Mejía es escritor y director de la Fiesta del Libro de Medellín. Crédito: Esteban Duperly.

Adiós a la solemnidad: 'Soñamos que vendrían por el mar' de Juan Diego Mejía

El escritor antioqueño acaba de publicar una novela ambientada entre el final de la década de los setenta y el principio de la de los ochenta. La militancia de un grupo de muchachos de izquierda se convierte en la posibilidad de indagar por un pasado generacional de una manera muy lograda y poética.

2016/10/26

Por Esteban Duperly* Medellín

Juan Diego Mejía y sus novelas son una misma cosa: sobrios, sencillos, silenciosos. Casi espartanos. A veces casi invisibles. Sobre ellos se extiende, como un sudario, una melancolía vaga e incurable.

Juan Diego es como un monje laico. No fuma. Desde hace varios años casi no bebe licor —dice que un guayabo le quitaría mucho tiempo—. Se va a dormir temprano y cada mañana trota entre 8 y 9 kilómetros. Los fines de semana agrega un par más. Se viste siempre igual; no con la misma ropa pero sí de la misma manera: las mangas de la camisa dobladas hasta los codos, jeans —la camisa dentro de los jeans— y anteojos para ver. Nada más. No hay accesorios, no hay añadiduras. En apariencia no hay vanidad; solo está lo fundamental y lo necesario. Así es también su prosa.

Habla de manera tranquila, tanto en el tono como en la forma, aun en momentos de tensión. Ese mismo timbre y esa velocidad, sin variaciones, también le sirven para hacer chistes negros u observaciones exigentes. Es riguroso y perfeccionista, a veces rígido y severo, pero es paciente con los otros y nunca se impone. Tiene esa afabilidad de los tímidos que, tras mucha lucha interna, finalmente llegaron a buenos términos con su propia timidez.

Así como su discurso es su literatura, compuesta por cuentos y novelas donde, a menudo, él mismo es el protagonista. Sin embargo, acaba de publicar Soñamos que vendrían por el mar, una historia que protagoniza un personaje de ficción. Pero es un truco: en realidad esta novela está basada en los recuerdos del autor en la zona bananera a final de la década del setenta, a donde Mejía llegó cuando tenía 25 años, militaba en la izquierda y estudiaba Matemáticas en la Universidad Nacional. Fue a vivir allá para, como él mismo dice, “hacer la revolución”. Allá se mezcló con los obreros de las bananeras y los campesinos. Y de allá salió, casi cinco años después, rechinado por el sol y decepcionado. Esa es la historia que cuenta el libro: la suya propia y la de otro puñado de muchachos iguales a él, aunque pasada por el tamiz de la ficción. En el epígrafe el autor advierte que nadie debe sentirse retratado.

En sus novelas anteriores el protagonista era un personaje llamado Mejía, que evidentemente es usted. Aquí, sin embargo, hay un nuevo narrador. ¿Qué sucedió de distinto a la hora de escribir este libro?

En esta novela hice un esfuerzo por alejarme. Aquí hubo un rompimiento. Desde lo último que publiqué, en 2008, había estado ensayando varios temas pero todo me salía muy flojo. Y en todos estaba ese alter ego mío, que es Mejía. Estaba cansado de hablar de mí mismo, había dicho tantas cosas sobre mí que ya no me parecía interesante. Yo quería contar la vida de alguien más. Jaime Echeverri, un amigo escritor, me dio un consejo: me dijo que ensayara a escribir algo contrario a lo que yo era. Entonces me puse a pensar en un tipo bien astuto, aventurero, de la noche; de mundos desconocidos para mí. Pero tampoco funcionó. Sin embargo, más adelante sentí que había llegado de nuevo un momento para hablar de este tema grande que traigo desde hace tantos años, que es el tema de una generación que quiso hacer la revolución y fracasó. Esta vez, para hacerlo, decidí crear a un personaje que no fuera yo. Creé a Pável, un actor de teatro que se parece mucho a alguien que admiré y quise mucho en esta ciudad.

Escogí a ese actor y lo doté de todas las características que le conocí. Sin embargo, las personas son tan complejas que comencé a quedarme cortico y a sentir que no conocía suficiente a Pável, y tuve que sacar cosas mías para ponérselas. Muchos aspectos, sobre todo el pensamiento, el interior de Pável, soy yo. Es inevitable una ley de atracción entre personajes y autor, que los hace terminar en la misma órbita.

En la contratapa del libro hay una corta reseña escrita por Laura Restrepo, quien también hizo parte de esa generación desencantada. Tomando prestado de ella ese título famoso, ¿esta novela suya es la historia de un entusiasmo o es la historia de una desilusión?

Es la historia de una ilusión. Incluso el título lo sella: Soñamos que vendrían por el mar. Reflexiono mucho cuando me hacen esa pregunta: ¿qué es lo que hay en esta novela? ¿Sí es una desilusión? Y vuelvo y concluyo que no, que es todo lo contrario: esta historia es sobre un acto de amor. De hecho, inicialmente la novela se llamaba Perdónalos, Carlos Marx, pero lo cambiamos porque sonaba a traición, y lo que realmente ocurre en esta historia es un acto de amor. Por eso en la parte final aparece una alusión a De hombres y ratones, la novela de John Steinbeck. Cuando Pável finalmente regresa ‘de la zona’ a Medellín, tan confundido, con ese debate interno, se encierra a hacer una adaptación teatral de esa novela y ahí encuentra la solución a su drama: darle una salida honrosa al marxismo. ¿Qué hago con mi compromiso político?, se pregunta, y Steinbeck le da la clave: matarlo, como un acto de amor.

Esta novela gira en torno a un grupo de muchachos que se van al campo a trabajar con la gente —con las masas— mientras esperan que les lleguen unas armas. Pero esas armas nunca llegan. ¿Ese aparente fracaso es en realidad una salvación?

Totalmente. Que no lleguen es un descanso. En uno de los primeros capítulos, uno de los personajes cuenta cómo se ganaba la militancia en los años sesenta, que era por medio de pruebas al valor. Por ejemplo, a Camilo Torres, quien se menciona mucho en la novela, le dicen que solo va a tener un fusil cuando sea capaz de recuperar uno en un combate. Mientras tanto le dan una pistolita para que se defienda. Y él, en un candeleo, ve la oportunidad de tomar el fusil de un soldado muerto. Se lanza a cogerlo y ahí lo matan. Camilo Torres no alcanzó a disparar nunca. Lo que quiero decir es: ¿qué habría pasado si Camilo toma esa arma? Tal vez se hubiera convertido en un comandante guerrero, y en la guerra la gente hace cosas horribles. Quizás a él lo salvó ese disparo. A estos muchachos los salva que las armas no llegaron nunca, porque sin la menor duda las habrían disparado. Todos habrían cometido actos horribles, y quien sabe si yo hubiera querido escribir una novela sobre eso.

Esta historia es una suerte de tercer tiempo, de tercer movimiento de un tema recurrente en su obra. Sin embargo, la elaboración literaria que logra en este libro es mucho más notable que en sus novelas anteriores. ¿Se debe a que es un tercer intento?

No creo que tenga que ver con el tema, sino con una evolución lógica de quien ha estado trabajando mucho tiempo: desde 1981 que llegué de mi experiencia revolucionaria, no he hecho sino escribir. Por supuesto he seguido trabajando en matemáticas y en sistemas, y haciendo cosas para vivir, pero realmente lo que he hecho es escribir. Así que lo único que me debería exigir el mundo es que haya aprendido alguna cosa. No sé cuánto he aprendido, pero sí siento que en este libro hay un paso adelante en mi poética, en mi estética.

Los otros libros que había escrito sobre este mismo tema están todavía muy marcados por unos sentimientos de desquite. Estuve en ‘la zona’ desde el 78 hasta el 81, y cargaba con el lastre de esa vida tan intensa, del que tenía que ir descargándome. Lo intenté hacer en los cuentos del 82, después en la novela del 91, A cierto lado de la sangre, y después en la otra novela de 2003, El dedo índice de Mao, pero todavía seguía vivo. En esta ya no había eso; lo que me interesaba era el personaje. Tantos años me han servido para que sean personajes y escenarios los que le muestren al lector lo que quiero decir.

A pesar de que usted vivió esa época y esa militancia de una manera tan personal, la novela tiene un subtexto en donde usted se burla, muy a su manera, de todo aquello.

Sí. Aunque en realidad lo que trato es de quitarle solemnidad. He tenido que luchar toda la vida contra la solemnidad.

Las líneas de pensamiento político de la izquierda son como iglesias. Incluso hay palabras que no se pueden mencionar. Por ejemplo: “combinar las formas de lucha” es del partido comunista. ¿Y quiénes son ellos? Los prosoviéticos. Entonces ninguno que haya leído a Mao Tse-tung, un prochino, puede decir “combinar las formas de lucha”, ni se puede equivocar cuando menciona a un autor. En esa época se endiosaba a Stalin. ¿Vos podés creer que fuera posible endiosar a semejante tirano? Y todo eso se hacía porque la línea correcta decía que había que admirar a Stalin, de quien, incluso, se decía que había matado a muy poquitos. Que se le quedó mucha gente viva [se ríe]. Estábamos locos. En esa época yo no me burlaba de nada de eso, pero con el tiempo he adquirido el derecho a ver las cosas en perspectiva y ahora pienso “cómo éramos de bobos”. Así que vale la pena burlarse de uno mismo y me sirve para exorcizar. Me deja muy tranquilo no sentir odio sino cariño por todo eso. Escribir desde el cariño libera mucho.

Soñamos que vendrían por el mar se desarrolla en un época bastante conflictiva. Se menciona, incluso, el estatuto de seguridad y hay varios personajes que mueren. Sin embargo, esta no es una novela violenta o sobre la violencia. ¿Cómo evitar esa tentación de narrar lo truculento?

Es cierto, la historia es todo lo contrario al momento de la acción. Tal vez es porque en realidad esta novela es el prólogo a una guerra que pudo ser y que al final no fue. Este grupo de muchachos que narro al final no vivió la guerra… aunque luego la vivieron otros… Siempre traté de que la violencia no estuviera en primer plano, sino que fuera una referencia. La novela tiene la intención de narrar una ilusión, y una ilusión no se cuenta con disparos ni con sangre, sino muy desde el alma. Desde los vivos.

*

La pasada noche del 13 de octubre, el tímido Juan Diego Mejía pensó que nadie iría a verlo presentar el libro. Desde las 4:00 de la tarde era un alma en pena. Quienes le dieron la mano dijeron que estaba helado. Pero la sala se llenó y habló durante cerca de una hora sobre ese desencanto mayúsculo que rodea sus días como militante de izquierda y su posterior regreso a Medellín, y que a pura fuerza de artesanía, de carpintear frases, transmutó en una bella novela.

Tal vez, al igual que con su timidez, tras mucha lucha interna, el autor ha llegado finalmente a buenos términos con su propio pasado.

*Periodista y fotógrafo. 

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