Henry James nació en Nueva York en 1843 y murió en Londres en 1916.

Vaciar los cajones

Nunca del todo cómodo en Estados Unidos, el escritor nacido en Nueva York encontró en Europa, y en especial en Inglaterra, el espacio para su labor creativa. Un siglo después de su muerte en medio de la Gran Guerra, recordamos a un hombre tan prolífico como incomprendido, a quien Borges profesaba una gran admiración.

2016/05/24

Por Conrado Zuluaga* Bogotá

Hace cien años, el 28 de febrero de 1916, moría en Londres Henry James, una de las grandes figuras de la historia de la literatura. Al crítico y biógrafo estadounidense León Edel le tomó 19 años de su vida una monumental biografía en cinco tomos sobre el escritor: Vida de Henry James. A partir de ahí, podría decirse que se sabe todo, pero lo cierto es que no es tanto, pues la mayoría de lo que se ha dicho sobre la figura dice muy poco del hombre. Henry James fue un acérrimo defensor de su vida privada, un celoso guardián de su intimidad: “Un hombre tiene el derecho a determinar lo que el mundo sabrá de él y lo que no sabrá; a pesar de la curiosidad del mundo a lo contrario, a una cierta santidad en todas las peticiones de generosidad e indulgencia de la posteridad, reclamo el derecho a que ni los cajones del escritorio ni los bolsillos de un hombre deben ser vaciados”. Y en otra ocasión anotó: “Los artistas, a medida que pasa el tiempo, seguramente desconectarán la alarma, vaciarán los cajones de sus escritorios y allanarán la entrada a su privacidad. Entonces los críticos, psicólogos y chismosos podrán entrar y rebuscar entre los rastrojos”.

En esta ocasión la paradoja estriba en que además de la biografía de Edel, Henry James es el personaje de un par de novelas escritas por dos autores ingleses: ¡El autor! ¡El autor!, de David Lodge, y The Master/ Relato del novelista adulto, de Colm Tóibín.

Hijo del teólogo y sociólogo Henry James y hermano menor del filósofo y psicólogo pragmático William James, el escritor nacido en Nueva York en 1843 gozó de una sólida formación cultural que su padre le procuró con los continuos viajes y recorridos por Europa. De esas experiencias surgió su primera impresión del mundo: mientras Estados Unidos representaba la exuberancia y la libertad, Europa representaba la decadencia y la corrupción. Este antagonismo nunca fue maniqueo o estático. A veces los papeles se invirtieron, porque James comprendió muy pronto que la libertad sin historia representa muy poco. James pensaba en todo lo que le faltaba a Estados Unidos y aunque la lista de reclamos –que él incluyó en su extenso libro sobre Hawthorne– no puede tomarse al pie de la letra en su totalidad, la verdad es que, en alguna medida, era escasa la materia para el novelista: “No había ni soberano, ni corte, ni lealtad, ni aristocracia, ni iglesia, ni clero, ni ejército, ni servicio diplomático, ni caballeros, ni palacios, ni castillos, ni señoríos, ni viejas mansiones, ni parroquias, ni casas de campo, ni ruinas cubiertas por la hiedra, ni catedrales, ni abadías, ni pequeñas iglesias normandas, ni grandes universidades, ni escuelas públicas… ni un Oxford, ni un Eaton, ni un Harrow, ni literatura, ni novelas, ni museos, ni cuadros, ni clase política, ni clase deportista”. Sin embargo, unos años antes en una carta dirigida a Charles Norton Eliot –lo cita Colm Tóibín en el prólogo a la edición que preparó de relatos sobre Nueva York– el escritor comentaba: “Es un complejo destino este de ser americano, y una de las responsabilidades que implica es la de luchar contra una especie de supersticiosa sobrevaloración de Europa”.

Pero a él nunca le faltó materia para sus propósitos, porque su atención estaba puesta en la conciencia y los sentimientos de sus personajes, en la búsqueda de temas inexplorados, en el destierro –como anota Borges– del americano en Europa y del hombre en el universo. James amplió hasta límites extremos la conciencia de sus personajes, el misterio que rodea cualquier acontecimiento, incluso el más cotidiano y, tanto a unos como a otros, es decir, a personajes y situaciones, los dotó de misterio, de curiosidad, de perplejidad.

Lo mismo puede decirse de su prosa, cada vez más espléndida, compuesta por largos períodos que desafían la atención y la paciencia del lector. Sus oraciones son largas y digresivas. La subordinación, como la sugerencia, es el recurso preferido. Tóibín lo señala en el prólogo mencionado: en las figuras de James y en su prosa, “…los matices son más importantes que los hechos y el temblor vacilante de la conciencia es más interesante que el mismo conocimiento”.

Y fue Europa, y en particular Londres y algunas localidades del condado de Sussex, en donde encontró el espacio necesario para su labor creativa. Desde allí se movía por el continente y realizaba sus viajes a Estados Unidos, en donde siempre se sentía un poco incómodo porque el paisaje y la atmósfera de su infancia y adolescencia habían cambiado por completo. Porque descubrió, además, que la índole de las personas se modificó y que los inmigrantes transformaron el paisaje de su ciudad natal, Nueva York. En Londres, en cambio, se movía con solvencia, aunque consideraba que era el peor sitio para morir porque en ninguna parte del mundo los muertos estaban tan muertos como allí. Para los londinenses recordar a los muertos era algo “morboso” y “obsceno”. Ese fue el germen, el asunto, como decía él, de uno de sus relatos, El altar de los muertos.

En medio siglo de labor literaria ininterrumpida, aparte de sus libros de viajes, de sus ensayos críticos, de los prólogos que realizó sobre sus propias obras para la Edición de Nueva York de 1905 en 23 volúmenes y de su copiosa correspondencia, compuesta por más de 10.000 cartas, Henry James escribió una docena de novelas y 112 relatos. Relatos más cercanos a la nouvelle francesa, ese género que Cortázar definió a caballo entre la novela y el cuento. Pero es posible conjeturar que a él no le interesaban ese tipo de sutilezas, pues rechazaba las clasificaciones de novela “psicológica”, “de aventuras”, “histórica”, etc.: “Una novela es en su más amplia definición una impresión directa y personal de la vida; para empezar, eso constituye su valor, que es mayor o menor según la intensidad de esa impresión. Pero no habrá intensidad alguna ni, en consecuencia, ningún valor si no existe libertad para sentir y decir”, afirmó en El arte de la ficción.

En esos relatos se encuentra uno de los mejores James, porque esos textos gozan de todas las virtudes y armas del escritor: el punto de vista múltiple, la narración impersonal indirecta, la inmersión en la psicología de los personajes, la sintaxis de períodos amplios, las ambigüedades que parecen descuidos del narrador. Y también están allí, por supuesto, varias de sus obsesiones más recurrentes: América y Europa, los relatos de fantasmas, los demonios interiores, las ilusiones sobrenaturales, la inocencia y su pérdida, la fatalidad de esa pérdida, el vacío que deja la muerte, el pasado irrecuperable, la vida privada y el arte, el doble, las “jóvenes adineradas” y “los pobres caballeros sensibles”. En ese mar de asuntos –en esos términos se refería a sus temas–, de drama sin drama, de mostrar antes que contar, sus recursos técnicos ocupan un lugar de primer orden.

En 1996, The Library of America reimprimió en cinco volúmenes –de 948 páginas cada uno– los 112 relatos bajo el título Complete Stories. Ahí se encuentran entonces, relatos tan célebres como Daisy Miller, Los papeles de Aspern, La lección del maestro, La vida privada, El altar de los muertos, Los amigos de los amigos, Otra vuelta de tuerca, El rincón feliz, La bestia en la jungla, El banco de la desolación, entre otros más. En español se encuentran dispersos en más de una docena de sellos editoriales.

Las novelas, por el contrario, y principalmente las de dimensiones catedralicias –que muchos visitan pero pocos abren y son menos los que las leen–, llegan a abusar de la paciencia y la lucidez del lector. En La elegancia musical y la psicología de James, el escritor español Juan Bonilla recuerda una regla no escrita pero cierta: cuando un escritor alcanza una voz personal y reconocible, tiende a imitarse. Y pone de ejemplos a Borges y Nabokov, para luego seguir con James, quien desde la publicación de Daisy Miller en 1878 encontró para sí una voz personal y característica que, aunque se enriquece y ensancha, sigue siendo la misma voz, como ocurre en Retrato de una dama, Las alas de la paloma y Los embajadores. James persistió en su búsqueda, convencido de estar haciendo lo que él consideraba su deber como escritor: revelar una mente particular y una impresión personal de la vida, según sus propias palabras, “…encontrar una figura y un atavío, una forma, una cara y un destino, un interesante aspecto con el que presentarse y un espantoso destino que consignar”.

Nunca fue popular y, tal vez, no le interesó serlo. Había algo más importante que el dinero, la novedad y la fama: el reconocimiento de sus semejantes. A raíz de sus viajes continuos por Europa, conoció y fue amigo de autores como Émile Zola e Iván Turguénev. También sostuvo correspondencia con Robert Louis Stevenson y Joseph Conrad. En una ocasión, al menos, visitó a George Eliot en su residencia. Fue, no se puede dudar, un novelista fundamental para dos continentes, por su concepción de la novela, por los recursos de que echó mano e incorporó al oficio, por su esfuerzo continuo de reflejar la vida y por su lenguaje íntimo y sugerente. Un autor imprescindible aunque constituya un desafío permanente para el lector.

A pesar de su producción se quejaba de los escasos dividendos que recibía por concepto de regalías, aun en sus mejores épocas. Y la verdad es que eran bastante exiguos. El primer año de la famosa Edición de Nueva York para la cual escribió todos los prólogos que constituyen verdaderos tratados literarios, le reportó 211 dólares por concepto de derechos de autor.

En 1912, James tiene en mente la idea de escribir una novela americana, una novela sobre los lazos económicos que permean y sostienen el tejido social y familiar. En agosto de 1914, tras el estallido de la Guerra Mundial, el escritor suspendió su trabajo. De la novela inconclusa, La torre de marfil, hay edición póstuma. Para él esa guerra era un verdadero cataclismo de la civilización y no comprendía por qué Estados Unidos no se movilizaba para apoyar a Gran Bretaña. Como rechazo a esa posición de su país y como expresión de protesta, se nacionalizó británico en 1915.

En 1986, unas pocas semanas antes de morir Borges, publicó una breve nota sobre James en donde lo llamó “un escritor admirable” y anotaba que, a su muerte, “la crítica británica le ofrendó una distraída y frígida gloria que, como casi siempre sucede, excluía la lectura”. Afirmaba, por último, que en su agonía James dijo: “Ahora, por fin, esa cosa distinguida, la muerte”.

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