Ricardo Silva

Un crimen sin resolver

Después de diecisiete libros, el escritor bogotano construye una trama ambiciosa que se hunde en el supuesto crimen del gran poeta José Asunción Silva. Desde hace cien años, las cosas parecen no haber cambiado mucho. Arcadia habló con él.

2014/05/23

Por César Mackenzie*

El ascensor privado se detiene en el sexto piso. Con el sol de la tarde el espacio no puede ser más luminoso y al fondo se destaca una enorme biblioteca. La voz de un niño me recibe. “Hola, soy Pascual. ¿Y tú?”, me extiende su mano. “Tengo tres años”. Sonríe todo el tiempo. Luego me muestra el muñequito de Spiderman que ha hecho en plastilina. De súbito, llega Ricardo Silva Romero y pronto estamos conversando mientras le sirven una magnífica y humeante sopa de lentejas con salchichas.

De alguna manera me sorprende que alguien de tan buen humor, sin complicaciones, con tan pocas ínfulas de nada, tenga tras de sí diecisiete libros publicados, de los cuales once son novelas -lo que prueba que la escritura no solo es cosa de lobos esteparios. El libro de la envidia es la más reciente. En más de quinientas páginas, el autor niega a Silva, el poeta, como caricatura de sí mismo, lánguido, endeudado y llorón: “No creo que se haya suicidado. A Silva lo mataron”, dice. Su origen está en la hipótesis que Enrique Santos Molano planteó y demostró en su infinita biografía de José Asunción El corazón del poeta (1997): “A Silva lo mataron, y sé los nombres de los asesinos, pero no los digo”, como afirmó el historiador en el lanzamiento de la novela. 

Aplicando su principio narrativo de “qué es lo peor que puede pasarle al personaje”, Silva Romero construye la historia. A sus protagonistas, el Loco Cacanegra y la Virreyna, nadie quiere escucharlos: él afirma ser testigo de un crimen nefasto; ella, además de puta, es su escudera. Recorren Bogotá, en una trama detectivesca y de buen ritmo, con el afán de probarlo. Dice la novela: “A Silva lo mató esta ciudad de envidiosos, con máscaras de santurrones porque nunca dio su brazo a torcer: por no ser otro falsificador, por no ser otro ropavejero de los godos, por no ser otro versificador inútil ni otro mediocre que exije (sic) mediocridad de sus prójimos”. Con cada uno de sus arquetipos y costumbres, Silva Romero erige la Bogotá opaca y maloliente del siglo xix. Y en su argumento hay un ataque frontal a “la podredumbre de [un] gobierno de hombres finos que han tomado al diccionario como su constitución”. Sus protagonistas son toda una metáfora del individuo enfrentado al Alto Poder, no por completo pesimista: “Después de todo, sí se logra vivir a pesar de Bogotá”.

De cuando en cuando llega Pascual a preguntarnos si queremos jugar con él. Ricardo, que sabe que la infancia no es una suerte de minusvalía, le responde sin melindres: “No podemos. Aún no terminamos”. De regreso a la arribista Bogotá de 1896, Silva Romero se lanza contra la Iglesia del siglo xix: “La religión católica estructuró y gobernó y lideró a Colombia durante muchos años, y la trastornó. La deformó y la volvió temerosa y chiquita y asustada todo el tiempo. Su base, luego de guerras y de guerras, es esa cosa conservadora muy brutal”.

Hablamos sobre la envidia, ese tabú. “Basta con publicar un libro para ser envidiado”. Según Silva Romero, “la naturaleza del mundo literario, del arte y del académico es pelearse por muy poco: no hay dinero que reemplace el ego”. Y concluye: “Desde mi primer libro la gente rumoraba que me habían publicado por ser pariente de los de la editorial. Lo último que me contaron que decían de mí fue que soy una creación mediática”. Incluso Pascual se une a nuestras carcajadas. Luego le dice a Ricardo que saldrá a jugar con un amigo, para quien lleva de regalo un libro de colores. Y se va con su niñera.

“Después de años de oír rumores, la envidia ha llegado en forma de silencio: colegas que lo saludan a uno y no acusan recibo del libro que ha salido. Como si no existiera”. Y se nota que el tema no lo trasnocha. “Yo tengo principios de envidia. Pero siempre me doy cuenta de que no quiero nada de lo que tienen los demás. Nunca siento que nadie me haya quitado nada: que es el principio de la envidia. Me salva mucho sentirme querido y no estar buscando afecto todo el tiempo”. Dice esto y entra Carolina, que es su compañera y la madre de Pascual, y luego de dejarnos una caja de chocolates da un gran beso a Ricardo y se va. Nosotros seguimos imbuidos en El libro de la envidia, una novela de innegable influencia joyceana –sobre todo del Ulises– en la que no queda cabo suelto. Escrita en diez meses e ideada desde casi una década atrás, en esta novela hay una mirada implacable sobre Bogotá: “Lo bogotano es esta nostalgia romántica por las velas de la Colonia, (…) es esta nostalgia eléctrica por lo moderno”.

Al final, es claro que Silva Romero desea que la academia y la historia literaria cambien su versión del suicidio de Silva por la del asesinato: “Aspiro a que la educación en Colombia mejore, que no sea el oficio de los peores, sino el de los mejores. La educación debe ser el desmonte de los estereotipos y no la simplificación del mundo”. En esas se acerca Pascual, que ha regresado hace rato, con un libro en la mano, y le pregunta a Ricardo si ya pueden jugar. Él aún no puede, pero más tarde seguro que sí. Luego de esta, tiene que dar otra entrevista.

 

* Literato

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com