Sergio Ocampo Madrid

Payasos tristes

En su segunda novela, el escritor paisa recorre los caminos del thriller para componer una trama anclada en nuestra violencia, pero que escapa a los lugares comunes: un serial killer de pobres comediantes.

2014/03/21

Por Sergio Zapata León*

Sergio Ocampo Madrid, quien por estos días ve cómo su segunda novela, Limpieza de oficio, se acomoda en la vitrina de novedades literarias de las librerías colombianas, es un escritor prácticamente inédito. Aunque publicó algunas crónicas en periódicos de tiraje nacional, así como un libro de cuentos y una novela, su producción permanece oculta. ¿La razón? Su anterior sello, Editorial Norma, decidió suspender actividades literarias apenas cuatro meses después de haber impreso y lanzado los mil ejemplares de El hombre que murió la víspera (2011), su primera novela.

Con la desaparición de El hombre –como él mismo lo llama– también desparecieron Mezbah el persa; la taciturna Larissa; Joel, el cruento pelirojo; el flaco y atribulado Azpilicueta y el luciferino Leonardo, personajes todos contenidos en el volumen de cuentos A Larissa no le gustaban los escargots (2009), publicado en la colección La Otra Orilla, de la misma editorial. 

Nacido en Medellín y criado en Bogotá, Ocampo Madrid estudió Comunicación Social y se dedicó al periodismo por veinte años, durante los que se ocupó de temas como política y orden público y se convirtió en editor de diarios como El Tiempo, El Colombiano y El Heraldo de Barranquilla. Escribió algunos textos que fueron publicados en Diners, Credencial y La Nota Económica, e intentó zafarse del periodismo una vez, para regresar a él luego de publicar A Larissa no le gustaban los escargots. Habiendo sentido la experiencia de narrar por cuenta de una crónica que ahora no atina identificar, en algún punto de su carrera como periodista se sintió aguijoneado por el deseo de escribir literatura, así que se valió de algunas muy buenas historias y de unos personajes irrepetibles, renunció a su trabajo en El Tiempo a mediados de 2008 y se lanzó a escribir  los cuentos de Larissa

El resultado de esa aventura fue un libro inquietante en el que pueden apreciarse signos de seriedad: cuentos cuya arquitectura recuerda la dedicación del relojero, personajes memorables y una preocupación acaso desmedida por elegir las palabras correctas. Con El hombre, su siguiente lance, reafirmó un tema: la muerte –“el motor de la evolución”–; y demostró su capacidad para darle vida, forma y credibilidad a sus personajes: Bruno Valenzuela, quien vive obsesionado con la pelona, intentará burlarla sin éxito y sobrevivirá para contarlo.

“No ha sido fácil dedicarme a la literatura”, explica Ocampo Madrid, y ello se percibe no solo en las respuestas que deja caer durante las entrevistas que le han hecho: “Tardé demasiado tiempo en hacer a un lado el periodismo”; o en las solapas de sus libros: “…se subió al barco de la literatura con la única certeza de haber aplazado ese viaje por demasiados años”; se percibe también en el oficio de sus textos: “Circunspectos, los payasos resistieron bajo sus pelucas la comezón y el cansancio y se vieron los maquillajes estropeados por las lágrimas de la mañana y los sudores del encierro y la marcha”. También reconoce que es el más estricto lector de sí mismo: “…fui editor de periódicos durante muchos años, lo que me lleva a ser muy cuidadoso con cada cosa que escribo”, y que su apuesta es por el lenguaje: “…la palabra que utilizo tiene que comunicar pero también debe tener una función estética”. Ocampo Madrid evalúa sus adjetivos y los elige con la intención de que en sus páginas pueda leerse un “español estándar”, aquel que puede ser comprendido por el “hombre latinoamericano”.  

En uno de sus reportajes, intitulado “Ante un estado bobo” (Diners, 1994), Ocampo Madrid señaló –aunque mejor cabría decir estableció– que durante 1993 la violencia urbana se había llevado 29.413 colombianos por delante: 80 homicidios diarios; más de tres muertes violentas cada hora: una cifra que acaba con las ganas de reír. Podría decirse que con ese dato se adelantó veinte años a Limpieza de oficio, un thriller en el que Francisco Eugenio Venanci, “reportero bravero”, deberá lidiar con un asesino sin rostro cuyo método indetectable parece lograr algo impensado: erradicar la risa de una ciudad latinoamericana.

Hacen falta tiempo y dedicación para administrar todos y cada uno de los detalles que sostienen la calculada trama de Limpieza de oficio, así como tiempo y genuina curiosidad para pasearse por sus páginas, en las que florecen pintorescos vocablos en desuso, adjetivos de otras latitudes e imprecisiones deliberadas que apuntan a un trasfondo ideológico. Para Ocampo Madrid, hoy dedicado a la academia y a mantenerse alejado de las salas de redacción, la muerte, el español como una lengua sin fronteras y la falta de rigor en el periodismo son ingredientes susceptibles de ser combinados en un tomo explosivo que esconde un misterio, y quiere escapar a las clasificaciones. Su literatura es el vehículo mediante el que solventa episodios horribles que le reveló el periodismo y con ella consigue retratar una sociedad enferma que le permite mantener intacto el deseo de escribir.

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