Svetlana Alexiévich nació en 1948, en Stanislav, en la extinta Unión Soviética y hoy parte de Ucrania.

¿Por qué le dieron el Nobel de Literatura a una periodista?

Se ha dicho que por fin el periodismo fue reconocido por la Academia, al entregarle el galardón, el 8 de octubre, a la escritora bielorrusa. Aun cuando es discutible la tesis, Alexiévich es una de las voces contemporáneas que han mirado con más nobleza el conflicto soviético y sus consecuencias sobre la gente común y corriente.

2015/10/23

Por Hernán D. Caro* Berlín

Cuando se supo que la reportera bielorrusa Svetlana Alexiévich sería la ganadora del Premio Nobel de Literatura de 2015, muchas personas en todo el mundo dijeron que por fin la Academia Sueca –que suele entregar el célebre premio a obras de ficción– había admitido que existen periodistas que saben escribir. Algunos mencionaron al reportero, historiador y ensayista polaco Ryszard Kapuscinsky, fallecido en 2007, y quien a pesar de ser considerado durante años como un candidato serio al Nobel, jamás lo recibió. Otros nombraron a Gabriel García Márquez, cuyo ingenio como reportero era formidable e indiscutible, pero que recibió el premio en 1982 por su obra literaria. Se dijo, en fin, que la Academia reconocía de una vez por todas los méritos narrativos del periodismo.

Sin duda, Svetlana Alexiévich es ante todo una reportera (por lo demás, una reportera increíblemente laboriosa, paciente y resistente). Sin duda, la Academia Sueca ha premiado esta vez, de forma inusual, un trabajo esencialmente periodístico. Y sin embargo, decir sin más que el Nobel de Literatura lo ha ganado esta vez “el periodismo” es un tanto apresurado. Pues hay que dejar muy en claro –antes de entrar en mayores detalles– que Alexiévich es una periodista bastante peculiar, y que su obra, que es original, poderosa y sobrecogedora, es además difícilmente comparable con la de los otros grandes periodistas literarios de las últimas décadas.

Esto responde a una paradoja: la grandeza literaria de Alexiévich surge del hecho de que en sus libros, la personalidad de la autora está –o parecería estar– por completo ausente (a diferencia de lo que suele suceder en la obra de otros reporteros-escritores famosos). Los libros de la autora bielorrusa son conglomerados de voces ajenas, cientos de voces, voces provenientes de la guerra y el sufrimiento incalculable del siglo xx, voces que hablan de su propio pasado con una mezcla de asombro, horror y alivio. En medio de todas esas voces, la de Alexiévich brilla por su ausencia.

En uno de sus libros escuchamos las voces de mujeres sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, que sirvieron en el ejército ruso como enfermeras, francotiradoras o cargadoras de cadáveres. Estas mujeres nunca antes habían contado sus historias, pues –como anota Alexiévich en un exceso inusual de expresividad de su parte– “la historia y el lenguaje de la guerra siempre han sido propiedad de los hombres”. Una anciana recuerda cómo una noche en que los alemanes seguían de cerca a su compañía, una mujer soldado que acababa de dar a luz en medio del lodo, el sudor y la sangre de la batalla estranguló a su hijo recién nacido a fin de salvar la vida de sus compañeros. Otra anciana cuenta cómo 30 años después de los sucesos, aún teme ir al bosque, pues cada vez que tiene que hacerlo ve a los soldados despedazados que tuvo que ayudar a enterrar bajo los árboles quemados, y cómo, cuando por fin regresó a casa, pensaba que ya no había hombres completos en el mundo: “Tantas eran las piernas y los brazos amputados que había visto”.

En otro de los libros de Alexiévich, un testigo de la catástrofe atómica de Chernóbil, ocurrida en abril 1986 en Ucrania, cuenta: “Cuando regresé a casa tiré a la basura todas las cosas que tenía puestas en Chernóbil. Solo mi gorra se la regalé a mi hijo pequeño. Él la había querido y la llevaba puesta todo el tiempo. Dos años después le diagnosticaron un tumor en el cerebro… El resto lo puede añadir usted misma… No quiero hablar más”. En otro lugar una mujer cuenta pausadamente la historia del gran amor de su vida, un joven a quien vio descomponerse en el lapso de una semana en el hospital en que se encontraba después de pasar algunas horas cerca del reactor nuclear que acababa de explotar.

Svetlana Alexiévich, quien como ningún otro periodista ha logrado retratar una y otra vez el aparatoso desmoronamiento del universo soviético, nació en 1948 en Ucrania, pero siempre se ha considerado bielorrusa dada la nacionalidad de su padre. En Minsk, la capital de Bielorrusia, Alexiévich trabajó como reportera, como profesora de escuela y estudió Periodismo entre 1967 y 1972. A causa de sus opiniones críticas frente a la Unión Soviética, tras graduarse de la universidad fue enviada por las autoridades soviéticas a trabajar en un periódico local en la frontera con Polonia. En 1976 regresó a Minsk para trabajar como corresponsal para la revista literaria Neman y allí, experimentando con distintos géneros como el reportaje tradicional, el ensayo y el cuento breve, desarrolló poco a poco su método periodístico y literario: la compilación, selección y combinación de cientos y cientos de voces de lo que ella llama “gente normal”, de testimonios cotidianos que le permiten “acercarse del mejor modo a la vida real”. Lo que en el caso de la inquietante obra de Alexiévich significa: a la miseria, el dolor, pero también la fuerza de voluntad y la capacidad de supervivencia del ser humano.

El particular método de composición que Svetlana Alexiévich ha perfeccionado en los últimos 30 años, y que según la Academia Sueca “nos permite profundizar en la comprensión de toda una era”, ha recibido nombres diversos: “collage de voces de la vida diaria”, “coro épico”, “novela colectiva”. Acerca de su intención, la autora comenta: “Sobre los acontecimientos mismos se han escrito miles de páginas, se han rodado cientos de miles de metros de película. Pero a mí me interesa aquello que podríamos llamar la historia ignorada, los rostros sin rastro de nuestra estadía en la Tierra. Yo reúno los pensamientos, sentimientos y las palabras cotidianas. Intento comprender la esencia del alma”. Lo que Alexiévich cuenta acontece dentro de la “gran historia”, pero a final de cuentas no es nada más (o nada menos) que el inventario de la caída de individuos cualquiera a los abismos de acontecimientos inmensos y terribles (la guerra, la explosión del reactor nuclear, el fracaso del sueño soviético). Así, no ha de extrañar que de las horas y horas de entrevistas que la escritora realiza –se dice que solo para La guerra no tiene rostro de mujer reunió al menos 500 grabaciones con igual número de mujeres– resulten obras increíblemente humanas, aunque también estremecedoras, sobre el desaparecido mundo soviético, en torno al cual giró durante décadas enteras la mitad de nuestro planeta.

En sus libros más importantes, Alexiévich ha reunido las voces de las entonces jóvenes soviéticas que lucharon contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial (La guerra no tiene rostro de mujer, 1985); de las familias de miles de soldados adolescentes que durante la invasión rusa de Afganistán, en los años ochenta, volvieron a sus casas convertidos en héroes de guerra encerrados en féretros metálicos (Los hijos de zinc – Afganistán y las consecuencias, 1989); de las mujeres y los hombres que fueron víctimas del veneno invisible liberado por el desastre nuclear de Chernóbil, y quienes aún hoy siguen intentando comprender que ellos mismos, sus hijos y los hijos de sus hijos están condenados a pudrirse en la radioactividad que llevan dentro (Voces de Chernóbil de 1997); de cientos de personas que vieron sus mundos personales desaparecer tras la caída de la Unión Soviética hace ya más de un cuarto de siglo (El fin del homo sovieticus, 2013). Hasta ahora, solo el libro Voces de Chernóbil había sido traducido al castellano. Es claro que el Nobel no será una fortuna solamente para Alexiévich (quien ha dicho que el el premio le permitirá “comprar su libertad” para escribir al menos dos libros más que ya tiene planeados). También los lectores han resultado premiados, pues es de suponer que en los siguientes meses el resto de libros de esta reportera extraordinaria por fin serán publicados en español.

En los libros de Alexiévich son siempre otros quienes cuentan sus vidas, hacen confesiones, dudan, respiran hondo. La reportera calla, anota todo y hace como si no estuviera allí. Pero –¡por supuesto!– esta allí todo el tiempo, dando sentido a la vida de gente ignorada y vapuleada, de abuelas que la llaman “hija mía” y se sorprenden de que alguien quiera escuchar sus historias de una guerra mugrienta y desoladora, tan distinta al relato heroico de los hombres. “Sí, lloran bastante”, escribe Alexiévich. “Gritan. Cuando me he ido, toman pastillas para el corazón, llaman al médico. Y, sin embargo, me ruegan: ‘Ven de nuevo. Ven sin falta. Hemos guardado silencio durante 40 años’”.

Hasta ahora, todos los libros de Alexiévich tenían que pasar por un estricto proceso de censura del gobierno bielorruso. Según ha contado la escritora, muchos de ellos solo llegan a Bielorrusia gracias a que ella misma los compra en Rusia o Ucrania y los introduce ilegalmente a su país. A causa de la persecución bajo el régimen del presidente (o más exactamente: del dictador) Aleksandr Lukashenko, Alexiévich abandonó el país en el año 2000. Durante años recorrió Europa como refugiada política: París, Estocolmo y Berlín fueron algunas de sus estaciones durante el exilio. En 2011, sin embargo, regresó a Bielorrusia. ¿Por qué? A esta pregunta, Alexiévich ha respondido diciendo con el mismo recato con el que ha escrito sus libros: “Durante el tiempo que permanecí en Italia, Francia y Alemania, jamás aprendí el idioma local. Mis padres han muerto, mis nietos van a empezar pronto a ir a la escuela. Tenía que regresar. Simplemente tengo que estar en el lugar sobre el cual escribo”.

Ahora, las cosas han cambiado. Tras enterarse de que había ganado el Nobel, Alexiévich dijo: “Este premio no es solo para mí, sino también para nuestra cultura, para nuestro pequeño país, que a lo largo de la historia ha caído en una máquina trituradora”. Y añadió: “Ahora el gobierno estará obligado a escucharme”. En los últimos días, Alexiévich ha criticado públicamente al régimen autoritario de Lukashenko, así como al gobierno ruso de Vladimir Putin a causa de su intromisión violenta en el conflicto separatista en Ucrania, intromisión que Alexiévich ha llamado sin rodeos una “invasión”. Tras años y años de escuchar voces en silencio, a esta mujer valiente le ha llegado por fin la hora de hablar en voz muy alta.

*Corresponsal en Berlín.

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