Ezra Miller interpreta al asesino Kevin Katcha-dourian en la adapta-ción cinematográfica de Tenemos que hablar de Kevin (2011).
  • La escritora y periodista estadounidense Lionel Schriver nació en Carolina del Norte, en 1957.

Muerte en el colegio

Desde los ochenta, Estados Unidos ha presenciado más de 200 masacres estudiantiles, una epidemia que ha suscitado todo tipo de preguntas, pero casi ninguna respuesta. En la literatura, quien quizá se ha acercado con mayor astucia al asunto es la escritora Lionel Shriver, cuya novela insigne aún inquieta a su sociedad 13 años después de publicada.

2016/01/27

Por Alejandro Gómez Dugand* Bogotá

El lunes 29 de enero de 1979 sonaron 30 disparos enfrente del Cleveland Elementary School, en San Diego, California. Desde una ventana de su casa, justo enfrente del colegio, la adolescente de 16 años Brenda Spencer empezó a disparar contra los niños que esperaban a que la institución abriera las puertas. Los disparos hirieron a ocho niños y a un policía que atendió la emergencia. El director del colegio y un vigilante no tuvieron la misma suerte. Ambos murieron mientras trataban de proteger a los estudiantes. Aún dentro de su casa un periodista pudo conversar con ella por teléfono. Cuando le preguntó por qué lo había hecho, Spencer dio una respuesta que hoy es casi leyenda: “No me gustan los lunes”.

Un año antes, John Daniel Christian, de 13 años, asesinó a su profesor de inglés frente a otros 30 estudiantes del colegio Murchison Junior High. Durante la década de los setenta, en Estados Unidos hubo un poco más de 20 casos de violencia en colegios, la grandísima mayoría cometidos por estudiantes menores de edad. En los ochenta, el número casi supera los 30. En los noventa, son casi 40. Uno de ellos ocurrió el 20 de abril de 1999 en Littletown, Colorado, cuando Eric Harris, de 18, y Dylan Klebold, de 17, mataron a 12 estudiantes y a un profesor e hirieron a otros 21 antes de suicidarse en la que hoy se conoce como la masacre de Columbine.

La de Columbine fue una masacre sin precedentes, no solo en términos de cantidad de víctimas, sino que además fue digna de sus tiempos. Para finales de los noventa el mundo era completamente televisivo, y esta masacre resultó ser tremendamente visual: se vivió casi en tiempo real, los televisores del mundo entero se llenaron con los videos amateurs que los mismos Harris y Klebold habían grabado y en los que jugaban con las armas que usarían en el ataque, los noticieros hicieron entrevistas a víctimas y expertos que gastaban horas tratando de explicar desde la psicología el perfil de los asesinos. Aparecieron documentales (Bowling for Columbine, de Michael Moore, es tal vez el más recordado), fotos, series y miniseries. Con Columbine, Estados Unidos empezó a hablar de las masacres en colegios como un fenómeno endémico del país.

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Para la escritora y periodista estadounidense Lionel Shriver (1957) no fue fácil encontrar un editor que quisiera publicar su novela Tenemos que hablar de Kevin (ganadora del premio Orange en 2005). “Cuando comencé a escribirla –asegura–, nadie había publicado una pieza de ficción que hablara sobre ese tema”. Para quienes no hayan leído el libro –o visto la exitosísima versión cinematográfica de 2011 protagonizada por Tilda Swinton– el tema es el de los tiroteos en colegios que han aterrorizado a la sociedad estadounidense en las últimas décadas. “Me tomó tanto tiempo encontrar un editor que, mientras coleccionaba rechazos, otros autores ganaron la carrera y publicaron sus trabajos. Hoy por hoy, la novela de tiroteos escolares es prácticamente un género”, dice Shriver.


David Azia / AP foto.

Sin embargo, decir que Kevin es –únicamente– una novela sobre tiroteos podría ser una reducción grosera. El libro de Shriver (finalmente publicado en 2003 por Counterpoint Press), en efecto narra la historia de un adolescente que asesina a siete de sus compañeros de colegio y a un profesor. Pero la novela –en realidad un compendio de cartas que Eva, la madre de Kevin, escribe a su exesposo– parece ahondar más sobre temas como la maternidad, el género y el matrimonio.

Las cartas están fechadas dos años después de la masacre que Eva solo puede nombrar como ese “jueves”: “‘La atrocidad’ –escribe Eva– suena sacado de algún diario, ‘el incidente’ minimiza el asunto hasta la obscenidad y ‘el día que nuestro hijo cometió un asesinato en masa’ es demasiado largo”. Cada nueva entrega es un nuevo destino en un desgarrador viaje en el que Eva reconstruye su vida desde el momento en el que decidió tener un hijo (“Muchas historias –escribe– comienzan antes del principio”) hasta un presente en el que pasa sus días trabajando en una agencia de viajes y visitando a Kevin en la prisión de menores.

Eva, una mujer brillante, educada y parte de una élite social, económica e intelectual a la que uno no suele relacionar con las historias de tiroteos, cuenta su vida como quien disecciona a un animal que aún respira. El libro remueve al lector, pero no lo hace con el gore de la masacre. Lo hace a través de las reflexiones que Eva sostiene sobre ella misma y la manera en que confiesa lo inconfesable: habla de cómo su embarazo pareció el peor de los inconvenientes (“Mi cara se llenó, borrando mis rasgos angulares y andróginos y convirtiéndolos en los contornos suaves de una niña. Mi cara se veía más joven, pensé, pero tonta”); cómo desde el parto no sintió ninguna clase de cariño (“Desde el mismo momento de su nacimiento asocié a Kevin con mis propias limitaciones –no solo con sufrimiento, sino también con el fracaso–”). Eva reconstruye la guerra que vivió con su hijo desde la infancia hasta la adolescencia, la manera en la que por momentos su hijo la avergüenza y por otros la atemoriza. Aunque en cada página es imposible olvidar el halo macabro de la masacre que pesa sobre esta historia, son los pequeños momentos de cotidianidad, de esos pensamientos que todos tenemos en algún momento en la vida pero que preferimos guardar para siempre, los que seguramente hicieron que más de un editor prefiriera pasar de publicar esta historia.

“Estaba llegando al final de mis años reproductivos –asegura Shriver sobre el nacimiento de esta novela–, pero aún estaba a tiempo de tener un niño. La lucha de si quería tener un hijo coincidió con el auge de los tiroteos en colegios en Estados Unidos. Entonces lo personal y lo político fueron como el huevo y la gallina. Encontré entonces que la perspectiva de la madre del asesino era una manera útil para explorar los tiroteos y la maternidad a la que temía. Al final, resultó ser bastante efectiva”.

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Desde los años ochenta, y en un afán por tratar de explicar las masacres perpetradas por menores de edad, se ha dicho de todo. Que el problema eran las armas de juguete, que hoy casi han desaparecido del mercado y han sido reemplazadas por pistolas de agua que nada se asemejan a los revólveres reales. Se acusó, también, a la violencia del cine. En 1994, luego de que el Reino Unido se estremeciera por dos truculentos casos de asesinatos perpetrados por niños, y que se señalara a la película Chucky como la inspiración de los crímenes, el escritor y crítico literario Martin Amis publicó una nota en The New Yorker en la que aseguraba que a él, como a muchos otros, le gustaba la violencia del cine, que podía distinguirla perfectamente de la real, que entendía cuál era un juego y cuál no. “[Al pensar en los asesinos] debemos pensar, pues, en una mente que, al ser expuesta al influjo de Chucky, ya estaba llena de él, o de cosas parecidas a él. Pero aun así, incluso si en ella hay, además, psicopatología, estupidez, deformación moral, sueños de omnipotencia, sadismo y todo lo que se nos pueda ocurrir, es dudoso que Chucky afecte a algo más que el ‘estilo’ de las subsiguientes atrocidades cometidas por la persona poseedora de esa mente”. Los asesinos –asegura Amis– necesitan algo que los atormente. Un infierno interior, en sus palabras. “Hace un siglo, el detonador quizás habría sido el Diablo. Ahora es Chucky”.

Otro acusado fue el metal. De hecho, en el caso de Columbine, las acusaciones tuvieron nombre propio: luego de que se supiera que los asesinos oían a Marilyn Manson, el mundo pareció ponerse de acuerdo en que sus canciones habían causado los tiroteos. Manson, que luego de la masacre canceló las últimas fechas de su gira por respeto a las víctimas, aseguró sin embargo que no se podía culpar a artistas como él por las masacres. “Los dos temas derivados de esa tragedia –aseguró Manson en el documental Bowling for Columbine– fueron la violencia en el entretenimiento y las políticas de control de armas de fuego. ¡Qué fortuna que esas sean precisamente los temas de las próximas elecciones! Y por supuesto nos olvidamos de Monica Lewinsky y de que el presidente estaba disparando bombas en el extranjero. Y sin embargo yo soy el malo porque canto rock and roll”.

Columbine, en efecto, hizo que los tiroteos se volvieran parte de la agenda política de Estados Unidos. Se prometieron medidas, se pasaron leyes, se regularon las armas. Y sin embargo, el crecimiento en la frecuencia de masacres de las décadas anteriores se volvió exponencial en el siglo xxi: desde 2000 hasta el año pasado ha habido unos 160 tiroteos en colegios estadounidenses. La cifra es aún más alarmante si se tiene en cuenta que ha sido discriminada: esos 160 no incluyen ningún tiroteo por fuera de una institución educativa.

A fuerza de repetición, de conjeturas que se volvieron dogmas, de acusaciones y entrevistas a pseudoexpertos que hablan de sociopatías y baja autoestima y soledad, hoy existen varios conceptos fijos sobre estos crímenes: que sus perpetradores son niños blancos de clase media que perdieron el rumbo, que son el producto de una generación alienada y desencantada que ha jugado Grand Theft Auto demasiadas veces o que ha oído muchas veces The Beautiful People de Marilyn Manson y que ha perdido la fe en la humanidad; que el matoneo escolar puede llevar a cualquiera a traer un fusil al colegio y matar decenas, que todo es producto de una América obsesionada con las armas. Los asesinos, y en esto la prensa tiene una gran responsabilidad, han perdido su rostro particular y se han convertido en arquetipos.

Esas generalizaciones fueron una de las razones por las que Lionel Shriver decidió escribir Tenemos que hablar de Kevin: “Los artículos de los diarios –asegura– habían fracasado en el intento de explicar las historias reales; solo la ficción podía llegar a la vida interior de las familias que produjeron este estallido de violencia y rencor”. Para Shriver, esas ideas inamovibles sobre los tiroteos difícilmente los pueden explicar en su totalidad. Cree, sí, que los asesinos comparten una mezcla de baja autoestima y delirios de grandeza: “La gran mayoría de los asesinatos en masa buscan el reconocimiento –no de fama sino de infamia, y la cultura occidental no siempre sabe diferenciarlas–”. Kevin encarna a la perfección esta idea. En alguna de sus incómodas visitas en la cárcel, Eva le pregunta que si ella tiene la culpa de algo. “Ni creas que te vas a quedar con el crédito”, responde. “Si tienes alguna noción de que brutalicé a nuestro hijo hasta destruir su autoestima, piénsalo de nuevo”, escribe Eva a su exesposo, “él está bastante contento consigo mismo, especialmente ahora que se ha convertido en una celebridad”.

Parece absurda la idea de los asesinos celebrities. Y sin embargo, cabe pensar en el culto que se ha creado alrededor de figuras tan macabras como las de Charles Manson o Ted Bundy, o en series como American Horror Story o Dexter. O incluso la manera en la que los asesinos de Columbine son hoy parte de la cultura popular de Estados Unidos. “Podríamos dejar de celebrar a estas figuras en los medios”, asegura Shriver, pero agrega que incluso eso podría resultar peligroso: “Tal vez esto haría que estas personas hagan cosas peores para conseguir nuestra atención”.

Pero el gran éxito de Kevin no es únicamente poner el dedo sobre la obsesión de la cultura occidental por los asesinos, sino también señalar la manera en la que la rabia y la confusión nos convierte en victimarios. Shriver logra convertir a sus lectores en la sociedad que critica: uno lucha por entender el devenir de una mente como la de Kevin, por romper con esas generalizaciones sobre los asesinos, pero en el camino termina satanizando a Eva: “Ella es moralmente ambigua –tan víctima como victimaria–. Me gusta lo difícil que es poder determinar cuánto de las tendencias asesinas de Kevin son su culpa. De manera deliberada, decidí dejarle esta tarea al lector”.

No es una tarea fácil la que nos deja Shriver. Parecemos estar convencidos de que en una historia donde hay buenos –donde hay víctimas– siempre tiene que haber malos. Sin embargo, Tenemos que hablar de Kevin no pretende ofrecer ninguna certeza sobre los tiroteos, sobre los asesinos o sobre la responsabilidad de sus familias o de la sociedad. Como lectores, somos testigos de cómo la vida de Eva se corroe. Además de ser víctima de sus propios juicios sobre su papel de madre, Eva vive el acoso, físico y emocional, de una sociedad que la culpa por los actos de su hijo. Víctima y victimaria, Eva está despojada de cualquier forma de perdón: “Podrías pensar”, le escribe Eva a su esposo, “que en un país famoso por no tener ‘sentido de la historia’, como acusan los europeos, yo pude haber caído en la famosa amnesia americana. No tuve tanta suerte”.

*Editor de la revista Cerosetenta

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