Sahar Delijani nació en la prisión de Evin, Teherán, en 1983.

La niña de Evin

Sahar Delijani nació en prisión en 1983, pues sus dos padres, disidentes políticos del nuevo régimen del Ayatolá Jomeini, fueron apresados durante varios años. Su novela, A la sombra del árbol violeta, es un poderoso compendio de voces sobre un país dividido por el fundamentalismo y el silencio de una época terrible.

2015/04/17

Por Catalina Gómez Ángel* Teherán

Solo en días muy despejados, cuando el cielo de Teherán no está cubierto por la nube gris de contaminación que por momentos hace la vida imposible, se puede ver la cadena de montañas rocosas que le dan límite a la ciudad. Y si se observa con atención, en los cerros ubicados al noroccidente, sobresalen un par de construcciones de color gris y una pared que desciende hasta la base montaña. Es la cárcel de Evin. Lo saben bien los habitantes de esta ciudad, cuya vida, desde hace décadas, mucho antes de la República Islámica, está marcada por dicha prisión.

“La palabra Evin era casi como decir casa o escuela. Tenía una presencia en mi vida igual de significativa. Era, y es, un lugar que rememora todo el horror y toda la tristeza”, dice Sahar Delijani, la joven autora iraní que ha sido celebrada por la crítica por su novela A la sombra del árbol violeta (Salamandra). Y tiene razones suficientes para sentirse así. Sahar nació dentro de esas paredes en 1983. Sus padres hicieron parte de ese numeroso grupo de iraníes que fueron detenidos al comienzo de la década de los ochenta, tres o cuatro años después de la victoria de la Revolución islámica, en 1979. Las cárceles, pero sobretodo Evin, se llenaron de presos políticos acusados de estar en contra de aquella nueva República liderada por el imponente, y temido por muchos, Ayatolá Jomeini.

Los prisioneros, muchos de ellos jóvenes como los padres de Sahar, eran los mismos que habían liderado las protestas que tumbaron al entonces Sha de Persa. Pertenecían a diferentes corrientes ideológicas pero los identificaba su oposición al giro que había tomado dicha Revolución. “Ocurrió cuando se dio el comienzo de la segunda dictadura en Irán, después de la del Sha. Hasta 1983 había espacio para discutir sobre el futuro político del país, se hablaba de democracia, había múltiples corrientes políticas y había esperanza. Pero en 1983 arrestaron a todos y nació el sistema que tenemos hoy”.

Los ochenta marcaron la vida de los iraníes. Para la historia oficial fue la década en que se peleó la sangrienta guerra contra Irak, de la que queda memoria en cada rincón del país. Las fotos de los mártires o shahids de aquel conflicto, que en Irán se conoce como la guerra impuesta, aparecen en la entrada de cada población iraní, por pequeña que sea. Y la figura de aquellos que sacrificaron la vida por el país ha tenido un papel fundamental en los pilares de la República Islámica hasta hoy.

Pero para miles de familias –aunque poco se habla públicamente de ello– los ochenta también fueron la década de los encarcelamientos y las ejecuciones. “Yo no empecé a escribir las historias que hoy conforman el libro con la idea de contar lo que pasó entonces, pero cada vez que lo intentaba terminaba por remitirme a los años ochenta, a la prisión y a las ejecuciones. Ya terminado, y habiendo analizado los motivos por los que lo escribí, puedo decir que hubo dos razones principales: el momento histórico que marcó esos años en la historia reciente de Irán y la idea de que lo sucedido en esa época era casi un secreto. Es un periodo marcado por el silencio. Hubo un gran esfuerzo por remover la memoria de aquellos años”. Si bien las familias guardaban silencio en público, el martirio se vivía de puertas para adentro. Así le sucedió en la familia de Sahar. Su madre estuvo presa dos años y medio, y su padre cuatro; su tío fue asesinado en Evin. Ella, su hermano y su primo, que también nació en prisión, crecieron bajo el cuidado de su abuela en aquel jardín del centro de Teherán adornado con ese árbol violeta que le da título a su novela.

“La ejecución de mi tío fue muy traumática. Mis padres y abuelos estaban tristes, tenían miedo y no sabían bien cómo lidiar con su muerte”. Como es obvio, ese horror repercutió en los niños. Su madre les prohibió mencionar cualquier detalle en el colegio por temor. A pesar de que los niños en Irán aprenden desde los primeros días a mantener su vida privada en secreto –especialmente aquellos que crecieron después de la Revolución– y jamás hablan de asuntos como beber alcohol o no rezar, para aquellos cuyas familias tienen un pasado político es y fue aún peor. Y eso se extiende hasta hoy.

“Los niños tienen una gran responsabilidad. Es gracioso, pero de cierta manera desde pequeños empezamos a pensar que la seguridad de nuestros padres y nuestra familia dependía de nosotros. Cuando vivía en Irán no me daba cuenta de ello pero ahora que miro hacia atrás me doy cuenta de lo que ha marcado nuestras vidas”. Con un pasado como el de Sahar, que solo tuvo conciencia de la existencia de su padre cuando salió de prisión además del trauma que causó la ejecución de su tío, cualquiera pensaría que tuvo una infancia extremadamente triste. Y no. Es cierto que llevaba una doble vida, que en sus padres había desolación, pero también recuerda aquel periodo de una manera feliz. Había paseos cada viernes a las montañas o reuniones con los amigos de sus padres con quienes pasaron tiempo en prisión. Una contradicción bastante común en Irán donde la alegría, el drama, la tristeza pero sobre todo la melancolía conviven. Incluso, cuenta, aquellos periodos de la cárcel de sus padres los podía ver como divertidos gracias a la manera como lo contaban. “Es complicado de explicar”.

El encuentro con Evin

“Estas son las paredes de Evin”, le dijo una amiga del barrio Daraker a Sahar. El barrio queda en el norte de Teherán y la cercanía con Evin es chocante. A pocos metros de distancia de la cárcel decenas de restaurantes sirven kebabs y pipas de agua, y por las trochas de la montaña caminan cada fin de semana cientos de personas que huyen de la contaminación y el tráfico de la ciudad. “Si no me lo dice no lo hubiera sabido. Y por un momento no pude hablar. No sabía que uno pudiera estar tan cerca, pero sin poder acercase. Es un lugar fuera del tiempo y del espacio, pero a la vez extremadamente real”, dice Sahar.

Sahar dejó Irán cuando tenía 12 años. Como miles de iraníes, su familia abandonó el país en los años posteriores a la Revolución, y como muchas familias iraníes, se fue a California, Estados Unidos. Terminó creciendo como una niña de la diáspora que soñaba con volver a Irán. “Me he dado cuenta de que desde entonces creé una especie de imagen romántica de Irán”. Pasarían ocho años para que regresara, en 2008. Fue entonces cuando se encontró con el lugar donde nació y pasó sus primeros días de vida. Como lo cuenta en el primer capítulo del libro en el que describe con detalle su nacimiento y los días posteriores. Una historia que logró oír de su madre después de mucho rogarle. “A pesar de lo cerca que estuve aquel día nunca he estado en la puerta de Evin, como sucede con algunos personajes de la novela. Solo lo he visto en fotos y ni siquiera pienso acercarme la próxima vez que vaya. Es demasiado”.

Pero ni Evin ni lo que vivió su familia en la década de los ochenta hubieran terminado convertidos en La sombra el árbol violeta si no hubiera sido por el levantamiento de 2009, cuando millones de personas que se lanzaron a la calle a protestar por la reelección de Mahmoud Ahmadineyad. “Los hijos de los dos bandos se habían tomado las calles peleando en contra del mismo régimen. Para mí era increíble, pero también muy triste. Era como si la historia se repitiera frente a mis ojos. Era una coincidencia histórica que no podía ignorar”. Los encarcelamientos masivos se repitieron. Centenas de presos, muchos de ellos políticos pertenecientes a la entraña de la República Islámica, aparecieron vestidos de uniforme frente a una especie de juicio estalinista. Llamaron en secreto a las familias para reconocer los cadáveres de los suyos. Y repitiendo el mismo procedimiento de antaño, les prohibieron velarlos o darles un entierro como se merecían. “Me di cuenta de que era importante para mí hacer esa conexión de estos dos grandes eventos de la historia contemporánea de Irán”.

Así, Sahar terminó por escribir un libro lleno de voces, en el que las historias de unos son continuadas por otros y que viaja de una época a la otra: de los ochenta al “movimiento verde” que no solo marcó nuevamente la historia de Irán, sino que fue un punto de inflexión en la vida de muchos de que los iraníes. “Nunca hubiera tenido la intención de terminar el libro como lo hice, hablando de reconciliación, si no fuera por lo que pasó en aquel momento”. Jóvenes cuyos padres pertenecían al sistema o que siempre habían apoyado la revolución hicieron parte del movimiento. También miles de mujeres vestidas con el mismo chador negro que usaba su madre cuando la parió en precarias condiciones. “Hasta que vi imágenes de mujeres con chador en las calles protegiendo a los jóvenes que eran atacados por los Basijis, tuve miedo de ellas. Cuando las veía en la calle me escondía”. Aquel momento representó el cansancio de una sociedad dividida. Irán, en su opinión, ha cambiado muchísimo en los últimos años. “Esto se debe en gran parte a que mi generación no se convirtió en lo que ellos esperaban. En el colegio nos bombardeaban con propaganda y moral religiosa, incluido cómo debíamos ser las mujeres, pero pasó exactamente lo contrario de lo que buscaban. Creo que en ese aspecto han fracasado”.

La pesada represión de los ochenta, incluso aquella más liviana que se vivió en los años posteriores a las elecciones de 2009 y a los años de gobierno de Mahmoud Ahmadineyad, ha dejado de estar tan presente. Y aquellos que querían imponer su superioridad moral, dice, ahora parecen estar más preocupados en hacerse ricos. “En muchos aspectos, la cultura del régimen ha terminado”.

A la sombra del árbol violeta, más allá de ser la recopilación de pesadumbres de una generación, también es una suma de esperanzas por una vida en la que todos, incluidos los de la diáspora, puedan vivir juntos. Es, al final, un libro de amor a un país complejo, dolido, cargado de una tristeza profunda, pero también alegre, diverso, rico y tan amante de la poesía como da fe el lenguaje que consiguió una niña nacida en la prisión de Evin.

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