Danilo Pérez, pianista panameño.

Danilo Pérez: Más allá de la melodía

Intérprete, compositor, educador y activista social, el panameño Danilo Pérez, figura clave del jazz de los últimos 20 años, regresa a Colombia para recorrer el circuito de festivales del género.

2015/09/16

Por Jaime Andrés Monsalve B.* Bogotá

"Me van a hacer llorar, no hagan eso…”.

Los presentes esa noche de septiembre de 1994 en el Teatro Libre fuimos todos partícipes de esa indescriptible emoción. Danilo Pérez, pianista de escasos 24 años, había llegado como parte del cartel de ese año, precedido de la fama de ser el precoz pianista de Dizzy Gillespie y de Paquito D’Rivera. Con apenas un año como solista, acaso más de uno esperaba de él un concierto de jazz latino, con despliegue de percusiones y con momentos de tumbao bailable de esos rayanos con la salsa.

Pero no: Pérez resultó, para asombro de una audiencia que apenas si superaba la mitad del aforo del Libre, un pianista con una visión universal de su aldea. Y había llegado hasta esta instancia con una particular noción del jazz como vehículo conceptual: la primera pieza del concierto fue una suite de 50 minutos. Y las demás intervenciones de la presentación que sobrepasó las dos horas y media tuvieron esos mismos rasgos contemporáneos, sesudos e hipnóticos. Hasta que llegó el cenit de la presentación: un introspectivo popurrí con la balada My Funny Valentine, el bolero Madrigal y la canción argentina Alfonsina y el mar. Cinco minutos de ovación cerrada y la expresa solicitud de Pérez a la concurrencia de no hacerlo llorar fueron el colofón de una de las más grandes noches que ha vivido el Festival de Jazz del Teatro Libre en sus 27 ediciones.

La revista especializada en música 91.9 lo ratificó ese año: “La revelación fue el pianista panameño Danilo Pérez, músico sólido, ajeno al grito masivo y al vulgo comercial –escribió en el impreso Jürgen Horlbeck, en ese entonces director de Javeriana Estéreo–: Formación y rigor lo aventajan. Tiene norte y propuesta. Alma y técnica, arte y organicidad sin descreste. Esta afirmación despeja el mote exclusivo de ‘muy latino’ del Festival de Jazz”.

“Nunca, nunca se me olvida esa noche –asegura el panameño–. Había una energía tal, que la gente estuvo presente con el corazón abierto, verdaderamente todos sentimos el poder que tiene la música como vehículo de comunicación para iluminar el mundo. Eso ha marcado la ruta que hemos venido desarrollando, sobre todo en torno a mis búsquedas sonoras”.

El discurso de Danilo Pérez es abundante en referencias a lo espiritual y al poder de la música más allá de la simple armonía y melodía. Desde hace algunos años está involucrado en la musicoterapia, y es un convencido de que los sonidos tienen facultades positivas para el desarrollo del ser humano. “Desde que empecé a trabajar con Wayne Shorter, él me ha ayudado a entender que más allá de tener como meta el dominio del instrumento y ser un gran virtuoso, en realidad lo que hay que buscar es el dominio de la vida: elegir entre qué es primero, si la vida o la música, entre si la música es la meta o es el camino”. Justamente el trabajo con Shorter, una leyenda del saxofón, le ha permitido conformar un cuarteto que ha sido declarado el mejor del mundo durante tres años consecutivos por la Jazz Journalists Association.

Dicha dirección hoy comprende una obra con una docena de discos como líder y una buena cantidad más de trabajos como colaborador e invitado, una fundación a su nombre que apoya talentos en ciernes en su país, un club de jazz en Ciudad de Panamá, la dirección de una de las alas más activas de la prestigiosa academia musical donde estudió y todo un andamiaje alrededor de la música y sus componentes terapéuticos que incluye el liderazgo de un simposio internacional creativo, que llega ya a su cuarta edición. Muchas labores y poco tiempo, del que además sacará una semana entera para presentarse no solo en el Teatro Libre (sábado 26), escenario que le dio la alternativa colombiana hace tanto tiempo, sino además en los festivales de jazz de Pasto (lunes 21), Cali (miércoles 23), Barranquilla (jueves 24) y Medellín (viernes 25).

Un Caribe interior

En muy poco tiempo, Danilo Pérez consiguió lo que cualquiera en su posición añoraría: escalar el curubito del jazz mundial. Ya en su primer disco, de 1993, lo acompañaban nombres fundamentales como los de Joe Lovano en saxofón, Jack DeJohnette en batería y la voz de su paisano Rubén Blades. No pasó mucho tiempo antes de estar grabando para el sello Impulse, el mismo que en la década del sesenta registró las grandes grabaciones de John Coltrane, McCoy Tyner y Gato Barbieri.

Desde entonces ha estado mejor que bien acompañado. Como en el llamado Festival Astortango de 1996, en el Teatro Ópera de Buenos Aires, cuando al lado de leyendas vivas como Chick Corea al piano y Gary Burton en vibráfono, rindió honores al revolucionario del tango, Astor Piazzolla. “Astor es un ejemplo, porque generó un movimiento sumamente importante. Para mí es una inspiración grandísima. Me acuerdo siempre de que esa noche me sentí conectado con los momentos difíciles de su historia como músico, con ese rechazo que alguna vez obtuvo por lo que estaba haciendo y que, gracias a su convicción, nunca lo derrotó”.

Es que la música de otros compositores siempre ha estado presente en la obra de Pérez, en particular aquella proveniente de lo tradicional latinoamericano. “Siempre he querido mostrar la diversidad de la música del continente. Mi padre, que es cantante de repertorio panameño y cubano, desde pequeños nos enseñó a improvisar. Por eso a mí me resultó natural, como en el caso de Alfonsina y el mar, el retomar nuestras tradiciones del bolero y la canción latinoamericana, y que se hicieran vehículos para el jazz”.

Pérez estudió piano clásico en el Conservatorio Nacional de su país, y a sus 20 años ya se encontraba en Boston estudiando los rudimentos del jazz, becado por el prestigioso Berklee College of Music. Allí empezó a generarse el ideario que hoy ostenta como músico y que, entre otras cosas, lo mantiene atado a la investigación y a la exploración. Tema recurrente en sus grabaciones es Panamá, la llegada de la esclavitud y su abolición, la presencia del componente afro en su país, que supera el 56 % de la población, y la música nacida a partir de los movimientos cimarrones y de la evolución histórica de esa nación.

Su más reciente entrega se llama Panamá 500, y de alguna manera es la continuidad de una recurrencia a esas tradiciones cifradas ya antes en Panamonk (1996) y Panamá Suite (2006). En ella recrea, con el acompañamiento de una banda de gran formato, voces y trío básico de jazz (piano, contrabajo y batería), imágenes sonoras relativas a los 500 años del descubrimiento del mar Pacífico en 1513. “Yo de chico veía pasar los barcos y me encantaba saber que a través del Canal de Panamá cruzaban barcos de todos los países del mundo –cuenta–. Mi sueño era hacer música que llevara ese mensaje”.

Este trabajo no solo es la continuidad de una de las vertientes ideológicas de Pérez a través de la música, sino que reafirma el interés por hacer un jazz de carácter latino lejano del tópico del tumbao salsero y la clave como protagonista. “Un amigo lo llama ‘Caribe interior’ -explica-, y es el hecho de que no necesitemos de la clave para que igual se sienta su espíritu. He trabajado con melodías ricas muy flexibles, con métricas diferentes a las usuales, utilizando la clave como base pero tratando de hacerla invisible”.

La música cambia

Mientras prepara su visita a Colombia, el pianista aguarda el lanzamiento de su más reciente trabajo, Children of The Light, primera grabación al lado de su nuevo trío, en la que acompaña a Wayne Shorter, John Patitucci en contrabajo y Brian Blade en batería. Y entre Nueva York y Panamá sigue encabezando los proyectos personales que abandera desde su Fundación Danilo Pérez, que comprenden desde el Festival de Jazz de su país hasta su relación con la musicoterapia; y desde la dirección del Berklee Global Jazz Institute, rama del Berklee fundada en 2000 y encargada de la búsqueda de talentos alrededor del mundo. “Desde que obtuve la beca para irme a estudiar, prometí que si crecía artísticamente nunca me iba a olvidar de los colegas en mi país”, cuenta Pérez, y recuerda cómo desde el principio no permitió a ninguno de sus protegidos, buena parte de ellos jóvenes de escasos recursos, abandonar las clases. “A muchos de ellos los he hospedado en Nueva York, y en Panamá los correteo para que no tengan excusa”.

“A medida que he ido creciendo, y desde que me casé y he tenido mis hijos, me he concentrado en escribir una música que refleje el mundo que a mí me gustaría vivir. Un mundo con paz e igualdad. He tratado de traer un mensaje de luz, básicamente, y aprovechar para crear intercambios de componente terapéutico. Una cosa que sentí en el Teatro Libre aquella vez fue esa tremenda magia que la música genera, esa frecuencia en la que empiezas a sentir una energía muy especial, y en eso me he concentrado en los últimos años”.

Todo ello espera repetirlo Danilo Pérez en sus conciertos por Colombia. Y es probable que la emoción vuelva a provocar lágrimas. No se sabe si en él, pero se da por descontado que así será en el público.

*Periodista musical

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