María Kodama es la heredera universal de los derechos de Jorge Luis Borges.

¿De quién es ese texto?

Varios hechos en las últimas semanas invitan a repensar el tema de los derechos de autor: mientras que la esposa de Roberto Bolaño demanda a la amante, María Kodama parece no haber leído Pierre Menard, autor del Quijote, y hace lo propio en Argentina: hasta el ejército español ha llevado a juicio a un seudoescritor.

2014/09/23

Por Marc Caellas* Barcelona

El pasado 20 de agosto, el escritor Jorge Carrión escribía en su muro de Facebook: “Con el dinero del escritor difunto, la viuda puede vencer, pero no convencer. Porque lo cierto es que durante los últimos tiempos el escritor difunto presentó a la amante como su única mujer. Y después follaban y reían y hablaban y hablaban de la literatura y de la vida. Y la viuda podrá borrar, temporalmente, el nombre de la amante, pero todos aquellos encuentros, todo aquel sudor y todo aquel semen y toda aquella risa y toda aquella palabra quedarán ahí, junto a los hechos, configurando la verdad que todo el dinero del escritor difunto no podrá borrar”. La viuda es Carolina López. La amante, Carmen Pérez de Vega. El escritor difunto es Roberto Bolaño. El texto fue compartido ese día 16 veces en los muros de escritores, periodistas y lectores. En alguno de ellos se generaron pequeños debates, algunos acalorados, sobre la relevancia o no de hablar de la vida privada de los escritores que leemos. El hecho indudable es que la viuda ha demandado a la amante y a una serie de personas más que la mencionaron como amantes o última mujer de Bolaño en notas periodísticas, semblanzas o documentales, por una nada despreciable cantidad de 500.000 euros, por afrentas al honor suyo y al de sus hijos. El juicio, si se llega a realizar, podría tener entre sus testigos a Jorge Herralde, Juan Villoro o Ignacio Echevarría. Más allá del chisme de cama, quizás alguno recuerde aquella vez que Bolaño dijo que el deseo de leer y follar es infinito.

Ese mismo día, en Buenos Aires, Pablo Katchadjian se levantaba temprano. Tenía una cita en la cámara de casación por la demanda que otra viuda, María Kodama, le puso por, supuestamente, atentar contra la propiedad intelectual de Jorge Luis Borges. Katchadjian publicó El Aleph engordado en Imprenta Argentina de Poesía, una pequeña editorial de literatura experimental, en 2008. Fueron únicamente 150 ejemplares numerados que circularon principalmente entre conocidos y amigos del mundo literario porteño. “El trabajo de engordamiento tuvo una sola regla: no quitar ni alterar nada del texto original, ni palabras, ni comas, ni puntos, ni el orden. Eso significa que el texto de Borges está intacto pero totalmente cruzado por el mío”, escribe Katchadjian en la posdata. De unas 4.000 palabras del texto “original” pasó a tener ahora 9.600. El caso ya fue sobreseído en primera instancia, luego en apelaciones y ahora espera el veredicto de la tercera instancia. La defensa, llevada a cabo por el abogado y también escritor Ricardo Strafacce (autor, entre otros, de la excelente biografía de Osvaldo Lamborghini), esgrime la evidente falta de lucro y la inexistente voluntad de engañar a nadie. El juicio, si se llega a realizar, tendría como testigos a César Aira, Beatriz Sarlo o Jorge Panesi. Podemos imaginar a Borges, desde su retiro suizo, pidiendo a gritos que se lleve a cabo. La discusión intelectual sería digna de verse.

Justamente este año en el que Cortázar hubiera cumplido 100 años, supimos que Aurora Bernárdez, la señora que ejerce de “viuda” oficial del autor de Rayuela a pesar de que jurídicamente hace 50 años que dejó de ser su mujer, había censurado la biografía en la que Miguel Dalmau ha venido trabajando los últimos años y por la que recibió un adelanto de 10.000 euros. Según cuentan los que leyeron el texto, en él se habla de un Cortázar “secuestrado” por las mujeres de su familia, de sus tendencias suicidas, como las de Oliveira pero documentadas, y de las que Dalmau llama “perversiones de la tercera edad”. La propia Aurora no sale muy bien parada y de ahí quizás el enfado. En una entrevista reciente para la revista La Bolsa de Pipas, Dalmau sostiene que la relación entre Cortázar y Bernárdez “no era de tipo pasional, ni mucho menos, sino un acuerdo sentimental fijado en los pilares de la afinidad intelectual y de la camaradería. Las grandes pasiones de Julio fueron otras. Pero, claro, en el fondo a ninguna mujer le gusta pasar a la historia de un genio en este papel. Todas quisieran ser la gran musa romántica, aunque con el monedero lleno. Pero hay que joderse, chicas, muchas son las llamadas y pocas las elegidas”.

En Nueva York, mientras tanto, Vanessa Place pasa las mañanas en una corte de justicia defendiendo a alguno de sus sospechosos habituales: violadores, pederastas o asesinos. Vanessa recorre el camino contrario. Como abogada, dedica la mayor parte de su tiempo en escribir recursos de apelación en un lenguaje neutro que pueda ser efectivo delante de un juez. Como escritora, sin embargo, su trabajo consiste en apropiarse de esos documentos jurídicos y transformarlos en literatura. Y, como la mayor parte de la literatura, sus textos rezuman drama, horror, humanidad. Vanessa Place no altera prácticamente nada del documento original, más allá de proteger la identidad de sus clientes. Tampoco viola ninguna ley ni código ético: esos textos son de dominio público y cualquiera puede encontrarlos y leerlos. Los libros de Vanessa Place pueden incluirse en el movimiento conocido como Uncreative writing, su teórico y autor más destacado es Kenneth Goldsmith –estuvo recientemente en Bogotá participando en una edición de Experimenta Sur– cuyo lema podría resumirse así: el mundo está lleno de textos, más o menos interesantes, yo no quiero añadir nada más. Se trata de escritores que más que escribir, procesan sus textos, inoculan nuevos sentidos a los ya existentes, redefiniendo en ese trayecto las nociones de creatividad, autoría y su relación con el lenguaje, conceptos que María Kodama y las demás viudas literarias harían bien en estudiar antes de malgastar el dinero que les reporta la venta de libros en costosos abogados.

El que no tiene viuda que le defienda, porque está vivo (a pesar de haber llevado a cabo una huelga de hambre de 22 días, recién terminada), es el teniente Luis Gonzalo Segura de Oro-Pulido. ¿Su delito? Escribir un libro. Un paso al frente (Tropo Editores) se titula una novela que, según se afirma, en su contraportada, destapa las miserias del ejército español. El autor dedica las primeras páginas del libro a justificarse. Por un lado afirma que su libro no es un ataque sino un sacrificio por el ejército español, en el que ejerce como soldado profesional desde hace doce años. Por otro, en el prólogo, pide disculpas hasta tres veces por su falta de talento literario —algo que el lector puede comprobar leyendo los primeros capítulos—, pero considera que la importancia de lo descrito puede de alguna manera compensar su impericia. Finalmente, escribe que “todos los hechos aquí narrados son hechos ficticios o reales, pero fabulados con las correspondientes licencias literarias”. ¿En qué quedamos? Seguramente ayudado por la polémica, el libro ha vendido la poco despreciable cifra de 10.000 ejemplares en pocos meses. Las autoridades militares decidieron encerrarlo antes de ni siquiera abrir una investigación sobre los distintos casos que el militar denuncia. Al final del libro, un índice de links a noticias aparecidas en internet muestra que algo huele a podrido en el ejército español, y una carta dirigida directamente por el protagonista del libro, alter ego del soldado, al ministro de defensa, le pone la guinda a un pastel bastante amargo. Después de una infructuosa huelga de hambre de 22 días, al autor sigue encerrado y se enfrenta a una condena de seis años. La literatura, incluso la mala, es peligrosa.

Como vemos, viudas, abogados y militares son algunos de los gremios que influyen en cómo circula cierta literatura. Quizás es hora de preguntarse en serio si un documento matrimonial puede ser el único criterio para que, por ejemplo, un texto que un escritor desechó en vida, salga publicado después de su muerte con el único aval del criterio de su viuda. No es lo mismo dejar 400 folios agrupados y ordenados al lado de la nota de suicidio, como hizo David Foster Wallace, que rescatar de una vieja computadora un archivo viejo que quizás el autor olvidó borrar. Como otras leyes que quedaron obsoletas, urge revisar la de propiedad intelectual para adecuarla a un siglo donde la originalidad desapareció.

Mientras eso sucede, podemos regocijarnos con este poema de Nicanor Parra, que lo cuenta todo mucho mejor.


Lo que yo necesito

Es una María Kodama
Que se haga cargo de la biblioteca Alguien que quiera fotografiarse conmigo
Para pasar a la posteridad
Una mujer de sexo femenino
Que no coleccione nuestros travelers checks
Sueño dorado de todo gran creador
Es decir una rubia despampanante
Que no le tenga asco a las arrugas
En lo posible de primera mano
O tal vez una mulata de fuego
No sé si me explico
¡honor y gloria a los veteranos del 69!
El tiempo no transcurre
Con una viuda joven en el horizonte
¡se resolvieron todos los problemas!
El ataúd se ve de color de rosa
Hasta los dedos de guata
Provocados x los académicos de Estocolmo
Desaparecen como x encanto

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