, el universo literario de Cárdenas propone una teoría de la representación basada en la distorsión y el malentendido. Uno de los elementos fundamentales de la distorsión es la dislocación geográfica. Los estratos cuenta la historia de un hombre que está a oscuras, encerrado en su casa, atorado en la empresa familiar, en un matrimonio que no cumple la promesa de liberarlo de su propia clase. Lo asedia un recuerdo, el de su nana negra caminando por un puerto (que podría ser Buenaventura, pero no es). En su búsqueda de la nana lo ayuda una psiquiatra, una fiscal y un detective indio. Y aunque la historia trascurre en una ciudad que huele, se ve y se siente como Cali, deliberadamente no es Cali.

En Ornamento pasa algo similar. En esta novela cuatro mujeres sin nombre participan del test de una droga psicotrópica-erótica que sólo tiene efecto en mujeres. El doctor que lidera el experimento se obsesiona con una de ellas, la número 4, que tiene la particularidad de soltar monólogos crípticos bajo los efectos de la droga.  Al término del test, número 4 se inserta en la relación del doctor y su esposa y los destruye por completo. Entre tanto, pandillas de mujeres armadas atacan expendios en busca de la droga y los farmacéuticos se atrincheran en su laboratorio con sus centinelas. 

Si bien muchos elementos arquitectónicos y climáticos evocan a Bogotá, explícitamente se omite toda referencia a  barrios y avenidas. A esta fobia onomástica del autor se suma el simple hecho de que en Bogotá  las coordenadas numéricas imponen sus propias aberraciones simbólicas. Como dice la mujer número 4,  “las calles no tienen nombres y por eso a nadie la importa la suerte de ninguna calle, solo hay números y números que dicen poco o nada. Nadie puede hablar de una ciudad sin nombres, es imposible, todo está calculado para que el relato no surja de los números mudos”. 

El problema con los nombres se extiende a los personajes, que tampoco tienen nombre propio. “Me parece que el nombre se convierte como en un pozo, el sentido se cae por el nombre,” explica Cárdenas. “El nombre se convierte en un lugar de sentido donde hay un montón de choque y construcciones culturales. En Zumbido quité los nombres por eso. Para evitar esos baches, y tener una superficie muy pulida en la que el ojo no cae”.  En palabras de un personaje de Zumbido, el efecto se explica así: “Esta mañana me encontré en el bolsillo un papelito con un teléfono pero no sé de quién es el número. Esto es igual. Es como tener los datos pero sin un solo sentimiento asociado a ellos. ¿Vos me entendés?” 

*

Durante quince años, Cárdenas vivió en Madrid, y antes de eso en Lima, Berlín, Popayán, Cali, Hamiota (un pueblo remoto de Canadá), Medellín, Lisboa y Bogotá. Por estos días y desde hace más de un año, Cárdenas vive entre Quito y Bogotá. “He hecho el periplo de regresar para volver a ser extranjero”, afirma en otra entrevista. A pesar de la extranjería, Cárdenas mantiene como una única marca de identidad local el acento vallecaucano, que también burbujea en las novelas, como otra señal del territorio que no se nombra. “Cuando yo vivía hace muchos años en Bogota en La Soledad”, confiesa, “había un antejardín que tenía una palmera y yo siempre pensaba que yo era como esa palmera, ¿me entendés?, como un calentano que lo han metido allá arriba. Y la pobre palmera está sufriendo y dice ‘qué diablos hago aquí’”.

Estas migraciones de Cárdenas parecieran manifestarse en la repetición de patrones de fuga del hogar y movimiento permanente. Y es que en todas las historias, los personajes van de un sitio a otro siguiendo pulsiones desconocidas, como atendiendo un llamado sin nombre: en Zumbido, un hombre atraviesa una ciudad caliente en un Renault 4 destartalado hasta llegar a un extraño templo religioso donde él mismo se convierte en una profecía; en Los estratos, un tipo de clase alta abandona su casa en un conjunto cerrado en busca de su nana negra hasta llegar hasta una casa en medio de la selva; y en Ornamento, la mujer número 4 recorre la ciudad en busca de refugio de un crimen cometido en casa.

En su trasegar, los personajes habitan espacios que son a la vez muy propios de la geografía colombiana (un hotel derruido en una ciudad de tierra caliente, una casa de palafitos en un puerto costero, un inquilinato en un barrio marginal) y muy vagos en cuanto a su localización real. A la vez familiares y extraños, estos lugares evocan la textura de los sueños, donde todo lo que conocemos al dedillo ha sufrido un pequeño cambio, un giro de un par de grados que trastoca toda certeza.

A la pregunta por este movimiento incesante de sus personajes, Cárdenas responde con una palabra que enlaza su preocupación por el espacio y a la vez encapsula ese sentimiento onírico y angustiante que tienen sus libros. “Intemperie: todos estamos ahí afuera”, afirma.  “Por eso me interesa tanto la arquitectura. Porque, más que una negación, es en realidad una dilación, un retraso de la intemperie. Podría decirse que siempre estoy encontrando variantes de una ecuación que tiene como variables al cuerpo, al refugio y a la intemperie.”

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A estos elementos de calculada distorsión se suma un uso del lenguaje donde se resquebraja la autoridad narrativa tradicional con ruidos, grietas, voces y retazos. En palabras de Cárdenas, su literatura es como una máquina: “Me gusta esa idea de crear artefactos o dispositivos que sean capaces de exhumar esos lenguajes reprimidos. La manera como salen esos lenguajes es psicótica: es un lenguaje de mucha repetición, de mucho tartamudeo, interrupción, de imágenes que no se acaban de aclarar, que se truncan”. Acá estamos lejos del realismo y de la narrativa tradicional; acá el lenguaje es como un mensaje críptico captado por una antena monstruosa. Acá, el lector se sintoniza y trata de atender al llamado. 

Zumbido, Los estratos y Ornamento están narradas en primera persona, siempre por un hombre que pertenece a una clase económica acomodada que está huyendo de un espacio familiar que lo aprisiona. En estos narradores se recuesta todo el peso narrativo: a través de ellos vemos, escuchamos y entendemos. Pero su perspectiva es limitada y está entrecortada por revelaciones crípticas y señales que usualmente provienen de lugares y estados adonde no llega la razón.

Tenemos al hombre de Los estratos, que persigue una memoria extrañamente nítida de su nana negra caminando por un puerto mientras lo lleva de la mano. En esa memoria se le aparece un negro viejo, leproso y ulcerado, postrado en una cama al fondo de la casa de la nana, que habla y ensarta palabras y sonidos, como una radio humana a la que le van dando vueltas al dial sin parar en una sola estación. Esta radio humana—y solo se nos muestran algunos atisbos de esa voz automática—suelta frases de noticiero, chasquidos de lengua, quejidos y palabras de los corteros de caña, desde el fondo de un cuarto oscuro, en la memoria oscurecida de un hombre que desde la penumbra de su conciencia trata de escapar de las ataduras heredadas de su familia y de su clase. Como si en esa voz tergiversada del negro se recolectara la única memoria posible de la experiencia de la esclavitud. Como si toda la travesía del narrador fuera la llave que permitiera, solo por un instante, oír esa voz que define la experiencia de un tipo blanco y con fortuna en una ciudad como Cali.

En Ornamento cuatro mujeres sin nombre participan del test de una droga psicotrópica-erótica que sólo tiene efecto en mujeres. El doctor que lidera el experimento es el narrador y es solo a través de él que accedemos a la voz de la número 4, que tiene la particularidad de soltar monólogos crípticos bajo los efectos de la droga. El narrador es, entonces, un vehículo que nos acerca imperfectamente a la voz de la mujer número 4. Aunque los monólogos crípticos de la mujer obsesionen al doctor, este no logra penetrar la coraza de su sentido. Un atisbo de ese significado se revela en un capítulo aislado, ajeno a la voz narrativa y al conocimiento del doctor, en el que se nos permite escuchar en su voz su historia de abuso, venganza y escape.

Solo número 4 lleva el peso de la revelación. Al respecto, Cárdenas explica: “casi todas esas despalabradas de ella están hechas con pedazos de discursos de Laureano Gomez, con pedazos de discursos de Gaitán, y con material encontrado de esa época. Había algo que me interesaba y era pensar cómo los discursos públicos se convierten con el paso del tiempo en el inconsciente público. Esta mujer, que es como una antena, que se ha chupado mil cosas, empieza a sacar todas esas lenguas cuando toma la droga. Me gustaba la idea que cuando esta mujer entraba en ese trance, se abre una especie de grieta histórica y el lenguaje inconsciente sale a la luz. ¿Qué otro cuerpo puede ser más susceptible a esa apertura de grietas que el lenguaje? Creo que la literatura es el espacio propicio para explorar eso.” 

“Probaturas” ha llamado un crítico español a la obra de Cárdenas. “La mayor influencia de Juan Cárdenas es él mismo”, afirma. “Y es que hay una recurrencia en sus temas: los perros, como símbolo amenazante, un matrimonio (sin hijos) en plena quiebra, la cháchara del arte contemporáneo, el reencuentro con la naturaleza, los cultos paganos, la manifestación libre de la voz (aquí recogida en la forma de transcripciones, una mezcla de monólogo interior y voz automática) y la omnímoda presencia del lenguaje (entendido como una cárcel)”.

Estas recurrencias, estos hilos que enlazan las probaturas de Cárdenas son a veces calculadamente explícitos y en otras ocasiones son solo ecos. Como si cada novela hubiera sido soñada por el mismo tipo que repite patrones: imágenes, ciudades sin nombres, cuerpos desfigurados, presagios y rituales inexplicables, retazos de periódicos viejos, perros con voluntad propia... Como si estas probaturas fueran ensayos hacia un sistema de codificación que le permita hablar de Colombia, sin caer en la trampa de la “chárara política”. Como si cada novela fuera el recuerdo distorsionado de una novela maestra y única que no existe, sino que se anuncia en cada entrega, que se anuncia incompletamente.


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