Mauricio Bonnett nació en Bogotá en 1961.

El lado borroso de la vida

Con tres novelas a cuestas, el escritor colombiano, radicado en Londres, consigue en Cinco versiones de Adriano insistir en cómo el misterio habita en cada uno de nosotros. ¿Qué dispara la memoria y por qué buscamos darle un sentido al pasado?

2015/05/22

Por Diana Ospina Obando* Bogotá

Hay misterios que se instalan en la vida de alguien y lo cambian todo. Poco importa si son producto de los años o si irrumpen de manera violenta y sin preámbulo alguno. En los dos casos, desorganizan lo preestablecido, cambian las rutinas y aventuran a quien los enfrenta a buscar explicaciones, a hacerse preguntas que, muchas veces, se quedarán sin respuesta.

Esto es lo que les ocurre a los personajes que habitan la literatura de Mauricio Bonnett, escritor colombiano radicado en Londres, que estuvo hace pocos días en Bogotá, dedicado a lo que menos le gusta: convertirse en un personaje público para promocionar su obra.

A la capital inglesa llegó en 1987, tras un paso fugaz por la Facultad de Arquitectura de la Universidad de los Andes, en Bogotá, y después de un tiempo estudiando Cine en Nueva York. En Londres ha logrado construirse una rutina diaria que le ha permitido dedicarle tiempo a la escritura, sin dejar de corregir y juzgar guiones cinematográficos ajenos, actividad de la que vive desde hace años. A veces, si se dan las cosas, hace documentales, aunque cada vez es más raro que suceda. Como él lo dice, el cine exige mucho de los productores que, a la hora de la verdad, lo que hacen es cuidar su bolsillo. Por fortuna, la literatura le ha permitido desarrollar a plenitud su gusto por contar historias sin depender de nadie, sin necesitar grandes presupuestos (ni productores precavidos), solo consigo mismo y la disciplina diaria de poner sobre el papel lo que vive en su pensamiento.

En 2006, publicó su primera novela, La mujer en el umbral, en la que aparece por primera vez Sebastián Alcántara, personaje recurrente en sus historias, quien decide emprender una búsqueda para explicarse el destino trágico de Rosa Tulia, la empleada doméstica de su casa cuando era niño. Esta mujer, a la que recuerda con claridad cruzando el umbral de su casa, modifica su vida y lo lanza en una suerte de torbellino de emociones y cuestionamientos mientras ella misma parece oscilar en el quicio que separa la normalidad de la locura.

Alcántara reaparecerá, cuatro años después, en El triunfo de la muerte, la segunda novela de Bonnett, como novio de Gabriela, una estudiante colombiana radicada en Londres que se ve perseguida por la culpa tras cometer un error fatal que todo el mundo ignora. Es la culpable que desea redimirse aunque nadie la persigue. El libro, que ha sido calificado de “thriller moral”, terminó por consolidarlo como dueño de un universo propio. Ese universo, me dice sentado en la librería Casa Tomada, del barrio Palermo, en Bogotá, tiene que ver con aclarar el papel de la escritura literaria, pues a través de ella se puede dar orden a la realidad ante la irrupción de lo inesperado. Eso es, en todo caso, lo que intenta hacer Alcántara, una suerte de alter ego de Bonnett, quien no tarda en señalar que el trabajo del novelista no es otro que “robar, simplificar, tergiversar, crear simetrías y paralelismos para conferirles significado a eventos aleatorios y terribles”. Al final, entonces, quedan más preguntas que respuestas en esta suerte de juego literario en el que se nos recuerda que detrás del entramado de la ficción siempre se encuentra un demiurgo que da vida y forma a sus personajes.

Probablemente esta sea la razón por la cual Mauricio Bonnett, aunque se deja llevar por toda la ciudad a cumplir los compromisos mediáticos cuando lanza una novela, no le gusta dar entrevistas y cuando está obligado, como ahora, prefiere no dar respuestas que guíen de manera muy precisa la interpretación de un potencial lector. Digámonos la verdad: poner a hablar a un escritor es esperar que el mago revele el truco del sombrero y nos diga, de una vez por todas, de dónde salió el conejo. Y es, justamente, en el misterio planteado desde el inicio, en esa imposibilidad de verlo todo, de saberlo todo, que se cimienta la obra de Bonnett. En particular en Cinco versiones de Adriano, su más reciente novela. Ya lo dijo mejor Borges, a quien Bonnett admira y cita con precisión: “El misterio participa de lo sobrenatural y aún de lo divino; la solución, del juego de manos”.

Cinco versiones de Adriano está construida, de nuevo, con la estructura de un thriller. En esta ocasión, el misterio alcanza alturas insospechadas cuando Sebastián Alcántara, quien ha cumplido ya los 50, cree reconocer desde la ventana de su casa a Adriano, un amigo al que daba por muerto desde hace 30 años. Este punto de partida se le ocurrió a Bonnett tras vivir una experiencia similar. Mientras en la vida real él optó por desviar la mirada y escabullirse, sin buscar confirmar la verdadera identidad del susodicho, para Alcántara reencontrarse con ese fantasma del pasado se convertirá en una obsesión. La imagen de ese amigo perdido irrumpe justo cuando la relación de 20 años con su mujer llega a su fin. Desde las ruinas de un matrimonio devastado que padece los últimos estertores, la supuesta aparición de Adriano permite a Sebastián mirar hacia atrás, recordar un pasado anterior al encuentro con su mujer: una época en la que aún su ausencia no es dolorosa ni su presencia lo ha contaminado todo. Una época en la que, en todo caso, un hombre, Adriano, hizo de engranaje entre sus amigos de juventud.

Sebastián permitirá que sean diversas las voces que reconstruyan a Adriano; que cada uno de los que participaron en esas aventuras pasadas dé su versión y explique, a su manera, qué recuerda, qué interpretó. Adriano fue siempre el más misterioso e inasible del grupo; una especie de testigo mudo e incómodo de una época ya perdida. Cada recuerdo, cada pieza del rompecabezas, amplía la idea de que se trata de alguien inabarcable, idea que termina por hacerse extensiva, a medida que se avanza en la lectura, a todos los personajes de la novela. En realidad, pareciera que nunca llegamos a conocer a alguien: siempre hay una zona gris, un lugar al que no penetramos ni en los otros ni, como lo sentirá Sebastián, en nosotros mismos.

Estas zonas borrosas, estos lugares infranqueables, contrastan con la precisión y la riqueza con las que están descritos los personajes y sus acciones. Hay un deseo de volverlo todo tangible, y para lograrlo Bonnett da información detallada sobre los lugares que habitan los personajes, las comidas que degustan y las calles que transitan. “Aún recuerdo el impacto que me produjo leer Rayuela y ver la precisión con la que eran descritos los recorridos de los personajes por París”, me dice cuando le señalo la precisión de su escritura a la que se suma la fijación por la luz, que él relaciona con sus estudios cinematográficos. Describirla le permite, en ciertos momentos, transmitir el paso del tiempo de una manera sutil y orgánica. Y ya que hablamos de cine, cómo no decir que en Cinco versiones de Adriano hay varias escenas relacionadas con el séptimo arte entre las que se destaca, en particular, la recreación de la escena de baile de Banda aparte (1964), de Jean-Luc Godard: “Miré la escena muchísimas veces, tenía el reto de transcribir en palabras esa escena bellísima y tan bien lograda. Quería que el lector pudiera, de cierta manera, ver la película”.

En pocos días se acabarán las entrevistas y dejarán de aparecer las reseñas. Llegará entonces el momento en que a solas y en silencio, los lectores se acercarán a la obra y al universo de Bonnett: a la aceptación de la derrota, al impasible derrumbe del amor y a la juventud, ese pasado remoto, idílico, construido de memorias selectas y manipuladas, donde uno se puede refugiar aunque, en últimas, nada pueda ser explicado, desentrañado o comprendido del todo.

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