Retrato de Beethoven, 1818. de August Klober. En sus manos sostiene la partitura de la 'Misa solemne en re mayor', op. 123. Universal History Archive / Getty Images.

La forma del drama: Beethoven y el estilo clásico

La XII edición del Cartagena Festival Internacional de Música empieza el 5 de enero. Su eje central será el estilo clásico. Sus protagonistas: Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven, quien elevó el estilo clásico hasta proporciones impensables y abrió las puertas del romanticismo.

2017/12/12

Por Alexander Klein* Bogotá

En el año de 1799, los vieneses fueron testigos de una obra de piano novedosa que se volvió la moda entre todos aquellos que cultivaban la música, desde oyentes y aficionados hasta jóvenes pianistas. Los melómanos corrieron no a una tienda de discos ni a un computador, sino a las casas editoriales de la época, que publicaban partituras, y a los salones domésticos de quienes tenían un piano para poder escuchar esta música fresca, arriesgada e innovadora.

La obra en cuestión llevaba un título para entonces inusual: compuesta por un joven de 29 años, llamado Ludwig van Beethoven, nativo de la ciudad de Bonn, la obra se titulaba Grande sonate pathétique (Gran sonata patética) y estaba dividida en tres partes altamente expresivas que parecían describir, sin necesidad del uso de palabras, un drama amoroso o una tragedia shakesperiana. Era música, en efecto, que rebosaba un sinnúmero de emociones contrastantes pero que también estaba organizada bajo una clara estructura similar a una narración bien diseñada, lo cual le había permitido lograr lo que muchas obras musicales habían buscado pero nunca habían encontrado hasta entonces: un balance perfecto entre el sentimiento y el orden, entre la emoción y la ciencia.

El gran éxito de esta obra trajo consigo varios acontecimientos. Por un lado, convirtió a ese joven llamado Beethoven en un compositor que pronto fue declarado por muchos como el sucesor de Mozart y Haydn. Por el otro, cimentó un estilo de composición musical que a mediados del siglo XIX recibió el calificativo de estilo clásico, dos palabras que todavía hoy resumen para muchos la mayor parte de la música compuesta en Europa en los últimos trescientos o cuatrocientos años de historia.

El poder de este calificativo no puede subestimarse. Aun cuando compositores como Bach, Schubert o Brahms no son propiamente músicos “clásicos”, el término de “música clásica” se utiliza popularmente para definir su arte y es sensato suponer que continuará utilizándose por mucho tiempo más. Este fenómeno, verdaderamente extraordinario si se le compara con los demás géneros musicales del mundo, nos obliga entonces a preguntarnos qué es lo que significa realmente “estilo clásico”, y por qué todavía hoy se utiliza para definir a músicos barrocos como Bach, a músicos románticos como Brahms e incluso a músicos contemporáneos que hoy escriben para orquesta sinfónica.

La respuesta, o gran parte de ella, puede explicarse a través de Beethoven. Luego del éxito de su Sonata patética, el compositor presentó al público, apenas tres años después (1802), otra sonata para piano cuya música altamente evocadora llevó a un crítico a apodarla como la sonata Claro de luna, apodo enteramente imaginario que Beethoven nunca conoció y que hoy, sin embargo, todavía acompaña su obra alrededor del mundo. De manera similar a la Sonata patética, la sonata Claro de luna se convirtió en un éxito inmediato por su dramático tono lúgubre y melancólico, tono personal que no obstante también estaba enmarcado en una sólida estructura narrativa que le daba una fluidez impecable.

Si bien muchos de los oyentes de la época se preguntaban por qué este tal Beethoven tenía la tendencia de escribir música de carácter trágico y oscuro, sus amigos cercanos sabían muy bien por qué: el compositor, por confesión propia, estaba volviéndose sordo, y su más reciente sonata estaba dedicada a la condesa Giulietta Guicciardi, uno de sus tantos amores no correspondidos. ¿Qué más lógico que expresar todo este mundo de emociones a través de esa música resignada pero ordenada que llevó al compositor Héctor Berlioz a describirla como “uno de esos poemas que el lenguaje humano no puede definir”? La música, recordemos, es un reflejo de quien la escribe, y entre más genial sea su creador, más detallado y complejo será ese reflejo.

Pero a la sonata Claro de luna, como puede inferirse, le siguieron muchas más, entre ellas la Sonata n.º 23, cuyo carácter agresivo, perturbado y, de nuevo, melancólico, también le granjeó otro apodo, esta vez el de Appassionata (apasionada), también ideado por un crítico después de la muerte de Beethoven. En esta ocasión, las sonoridades perturbadoras y arriesgadas, junto con el uso de casi todo el registro del piano, venían de un hombre que acababa de sobrevivir a pensamientos suicidas y que estaba aceptando el triste destino que le deparaba su irreversible sordera. Como sus anteriores sonatas, la Appassionata se asemejaba, en su estructura, a una narrativa trágica, cosa que llevó al propio Beethoven a decirles a sus amigos que para entenderla debían leer La tempestad, de Shakespeare.

Pasarían exactamente veinte años después de la publicación de esa sonata para que este personaje irascible pero de una sensibilidad extraordinaria muriera, dejando para la posteridad nueve sinfonías, siete conciertos, dos misas, una ópera y treinta y dos sonatas para piano. Junto a este cuerpo de trabajo, Beethoven también nos dejó más de cien cuadernos que él utilizaba para conversar con todos sus seres queridos –debido a su sordera–, quienes en realidad se reducían a un estrecho grupo de amigos y a unos cuantos miembros de la nobleza que aportaban dinero para su manutención. No obstante este estrecho círculo afectivo, al funeral de Beethoven acudieron cerca de 20.000 personas, y su legado como artista fue tan grande que pocos compositores después de él se atrevieron a incursionar en los mismos géneros musicales que él había cultivado.

Analizar la vida y obra de Beethoven ha tomado más de dos decenas de historiadores y más de 10.000 páginas, y todavía queda mucho por decir acerca de su legado. Pero eso es precisamente lo que mantiene a su música tan viva y relevante hoy, casi doscientos años después de su muerte. A través de Beethoven encontramos resumida a la humanidad en su más alta expresión; una humanidad que desde sus primeros pasos por esta tierra ha buscado medios para comunicar sus sentimientos y sus ideas, y plasmarlo todo para las futuras generaciones; una humanidad, en suma, que ha encontrado su máxima expresión a través del arte.

Es por esta razón que el término “estilo clásico”, ideado hacia 1836 para describir el estilo musical de Haydn, Mozart y Beethoven, todavía hoy se utiliza para denominar aquella música que se escribe siguiendo los parámetros establecidos por el sistema de notación europeo y por sus rasgos estéticos básicos. Porque aun cuando su uso para referirse a música escrita después de 1830 es técnicamente erróneo, el legado de ese triunvirato de compositores ha sido tan poderoso que ningún compositor occidental después de ellos ha podido ignorar su peso en la historia de la música.

Como muchos términos utilizados para definir una corriente estética, el término “clásico” surgió cuando el estilo y sus exponentes habían fallecido. Pero el término precisamente surgió casi como una necesidad, para describir esa música que se caracterizaba por conciliar la sorpresa dramática con la perfección de la forma; es decir, para darle coherencia y elegancia narrativa al raudal de emociones humanas de su creador. Y quizás ningún género resumió estas características de manera tan clara como el género de la sonata, aquella música instrumental perfeccionada por Beethoven, quien, gracias a su inspiración y técnica, describe una sucesión de ideas y emociones y lo narra todo de manera fluida, sin la ayuda de la palabra.

Es por esto que el pianista y escritor Charles Rosen alguna vez dijo que el estilo clásico no nació como el logro de un ideal estético, sino como una reconciliación de varios ideales conflictivos. En el barroco, por ejemplo, había música de gran expresión dramática, pero los sentimientos humanos descritos se aislaban unos de otros, a la manera de momentos fragmentados y demasiado disímiles para constituir un discurso narrativo fluido. Por este y otros motivos, compositores como Haydn y Mozart empezaron a desarrollar el género de la “sonata”, palabra originalmente utilizada para definir aquella música que no se cantaba y que se tocaba únicamente en instrumentos. Ante el gran reto que les presentaba la necesidad de contar una historia o describir una sucesión de emociones sin la ayuda de la palabra, tanto Haydn como Mozart idearon una estructura que consistía en presentar melodías y pasarlas por una serie de sonoridades distintas para crear en el oyente la sensación de continuidad dramática, necesariamente enmarcada en la sensación de relajación-tensión-relajación.

Al amaestrar esta estructura, Haydn y Mozart se convirtieron en los primeros grandes exponentes de ese nuevo estilo que luego fue apodado como “clásico” y que Beethoven después elevó hasta proporciones que ningún compositor antes de él había logrado. Como todo movimiento estético, sin embargo, el clasicismo fue una labor conjunta y todo lo que hizo Beethoven lo logró gracias a las bases sólidas de sus dos antecesores, como el estudiante que equipara y en ocasiones supera a sus maestros.

A simple vista, esta detallada descripción del estilo clásico parecerá reservada únicamente a estudiantes y profesionales de la música. Pero si vamos más allá, descubriremos que toda la música actual, desde los géneros populares hasta los académicos, le deben mucho a Beethoven y al estilo clásico, porque esa capacidad, aparentemente innata, que tienen los músicos de contar historias a través de los sonidos, no es más que el resultado de un estudio, consciente e inconsciente, de aquellos pioneros que inventaron esas estructuras narrativas para que nosotros hoy las utilicemos a nuestro gusto. Aún así, y como diría de sí mismo: hoy hay, y en el futuro habrá, muchos imitadores. Pero en la historia siempre existirá un solo Beethoven.

*Profesor de cátedra de la Universidad de los Andes.

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