Philippe Claudel es escritor y realizador de cine.

“Del punk que fui me quedó la libertad”

Las almas grises, La nieta del señor Lihn y El informe de Brodeck son tres de las novelas que han hecho famoso a Philippe Claudel, uno de los autores invitados a la Feria del Libro de Bogotá. Tras el lenguaje sobrio y el ritmo calmado se esconde un punk de la vieja guardia al que no le gustan las ciudades.

2015/04/17

Por Ricardo Abdahllah * París

Philippe Claudel –tiene 53 años y publicó su primer libro a los 37 y 20 más desde entonces– recorre un sendero en el bosque que se extiende en los alrededores de Dombasle-sur-Meurthe, en la región francesa de Lorena y da con el cráter dejado por uno de los muchos obuses que cayeron en la zona durante la Primera Guerra Mundial. “Pisar la tierra, andar, explorar” es el título del primer capítulo de la tesis de 518 páginas sobre André Hardellet con la que Claudel aspira doctorarse en la Universidad de Nancy y en la que, a los 39 años, lleva diez trabajando. Al excavar, así sea con la punta de los dedos, aún puede de vez en cuando encontrar vainillas o esquirlas. Como el punk veinteañero que es, Claudel odia la guerra. Habla de eso en los poemas que escribe, en los cortometrajes que intenta. Es domingo, el día que sale del Liceo Bichat en el que lo han internado sus padres. Acaba de cumplir 14 años. Levanta del suelo un fragmento de casco que no acaba de oxidarse. Se pregunta si ese casco perteneció a alguno de los soldados mutilados que suele cruzar en las calles del pueblo. Los veteranos de la Primera Guerra están viejos, pero la Segunda terminó hace apenas 16 años. El doble de los que tiene. Desde ese camino ve la casa donde nació. No puede saber que también ve la casa en la que va a vivir muchos años después.

“Entre las dos hay apenas 50 metros. Como soy un soñador, a veces ni sé en qué momento de mi vida estoy cuando ando por esos caminos –dice Claudel–. Nunca he vivido en otra parte y en tren puedo venir a París y devolverme el mismo día”.

El trabajo que lo tiene en París es la posproducción de Una infancia, que será su cuarto largometraje. Como de costumbre, el cielo sobre la capital francesa es un bloque gris y nadie podrá ver el eclipse total de sol del que tanto se ha hablado.

“La verdad es que no. París no me gusta”, dice Claudel en tono de confidencia.


Las huellas de las guerras

Alsacia y Lorena, en la frontera con Alemania, fueron las regiones francesas que más sufrieron durante la Primera Guerra Mundial y junto a Normandía, por donde entraron los aliados, las que más sufrieron durante la Segunda. Cercanos a los alemanes por geografía y tradiciones, los habitantes de la región se vieron en menos de 30 años obligados a vivir dos veces un juego de lealtades, traiciones y delaciones en el que el vecino se convertía en un enemigo y en el que por pura cuestión de supervivencia había que adivinar cuál bando llevaba la ventaja y actuar en consecuencia. En los meses posteriores a las victorias francesa de 1918 y aliada de 1945, el país miraba la región con desconfianza, y si los juicios por colaboración y fusilamientos sirvieron de purga colectiva, no lograban borrar las huellas de la mentalidad de los alsacianos y loreneses, ni los traumas menos visibles que los cráteres y las trincheras que el monte no se acaba de tragar, pero no menos profundas. O al menos eso podría pensarse de una obra como la de Claudel, en la que la culpabilidad colectiva, las relaciones ambivalentes de aprecio, miedo y odio al extranjero y el peso de la historia ocupan un lugar preponderante.

Ese ambiente de la retaguardia es el que Claudel evoca en Las almas grises, su séptimo libro, con el que en 2004 ganó el Premio Renaudot y el de lectores de Elle y comenzó a ser masivamente traducido. No hay batallas, pero la violencia latente entre los habitantes, que gracias a su indispensable trabajo en una fábrica se han salvado del reclutamiento y los soldados que pasan rumbo al frente y vuelven destripados impregna toda la historia. Tres años después, en El informe de Brodevk, el autor puso en escena el mismo pueblo (¿u otro?) después de otra guerra (¿o la misma?) en el que solo quedaba un extranjero, “der Anderer” (así en alemán), en cuyo asesinato participaron todos los hombres de la localidad.

El ambiente evoca las depuraciones después de la Segunda Guerra Mundial, en la que los pueblerinos se daban a la tarea de señalar un colaborador, como una manera consciente o inconsciente de esconder que la mayoría lo eran, pero Claudel se defiende de toda acusación de novela histórica

“Mis novelas son ficciones. Fantasías. No sé, fábulas. No buscan rendir cuentas con precisión académica sino reinventar mitologías, establecer leyendas”.


Érase una vez en un lejano país...

Las historias de los veteranos de guerra que Claudel escuchaba en su infancia no solo han influenciado los temas que trata sino también en el lugar que da al narrador, algo que, según él, también nace de su interés en reflexionar sobre qué es narrar y cómo hacerlo en nuestra época. El policía que cuenta Las almas grises no es un testigo neutral, él mismo está marcado por la guerra, y los años que han transcurrido desde entonces parecen haber fijado su heridas en lugar de curarlas; Brodeck, el que da nombre al informe, se niega a participar en el sacrificio expiatorio del extranjero y como castigo es forzado a escribir lo que ha ocurrido.

En La nieta del señor Lihn, Claudel también apuesta por el tono de historia escuchada y la economía del lenguaje. “Es una escritura simple porque buscaba una narración simple. Ese señor, un inmigrante del sudeste asiático que lo ha perdido todo, incluso su idioma, existía en mi cabeza mucho antes que el argumento, y terminó por modelar la manera de contarlo”, explica el novelista, quien también, para que la historia sonara como un cuento de esos que empiezan por ‘érase una vez’ optó por una locación construida a partir de símbolos universales: calle principal, puerto, asilo, mercado.

“La ciudad es descrita de una manera muy minimalista porque prefiero que el lector la sitúe donde quiera. Me gusta que mis novelas transcurran en una suerte de no-lugar”.

La excepción más notoria a esa regla de no nombrar los lugares es Aromas, el único de sus libros que Claudel asume como autobiográfico. Si para el señor Lihn el país al que llega, que suponemos Francia, es un país “sin olor”, Claudel cuenta su propia vida a través de un “oler la vida pasar frente a la nariz” que le sirve como método de retrospectiva.

“Es algo que uno siente cuando está en el extranjero. Un ‘país sin olor’ no porque no lo tenga, sino porque somos incapaces de reconstruir ese pasaje olfativo que está muy ligado a los sentimientos. Doy mucha importancia a los cinco sentidos: olfato, tacto, gusto. A la vista... A lo mejor porque quise ser pintor describo mis paisajes como si fueran pintados con una técnica ligera, como una acuarela. Hay mucha cercanía entre la pintura y la literatura. La literatura no solo se nutre de nuestra humanidad, sino de las otras artes. Del cine también”.

Claudel no ha mencionado la música. Y viéndolo bien, cuando dijo cinco sentidos, solo mencionó cuatro.


Lo que queda de aquel punk

Nos reuníamos alrededor de una grabadora. Escuchar música era un ritual de grupo. Ahora es individual. Cada uno con sus audífonos y ya no soy una persona tan musical. Cuando trabajo necesito hacerlo en silencio”.

Parece que fue hace tiempo, Nancy, la capital del departamento, y esa época luego de terminar en el internado que Claudel recuerda como pasada entre resacas. “Al cabo de unos años, me di cuenta de que era como un animal que se reventaba la cabeza contra los muros de un laberinto. Bebía ginebra a pico de botella. Andaba detrás de todas las chicas. Mi vida no iba para ningún lado”.

El sitio internet de la Academia Goncourt dice: “En 1983 lo salvó una mujer. La suya”.

“¿Qué me quedó de la época punk? La libertad supongo. El hecho de no ceder frente a lo comercial. De no entender ni la literatura ni nada en mi vida como una transacción monetaria. Sigo siendo un marginal, pero como artista la sociedad me tolera esa marginalidad”.

Claudel sigue alternando la publicación comercial con pequeños proyectos de edición independiente a pesar de que las grandes editoriales se lo disputan como es imaginable con un autor premiado y que vende bien. Aunque podría permitírselo, se niega a dejar su cátedra de escritura de guion en el Instituto Europeo de Cine y Audiovisuales de la Universidad de Lorena. “Creo que la transmisión es lo más bello que existe, ese es el principio mismo de la humanidad, lo que la define”, dice de su trabajo como profesor.

En homenaje a ese momento de la vida en la que “Dios perdió el combate frente a los Sex Pistols”, rechaza toda nominación de honor con excepción de la de la Academia Goncourt porque “sabía que me obligaría a estar leyendo autores contemporáneos”. Claudel dice que nunca tuvo ni tendrá un plan de vida o de carrera y que nunca sabe para dónde va una historia cuando la comienza.

“Ni siquiera sé si será novela o película, porque las dos vienen de deseos muy diferentes. En la novela es la exploración del lenguaje, la posibilidad describir un país imaginario. La película empieza porque me dan ganas de filmar cosas. Una mujer que se está acicalando, por ejemplo. Veo la manera como voy a seguir su mano, de la espalda a su cuello y a sus senos. Tengo esa escena sin ninguna historia, pero me dan ganas de buscar esa mujer que será el personaje principal. En la novela no veo los personajes. Ni Brodeck ni el señor Lihn tienen rostro. En La investigación todos los personajes son descritos de la misma manera: ‘Bajito, calvo y algo gordo’”.


Prisiones y montañas

Durante su anterior visita a Colombia, Claudel fue invitado a una sesión fotográfica en la reclusión de mujeres de San Diego, en Cartagena, que quedaba frente al hotel donde estaba hospedado. “Ni siquiera me requisaron y al día siguiente pude volver a entrar solo y pasar la tarde hablando con las detenidas. La mayoría de mujeres eran víctimas de personas que les habían hecho transportar droga”, cuenta el autor, quien durante su época universitaria insistió durante dos años para que lo dejaran realizar talleres de literatura en la reclusión Charles III de Nancy. Cuando por fin lo admitieron se quedó 12 años, hasta la demolición del edificio. De allí salió su volumen de historias El ruido de las llaves y su convicción de que “quien no conoce el mundo de la prisión piensa que allí viven personas diferentes, qué sé yo, monstruos o al menos fenómenos. Pero no, somos usted y yo más una vuelta que dio la vida”.

Trabajando al tiempo en la promoción del libro anterior y en la escritura del próximo, en los últimos toques de la película que sale en otoño y el casting de una que aún no esta escrita, Claudel dice que no puede tener rituales de escritura, que a veces se encierra días a escribir y a veces ni tiene tiempo durante semanas.

Que si fuera capaz de organizarse escribiría en la mañana y dedicaría las tardes al deporte. Ya no practica el triatlón, pero no ha dejado el alpinismo. Dice que es su pasión. “Sí, más que la escritura”.

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