Fotos: cortesía Gerardo Gómez, Batuta y Craig T. Mathew/De izquierda a derecha, de arriba a abajo: el director Andrés Orozco, la contrabajista Ángela Contreras, la flautista Carolina Hernandez y el director Juan Felipe Molano

El mundo es ancho y la música también

Una cantidad considerable de músicos colombianos brilla hoy en el exterior como directores, intérpretes o compositores de música en orquestas de primer nivel y en diversas geografías. Todos comparten algo: pasaron por las orquestas de Batuta y la música, literalmente, les abrió el mundo. ¿Quiénes son?

2016/06/28

Por Juan Carlos Garay

Hay dos magníficas noticias recientes que tienen que ver con Colombia en el campo de la música clásica. La primera es el triunfo continuo del director de orquesta Andrés Orozco Estrada, quien empezó a actuar como director invitado de la Orquesta Filarmónica de Londres. Hace unos años, a raíz de un par de reemplazos que hizo frente a la Filarmónica de Viena, la prensa europea se refirió a él como “el suplente de oro”. Y ahora, para sumar a esa buena racha, será el primer colombiano en dirigir la legendaria Filarmónica de Berlín, en una serie de conciertos especiales durante la temporada 2016-2017.

La segunda noticia involucra al joven compositor Juan Pablo Carreño, cuyo talento ya había sorprendido cuando musicalizó la película muda Garras de oro para una serie de proyecciones especiales en 2015. Finalizado ese proyecto, la Ópera de Marsella le comisionó una obra para ser estrenada en su escenario. Una vez presentada en Francia, la veremos en el Teatro Colón de Bogotá como parte de su programación de 2017. Si revisamos la lista de otros compositores que hayan recibido esa comisión (creada en 1663), encontraremos nombres como Berlioz, Gounod y Bizet.

Lo que tienen en común estos dos músicos colombianos es que, en su infancia, pasaron por los programas musicales de la Fundación Nacional Batuta. Son exalumnos destacados y ejemplo para una nueva generación que sigue llegando a los 132 centros distribuidos en todo el país.

Carreño fue de la primera promoción, para ser precisos: comenzó, con 6 años, tocando el violín en la sede de Bucaramanga. Desde París, donde reside actualmente, reflexionó sobre el significado de ese paso por una orquesta infantil. ¿Qué enseñanza de vida le dejó? “Tanto una cierta necesidad de vivir en una comunidad artística y en un contexto propicio a la práctica musical, por ejemplo, como la certeza de que es posible construir nuevos espacios destinados a las artes en Colombia”, afirma. 

Por su parte, Andrés Orozco parece tener el don de la ubicuidad. Sabemos que reside en Houston, pero a cada momento viaja a Fráncfort y se encarga de llevar solistas que, además de presentarse en los conciertos de temporada de la Alte Oper, cumplen con una labor didáctica instruyendo a estudiantes avanzados en diferentes instrumentos. Parece como si esa combinación de interpretación musical y educación, que es el recurso constante de Batuta, siguiera con él.

Una de las beneficiadas con este proyecto es Carolina Hernández, una joven flautista que llegó hace cuatro años a Fráncfort. Hizo su maestría en flauta solista y ha logrado construir su vida alrededor de la música tocando en conjuntos de cámara. La historia de Carolina con la música comienza cuando ingresó a la sede de Batuta en su natal Pamplona. Tenía 6 años. Según recuerda, siempre quiso tocar la flauta traversa, pero como sus manos eran todavía muy pequeñitas, empezó con flauta dulce y algo de percusión.

“Nos atrapó rápido la música a todos”, reflexiona Carolina. De esa generación, prácticamente todos seguimos estudiando música. Era muy bonito, y recuerdo que íbamos, más que todo, a jugar con los instrumentos”. Hoy, a un nivel profesional que la familiariza con integrantes de orquestas de primera línea que visitan su ciudad (como la Gewandhaus de Leipzig o la Filarmónica de Berlín), ella sigue sintiendo una gratitud enorme por lo que fue su enseñanza básica. “¿Qué he aplicado de lo que aprendí en esa época? Todo. Acá también vivo de la enseñanza, tengo mis alumnos, y la forma como aprendí en Batuta es la que enseño. Agradezco que eso haya estado en mi camino”.

Desde luego, no todos los que pasan por las orquestas de Batuta terminan siendo músicos profesionales. La idea ha sido, más bien, la de una educación en lo social y lo humano a través de la música. Pero, tras 25 años de crecimiento, hay que decir que no es despreciable el número de jóvenes que pasaron por aquellas filas y que hoy ejercen la música en el exterior. Una base de datos de la Fundación Batuta tiene identificados exalumnos en Estados Unidos, México, España, Francia, Alemania, Rusia…

La mirada de la música antigua

El campo de la música barroca es bastante especializado. Los instrumentos que suelen tocar son reliquias (o bien, reproducciones fieles) y la afinación es ligeramente distinta: la nota no corresponde a los 440 herzios establecidos en el último siglo, sino a 415, de acuerdo con investigaciones históricas. Todo es riguroso para que el viaje sonoro al pasado sea tan bien ambientado como la mejor película de época. En ese campo, una de las ediciones discográficas mejor comentadas últimamente ha sido la grabación de Las cuatro estaciones, de Vivaldi, por la Orquesta Barroca de Barcelona. Lo que pocos saben es que en sus filas hay un músico colombiano.

Jairo Londoño nació en Manizales pero lleva diez años viviendo en Barcelona; como resultado, su acento es una mezcla muy musical de paisa y español. En Batuta conoció el instrumento que definiría su vida: la viola. Cuando se le pregunta sobre su experiencia con la orquesta, el recuerdo más temprano que tiene es el de ensayar una obra llamada Tango Trocadero, de Merle Isaac. Lo llamativo que tiene esta composición, que de paso la hace muy idónea para la enseñanza en orquestas infantiles, es que todo el tiempo se toca pulsando las cuerdas, no utilizando el arco.

Años después ya participaba en interpretaciones de las sinfonías de Beethoven y luego en óperas de Donizetti, lo que le brindó la experiencia de acompañar cantantes y de fundirse un poco más con lo escénico. Pero al llegar a España conoció ese universo paralelo de la música antigua, con sus instrumentos de época y sus interpretaciones históricamente informadas. Su llegada a la Orquesta Barroca de Barcelona le ha permitido profundizar en la obra de compositores como Vivaldi y además viajar, porque la promoción del CD está a punto de llevarlos a París.

Entrevistado por la revista Classique News sobre el espíritu de esta agrupación barroca, su director Gilles Colliard habló de “juventud y entusiasmo”. Resulta llamativo notar que son los mismos parámetros que Londoño asigna a las orquestas de Batuta. Dice el violista: “Batuta fue un proceso formativo muy interesante porque me dio muchas pautas para desarrollarme como músico y conocer el ambiente de orquesta. Lo más importante fue el entusiasmo, la experiencia social, aprender a tocar en conjunto”.

¿Aplica entonces lo aprendido en su labor musical diaria? Londoño habla, además de un aprendizaje musical, de un instinto pedagógico que se despierta en estas orquestas: “El proceso de Batuta me acostumbró a dar clases, porque ellos tienen un sistema piramidal: el que va evolucionando le enseña al que está un poco más atrás. Y aquí he continuado con esa dinámica, dando clases de viola en diferentes sitios”.

La pasión por la educación

De esa manera tan orgánica, la experiencia de la música se ha dispersado entre jóvenes de todas las regiones de Colombia a lo largo de estos 25 años de historia de Batuta. En el ámbito internacional, quizá la persona que más ha llamado la atención sobre estos procesos positivos sea Eric Booth, director del programa de mentores de la escuela de música Julliard, en Nueva York. Booth es el autor de The Music Teaching Artist’s Bible, un libro de referencia para la pedagogía musical. Allí dedica varias páginas a analizar el caso de Batuta, que él considera “el segundo programa nacional de música más grande del mundo”, después del Sistema de Orquestas de Venezuela. “Su trabajo va más allá de lo que podemos imaginar en el contexto musical de Estados Unidos –escribe–. Los profesores tienen, necesariamente, una energía positiva e incansable para mejorar las capacidades de sus alumnos. Esta, a su vez, se transmite a las familias y las comunidades. Y se expande la idea de que su vida y su ejemplo son la más poderosa herramienta de enseñanza”.

Otro de los egresados sobresalientes de la primera generación de Batuta es Juan Felipe Molano. Su recorrido fue completo: comenzó tocando el clarinete en la orquesta de su natal Medellín. Siendo un alumno adelantado, un día la profesora le pidió que dirigiera unos ensayos de grupos pequeños (la orquesta suele dividirse en secciones de instrumentos para reforzar la parte técnica). “Descubrí la pasión por la educación”, cuenta Molano. Luego, cuando cumplió los 18 años, la Fundación Nacional Batuta lo contrató como profesor y director de una de las orquestas del departamento de Antioquia. Allí impulsó la necesidad de progresar, de tocar obras más difíciles y de buscar escenarios más importantes. Sin duda, esa huella que dejó hizo que más adelante, en 2008, lo nombraran director nacional de Orquestas. Molano no lo pensó dos veces: regresó de México, donde estaba viviendo, y asumió el cargo durante cinco años muy productivos. Hubo giras por todo el país.

Hoy, Juan Felipe Molano vive en Los Ángeles, donde dirige un ensamble bastante similar: la Youth Orchestra Los Angeles (yola), orquesta juvenil asociada a la Filarmónica de esa ciudad. Al preguntar por lo que tienen en común estas orquestas, menciona el entusiasmo como el auténtico motor para hacer música: “Los jóvenes en todo el mundo tienen la misma curiosidad y las ganas de trabajar con lo que pongan en sus manos, sea arte, deportes o ciencias. Y en el caso del arte hay muchas retribuciones: no es que hagas algo y te ganas una buena nota, es que te emocionas. Hay muchas sensaciones que hacen que los muchachos de todo el mundo se motiven a hacer música”.

Lo suyo, de hecho, ha sido siempre trabajar con niños y jóvenes, y en eso fue determinante su paso por Batuta desde la primera lección de música. “Tengo la ventaja de ser formado como director de orquesta profesional —explica—. Sin embargo, lo que me brindó Batuta fue la posibilidad de aprender a dirigir una orquesta juvenil en la que todo se enseña desde el podio. En Batuta no hay una clase de teoría, una clase de clarinete, una clase de orquesta, sino que durante la misma sesión, desde el diseño de orquesta, tenemos que enseñar todas las áreas de la música. Entonces para mí es una fortuna porque puedo desplazar y aprovechar las ventajas de los dos mundos”.

En el campo de la pedagogía aplicada a las artes existe un concepto relativamente reciente: el del “teaching artist”. Un profesor que interpreta o un intérprete que enseña. Esa combinación de palabras, artista y maestro, termina creando algo que se considera una nueva profesión. La idea es que no haya una diferencia entre el aprendizaje y el trabajo musical, sino que sean una misma fuerza. Lo vimos por ejemplo en Masterclass, esa serie de televisión de 2005 en que Daniel Barenboim invitaba a varios pianistas jóvenes, tocaban alguna sonata y la iban discutiendo sobre la marcha. La serie nos condujo a muchos al mejor entendimiento de la música clásica, pero lastimosamente no hubo segunda temporada. Sin embargo, esta metodología parece abrirse camino en nuevas escuelas de música. No es exagerado pensar que la Fundación Nacional Batuta está entre las pioneras.

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