David Gilmour, en el Madison Square Garden, dos días después de su concierto en el Radio City Music Hall de Nueva York, el pasado 12 de abril.

Dios, haciendo su trabajo

El pasado 6 de marzo, el guitarrista de Pink Floyd cumplió 70 años. Uno de sus admiradores más conspicuos decidió viajar a Nueva York para verlo, por primera vez, en vivo. La experiencia en esta crónica alucinada sin alucinógenos.

2016/05/24

Por Sandro Romero Rey* Nueva York

Hay música para oír y música para levitar. Algunos lo hacen con Bach y no aceptan discusiones. En Inglaterra, los puristas se ponen de pie y la mano en el pecho cuando suena el Aleluya de Händel. En Bayreuth, los wagnerianos no mueven ni una pestaña. Todos tienen razón: los que levitan con Juan Gabriel, los que lloran con Alejo Durán, los que entran en trance en Joujouka, los que se convierten en ángeles gracias a percusiones o lamentos, los que aman a Philip Glass, a Jimmy Scott, el góspel, las misas ortodoxas rusas, las ceremonias del Kathakali. Sí. Hay de todo y mucho más. Pero, si me preguntan a mí con qué me disparo hasta infinitos improbables, no dudo un instante en reconocer que lo he hecho a lo largo de mi vida con Pink Floyd.

Y lo hago en silencio, sin compañía, sin esperar opiniones, en la soledad de mi cuarto, con la luz apagada, sin drogas, sin alcohol, sin psicotrópicos indígenas, sin voluntarias para los primeros auxilios. Desde el día en el que descubrí esos sonidos de otra galaxia, instalado en la sala de mi casa caleña, entendí sin problemas el misterio de la eternidad. Los oí cuando no sabía qué diablos era Pink Floyd (tardaría mucho en entender que era un juego de apellidos del blues y no el nombre en clave de una droga rosa, como aseguraban los hippies de la avenida Sexta) y los mantuve en el archivo de mis mejores secretos hasta una noche de epifanía, en la que llegué como un loco, a las tres de la mañana, al apartamento de mi primo bugueño Eugenio Renjifo, con un ejemplar del álbum Wish You Were Here. Lo desperté temblando y le exigí que pusiera el disco a todo volumen. Finalizaba la década del setenta y el mundo ya se estaba acabando. Pero redescubrir a Pink Floyd, luego de atesorar, qué se yo, Dark Side of The Moon, Atom Heart Mother o Meddle, era demasiado. Mi primo Eugenio enloqueció y no quiso ser más bugueño. Yo me dediqué a mirar las estrellas y a leer sobre el asunto, en la poca literatura que existía en español al respecto. Poco a poco, fui poniéndole rostros al misterio: aunque el líder de todo este asunto se llamaba Roger Waters (como me lo confirmaría, años después, nuestro amigo, el director de cine Barbet Schroeder, quien hizo dos películas con banda sonora original de Pink Floyd: More y La Vallée), aunque los teclados exquisitos fuesen del delicado Richard Wright o los tempos secretos los asegurase el baterista Nick Mason, el genio absoluto de esta máquina de la perfección se llamaría, se llama, David Gilmour.

Es bien sabido que Pink Floyd nació gracias a un grupo de estudiantes de las escuelas de arte del Londres de los sesenta (no entiendo por qué la historia del rock no las ha reivindicado, tanto o más que a los bluesmen de Chicago) y, en particular, al entusiasmo de un hermoso guitarrista de mirada perdida llamado Syd Barrett. Barrett era más que amigo de David Gilmour pero las drogas comenzaron a tomarle ventaja, al mismo tiempo que Pink Floyd se convertía en una experiencia exitosa del underground británico. Cuando Barrett no podía más con él mismo, Gilmour iba, en su discreta belleza, y lo remplazaba con sus seis cuerdas. En aquel tiempo, Barrett, Waters, Mason y Wright eran Pink Floyd. Un grupo que componía experimentos sonoros, los cuales se presentaban acompañados de efectos de luces y paredes pintarrajeadas para ser vistas con ácido y luz negra. Pero en uno de sus viajes sin pasaje, Syd Barrett se quedó nadando en el aire para siempre. Sus amigos trataron de salvarlo e hicieron grabaciones con él en solitario, atesoradas en compilaciones como Crazy Diamond: The Complete Syd Barrett. Pero su figura se fue deshaciendo, mientras su cuerpo engordaba en la casa de sus padres en Cambridge. Nunca volvió a saberse de él, hasta su muerte, en 2006. Tan sólo, en una entrevista, poco tiempo antes de su desaparición, afirmó no acordarse de qué era Pink Floyd.

Después de los dos álbumes del “período Barrett”, Gilmour asumió su rol oficial de guitarrista líder del grupo. Lo hizo en las citadas bandas sonoras de las películas de Schroeder y, de manera más vehemente, en el álbum doble Ummagumma. A partir de 1973, Pink Floyd se convertiría en una de las bandas más importantes de la música del siglo xx. Y consolidaría su genialidad con homenajes a Syd Barrett (el citado Wish You Were Here), el prodigioso Animals y la cima de la popularidad y de la sofisticación con The Wall. A partir de este momento, comenzarían las batallas internas, de las cuales sus seguidores solo intuíamos por los discos en solitario de cada uno de sus miembros o, finalmente, por las batallas legales que convirtieron a The Final Cut, A Momentary Laps of Reason y The Division Bell en incómodos triunfos de los egos de sus miembros, cuando Roger Waters perdiese los derechos para utilizar su rosado nombre y Gilmour, Wright y Mason se quedasen con la historia. Pero el tiempo y la muerte todo lo calman. Las heridas parecieron cerrarse en julio de 2005, cuando los cuatro miembros oficiales de Pink Floyd se unieron para el multitudinario Live 8 en el Hyde Park londinense. Por último, el cáncer de Richard Wright, su desaparición y la publicación del álbum cuasiinstrumental, The Endless River, introdujo a la banda en los territorios de la leyenda. Pero sus miembros, a título personal, no se han quedado quietos. Allí siguen, virtuosos y tercos como el primer día. Pero no hemos venido a hablar de una banda, sino de un monumento individual que, con sus guitarras y sus canas de profeta invencible, se sigue llamando David Gilmour.

Me temo que, al contrario de lo sucedido con Roger Waters, la carrera en solitario del alma de Comfortably Numb no ha decaído un instante. Obsesionado por no quedarse interpretando los viejos éxitos del pasado, Gilmour ha publicado discos de estudio magistrales (David Gilmour, de 1978; About Face, de 1984; On An Island, de 2006; Rattle That Lock, de 2015). Y ha seguido dándole vida a un sonido que no se parece a nadie, ha consolidado su santidad y sus oficios sublimes como pocos intérpretes en la tramposa historia de las grabaciones del presente. A no dudarlo, ha demostrado ser un animal de la música y en todos sus conciertos, su figura ceremonial, su discreción, su entrega, su eficacia técnica, su místico misterio no nos permite otro gesto que cerrar los ojos y botar las lágrimas del agradecimiento. Debo aclarar que escribo desde Colombia. Y hasta Colombia ha llegado su leyenda. A finales de la década del ochenta, el bajista Chucho Merchán, radicado en Londres desde la dorada década del setenta, lo convenció de viajar a la ciudad de Cali (¡Cali!) para un concierto benéfico, acompañando al cantante de The Who, Roger Daltrey, al guitarrista Phil Manzanera y otras estrellas de las sofisticadas constelaciones del rock. La historia es muy larga y no puedo extenderme (para los curiosos, los remito a mi relato titulado “Gilmour, Daltrey & Co.: Odiamos a Cali”, publicado en el libro Las ceremonias del deseo. i.d.c.t., 2004). El hecho es que el paso de Gilmour por estos parajes, a pesar de su triste leyenda de desastre, fue una especie de ventisca de nostalgia que no pudo cesar en el corazón de un fanático como el que tiembla estas líneas.

El hecho es que el rompecabezas del mundo, poco a poco organiza sus fichas. El 6 de marzo de 2016, David Gilmour cumplió 70 años y, para evitar la pensadera, decidió que el acontecimiento lo cogiera trabajando. Lanzó su nuevo álbum en una caja que incluía dos libros, con fotos, las letras de su esposa, la escritora Polly Samson, y una edición con fragmentos del Paradise Lost, de John Milton, que sirviese de inspiración para sus melodías de hechizado. Hubo algunos conciertos promocionales en Inglaterra, hasta que Gilmour se decidió a cruzar los mares, para dar sendos conciertos en Suramérica. No pude asistir, porque a los pesimistas siempre se nos cruza algo urgente cuando tenemos que hacer lo imprescindible. Pero la ocasión no debe perderse nunca. Con la confianza que dan los triunfos descomunales (y la gira de Rattle That Lock así lo ha sido), Gilmour infló sus conciertos por Norteamérica y Europa, hasta el punto de reproducir, el 7 y 8 de julio próximos, la experiencia de tocar en Pompeya, como ya lo había hecho con Pink Floyd en 1971, con la película para iniciados Live at Pompeii, de Adrian Maben. Así que, una noche de múltiples arrepentimientos, me miré al espejo y me convencí de que no podía pasar al otro mundo sin ver a David Gilmour en vivo, con todas las de la ley. Cerré los ojos y, el 10 de abril de 2016 a las 7:30 de la noche, en una primavera helada, entré de rodillas al Radio City Music Hall de Nueva York, para ser testigo de las tres horas sobrenaturales de Gilmour y su banda, en la boca abierta del escenario art decó que parece devorarse a sus 6.000 espectadores.

Al poner mis rodillas sobre el asfalto, en el umbral del Radio City, entregué mi boleto electrónico a la señorita encargada del asunto. La señorita pasó su rayo láser por el tiquete: “Lo siento”. Me dijo. “Su boleta no está autorizada”. Abrí los ojos: el mundo se vino abajo. Me imaginé regresando a Bogotá, con cientos de dólares perdidos y la humillación de la estafa. Cuando ya me disponía a comprar una botella de whisky y recuperar mi alcoholismo, esta vez sí para siempre, la señorita del Radio City lanzó una sonora carcajada y me señaló en la distancia a un amigo que había preparado la broma. Desde ahora advierto que mi venganza será terrible. Pero, una vez más, no vinimos a hablar de chistes malos sino de música. Y si vamos a hablar de Gilmour no debemos perdernos en otros territorios. Prosigamos: al apagarse las luces del inmenso teatro, sonaron los pajaritos iniciales de 5 A. M. y mi corazón se detuvo. Me he pasado la vida entera tratando de describir qué se siente cuando los sonidos remplazan las emociones y te ayudan a besar el cielo, como alguna vez lo dijese con excusas Jimi Hendrix. Es imposible. Y con Gilmour, mucho menos. Pero no me puedo quedar callado. Gilmour, de negro hasta los pies vestidos, como un obrero de la belleza, con sus diez acompañantes a cuestas atacó con Rattle That Lock. Al fondo, una pantalla de video, como las que adornase los conciertos de Pink Floyd desde el principio de los tiempos. Las imágenes de la animación promocional del tema no me emocionan mucho, porque no me gusta que me impongan sueños ajenos cuando oigo temas que me fascinan. Pero pronto, la imagen de David Gilmour gigante, en altísima definición, con su barbita incipiente y sus dedos que deberían donarlos después de su muerte a algún planeta sin conflictos, se apoderó del Music Hall y allí fue Troya. A partir de ese momento, el público descolgó su mandíbula y no cerró la boca sino a las 11:00 de la noche, cuando el demonio de las emociones dijo que había sido suficiente. Gilmour se paseó por Faces of Stone, de su nuevo álbum, atacó con Wish You Were Here, para dejarnos regados por el piso, continuó con la iracunda What Do You Want From Me, nos acarició con la delicada armonía de A Boat Lies Waiting, nos destrozó con The Blue, para luego repetir los latigazos de las lejanísimas Money y Us and Them. Acto seguido, In Any Tongue sin vaselina y, para cerrar la primera parte, oh, dioses, High Hopes.

El espacio de este texto se terminó. Pero eso siempre pasa con David Gilmour: el tiempo y el espacio se terminan cuando nos atrevemos a evocarlo. Puedo decir que, tras el intermedio de 15 minutos, hubo luces que ya quisiéramos ver en nuestros viajes interplanetarios, acompañando la antiquísima Astronomy Domine. Acto seguido, las cinco partes iniciales de Shine On You Crazy Diamonds, Fat Old Sun (nunca terminará de darle las gracias a Syd Barrett), la rebelde Coming Back To Life, la delicada On An Island, en fin, la reciente Today, y la infaltable primera conclusión sublime de Pink Floyd (Sorrow, Run Like Hell). Gilmour y los suyos se fueron en medio del estruendo, pero regresaron para cerrar con Time, Breathe y (¡cómo no!) Comfortably Numb. Como siempre sucede en estos casos, la Tierra hizo una pausa. Mi cerebro se devolvió atrás, muy atrás, cuando pensaba que nunca iba a poder ver en vivo mis sonidos esenciales. Pero el amor sabe equilibrar los dolores. Cuando David Gilmour hizo el último solo del himno de The Wall, yo ya no estaba en mi silla y la señorita de la entrada del Radio City Music Hall tuvo que bajarme con una red, porque yo andaba volando por los aires. Con 6.000 desconocidos que andaban en las mismas.

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