Una modelo durante la pasarela Otoño-Invierno, 2014-2015, de Vivienne Westwood, en París.
  • The Bling Ring (2013), de Sofia Coppola.
  • Confesiones de una adicta a las compras (2009), de PJ Hogan.
  • La diseñadora Vivenne Westwood con su esposo, Andreas Kronthaler.

Una epidemia llamada moda

Si en la década pasada series de TV o libros de ocasión llenaban el vacío sobre la moda tratada de una manera “narrativa”, un nuevo fenómeno se ha tomado por asalto la llamada chick-lit o “literatura tonta”. ¿En qué consiste esa nueva tendencia de venerar la moda hasta la náusea?

2014/08/21

Por Gabriela Bustelo* Asunción

El mundo de la moda practica desde hace décadas una autoparodia, una especie de art performance de denuncia y aceptación simultánea, en tiempo real y con alcance global, que lo galvaniza eficazmente contra la crítica. Esta deconstrucción a lo Derrida se la debemos con toda probabilidad a la cantante Madonna, cuya intuitiva y genial caricatura de sí misma, iniciada en los ochenta con su álbum Like a Virgin, prendió como la pólvora. Millones de jóvenes en el mundo aprendieron de ella a fabricarse un personaje fuerte, independiente, que comunicaba ideas con una vestimenta eternamente cambiante, asequible a cualquiera, adaptable a las necesidades del momento.

Existen intelectuales que han intentado ironizar sobre la moda, por supuesto, pero pocos han salido airosos del experimento. Robert Altman se adelantó con su Prêt-à-Porter, una sátira algo dispersa protagonizada por medio centenar de superestrellas, desde actores veteranos como Marcello Mastroianni y Sophia Loren hasta luminarias hollywoodienses como Julia Roberts y Tim Robbins, pasando por íconos de la moda como Jean Paul Gaultier y Linda Evangelista. Situada en París, cómo no, durante la Semana de la Moda, la película terminaba con un apoteósico desfile de modelos desnudas. La célebre productora Miramax perdió dinero y Altman recibió críticas tibias en el mejor de los casos.

Antes de acabar el siglo, dos escritores estadounidenses, amigos y miembros de la misma generación literaria, se aventuraron a criticar el mundo de la moda: Bret Easton Ellis con Glamorama y Jay McInerney con Model Behavior. Ambos autores estaban ya consagrados, pero al tocar el tema intocable de la moda les sucedió como a Altman: ni público ni prensa los tomó en serio. Un decepcionado Daniel Mendelsohn los definió en The New York Times como “un objeto más dentro de la cultura que pretenden criticar”. Ese mismo año, en 1998, Woody Allen estrenó la película Celebrity, otro intento de ironizar sobre el mundo de la fama y la moda, que algún crítico llamó una fallida modernización de La dolce vita. También en este caso, incluso tratándose de un experto en humor de la talla de Allen, pareció funcionar la maldición de la moda como algo imposible de atacar.

A todas estas, ¿qué es la moda? ¿Un arte o un instrumento de poder? Hace dos milenios, la reina Cleopatra se valió de la moda para asentar un imperio. Hace dos siglos, la reina María Antonieta perdió la cabeza, literalmente, por la moda. Y hace dos décadas, como nos previno Altman, el mundo occidental empezaba a parecerse demasiado al disoluto siglo XVIII. Los trajes de Jackie, los pantalones de Katharine, los esmóquines de Marlene, las gabardinas de Lauren y las bailarinas de Audrey habían sido atributos de independencia. Pero la moda, fiel solo a sí misma, caminaba peligrosamente hacia una frivolidad tan estulta como la de Versalles antes de la Revolución francesa. El momento fatídico sucedió en el siglo xx, como tantos otros, cuando alguna editora de revista femenina (¿Anna Wintour, la actual directora de Vogue, para distinguirse de su predecesora, la descafeinada Grace Mirabella?) decidió que podía multiplicar sus ventas si vendía el concepto de la moda como arma democrática de liberación, una astuta intelectualización que, como todo lavado de cerebro, empleaba el lenguaje como instrumento manipulador. A partir de entonces apareció en escena el ejército popular de las estilistas, las asesoras, las expertas en imagen, las modificadoras del mundo, las encargadas de cambiarlo todo para que todo siguiera igual.

En 2012, la empresa Nielsen/McKinsey contabilizó 180 millones de blogs en el mundo, de los que el 10 % pertenecen a fa-shionistas, es decir, a mujeres anónimas que se proclaman expertas en moda. Según las encuestas que se hacen en los colegios del mundo entero, una amplia mayoría de las jóvenes entre 10 y 20 años quiere ser modelo o actriz y, en un porcentaje menor, esteticista o peluquera. Existen también niñas dispuestas a ser periodistas, abogadas y maestras, pero son menos que las aspirantes a trabajar en el mundo de la moda. Hoy día las niñas que se proponen estudiar una carrera científica o una ingeniería son muy pocas, apenas el 5 %. Es más, según denuncia periódicamente la prensa occidental, ante la pregunta “¿Qué quieres ser cuando grande?” las niñas ya no responden “doctora” o “maestra”, sino “delgada” o “guapa”. La anorexia afecta a 70 millones de personas en el mundo, de las cuales 20 % muere, pues apenas el 10 % de ellas recibe tratamiento, eficaz solo en algo más de la mitad de los casos. Penguin ha reeditado en su exitosa colección de ensayo el Diálogo entre la moda y la muerte de Giacomo Leopardi donde la moda le explica a su hermana la muerte: “Si tuviéramos que correr juntas en competencia, no sé cuál de las dos vencería, porque aunque tú corres, yo lo hago mejor que si fuera al galope”.

Pero, ¡ay!, nadie parece prestar ya atención a la literatura clásica. En el nuevo milenio la moda continúa con su frenética actividad, emitiendo eslóganes y mensajes cada vez más disparatados, que nadie se atreve a discutir ni rebatir. Tanto en Europa, cuna de la civilización occidental, como en toda América del Norte y América Latina, parece estar aceptado que la moda es un arte, una filosofía y un estilo de vida, por lo que una mujer no puede dedicarse a nada más cool ni más glamuroso. La plétora de mujeres que escribe sobre el mundo de la moda va en aumento constante y las millonarias cifras de ventas avalan la trayectoria de muchas de ellas. Los libros de Bridget Jones ya se consideran un clásico de la literatura universal, traducidos a 40 idiomas y con unas ventas de 15 millones de ejemplares. Pero la triunfadora de este género literario es Candace Bushnell, autora de Sex and the City. Si las cifras de ventas del libro no son espectaculares (aunque se acercan ya al medio millón de ejemplares), en torno a la novela, publicada en 1997, se ha creado toda una industria que comercializa el credo de la mujer moderna urbanita que usa el sexo y la moda para atrapar al hombre de sus sueños. De hecho, Sex and the City es un simple repackaging de las malas artes femeninas de toda la vida. Irónicamente, Bushnell no es quien ha salido más beneficiada de toda la “Tropa Sex”. Los diseñadores Manolo Blahnik y Vivienne Westwood dispararon sus cifras de ventas a partir de su colaboración con la serie. Todos los productos que se mencionan en ella, desde Mercedes Benz hasta Skyy Vodka, han firmado jugosos contratos comerciales con los productores. Es significativo que la cadena hbo se niegue a dar cifras de beneficios de la serie de televisión homónima, estrella de su programación durante los seis años en que se emitió (1998-2004) y redifundida actualmente en 200 países del mundo. Para hacernos una idea del nivel de comercialización de todo lo relacionado con la serie, basta saber que hbo vende en su tienda online 60 productos relacionados con el programa.

En la primera década del siglo XXI ha habido varios intentos de criticar el mundo de la moda, esta vez por parte de mujeres. En 2001, la autora británica Sophie Kinsella escribió Confesiones de una compradora compulsiva, el reiterativo relato de un ama de casa cuyo objetivo en la vida es comprar ropa y almacenarla en su casa, víctima al parecer de un síndrome de Diógenes de clase alta, pues gran parte de las prendas se quedan en la bolsa de la tienda y con la etiqueta puesta. En 2003, Lauren Weisberger (exasistente personal de Anna Wintour en Vogue) escribió El diablo viste de Prada, una mordaz crónica del día a día en una revista femenina, protagonizada por una directora tiránica que acabaría encarnando Meryl Streep en la película basada en el libro. Ambas novelas pertenecen al género de la chick-lit, la versión actual de la literatura rosa que la escritora británica George Eliot había bautizado llanamente como “novela tonta”. La directora Sofia Coppola ha abordado los excesos de la moda en dos de sus películas, con un tratamiento de tipo documental, pues ambas narran hechos reales. Marie Antoinette (2003) es un colorido retablo sobre el lujo decadente de la época de Luis XVI de Francia y The Bling Ring (2013) narra las peripecias de una banda de veinteañeros californianos adictos a la moda que entran en las casas de sus ídolos a robarles ropa, joyas y dinero.

A comienzos de 2014 la prensa financiera internacional anunció que China superará este año a Estados Unidos como primera potencia económica mundial. Los expertos occidentales se han apresurado a declarar que a China no solo le falta hard power (potencial económico real y armamento), sino el crucial soft power (cultura propia, tradición histórica y diplomacia), para ser un candidato serio a liderar el mundo. Mientras escribo estas líneas el ejército de blogueras occidentales teclea imparable que nuestra cultura es la moda, nuestro arte es la moda, nuestra filosofía es la moda, nuestro futuro es la moda. Y, al parecer, es cierto. Si yo fuera el presidente Xi Jinping, estaría de buen humor.

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