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La mezquindad y el olvido

El escritor santandereano ganó el pasado 4 de junio el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por un libro en el que persigue la obra de tres pintores para develar los horrores que subyacen a la religión católica. Una lectura crítica de su libro.

2015/06/19

Por Camilo Hoyos Gómez* Bogotá

En las primeras páginas de su ensayo Novela histórica en Colombia, 1998-2008: entre la pompa y el fracaso, Pablo Montoya señala que la novela histórica es un artefacto narrativo que permite visitar y revisar una época pasada, al hacer que tanto los personajes como los tiempos y espacios se conviertan en “fenómenos literarios que ayudan a los hombres de hoy a conocerse mejor.” Tríptico de la infamia es una novela que comparte esta apreciación al revisar las guerras religiosas europeas del siglo XVI, entre católicos y protestantes que se trasladaron más tarde a tierras americanas y descargaron su furia e impunidad sobre la población indígena. En una mesa redonda que moderé en la pasada FILBo, le pregunté a Montoya sobre los motivos por los cuales se había interesado en visitar este episodio histórico de la mano de tres pintores protestantes, Jacques Le Moyne, George Dubois y Théodore de Bry. Recordó que la fundación de nuestras naciones carga con una doble herida: la de las guerras religiosas del siglo XVI, y la de la conquista y genocidio indígena. “En la medida en que soy un escritor colombiano, no puedo ausentarme de esa permanencia cultural de la muerte. Nos encontramos continuamente frente a la mezquindad de la humanidad,” concluyó.

Tríptico de la infamia nos ayuda a comprender la historia violenta que nos precede a partir de una revisión histórica que comprueba la impunidad de la mezquindad religiosa. Esta revisión se da al visitar y novelar a tres pintores y su obra, nacida a partir de tres escenarios violentos de la historia religiosa: la estrepitosamente fracasada misión francesa por conquistar el norte de la Florida de los nativos timicua, atestiguada por Jacques Le Moyne; la Masacre de San Bartolomé, esa nefasta noche parisina del 24 de agosto de 1572, en la que una vez tronaron las campanas de la iglesia de Saint Germain l’Auxerrois, cientos de católicos furibundos saltaron a las calles para dar muerte a diez mil hugonotes, sobrevivida por George Dubois y luego retratada en su única pintura; y la obsesión que se instala sobre Théodore de Bry luego de leer la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de las Casas, obsesión que lo lleva a denunciar abiertamente el crimen que fue la conquista de América, aunque jamás hubiera viajado a tierras americanas. Son tres autores que en su obra denuncian abiertamente las masacres religiosas acometidas sobre protestantes e indígenas por igual, con el ánimo de señalar al catolicismo como el gran victimario. Pero la novela no se dedica únicamente a dar cuenta de su trasfondo histórico. Sobre todo se pregunta por la relevancia y competencia de la obra de arte como mecanismo estético para denunciar los horrores producidos por la religión, la obra de arte como documento histórico, y ese es uno de sus grandes logros.

Los cien años recién cumplidos del informe de Roger Casement han obligado a revisar de buena manera algunos de estos horribles sucesos, que de manera incomprensible aún no forman parte de nuestra memoria cultural. El abrazo de la serpiente, la exitosa película de Ciro Guerra, revisa el genocidio huitoto de La Chorrera a partir de los relatos de etnógrafos alemanes que viajaron a la Amazonía a comienzos del siglo XX. La diferencia con la novela de Montoya es que él no toma lo etnográfico para su revisión, sino lo estético: ese difuso e imperecedero efecto del arte para conservar la memoria de las injusticias y atrocidades. Su novela es el pulso entre la pintura y la mezquindad.

Montoya logra que los artilugios novelescos prevalezcan sobre los contenidos históricos, encargándose así de demostrar eso de que la novela es el género por excelencia que puede hacer las preguntas fundamentales. Quien se encarga de esto es el cuarto personaje, el narrador de la tercera parte, que se presenta como un novelista latinoamericano que viaja a Europa gracias a una beca para terminar su novela sobre tres pintores que denuncian el catolicismo a través de su obra. Este personaje cierra la brecha entre la distancia histórica y la indolencia pasada, puesto que se dedica a comprender, a partir de lo estético, el salvajismo de la violencia religiosa. Cada vez que investiga en archivos y bibliotecas, por la poca información que encuentra, se convence de que poco o nada se ha escrito sobre De Bry y los demás pintores. Hay un incómodo silencio cómplice en la recepción crítica y cultural de la obra de los tres. El novelista comprende que ante los vacíos intencionados o no de la historia, solo nos queda el género novelesco para responder las preguntas.

Aún recuerdo el escalofrío que me produjo que a las pocas horas de terminar de leer por primera vez la novela de Montoya, ocurrieron los terribles asesinatos en la sala de redacción del semanario francés Charlie Hebdo. Pude comprender entonces que en realidad no se trataba de nada nuevo, por impactante que aún resulte. En nuestros días aún permanecen los vapores del terror religioso. Tríptico de la infamia se encarga de recordárnoslo, como “el familiar imperio de las sombras futuras”, en palabras de Baudelaire.

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