Osamu Dazai

Una máscara de ira

Es conocido en Japón como “el poeta de la desesperanza”. Alcohólico, morfinómano y suicida, se convirtió en el símbolo de la generación de la posguerra. 65 años después de su muerte, su obra llega a librerías del país.

2013/08/16

Por Francisco Barrios. Bogotá.

Tiene talento –dijeron–, pero carece por completo de moral’. Yo creo que más bien sucedía lo contrario; en mí habitaban las semillas de la moral, pero ningún talento. No poseía eso que se llama genio literario. No conocía más técnica que la de embestir con todo mi ser”. Así recuenta Osamu Dazai en uno de sus relatos la recepción que tuvo su obra en la prensa japonesa de los años cuarenta y, al hacerlo, explica también por qué vale la pena leerlo: porque embiste al lector. Dazai también es un escritor de culto en su país porque, como señala un crítico de su obra, “después de la guerra, su propia vida reflejó el estado de postración de Japón, que empezaba a desintegrarse una vez más; sus historias reflejaron la desesperanza pública y privada de una sociedad arrancada de sus cimientos, que había desechado sus antiguos credos y no logró encontrar unos nuevos”. Pero antes de convertirse en el símbolo de una generación, Dazai fue un proscrito. “Poco a poco empecé a darme cuenta de lo que el mundo pensaba de mí. Un ignorante y arrogante bribón; un imbécil; un abyecto, malicioso y lascivo perro; un timador que pretende ser un genio, que se da la gran vida hasta que se queda sin un duro para amenazar después a su familia con intentos fingidos de suicidio” escribió en el cuento “Ocho escenas de Tokio” (1941), que da título a uno de sus libros.

Osamu Dazai, seudónimo de Shuji Tsushima,  nació en 1913 y fue el décimo de once hijos de un rico terrateniente de la prefectura de Aomori. Su padre rara vez estaba en casa y su madre permanecía enferma, por lo que Dazai creció al cuidado de los sirvientes. Pero si bien de niño fue un estudiante aplicado, su naturaleza violenta se reveló desde entonces. En su relato “Paisaje dorado” (1939), Dazai cuenta la historia de Okei, una criada a la que vejaba y en alguna ocasión le dio una patada en la cara por hacer mal una tarea absurda que le había encomendado. “Aquella era una época, debo admitirlo, en la que, a mi pesar, me sentía y me comportaba como un monstruo. Ser consciente de ello no me impidió seguir atormentándola”.

A los seis años de edad Dazai fue enviado a un colegio lejos de la casa paterna. Allí se interesó por la literatura y más adelante, en la adolescencia, descubrió la obra de Ryunosuke Akutagawa (1892-1927), quien se convirtió en su ídolo literario y cuyo suicidio tuvo un profundo impacto en su vida. A punto de terminar la secundaria, Dazai empezó a descuidar sus estudios y a gastar su mesada en ropas, alcohol y prostitutas. Pero para Dazai esta vida disoluta era la consecuencia de la culpa, como trata de explicarlo en su impresionante novela autobiográfica Indigno de ser humano (1948): “Siempre había sido consciente de lo extenso de mi familia y de la desventaja que suponía para mí ser hijo de un hombre rico. Ese pensamiento me había llevado en más de una ocasión a una irresponsable desesperación. El sentimiento de culpa por tan inmerecida fortuna me había convertido, desde mi más tierna infancia, en un cobarde pesimista”.

A finales de 1929, Dazai debía presentar sus exámenes finales, pero sabía que no estaba preparado para ello porque no había asistido a las clases. La decepción que la reprobación le causaría a su familia lo llevó a intentar suicidarse con una sobredosis de pastillas para dormir. Sin embargo, sobrevivió a este primer intento, logró pasar los exámenes y un año después ingresó al Departamento de Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio. Pasarían unos meses antes de que Dazai de nuevo abandonara sus estudios y se fuera a vivir con Hatsuyo Oyama, una geisha de bajo rango. Por este motivo fue desheredado y dejó de recibir su mesada. La culpa de nuevo se apoderó de él e intentó suicidarse otra vez, lanzándose al mar en compañía de Shimeko Tanabe, una camarera a la que frecuentaba. La chica murió, pero Dazai fue rescatado por unos pescadores, lo que lo llevó a sentirse aún peor y a que, de paso, le abrieran un proceso judicial (del que después fue absuelto gracias a las influencias de su padre). La reacción de la familia de Dazai a este segundo intento de suicidio fue la de restituirle la mesada a condición de que se casara con Hatsuyo, como en efecto lo hizo, y de que terminara sus estudios, condición que incumplió y que lo llevó a intentar quitarse la vida por tercera vez, ahora solo y por ahorcamiento. Sobre su primer intento, tres años antes, Dazai había escrito: “Bueno, ese no funcionó. Supongamos que ahora lo intente con el método panorámico”. Pero el “método panorámico” también falló y la cuerda se rompió antes de que muriera.

Unos meses después, Dazai sufrió una peritonitis que lo llevó al borde de la muerte. El dolor del posoperatorio era tan severo que en la clínica le aplicaron Pabinal, un derivado de la morfina, a la que desde entonces se volvió adicto. En 1935 Dazai ya había publicado algunos de sus relatos en revistas literarias, bajo la tutela del escritor Masuji Ibuse, quien reconoció su talento. También por esta época ingresó al Partido Comunista –prohibido por el Gobierno– y su recuento de este período resulta tan asombroso como sus comentarios sobre sus intentos de quitarse la vida: “Quizás en su simplicidad creían que yo era tan simple como ellos: un compañero optimista y alegre; pero, si así lo pensaban, les estaba engañando por completo”. Así como la crueldad de su infancia o el libertinaje de su juventud se explican por una causa más profunda que la simple rebeldía, su cinismo político también: “En esos días –agrega– pensaba afiliarme al partido y no me preocupaba en lo más mínimo el riesgo de acabar en la cárcel. Pensaba que esa vida podría ser más llevadera que el temor que experimentaba en la ‘vida real’ en la sociedad de los hombres, que me hacía pasar las noches en un infierno de insomnio”.

En octubre de 1936 Dazai fue internado por su familia en un sanatorio para tratar su adicción a la morfina: “Ya no era más un delincuente, me había transformado en un loco. Pero no, no estaba trastornado ni lo había estado un solo instante. Aunque, aaah, todos los locos piensan eso de sí mismos…”, anotó sobre este período. Unos meses después de haber salido del sanatorio, Dazai descubrió que Hatsuyo le había sido infiel con su mejor amigo, por lo que el escritor y su esposa decidieron suicidarse juntos, esta vez con somníferos, y de nuevo fracasaron. Dazai se divorció y poco tiempo después se casó con Mihchiko Ishiro, una profesora de colegio con la que tuvo tres hijos.

En 1941 Japón entró en guerra con los Estados Unidos y para Osamu Dazai este acontecimiento se convirtió en el punto de inflexión de su carrera. En un principio el escritor exaltó a su país, pero su apoyo estaba sustentado más en un orgullo cultural ancestral que en una ideología. “La sola idea de esos salvajes americanos insensibles pisoteando nuestra hermosa tierra japonesa es insoportable.? ¡Oh, hermosos soldados japoneses, por favor avancen y aplástenlos!”, escribió en una revista, pero su arrebato patriótico terminó cuando empezaron los bombardeos a las ciudades japonesas. El imperio nipón necesitaba de escritores afines, pero Dazai optó por lo que él que mismo llamó “resistencia estética”, y si bien le publicaron muy poco en estos años, escribió profusamente. Al terminarse el conflicto, su obra emergió como el gran testimonio antibélico. Pero la fama de la que empezó a gozar trajo, por supuesto, consecuencias desastrosas para su vida familiar. Dazai entabló una relación con Shizuko Ota, una admiradora con la que tendría una hija en 1947. Dos años antes, en 1945, ya había abandonado a su esposa y a sus hijos para irse a vivir con Tomie Yamazaki, su última compañera. En 1947 Dazai publicó Shayo (El ocaso), la novela que lo lanzó a la fama. Basada en los diarios de su amante Shizuko Ota, Shayo es un testimonio de la aristocracia en la posguerra y fue tal su impacto, que dio origen al término shayozoku (aristocracia decadente, como el ocaso).

En la primavera de 1948 Dazai se encontraba trabajando en una novela que pensaba titular Guddo bai (transliteración de good-bye), pero el 13 de junio de ese año se arrojó con Tomie al canal Tamagawa de Tokio en pleno aguacero. Sus cuerpos fueron descubiertos seis días después, el 19 de junio, día del cumpleaños de Dazai.

Jean Cocteau escribió sobre Edgar Allan Poe: “Poe pertenecía a la raza maldita de los que se quedan, de los que se beben hasta la última gota” y si bien en el caso de Osamu Dazai no se puede soslayar el contexto histórico y cultural de su obra, él pertenecía también a esa “raza maldita”. En alguna ocasión, de niño, Dazai le preguntó a su padre si era verdad que Dios le concedía a uno lo que le pidiera. Ante la respuesta afirmativa de su padre, Dazai escribió: “Entonces se me ocurrió que yo podría hacer una plegaria así. ‘Dame, por favor, una voluntad gélida. Muéstrame la naturaleza del ser humano. ¿No es un pecado que las personas vivan rechazándose unas a otras? Concédeme, por favor, una máscara de ira’”.

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