José González nació en Gotemburgo, Suecia, en 1978. Foto: Malin Johansson.

José González, el cantautor nacido del encuentro de diferentes geografías

José González, el cantautor sueco de padres argentinos, está de gira presentando su tercer disco, Vestiges & Claws. La obra, depurada y nostálgica –como todo lo de él–, se acerca más a la música mendocina que marcó su infancia. En Colombia: 4 de mayo en el Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo

2016/04/17

Por Laura Martínez Duque* Bogotá

José González esquiva las palabras. En sueco, español o inglés se las ingenia para responder a cualquier pregunta de la forma más escueta posible. Al escribir sus canciones, sin embargo, le fluyen todo tipo de figuras literarias y metáforas, encuentra colores y texturas para traducir la afección en imágenes y, aún así, dice que es la parte que más le cuesta, que puede tomarle años y reniega de su lentitud. Con los años ha aprendido a oír cada vez menos esa voz interna que lo aturde y le dice que podría haberlo hecho mejor.

A la hora de componer, González primero encuentra la melodía. La música de la guitarra trae las palabras, “es como un hilo rojo que logra la variación en la repetición. Mis canciones pueden sonar muy parecidas, solo la letra permite otras lecturas y abre nuevos sentidos para quien escucha. Tengo canciones muy sencillas y otras con palabras que no se usan mucho, creo que esas disparan las mejores imágenes, aunque puedan parecer pretenciosas y poéticamente impostadas…”. González se refiere a canciones como With the ink of a ghost, de su más reciente álbum, Vestiges & Claws, un verdadero desafío de traducción.

Llama la atención que un hombre tan reservado haya aceptado hacer un documental sobre su vida. The extraordinary ordinary life of José González surgió del azar en 2010. De un lado estaba el estudio de grabación de González y del otro, la productora de Mikel Cee Karlsson y Fredrik Egerstrand, dos realizadores suecos que de tanto escuchar la música vecina empezaron a imaginar escenas. “Si no es ahora, no será nunca”, pensó González, y aceptó.

El documental muestra al músico enfrentando las entrevistas que tanto le cuestan, los ires y venires de sus giras por el mundo y la soledad del proceso creativo. Al mismo tiempo revela otros lados de su personalidad. González puede hablar con entusiasmo durante horas sobre cromosomas, fotones y el funcionamiento del cerebro humano, pero cuando un periodista le pregunta por las temáticas de sus canciones, contesta en dos líneas. “Son palabras y metáforas que describen sensaciones humanas”, me dice.

La montaña, el origen

La provincia de Mendoza limita con la cordillera de los Andes y el cerro del Aconcagua se alza a lo lejos. Los vientos son una constante y el sonido que baja de la montaña helada es el influjo de la música de la zona. José Gabriel González nació apenas dos años después de que sus padres dejaran esa región huyendo de la dictadura argentina y se refugiaran en Suecia, en julio de 1978.

Su padre, Valentín, le enseñó el folclore argentino y la música que marcó su infancia. Sus primeros recuerdos son a su lado, tocando la guitarra y cantando canciones de Mercedes Sosa y Los Chalchaleros. Markama, su principal influencia, también viene de allí, un ensamble que trabaja con arreglos instrumentales de guitarra y flauta de sonidos melancólicos y andinos, que delatan al hombre que vive determinado por el paisaje.

“Me pregunto cuánto nos afecta la música que escuchamos al crecer. Hay aspectos de la música que parecen ser universales, como cuando tocas un acorde mayor en el piano y suena feliz, mientras que un acorde menor siempre suena melancólico, triste. Es extraño cómo esa pequeña diferencia puede impactar tanto y cambiarlo todo…”, reflexiona González en el documental.

En la adolescencia aparecieron nuevas influencias: Nick Drake, Simon and Garfunkel o The Beatles, pero ese quejido de quien parece instalado en la melancolía, el tono que distingue a González, viene de la música que heredó de su padre. Durante esos años, cuando cursaba la secundaria, comenzó a grabar las canciones que componía en discos de vinilo y casetes. Uno de esos vinilos llegó a oídos de Joakim Gävert, miembro fundador del sello Imperial Records. “Era un 7’’ con dos canciones, Deadweight on velveteen y Hints. Al escucharlo nos enamoramos de su música y lo contactamos. Cinco meses después firmamos un contrato y esas canciones formaron parte del primer álbum”, cuenta Magnus Bohman, socio de Joakim en el sello que hasta el día de hoy, 13 años después, sigue representando al músico.

González estudiaba Química cuando en junio de 2003 salió Crosses, el primer sencillo de Veneer. “Yo pensaba que en Suecia no iba a funcionar una música tan low fi –confiesa–, pero comenzó a sonar en radio y televisión hasta que de repente la gente me reconocía en la calle, comencé la gira y no he parado hasta hoy”.

Su éxito cobró dimensiones internacionales cuando en 2005 Sony lanzó un comercial protagonizado por 250.000 pelotas de goma rebotando por las calles de San Francisco y la voz de González interpretando un cover de Heartbeats. La canción, tomada del dúo sueco The Knife, ha sido reproducida más de 115 millones de veces en todo el mundo y el comercial que la popularizó fue galardonado en la sección que premia lo mejor de la publicidad en el Festival de Cine de Cannes. Después de ese hit, González empezó con sus giras internacionales y hoy lleva más de 1.000 conciertos en todos los continentes. Armado solo con su voz y una guitarra española, ha vendido 1,25 millones de discos.

“He tenido la fortuna de verlo tres veces, incluida su presentación en el Teatro Colón de Bogotá en 2008. Pero recuerdo con cariño la última vez en Budapest en el Festival Sziget de 2014 –recuerda Álvaro “el Profe” González, director de Radiónica–, estábamos aprisionados bajo una carpa, con 39° de temperatura, el lugar era un infierno. En ese ambiente, José González logró crear un efecto íntimo, de celebración de la vida a partir de lo sencillo, fue una gran experiencia. Es un artista perfecto para el presente siglo, nació del encuentro de diferentes geografías, con miles de influencias, Europa y América en el corazón y en la mente de un creador sonoro. Su música contiene melancolía, nostalgia, es una especie de viaje por una carretera solitaria”.

Vestiges & Claws (2015), su tercer álbum, se hizo esperar ocho años. En el medio, José González se dedicó a Junip, la banda que lidera y en la que incorpora otros instrumentos y géneros. Agustina Checa, periodista de Indie Hoy, un medio online especializado en cultura indie de Argentina, analiza la línea musical marcada por los tres discos: “Veneer, como todo disco debut, encuentra a José González mostrando con humildad lo que tiene para ofrecer creativamente. In Our Nature muestra a un José González que ya encontró su impronta y la asentó, en ese disco empuja sus límites. Las letras son más complejas, más críticas y reflexivas. El paréntesis de Junip es un momento de experimentación necesario. Su música se beneficia de su rol como miembro de una banda y su propuesta se rejuvenece. Vestiges & Claws retrata la madurez en la que devino un proceso de muchos años… Es un disco al que hay que acercarse con paciencia y entregarse en más de una escucha. Por momentos puede volverse lineal o monótono, pero encuentra picos de exaltación fácilmente equiparables a etapas previas de su trayectoria”.

Vissel, el octavo tema de Vestiges & Claws, el disco que lo trae de gira por Colombia, es uno de sus mayores orgullos. Es una invocación de la melancolía que dura casi cuatro minutos. No hay letra, solo se escuchan silbidos. El título significa “el viento o una cosa que agita el aire” en sueco. La canción, sin duda, es la que más se acerca a esa música que marcó su infancia. Pues aunque González prefiere no hablar de sus canciones, y describe lo que hace de forma desafectada e incrédula, para rastrear su punto de partida es necesario volver y recordar las palabras de su medio compatriota Atahualpa Yupanqui: “El hombre canta lo que la tierra le dicta. El cantor no elabora. Traduce.” José González nació en Suecia pero sus padres le transmitieron una tierra, le mostraron otros vientos y el canto de una montaña.

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