El escritor Witold Gombrowicz en Polonia, en 1969.

Witold Gombrowicz: el arte de no pertenecer

El dramaturgo y novelista polaco, incisivo y antinacionalista, ha sido comparado con autores como Kafka y Joyce. Aunque poco leído por el gran público, se trata, sin duda, de un clásico. Tanto sus novelas –como 'Los hechizados' o 'Ferdydurke'– como su 'Diario (1953-1969)' merecerían una mayor atención. Un homenaje.

2017/07/27

Por Germán Beloso* Buenos Aires

A Witold Gombrowicz la historia le hizo nacer en las márgenes del viejo continente. Nació en 1904 en Maloszyce, Polonia, esa porción de tierra que encierra los pueblos y culturas de Europa Oriental. Si uno lee su Diario (1953-1969), encuentra que esa marginalidad era para los intelectuales, artistas y escritores polacos de su tiempo una herencia negativa que los impulsaba a querer imitar la cultura de Europa Occidental y a su vez los desviaba de su propia esencia y de su propia voz.

A Gombrowicz, sin embargo, esa marginalidad no le incomodaba. Él más bien la asumía, y esto le permitió desentenderse de los cánones, de lo establecido, de las herencias y tradiciones de Occidente, para emprender su propio camino y su propia búsqueda. La marginalidad fue, entonces, su centro, su irreverencia, y una discusión recurrente que mantuvo con sus compatriotas, a quienes parecía no poder convencer de que dejaran de lado la reverencia que profesaban por el arte de Europa Occidental.

Esto no quiere decir que Gombrowicz reivindicara un arte popular, o que fuese enemigo del arte, o que dudara de su importancia. Él creía que el arte en ellos, en los polacos, ejercía una influencia distinta. “Nuestra actitud eslava frente a las cuestiones del arte es más relajada, estamos menos comprometidos con el arte que las naciones de Europa Occidental y nos podemos permitir una mayor libertad de movimientos”. Por eso Gombrowicz impulsaba a los polacos a dejar de querer ser lo que no son: “Tratad de organizar vuestra verdadera sensibilidad de manera que alcancen una existencia objetiva en el mundo, encontrad una teoría que esté acorde con vuestra práctica, cread una crítica del arte desde vuestro punto de vista y una imagen del mundo, del hombre, de la cultura, que esté acorde con vosotros…”.

Esta es una de las claves para entrar al pensamiento y la literatura de Gombrowicz, y parte de su originalidad parte de allí, de saber que para pensar libremente es necesario quitarse los antiguos ropajes.

Lo curioso es que Gombrowicz escribió su Diario en Argentina, desde donde envió entregas periódicas a París para que fuesen apareciendo en la revista polaca Kultura. Es decir, si Polonia es una suerte de límite desdibujado de Europa, podemos imaginar que a sus ojos Buenos Aires se le apareció como un bosquejo mojado. Es aquí, en la doble marginalidad que le confería Buenos Aires, donde Gombrowicz no solo escribió gran parte de su obra, sino donde, como él mismo dice en su Diario, encontró su propia voz.

También sus libros circularon por los límites. En Polonia, Gombrowicz estuvo prohibido por los nazis, luego por los comunistas. En su país tan solo llegó a publicar, en 1933, Memorias del período de la inmadurez, un libro de relatos. Luego, en 1937, publicó su novela Ferdydurke, que hizo que lo catalogaran como un escritor corrosivo.

A la Argentina llegó en 1939, en un viaje que preveía una estadía de apenas dos semanas. Pero en esos días estalló la Segunda Guerra Mundial y Gombrowicz no pudo regresar. Aquí, en Argentina, Gombrowicz también se alejó del estilo de vida noble de su familia. Aquí, permaneció 24 años, conoció la miseria y el hambre, y también fue empleado de un banco y periodista.

Sin embargo, si existiera el oficio de “demoledor”, le habría sentado bien e incluso lo habría definido. Frente a todo lo establecido, lo ya dado, lo impuesto e impostado, Gombrowicz demolió. Por supuesto que esta actitud también era una impostura, pero a diferencia de la arrogancia de ciertos críticos, intelectuales y demás, Gombrowicz dejó entrever la impostura, el juego. “Sé –lo he dicho en numerosas ocasiones– que cada artista tiene que ser pretencioso (pues pretende subirse a un pedestal), pero que, al mismo tiempo, ocultar esas pretensiones es un error de estilo, es la prueba de una errónea ‘solución interna’. Transparencia. Hay que poner las cartas boca arriba. Escribir no es otra cosa que una lucha llevada por el artista contra los demás por su propia celebridad”.

Esto se hizo visible en muchas anécdotas que de él se conocen, y en las que se le describe argumentando contra la opinión de su interlocutor, para luego, en otra ocasión, y frente a otra persona, esgrimir los argumentos contrarios a los que había defendido anteriormente, tan solo porque el nuevo interlocutor afirma lo que él mismo había defendido. En una entrevista que puede verse en YouTube Gombrowicz tira abajo, frente a sus entrevistadores franceses, no solo uno de los orgullos de Francia, la comida, sino también a varios de sus referentes literarios: Balzac, Proust, Zola, Montaigne, Flaubert, Rousseau. En esa entrevista dice preferir a Thomas Mann, a Dostoyevski. Uno puede imaginarse a Gombrowicz repitiendo esta misma estructura en una entrevista para la televisión alemana, pero invirtiendo sus gustos literarios. Y lo curioso es que después de ese acto de provocación, uno de los franceses de la entrevista le dice que en realidad parecería que siempre criticaba todo lo que provenía de París, y que eso era cuestionable. Gombrowicz responde que en cierto modo esa actitud es una táctica, porque si un extranjero comienza a alabar todo lo francés pierde justamente su condición de extranjería. Nuevamente aparece aquí la noción de marginalidad, de identidad cero, que le permite ser libre y no quedar atado a visiones de mundo ya establecidas. Y Gombrowicz desmantela el artefacto de su operación, muestra sus cartas.

En ello radica uno de los aspectos más interesantes de su pensamiento y de su literatura: no es posible encontrar la originalidad, la propia voz, el propio pensamiento, la propia visión del mundo, si no es a través de un ejercicio de desenmascaramiento. De lo contrario estamos condenados a la pantomima, al ridículo, a la repetición, a la exigencia de cumplir un papel social que no hemos elegido. La división entre la adolescencia y la adultez en sus obras señala justamente eso, la tensión entre la fuerza libre de la juventud que busca expresión y la forma, el molde, el encasillamiento del mundo adulto que intenta frenar y contener lo primero. Parte de ese desenmascaramiento es la demolición de grandes templos como el arte, la literatura, los intelectuales. Pero no se trata de desmontar esos conceptos en sí mismos, sino lo que los rodea.

En cuanto al arte, Gombrowicz escribe sin ambages. Explica con un lenguaje sencillo el arte como institución y la construcción del gusto artístico. Es decir, expresa con claridad lo que un sociólogo cultural dice con sofisticada teoría. Se pregunta por qué, si las obras “maestras” deben llenarnos de admiración, nuestro sentimiento frente a ellas resulta temeroso o dudoso de su excelencia; cómo es que respondemos con tanta inseguridad frente a lo que en realidad nos tendría que colmar de éxtasis y placer. “¿Por qué este original tiene un valor de diez millones y esta copia suya (aunque tan perfecta que despierta exactamente las mismas sensaciones artísticas) solo vale diez mil? ¿Por qué ante el original se agolpa una multitud devota y en cambio nadie admira la copia? Aquel cuadro despertaba unas emociones paradisíacas mientras fue considerado ‘una obra de Leonardo’, sin embargo hoy ya nadie le echa una mirada, puesto que el análisis del pigmento ha demostrado que se trata de la obra de un discípulo”. Él mismo responde: “No te das cuenta en absoluto de lo que pasa dentro de ti cuando contemplas unos cuadros. Crees que te acercas al arte voluntariamente, atraído por su belleza, que esta relación se desarrolla en una atmósfera de libertad y que en ti nace el placer espontáneamente surgido de la divina varita mágica de la Belleza. Lo que ocurre en realidad es que una mano te ha cogido por el pescuezo, te ha conducido ante el cuadro y te ha puesto de rodillas, y que una voluntad más poderosa que la tuya te ha mandado esforzarte para que experimentes unos sentimientos apropiados”.

También los discursos intelectuales son una máscara: “Cada vez me importan menos las ideas, mientras que pongo todo el énfasis en la postura que adopta el hombre ante la idea. La idea es y será siempre un biombo detrás del cual ocurren otras cosas más importantes. La idea es un pretexto. La idea es un instrumento. El pensamiento, que abstraído de la realidad humana es algo majestuoso y magnífico, diluido en la masa de unos seres apasionados e incompletos, no es más que un griterío. Estoy harto de discusiones estúpidas. Ese baile de argumentaciones. Esa arrogante sabihondez de los intelectuales. Esas fórmulas vacías de la filosofía”.

Gombrowicz dejó la Argentina en 1963. Evitó el avión y volvió en barco, dicen, porque quería asimilar durante el viaje la idea del retorno a Europa. Murió en Francia, en 1969. No sabemos si su obra literaria hubiese resistido a su propia crítica. Pero queda su Diario y una advertencia aún vigente: que el hombre “no se deje atontar por sus propias sabidurías, que su concepción del mundo no le prive de sentido común natural, que su doctrina no le despoje de humanidad, que su sistema no le confiera rigidez y lo convierta en una máquina, que su filosofía no lo vuelva obtuso. Vivo en un mundo que todavía se nutre de sistemas, de ideas, doctrinas, pero los síntomas de indigestión son cada vez más evidentes, el paciente ya tiene hipo”.

*Licenciado en Letras de la Universidad Nacional de La Plata.

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