Yolanda Reyes nació en Bucaramanga en 1959.

“Todo hijo es adoptivo”

La nueva novela de la escritora, pedagoga y columnista es un viaje a la conquista de la maternidad: la historia de un niño adoptado en la Bogotá de los noventa y de su madre, una española que abandona su comodidad. ¿Qué son la filiación, la memoria, la lengua, y de qué están hechas las relaciones entre madres e hijos?

2016/08/23

Por Juan David Correa*

Yolanda Reyes lleva más de tres décadas investigando, trabajando y escribiendo sobre la infancia. Junto a Irene Vasco, fue pionera en la creación de la primera librería especializada en libros para niños y jóvenes en Bogotá. El experimento, llamado Espantapájaros, se convirtió en un proyecto pedagógico que Reyes siguió en solitario. Por sus ojos y oídos han pasado centenas de niños que han crecido creyendo en el poder de reivindicar la diferencia, la diversidad y el respeto al otro. Además de cultivar la idea de promover la lectura desde la primera infancia, Yolanda es escritora de ficción. Primero comenzó publicando libros para niños y jóvenes como El terror de sexto B, que con el pasar del tiempo se convirtió en un clásico leído y comentado en aulas, colegios y entre estudiantes y maestros. Además de este, su carrera incluye libros para diversas edades como Los agujeros negros, Una cama para tres y Mi mascota.

Con Pasajera en tránsito, Yolanda comenzó su camino en la ficción para adultos. La novela en clave generacional se ocupa del trance de la vida de María Fernanda, su protagonista, entre el entusiasmo juvenil y el dolor de crecer, a comienzos de la década del ochenta, una época en que los ideales parecían cosas concretas. Hace apenas un mes lanzó Qué raro que me llame Federico, en donde otro joven, esta vez de nombre Freddy, y su madre adoptiva, Belén, cruzan un relato en el que la búsqueda del origen, de la lengua y del pasado los encadena en dos tiempos y en dos continentes. España y Colombia se miran al espejo mientras el rebautizado Freddy-Federico viaja a este país en busca de su origen, y Belén recuerda el alumbramiento que significó su adopción, a los cinco años, y su vida en España durante tres lustros más. La novela, pues, avanza en un contrapunto de dos voces que se miran sin tocarse.

La primera sensación que tuve al leer la novela es su mirada como autora sobre los dos protagonistas, Belén y Freddy. Al parecer, y solo al parecer, usted es doliente, testigo y parte de esta historia ¿Estoy en lo cierto?

Si bien el punto de partida –una mujer que en un momento de su vida decide tener un hijo y un hijo que regresa a Colombia a buscar a su familia biológica– no tiene una relación directa con mi biografía (no soy “doliente”, en ese sentido), el proceso de escribir la novela me fue llevando a “hacerme parte” de esta historia, como dice. Pero no fue por contar “hechos reales” –de algunos he sido testigo, como suele suceder, en mayor o menor grado en las novelas–, sino por eso que usted llama “la mirada”. Desde que se me ocurrió el tema, intuí que, por su complejidad, iba a ser un proyecto de largo plazo y ese es el mejor punto de partida para emprender una novela.

Sin embargo, a lo largo de la escritura descubrí, medio asombrada, que yo estaba escribiendo una historia con muchas capas y que esas capas estaban entreveradas con mi trabajo de tantos años, de haber estado cerca de los niños y, por consiguiente, de sus madres. El privilegio de haberme asomado a la enorme complejidad de esa primera relación entre madre e hijo (la relación más temprana), era un material que iba saliendo de mí, pero yo lo iba rebobinando de otra forma. No era que yo hubiera dicho en algún momento “ahora voy a hablar de mi conocimiento de los niños”, sino que ese saber (y esas cosas que había cargado, porque también hay dolor en las infancias, y más en este país) empezaba a hablar con otras voces, y yo tenía que desentrañarlas en el proceso de escritura. Pero lo más impresionante es que emergían también otras capas más profundas: la relación con mis hijos, la sensación de “estarlos viendo irse”, y más en el fondo, mi infancia, mis preguntas, mi lengua, mi familia. Eso que llamamos filiación, que es tan difícil de leer: esas relaciones que nos fundan y que intentamos descifrar durante toda la vida.

La novela se mueve entre dos voces y entre varias decisiones: la de Federico de querer volver a buscar sus raíces después de crecer en España, y la de Belén, que recuenta el proceso que la llevó a Freddy como opción. ¿Cuál fue la investigación para construir las dos voces?

Si hubiera que llamarla “investigación”, quizá sería una “investigación-acción”: un proceso de ensayo y error sobre el terreno, y eso involucra la escritura de varias versiones sucesivas. Yo tenía clara esa estructura que menciona: dos historias que van en direcciones opuestas: la de Belén, que avanza desde la prehistoria de ser madre hacia su hijo, y la del hijo, que comienza en el punto en el que se acaba la travesía de la madre. Quería también que esas dos voces se alternaran: que se encontraran y se desencontraran, que tuvieran puntos de contacto –algo así como unas armonías y también unas disonancias–: que una voz le abriera huecos a la otra. Sin embargo, una cosa es tener clara la estructura y otra cosa, “hacer las voces”. Por supuesto, hubo también una investigación “de caso” con amigas cercanas, especialmente para armar la peripecia de Belén, y algunas investigaciones “institucionales” relacionadas con mi experiencia de trabajo.

Pero esos hechos, que fueron algo así como las piedras que se pisan para atravesar una quebrada, no me servían para hacer nacer las voces. Especialmente la voz de Freddy/Federico fue objeto de versiones sucesivas. Hice una primera versión en la que él no estaba: vivía casi las mismas peripecias que quedaron en el libro, pero yo no podía encontrarlo, no lo veía (o, mejor, no lo oía). Y esa fue la mayor investigación: volver a escribir sobre sus peripecias, buscar su voz entre las “fotos habladas”, hasta que un día por fin me hablara... Borrar, tachar, leer literatura que buceaba en la lengua y en la mirada de la infancia y también leer voces literarias de mujeres. Y, por supuesto, ser leída (de manera despiadada, como tiene que ser, por un par de personas de confianza) y volver a comenzar…

Me gustaría que me hablara sobre la adopción y la maternidad, sobre cómo se asume como propio el destino de un otro a quien no se engendra.

Me maravilla lo de “entender desde las tripas cómo es eso de tener un hijo y de quererlo”, como le pasó a Belén. ¿Cómo es posible mirar los ojos de un niño en la foto de un expediente y comenzar a quererlo y a esperarlo, o mejor aún (peor aún) imaginar a una niña de dos años y que llegue un niño de casi seis?... Y tener una vida organizada y exitosa y, de repente, estar petrificada un domingo en un supermercado de otro país (de otro planeta), frente a una estantería llena de marcas de leche, preguntándose qué come un niño de cinco años… O tomar, de esa estantería, una caja de leche larga vida y ver la foto de un niño que está a punto de ser declarado en situación de abandono, para dar en adopción, que te mira desde esa caja. Muchas personas en Colombia tuvimos en las manos esas cajas de leche larga vida con fotos de niños y las cajeras del supermercado las pasaron por el lector de productos y luego las metimos en la nevera de la casa, las gastamos y las echamos a la basura, y quizás ni nos fijamos en esos ojos suplicantes. Y de repente, el gesto de una mujer que toma la caja y llora pensando que su hijo salía así, en cajas de leche, y se pregunta en dónde estaba ella mientras tanto: esos raptos de generosidad que hablan de lo mejor de la condición humana... Sin embargo, escribí la novela con una hipótesis que podría llamar “emocional”: ese dolor, ese miedo y esa maravilla que iluminan los detalles cotidianos de la vida de Belén al adoptar un hijo no pertenecen a una familia de emociones diferente a las que se sienten cuando sale “positivo” en la prueba de embarazo, o cuando una pareja ve una cabeza enorme y un cuerpo de renacuajo en una ecografía y se pone a llorar.

Ese amor, que es toda una revolución existencial y que súbitamente le quita esa pátina de indolencia al mundo cuando alguien se entera de que va a tener un hijo, pertenece a otro lugar más allá de lo biológico. Y lo mismo podría decir de ese miedo “existencial” que nos hace pensar que al niño nuestro le puede pasar algo (desde rasparse una rodilla o no tener amigos en el recreo, hasta otras cosas innombrables). Pero podría llevar más lejos la hipótesis emocional: todo hijo humano es, de cierta forma, un hijo adoptivo: un misterio que hay que aprender a conocer, sabiendo que no podemos conocerlo más allá de algunos detalles básicos de “funcionamiento cotidiano”. Quizás hay toda una distancia entre el hijo imaginado y el real y la maternidad/paternidad humana es una construcción compleja y no exenta de sombras y de momentos muy difíciles de los que no se suele hablar.

La novela también toca un tema clave y es el de la lengua; la lengua materna, la lengua que se adquiere, Federico tiene una lucha en ese sentido... ¿podría hablarme de eso?

Creo que la lengua es la cuerda que amarra la novela y tiene que ver con esa “adopción” simbólica, con eso de “entrar en el lenguaje”. Ese dar nombre y apellidos a los cachorros humanos, que nos parece tan normal, es el mayor legado de sentido porque nos vincula a una saga; y todo eso de imaginarlos desde antes de nacer, de leer sus gestos y sus llantos es el ancestro de lenguaje. Hablamos porque alguien leyó nuestro llanto y le atribuyó un significado y, por eso, darle al otro una lengua no solo es asignarle un lugar en la cadena de sentido que es propia de una tribu, sino también “pasarle” un eco de cadencias, de ritmos, de acentos: de todas esas voces que patinan por la lengua y que la marcan. Pero toda esa unidad musical y semántica que nos entra por los poros y que crece con nosotros, y de la que no nos damos cuenta, solo se vuelve una conciencia dolorosa cuando nuestro acento suena extraño entre otros acentos: cuando no somos de una tribu y la lengua nos delata. Ese trayecto es el que tiene que reconstruir Freddy/Federico, y en dos direcciones: primero tiene que ser nombrado en ese “ritual de bautizo poético” que improvisa su madre en una librería de viejo para darle el nombre del verso de García Lorca que también le da el nombre a la novela.

Pero luego, él tiene que desandar ese trayecto y hacer el movimiento inverso: recuperar el canto, la cadencia del origen, esa marca de voz que tuvo antes de ser adoptado: esa voz primitiva que solo emerge en ciertas circunstancias; por ejemplo, cuando tiene miedo de una perra callejera. Sin embargo, a pesar de los “cursos de cultura colombiana”, Federico no logra pertenecer a un lugar lingüístico único: es siempre un extranjero. Y paradójicamente, esa es una marca que lo conecta con su familia adoptiva: Belén tiene una mezcla de lenguas y puede reproducir acentos de distintos países. Para mí, todo eso tiene que ver con escribir: es un trabajo que tiene mucho que ver con “las orejas” y es tomar conciencia de cómo suena y cómo significa una lengua. Eso es lo que hacemos cuando escuchamos una lengua ajena, lo mismo que hace un niño cuando está aprendiendo a hablar: fijarse en la materialidad de las palabras, desbaratarlas, jugar con ellas. Quizás el trabajo de escritura consiste en desoír las voces habituales de la propia lengua y convertirla en una lengua extraña: una lengua del asombro que hay que labrar de nuevo.

Superando a la novela misma, podría hablarme de algo que señala Piedad Bonnett en la contratapa y es ¿qué es la filiación, cómo se construyen los lazos entre niños y adultos, de acuerdo a su experiencia como educadora y pedagoga?

La filiación, el parentesco, la construcción del vínculo… Es la pregunta más difícil: nos pasamos la vida dándole vueltas y hay tratados jurídicos, científicos, inter y trans y multi disciplinarios. Sin embargo, puede tener una sencillez que nos deja sin habla, y entonces vuelvo a otra pregunta suya del comienzo sobre la mirada. Gracias a mi trabajo, he tenido el privilegio de asomarme a esos momentos del inicio de la vida en los que un niño se mira en los ojos de un adulto para saber quién es, y me gusta ilustrar esa sencillez y esa complejidad con un ejemplo: cuando un bebé comienza a dar sus primeros pasos, suele caerse muchas veces y lo primero que hace, cada vez que se cae, es mirar la reacción de su mamá (o de su papá o del adulto que lo cuida). Si sus caras dicen “no fue nada”, el bebé se levanta y sigue caminando, pero si lo miran aterrados, él rompe a llorar. El bebé se mira en la cara del adulto para saber si le dolió... ¿Se imagina lo que eso significa como imagen de la primera relación?

La cara humana es el primer libro que leemos en la vida: el libro en el que se proyectan las emociones humanas, de las que sabemos tan poco cuando acabamos de llegar. Eso que llamamos la mirada conjunta, ese bebé perdido en los ojos de un adulto que también lo mira, es también la primera imagen del amor. Después, cuando nos enamoramos, volvemos a miramos “embobados” en los ojos del otro. He visto innumerables veces esa luz en los ojos de un niño cuando se encuentra con su papá a la salida del jardín, y aunque la vea todos los días, no deja de conmoverme y de asombrarme. Para volver a Federico, sus fotos, su travesía en busca de historias y las palabras de Belén son esos intentos que hacemos (y que hace la literatura) por recuperar ese encuentro de miradas.

*Director de Arcadia. 

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