Protestantes se tomaron las calles de New York el 4 de diciembre de 2014 cuando quedó libre el policía que estranguló a muerte al afroamericano Eric Garner. Foto: Yana Paskova/AFP.
  • Ta-Nehesi Coates nació en Baltimore, Maryland, en 1975

“Si eres negro, naciste en la cárcel”

En Estados Unidos, una persona negra es asesinada por un policía cada 28 horas. Aunque más del 80 % de los asesinatos resultan de un abuso de poder de los agentes, en la mayoría de los casos estos son declarados inocentes. Esa injusticia es la nuez del hermoso alegato de este escritor que ganó en 2015 el National Book Award.

2016/03/23

Por Hernán D. Caro* Berlín

"Te escribo ahora que tienes quince años pues este es el año en que viste a Eric Garner ser estrangulado por vender cigarrillos; ahora sabes que Renisha McBride recibió un tiro por buscar ayuda, que John Crawford fue abaleado por caminar por un centro comercial. Y has visto a hombres uniformados asesinar a Tamir Rice, un niño de doce años, a quien habían jurado proteger.” Esto escribe el periodista y escritor estadounidense Ta-Nehisi Coates en las primeras páginas de su libro Between the World and Me (Entre el mundo y yo, aún sin traducción al español), una carta abierta a su hijo Samori publicada en 2015, que ha causado un debate considerable sobre lo que significa ser negro en Estados Unidos. Coates prosigue: “Y sabes, si es que no lo sabías antes, que a los policías de tu país les ha sido otorgada la autoridad de destruir tu cuerpo... Y la destrucción es solamente la forma superlativa de una dominación cuyos privilegios incluyen requisas, arrestos, palizas y degradaciones. Todo esto es normal para la gente negra. Todo esto es antiguo para la gente negra. Y a nadie se responsabiliza”.

De los crímenes perpetrados en nombre de la diferencia entre razas —el exterminio de los nativos americanos por colonizadores europeos, de millones de judíos en la Alemania nazi o de miles de musulmanes durante la Guerra de Bosnia, solo tres entre una cantidad incalculable—, aquellos cometidos contra la población africana por las potencias europeas durante las campañas esclavistas ocupan un lugar particularmente infame. Doce millones de hombres, mujeres y niños fueron transportados de África a las colonias americanas entre los siglos XV y XIX. Quienes no murieron durante el viaje por el Atlántico se vieron condenados —y con ellos sus hijos y los hijos de sus hijos— a una vida entera de tortura, violación, humillación y silencio. Una vida que, escribe Coates sobre sus antepasados esclavos en Estados Unidos, era “la noche sin final. Y esa noche es la mayor parte de nuestra historia”. Pues como le advierte a su hijo: “Nunca olvides que fuimos esclavizados en este país más tiempo del que hemos sido libres. Nunca olvides que durante 250 años la gente negra nació encadenada”.

Y la noche —y esta es una de las razones de la particular infamia de este crimen— no ha terminado. Tras la abolición de la esclavitud en el siglo XIX, nunca hubo reparaciones para los pueblos depredados; en el sur estadounidense, el linchamiento siguió siendo una práctica cotidiana por décadas; la separación racial, estipulada alguna vez por leyes, sigue siendo palpable en muchos lugares —por supuesto no solo de Estados Unidos—, así como la marginación, la falta de oportunidades laborales y el abandono estatal. Y como los casos recientes de atropellos y asesinatos impunes de personas negras por la policía en distintas ciudades estadounidenses lo dejan muy claro: el desprecio contra la vida negra no es un fallo excepcional al interior de un sistema legal igualitario. Es parte esencial del sistema. Este es el tema del libro turbador pero potente que es Entre el mundo y yo, y el mensaje de Coates es categórico: “La policía refleja a Estados Unidos en toda su voluntad y miedo... Los abusos —el estado carcelario, la detención aleatoria de gente negra, la tortura de sospechosos— son el resultado de la voluntad democrática... En Estados Unidos es tradicional destruir el cuerpo negro. Es patrimonio”.


Ta-Nehesi Coates nació en Baltimore, Maryland, en 1975. Foto: Anna Webber/ AFP.

Un manual de supervivencia

Ta-Nehisi Coates nació en 1975, hijo de un bibliotecario y antiguo miembro de la organización revolucionaria Panteras Negras y una profesora, en la ciudad de Baltimore, no lejos de los guetos afroamericanos que algunos lectores conocerán gracias a la magistral serie de televisión estadounidense The Wire. Tras el colegio, Ta-Nehisi estudió algunos años en la Universidad Howard en Washington D.C., que ha sido llamada la “Harvard negra” por graduar a más afroamericanos que cualquier otra universidad estadounidense. Tras escribir para distintas publicaciones, Coates se convirtió en corresponsal nacional de la respetada revista The Atlantic. Los reportajes y columnas que ha publicado allí en los últimos años —sobre la parcialidad racista del sistema de vivienda, el “estilo paranoico” de la vigilancia policial o el trasfondo institucional de la pobreza negra— lo han convertido en una de las voces más relevantes y combatientes del mundo intelectual estadounidense.

Según Coates ha explicado, una de las motivaciones para escribir Entre el mundo y yo fue enterarse, hace años, del asesinato gratuito e impune de un amigo de la universidad, Prince Jones, a manos de la policía. La historia de la muerte de Jones ocupa un lugar significativo en la narración, pero el libro —que fue premiado con el prestigioso National Book Award en 2015— es mucho más: es una denuncia. “El progreso de los Estados Unidos blancos, o mejor, el progreso de los estadounidenses que creen que son blancos —escribe Coates— fue construido sobre el saqueo de la vida, la libertad y la tierra; sobre el acto de azotar espaldas; encadenar piernas; estrangular a disidentes; destruir familias; violar a madres; vender a niños y otros actos dirigidos ante todo a negarte a ti y a mí el derecho de asegurar y gobernar nuestros propios cuerpos”. Y si bien muy pocos estadounidenses dirían que están a favor de que los afroamericanos sean ciudadanos de segunda categoría, “una gran cantidad de estadounidenses —sostiene Coates— hará cualquier cosa para preservar el Sueño”. El cual es, para Coates, el mito de sonámbulos que creen en la inocencia, la gloria y la grandeza esenciales de Estados Unidos, y borran de sus conciencias el hecho de que aquella grandeza fue construida sobre las espaldas de esclavos.

Entre el mundo y yo es además un manual de supervivencia. En un pasaje del libro, Coates recuerda la noche en que Samori se enteró de la liberación del asesino de Michael Brown, un joven negro que en 2014 fue abaleado doce veces por un policía blanco en Ferguson, Missouri, por haber robado un paquete de cigarrillos, y cuyo asesinato desató una serie de manifestaciones contra la violencia policial racista. “Cuando te enteraste de que no habría una acusación, dijiste ‘tengo que irme’ y te fuiste a tu habitación y te escuché llorar” —escribe Coates—. Entré cinco minutos después y no te abracé, no te consolé... No te dije que todo estaría bien, pues nunca he creído que vaya a estarlo. Lo que te dije es lo que tus abuelos intentaron decirme a mí: que este es tu país, que este es tu mundo, que este es tu cuerpo y que debes encontrar algún modo de vivir con todo ello”.

Las palabras de Coates y la forma de carta abierta de su libro evocan a otro célebre escritor afroamericano, James Baldwin (1924-1987), que en 1963 publicó en La próxima vez el fuego una carta escrita a su sobrino. Allí, Baldwin escribió: “Esta gente inocente y bienintencionada, tus compatriotas, han causado que nazcas bajo condiciones no muy distintas a las que describió Dickens en el Londres de hace más de cien años... Este país inocente te puso en un gueto en el que, de hecho, tenía la intención que te pudrieras”. La escritora estadounidense Toni Morrison, ganadora del premio Nobel de Literatura en 1993, ha escrito que Ta-Nehisi Coates bien podría llenar el vacío intelectual que Baldwin dejó a su muerte y convertirse en la voz de una nueva lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. Sea o no esto cierto, es claro que, más de 50 años después de la carta de Baldwin, la tragedia de la población negra estadounidense continúa.

Como reportó el diario británico The Guardian en 2015, en Estados Unidos los hombres jóvenes negros tienen nueve veces más posibilidades de ser abaleados por policías que otros ciudadanos. Si bien los afroamericanos constituyen el 13,1 % de la población, en aquel año el número de personas negras asesinadas por la policía fue, proporcionalmente, más del doble de personas blancas abaleadas. Otras fuentes calculan que en Estados Unidos una persona negra es asesinada por un policía cada 28 horas. Aunque más del 80% de los asesinatos resultan de un abuso de poder de los agentes, en la mayoría de los casos estos son declarados inocentes. Los afroamericanos conforman casi un 40% de la población carcelaria del país, y si bien venden y usan drogas en un promedio similar al de los blancos, tienen cinco veces más posibilidades de ser arrestados por delitos relacionados con drogas y reciben condenas más largas. Como Michelle Alexander argumentó en su libro The New Jim Crow: Mass Incarceration in the Age of Colorblindness (El nuevo Jim Crow: encarcelamiento masivo en la era de la indiferencia al color, 2010), el sistema judicial estadounidense utiliza la guerra contra las drogas como una herramienta para imponer modos tradicionales y nuevos de discriminación racial y represión. Y cada semana la lista de las víctimas mortales de la violencia institucional estadounidense aumenta. Como escribe Coates, citando una frase del legendario orador, ministro religioso y activista estadounidense Malcolm X: “Si eres negro, naciste en la cárcel”.

Si el diagnóstico de Coates es correcto —y todo indica que lo es—, el racismo sobrevive hoy en Estados Unidos con la misma obstinación de hace 50 años. Pero habría que ser ciego para creer que se trata de un problema estadounidense. Aquel racismo cotidiano e institucional perdura también entre nosotros: en el abandono de las poblaciones negras del Chocó, en la segregación social en Cartagena, en los bares de Bogotá que prohíben la entrada a personas negras, en los comentarios mezquinos de quienes, también entre nosotros, y como escribe Coates sobre sus compatriotas, “creen que son blancos”. En lo que a Estados Unidos respecta, el drama es acaso más patente, pues allí las luchas por los derechos de los afroamericanos alcanzaron un volumen eminente hace décadas. Pero los efectos de esas luchas parecen haber perdido su fuerza.

Hace pocas semanas, la revista The New Yorker escribía sobre el libro Democracy in Black: How Race Still Enslaves the American Soul, de Eddie S. Glaude (Democracia de negro. Cómo la raza aún esclaviza al alma estadounidense, 2016): “Es tiempo de que los afroamericanos arriesguen una política que pueda perturbar la paz y que exija responsabilidad, también en las calles”. Es imposible leer el libro amargo y poderoso que Ta-Nehisi Coates ha escrito para su hijo sin pensar que, en efecto, ha llegado la hora.

*Corresponsal de Arcadia en Berlín.

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