Junot Díaz

Un man de otra parte

Después de encantar a sus lectores con La maravillosa vida breve de Oscar Wao, llega a librerías Así es como la pierdes, el nuevo libro de cuentos de Junot Díaz. Arcadia lo entrevistó.

2013/08/16

Por Ricardo Castro * Bogotá.

Decir que Junot Díaz es una de las voces narrativas más fascinantes de los últimos años es verdad de Perogrullo. En el 2007, once años después de su primer libro de cuentos, Drown, apareció la extraordinaria La maravillosa vida breve de Oscar Wao, que cimentó su nombre como uno de los autores más vivos del panorama, y le valió –entre muchos otros– el premio Pulitzer en el 2008. Así es como la pierdes, su nuevo libro de cuentos, llegó este mes a las librerías.

Antes de ser escritor usted instaló mesas de billar y trabajó en una fábrica de acero. Ahora ha recibido los más prestigiosos reconocimientos literarios. ¿Cómo ha cambiado su círculo social?

Esos eran trabajos muy duros, pero cuando vienes de una familia humilde sabes que vas a tener que trabajar muchísimo. De chiquito yo siempre tuve un mundo sumamente diverso. Imagínate, yo me críe en una familia dominicana, inmigrante, donde adentro de la casa solo hablábamos español. Pero por otro lado, en New Jersey, vivíamos dentro de una colonia african-american bien grande. Muchos de mis amigos eran y son african-american, y estudiamos –todito ese grupo: de los latinos a los morenos–, en un colegio donde la mayoría eran niños blancos. Entonces siempre tuve muchos niveles de amistades, tenía amigos del barrio, amigos de la escuela, de la familia, y sigo en esa misma onda. La mayoría con los que hangueo son latinos. Y aunque tengo amigos escritores, de veras los veo muy poco. Si los veo una vez al año, será mucho. De verás yo como que no pertenezco a ese mundo.

Cuando llegó a los Estados Unidos ¿se sintió ‘como un X-men’, como dice Yunior en La maravillosa vida breve de Oscar Wao?

Creo que sí pero esa descripción es como un chiste. Esa experiencia es un poco más fuerte. Un poco más cruel. Tiene mucha más soledad y se vive en medio de un gran silencio. Es algo que tú sufres y sientes, pero hay pocas palabras que lo pueden describir. It erases itself, se vuelve una experiencia invisible porque no tienes cómo compartirla con alguien que no es inmigrante.

¿Cómo vivía ese aislamiento?

Todo el tiempo lo sentía. Cuando uno llega como yo, que no hablaba ni tres palabras, ni papa de inglés, te pierdes de casi todo. Eso es lo normal, y creo que es algo que le pasa a muchos de los inmigrantes. Tú duras mucho tiempo en una confusión bien fuerte que cambia poco a poco. Por lo menos yo tuve la ventaja de que llegué chiquito, a los seis años, y por eso aprendí inglés después de un par de años. Pero hay mucha gente que no tiene esa ventaja y nunca llega a aprender el idioma.

Con tres libros a cuestas ha recibido premios muy prestigiosos. ¿Cómo ha afectado su rutina de trabajo?

Creo que no mucho. Es mucho más difícil trabajar sin apoyo y sin reconocimiento y duré once años escribiendo una novela cuando a nadie le importaba nada, nadie sabía lo que yo estaba haciendo ni les interesaba. Esos once años fueron un desafío enorme. El desafío más grande que tengo es la propia escritura. Escribir un libro: eso es lo difícil. Los premios no me distraen mucho.

¿Está en contacto con el panorama literario en español?

Leo sobre todo a los jóvenes. Por ejemplo, me gustó mucho Alejandro Zambra y me fascina la argentina Pola Oloixarac. También el mexicano Mario Bellatín es buenísimo, y Martín Solares me parece un escritor increíble. A los clásicos, a los del Boom yo ya los he leído pero me interesa todo lo nuevo, y como escritor estos jóvenes me han ayudado mucho.

¿Cómo es su relación con la República Dominicana hoy? ¿Hace cuánto no va?

Yo voy dos o tres veces cada año. Me encanta viajar a Santo Domingo y como que no me siento cómodo si no voy por lo menos dos veces al año. Además tengo la ventaja de que mi familia viene de un barrio popular, y cuando me meto allá puedo ver otro lado de la República Dominicana que mis amigos de clase media con los que hangueo no reconocen. Aunque ellos viven en Santo Domingo todos los días del año, no ven esas facetas del país. Y creo que eso me da un punto de vista medio raro, ¿verdad? Yo no sé si me ayuda como artista pero sí sé que me ha ayudado como un muchacho dominicano radicado en los Estados Unidos.

¿Su trabajo literario lo ha puesto en problemas con miembros de su comunidad o su familia?

Yo no creo. Uno tiene que gastar mucho tiempo para leer libros, tigre. Yo no soy músico, ni soy cineasta, no soy un artista de consumo masivo, entonces yo no me meto en grandes problemas porque la gente no le presta mucha atención a la literatura, o por lo menos no mis amigos. ¿Quién se va a dedicar tres días a leer una novela solamente para pelear contigo? Es mucho trabajo. Ahora, eso no significa que no haya quien me critique. Pero eso es parte del trabajo.

En las historias queda en evidencia que lo difícil es la integración cultural...?

Ser inmigrante es algo difícil a nivel individual y a nivel comunitario. Cuando escribía estas historias me daba cuenta de que hay grandes dificultades y desafíos, pero por otro lado también hay mucha ganancia. Alguien como Yunior por ejemplo, que lucha mucho durante su juventud para integrarse a la sociedad gringa, cuando es adulto él está al mismo nivel cultural, es bicultural. Él vive de aquí pa’allá y no tiene problemas entendiendo ni viviendo en los Estados Unidos ni en Santo Domingo. No digo que todo el mundo llegue a ese punto pero es una trayectoria que yo quise representar en la literatura. Y yo hablo de lo que conozco, que es una comunidad dominicana que llegó a Estados Unidos a mediados de los setenta.

Escribe sobre una comunidad dominicana, pero que cabe dentro de una categoría enorme: lo latino. Un término tan amplio sirve para describir comunidades muy distintas… ?

Para mí “latino” es una palabra como “colombiano”. Yo he ido a Colombia tres o cuatro veces y mira: ¡la diversidad colombiana no tiene madre, man! Nunca he visto un pueblo como ese, que tiene la cultura andina, de los llanos, la cultura costeña, la vaina del caribe, la cultura amazónica… Imagínate esa maldita m-e-z-c-l-a. ¿Tú crees que todo eso cabe dentro de la palabra “colombiano”? Lo que pasa es que utilizamos palabras estratégicamente. El término “latino” es como “colombiano”, un shortcut para describir una diversidad tremenda y sirve para reconocer esas cosas que tenemos en común pero tenemos que tener una conversación más amplia para entender esa diversidad profunda.

Y en términos literarios, ¿qué entiende por denominaciones como “literatura latina”?

Como latino, como caribeño y también como miembro de la diáspora africana me han preguntado versiones distintas de esa misma pregunta. Yo soy un lector voraz –de veras a mí lo que más me interesa es leer–, y he metido mi pico en varias literaturas nacionales y lo que te puedo decir a partir de lo poco que he leído es que en América Latina hay escritores sumamente interesantes, pero hablar de la “literatura latina” es muy difícil.

Su familia vivió bajo la dictadura de Trujillo. ¿Ese pasado oscuro une a las personas del país cuando están afuera?

Sin duda. Imagínate, para sobrevivir una dictadura como la que aguantamos bajo Rafael Trujillo, hay que desarrollar una solidaridad bien, bien fuerte. Hay un sentido comunitario muy poderoso. A mí eso me ayudó muchísimo a entender, a enfrentar y a sobrevivir los Estados Unidos. Si no fuera por eso… I don’t know how I would’ve survived.

Al hablar y al escribir hace saltos del inglés al español. ¿Siente que su lengua no termina de ser el inglés?

Creo que eso hace parte de la dualidad de ser inmigrante y quien no haya tenido esa experiencia, nunca va a reconocer lo weird que es eso. Supongo que es parecido a lo que ocurre con algunos alcohólicos, que nunca se terminan de curar, sino que solo se pueden controlar. Como un inmigrante me siento un poco así: tú no superas eso, tú siempre sigues siendo un inmigrante. Y esa duda, esa incomodidad yo la paso a la lengua y escribo en un inglés raro, pero es inglés.

http://image.casadellibro.com/a/l/t0/91/9788439726791.jpg¿Cómo sabe en qué momento dar por terminado un cuento? 

Eso tiene que ver con mucha experiencia y mucha lectura. Todo lo que he leído es como una biblioteca chiquita que llevo adentro y que me avisa. Cuando estoy escribiendo un cuento o un capítulo, llega un punto en que todo ese contenido me dice: “Oye muchacho, ya terminaste”. O hay otras ocasiones en que de pronto siento que tengo esa vaina ya terminada, y cuando la leo, esos cuentos que llevo dentro me dicen “no muchacho, tú no has terminado nada”. Muchas veces me toca abandonarlos; eso es lo que más hago: abandonar cuentos y abandonar capítulos. Yo he durado años con un capítulo y me doy cuenta, después de un par de años, que lo tengo que abandonar. Para mí escribir es difícil, man, es bien, bien difícil.

¿Le costó más de lo habitual crear una voz femenina en “Otravida, otravez”?

Mira: escribir una voz interesante es difícil; escribir una voz interesante de otro género es increíblemente difícil, y a mí me pareció un gran desafío. Imagínate que cuando era chico a mí no enseñaron a imaginar a las mujeres como seres humanos completos. Yo no tuve esa experiencia. Cuando era un varoncito, eso no era parte de mi educación. Muchos de nosotros never had that training de pensar en las mujeres como seres humanos completos. Para un hombre es bien difícil lograr imaginar de una manera amplia y compleja a una mujer. Enseñar a comprender a la mujer como un ser humano complejo es uno de los grandes retos que tenemos como sociedad.

En ese cuento Yasmin descubre que su pareja sigue alimentando las esperanzas de la familia que abandonó, y cuenta el otro lado de la historia de la familia abandonada que sigue esperando a un padre ausente. ¿Cómo pensó en darle voz a todas las partes de una historia?

Es que tenía que hacer eso porque como escritor, como artista, yo todavía estoy tratando de entender ese “punto cero”, ese punto principal de partida de cómo empezó mi familia, de cómo llegamos aquí a los Estados Unidos. Y en mi imaginación, en mi propia historia, yo creo que ese punto cero de mi vida empieza con esa contradicción de un padre que abandona a sus hijos en Santo Domingo y que se casa con otra mujer y esa decisión que él tiene que tomar: seguir con esa mujer o regresar a su propia familia. Para entender ese momento yo tuve que verlo por todos los lados, tuve que desarrollar una compasión hacia la otra mujer. Para mí eso era algo muy importante, porque yo no quería juzgar sino entender.

En este libro no siempre narra Yunior. ¿Se hace una idea clara de los narradores antes o los crea mientras avanza?

Las dos cosas. Yo no puedo empezar sin tener un plan: plan para los cuentos y también para los personajes, pero en el proceso de escribir a veces uno tiene que abandonar los planes completamente. Otras veces uno nada más tiene que variarlo un chin y no hay problema.

En sus historias hay varios personajes que se sienten dislocados cultural en los Estados Unidos, pero sufren una sensación de no pertenecer ya al sitio que abandonaron cuando regresan a él. ¿Eso le pasa a usted?

Yo no lo veo como un problema exclusivo de alguien que vive entre dos países. Para mí eso es parte de la condición humana. Yo no conozco a nadie que se sienta muy cómodo dentro de su piel ni en su ambiente, nadie que se sienta completamente cómodo con dónde está o con lo que es. Y es igual si vive en Santo Domingo, o si es de New Jersey y nunca ha salido y no nació en otro lugar. Creo que eso es lo normal. Los raros son los que no se sienten incómodos, los que no se sienten un poco como outsiders. A veces pienso que lo único normal de mí es que comparto eso con todo el mundo, que no me siento completamente cómodo en este mundo.

Sus personajes están muy solos y han sacrificado mucho para ir a los Estados Unidos. Cree que el flujo de inmigrantes seguirá creciendo, a pesar de la presión de los Republicanos?

Lo único que tienes que hacer es meterte en un barrio popular en la República Dominicana, o en Colombia, para darte cuenta de por qué tantas gentes arriesgan todo para lanzarse a los Estados Unidos. Con el peligro que supone ese viaje: todos los abusos, la discriminación y el riesgo enorme de que algo salga mal. Para muchísima gente desesperada esa es la mejor opción. Tienes que ver el contexto de los que salen y analizarlo no solo en términos de lo que están dejando sino de hacia qué futuro van. Cuando uno va a Santo Domingo y ve esa miseria fuerte, esa miseria terrible, uno se da cuenta de que… ¡coño!, tenemos que cambiar algo. Porque el sistema no está funcionando pa’nada. Hay padres que al ver a sus hijos pasando hambre, soportando de todo, piensan “diablos, la única opción que tienen pasa por salir de acá”. Como alguien que ha vivido esa experiencia me he dado cuenta de que algo no anda bien, y el que la gente se vaya de su país no soluciona nada: necesitamos enfrentar este sistema capitalista tan cruel.

¿La saga de Yunior como narrador está completa, o queda espacio para él en su literatura?

No sé, tigre. Siento que ya he terminado con él por un rato. Imagínate: tres libros, casi veinte años… Creo que es suficiente. Ojalá haya otras historias pero por ahora la familia y Yunior no me están diciendo mucho. No están cantando.

¿Sigue con la intención de escribir una novela sobre un mundo postapocalíptico como el que se intuía en “Monstruo”?

¡Claro!, pero eso es como un maldito sueño. Eso es algo que yo quería pero lo único que vale es el resultado y me estoy dando cuenta de que no va a ser mi destino. Tuve que dejar “Monstruo” porque no estaba funcionando. Sinceramente no sé qué estoy haciendo ahora.

 

* Editor de www.revistaarcadia.com
@ricastro49

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