Amanda Palmer, neoyorquina de 38 años, un nuevo fenómeno punk.

Evitando el sistema

La cantante norteamericana aprendió a vivir de lo que le gustaba pidiendo monedas como estatua humana y estriptisera. La protagonista de la más exitosa campaña de crowfunding en la historia de la música prepara su siguiente álbum y lanza un libro sobre su experiencia. ¿Quién es está chica punk que logró captar la atención del mundo?

2014/09/23

Por Ricardo Abdahllah* París

"Nunca me gustaron los backstages”, dice en un café a dos pasos de la sala en la que se presentará más tarde. Entre quienes ya esperan hay un grupo de veinteañeras. Un par de punks. Parejas con camisas de cuadros o con uñas violetas y botas negras. En el escenario, Amanda Palmer suele llevar algo entre gótico y retro, pero eligió que su género se llamaría Brechtian Punk Cabaret “antes de que alguien le pusiera la palabra 'gótico'”.

Eso fue en la época de los Dresden Dolls, su primer grupo, creado en 2000, junto a su Brian Viglione, y que, evidentemente, le hacía un guiño a la agrupación setentera de glam, New York Dolls, quizás una de las precursoras de lo que sería en adelante la movida punk. Canciones como “Sex changes” en la que hablaba con humor del antes y después de una cirugía de reasignación, y “Coin operated boy”, una crítica a los Ken y Barbies de la vida real. Palmer pide vino rosado. Un tipo se acerca. Discuten en alemán. Ella le da su correo personal.

“Aprendí el idioma cuando viví un año en Berlín”, dice.

“¿De eso habla la canción “Berlín”?”.

“No, “Berlín” era el sobrenombre que tenía cuando era estriptisera”.

El mito de Amanda Palmer la ubica en esa época como estatua humana en alguna plaza de Boston. En ese entonces pertenecía a un grupo de teatro experimental y tocaba piano, pero nada de eso le dio para vivir hasta años después. La anécdota de la estatua humana es conocida porque fue el punto de partida para su charla ted, que ya tiene casi seis millones de vistas únicas. Dice que en su conferencia omitió la historia de la estriptisera, pero que finalmente habría encajado. La razón por la que una exestatua (y, ahora lo sabemos, exestriptisera) fue invitada a un espacio que se quiere un ágora moderna (y virtual) por la que han pasado Bill Clinton y Bill Gates es porque Palmer había protagonizado la más exitosa campaña de crowdfunding, o recogida de fondos, realizada por un músico en la historia.

“Si logro un millón de dólares me desnudo”, anunció a mediados de 2012 en la plataforma Kickstarter cuando vio que no paraban de llegar los aportes de sus seguidores para grabar el álbum que sucedería a Who killed Amanda Palmer? La suma total fue 1.192.793 dólares.

La fotografía la muestra con la frase “One Fucking Million” escrita sobre el torso. Las axilas sin depilar como es su costumbre. El vientre ligeramente redondo que en 2009 le sirvió como florero de Llorente cuando Roadrunner, su disquera, le sugirió grabar de nuevo algunas escenas del videoclip de su sencillo “Leeds United” porque se veía gorda. Entonces se declaró en rebelión, o en “Rebellyon”, para retomar el juego de palabras (belly es pancita en inglés) que sus seguidores adoptaron como etiqueta para los centenares de videos y fotografías de panzas normales (es decir redondas) que subieron a internet como apoyo. Su mayor logro no fue librarse de su contrato, sino descubrir al mismo tiempo que si hacía su música sin pasar por una disquera y trabajando con sus fans podía decir lo que se le diera la gana.

Lo siguiente que hizo fue un videoclip para su canción “Oasis” en el que trataba el tema del aborto con la alegre banalidad de una fiesta pop. Su primera canción independiente se llamó “Map of Tasmania”, una referencia al parecido de la forma de la isla con el de un pubis femenino. El coro decía: “No pasarán esta canción en la radio. No mostrarán las tetas en el video. No saben que los medios somos nosotros”. Palmer dice que vive esa frase como un credo y que el nosotros suena enorme

 

*

La víspera de su anterior presentación en París, en noviembre de 2012, Palmer perdió la voz por una laringitis. Es la circunstancia clásica en la que un cantante anula su concierto. En lugar de eso, tomó un taxi hasta la sala donde debía presentarse, salió a la fila y reclutó una docena de colaboradores. Algunas subirían al escenario. Los demás elaboraron centenares de carteles con la letra de las canciones. Así el concierto se convirtió en una fiesta karaoke con Palmer rotando entre piano, guitarra y batería y acabándose la garganta.

El hecho de que a pesar de sus problemas de salud no anulara ningún concierto de esa gira, explica el apoyo masivo que recibió luego de anunciar al año siguiente en su blog que cancelaría sus presentaciones para pasar tiempo con su amigo y mentor Anthony Martignetti, enfermo de cáncer.

No todas las entradas de su blog han recibido esa unanimidad. En abril de 2013, Palmer publicó “Poema para Dzhokhar”, que sin ser un homenaje al apellido de uno de los dos jóvenes autores de los atentados de la Maratón de Boston, intentaba explorar sus sentimientos. Los comentarios de los lectores incluyeron amenazas de muerte.

 

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“La gente cree que estoy tratando de joder el sistema, cuando solo estoy tratando de evitarlo”, dice Palmer, pro igualdad y pro aborto, bisexual declarada y figura de las protestas del movimiento Occupy en Estados Unidos. ¿Por qué no intentar joderlo? “Porque no necesito hacerlo, el sistema se está jodiendo solo. Yo lo que quiero es encontrarme y encontrar las herramientas que me permitan estar cerca de la gente”.

En estos tiempos, por supuesto, las herramientas son virtuales. En varias de sus canciones y escritos, Palmer aborda la relación de las personas con la tecnología y cómo la tecnología modifica las relaciones humanas. Desde el que baja toneladas de música y la que busca su alma gemela en “Última Esperanza”, de los Dolls, pasando por una canción titulada “My Space” con Evelyn Evelyn, uno de sus proyectos paralelos. En las líneas finales de “(Smile) Pictures or it did not happen” de su álbum Theatre is Evil, las personas pasan el fin del mundo tomando fotos para subirlas a Instagram. “Reflexiono sobre eso porque lo estoy viviendo y me siento como un experimento artístico humano por la manera como interactúo con la gente. Es aterrador y es fascinante y me gusta estar allí metida aunque a veces tenga que desconectarme de esa conversación constante en la que vivimos”.

Cuando en su concierto de esa noche toca “Pictures”, el público toma fotos para subirlas a Instagram. Palmer intenta que la conexión no sea solo virtual. Para la mayoría de sus shows aprende una canción en el idioma de quienes vienen a verla. Esa noche toca una de Françoise Hardy y antes de que empiece el concierto se pasea entre la audiencia tocando canciones de Radiohead en un ukulele. Dice que aprendió a tocarlo por sí misma y lo ha erigido en el instrumento de su revolución “Es el principio del punk, no necesitas saber tocar, no necesitas aprender ni que te enseñen”. Sin embargo, no aprendió todo por sí misma, su madre le pagó lecciones de piano y también su padre fue músico. Durante su penúltima gira abrió la mayoría de sus conciertos compartiendo con él alguna interpretación de Leonard Cohen.

 

*

Aunque el repertorio varía cada vez y aparte del cover local pasa por temas de Palmer solista, los Dolls y algo de Bowie, Nine Inch Nails o Nirvana –en versiones que pueden recordar a Liza Minnelli o a Sex Pistols–, los conciertos tienen sus rituales. La gente sabe, por ejemplo, que hacia la mitad de “Bottomfeeder”, Palmer se parará en el borde del escenario y se dejará caer en los brazos de sus fans, que la pasarán hacia atrás mientras continúan cantando.

El nombre de la acción es crowdsurfing. Palmer no deja pasar la similitud sonora con couchsurfing, el movimiento, surgido también en internet, de personas que ofrecen hospedar en su sofá (couch) a viajeros desconocidos. Durante las primeras giras de los Dolls en Europa, Palmer durmió en casas de rockeros locales. Aún lo hace de vez en cuando y que al igual que en el crowdsurfing, uno confía en que un desconocido lo recibirá en el aterrizaje.

La siguiente palabra en la serie es crowdfunding. Palmer acaba de publicar El arte de pedir. Un libro sobre, entre otras cosas, el crowdfunding, y financiado gracias al crowdfunding. En el que, para sacar adelante un proyecto, se hace un llamado en internet para que cada quien done lo que puede. Un dólar y de allí hacia arriba. Quienes aporten más de una cierta suma, reciben el libro o el disco y por un poco más, los reciben autografiados. Si la donación es aún mayor, se ganan entradas a los conciertos y pases vip. Si un grupo de amigos hace vaca para un gran aporte, un aporte gigantesco, Palmer y su banda vienen a tocar a domicilio. “Pero no se trata de una transacción –dice Palmer–. La gente no compra un disco, un cuadro hecho a mano o un concierto en el patio, sino que lo recibe como agradecimiento. Al menos ese es el principio”.

Dos fanáticas toman una foto a escondidas y al hacerlo rompen un vaso en una mesa vecina. Así que salen corriendo: “En lugar de venir y saludar –dice Palmer– hubiera sido tan simple”.

A lo mejor pasará eso, que con el tiempo y la fama Palmer ya no podrá hacer crowdsourcing, cualquier intento de couchsurfing terminará en una horda de paparazzis y el crowdfunding ya no será necesario.

Palmer dice que no, que la gente entiende que cuanto menos uno se aísla, menos interés hay en pasar la barrera por la fuerza. “En muchos momentos pude haberme dedicado al pop. Aligerar mis composiciones, ponerme un fuckin’ brasier y un poco de maquillaje y afeitarme las piernas, pero no me interesaba y una de las razones es que no quería una vida en la que no pudiera sentarme como estamos aquí. Intuía que si conservaba una música auténtica y extraña seguiría atrayendo a la gente correcta. Fue una elección más o menos consciente porque…”. Palmer hace una pausa. Dice que la frase que sigue es buena, que si le presto un lapicero para escribirla. “No te preocupes, la escribo yo”. “Ok. Tú la escribes”: “Hay una diferencia entre querer ser famoso y querer ser amado y yo lo que siempre he querido es ser amada”.

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