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El músico feliz

Homenaje paisa al revolucionario músico John Cage

Imposible condensar la vida de un músico tan fascinante como John Cage. Bob Dylan, Jim Morrison, Janis Joplin y Patti Smith han admitido su influencia. Formó parte de la generación Beat y fue el precursor de la música electrónica. Medellín, junto a las más importantes ciudades del mundo, le rindió un homenaje.

Por: Andrés Gualdrón* Bogotá

Publicado el: 2012-10-30

Bajo el lema “El maestro del azar controlado”, los parlantes de los vagones del metro de Medellín anunciaban desde inicios de año a los usuarios del servicio el comienzo de un evento sin precedentes para la capital de Antioquia: el homenaje al compositor norteamericano John Cage. El conjunto de celebraciones –que duró desde el 28 de abril hasta el 25 de octubre de este año– reunió a más de ochenta académicos, músicos y artistas en torno a una obra multifacética que en este 2012 cumple una fecha importante: nacido en 1912 en Los Ángeles y fallecido en 1992 en Nueva York, el mundo del arte conmemora los cien años del nacimiento de este mítico músico.

Hablamos de una celebración sin precedentes porque pocas veces un evento en la ciudad había reunido, en torno a una figura tan lejana como la de Cage, a tantos invitados y a tantas instituciones privadas y públicas. Mediante el convenio realizado entre organizaciones como el Colegio Alemán, la Universidad EAFIT, el Banco de la República, el Museo de Antioquia o la Universidad Nacional, el homenaje hizo uso de espacios de la ciudad tan importantes como el Museo de Arte Moderno o el Parque Explora, y tan singulares como la Iglesia del Perpetuo Socorro o la Sala Industrial de la planta de plásticos FORMACOL, ubicada en plena zona industrial de Medellín. En esta última se exponen aún, entre máquinas y espacios de producción, parte de los más de cincuenta trabajos alrededor de la obra de Cage comisionados a artistas, arquitectos y diseñadores jóvenes del país, quienes desde medios diferentes como la fotografía o las artes electrónicas reflexionaron sobre el legado artístico y filosófico del compositor.

Con la participación de prestigiosos académicos, críticos e investigadores como los españoles Jorge Wagensberg y Ana María Guasch o la argentina Graciela Speranza, el festival contó también con más de treinta eventos. Se destacó la participación, entre otros, de músicos de vanguardia como la pianista y alumna de Cage, Margaret Leng Tan, o el aclamado grupo de percusión contemporánea So Percussion.

Sin embargo, no se trata tan solo de un asunto de cifras. Hablamos de una “celebración sin precedentes” por el riesgo que implica darse a la titánica tarea de acortar la brecha entre el arte contemporáneo y el gran público empleando como referente el trabajo de un creador que, aunque enormemente celebrado, puede resultar complejo e incluso difícilmente accesible para el espectador desprevenido.

Cabe preguntarse entonces, ¿por qué con este centenario no solo Medellín sino ciudades como Washington o Berlín han vuelto a mirar con admiración a la obra de Cage? ¿Qué es aquello en su trabajo que resulta tan profundamente inspirador? ¿Por qué su obra se rehusa a envejecer?

“Tengo un secreto”

La respuesta tiene que ver, por una parte, con que la figura de Cage no solo comporta una serie de descubrimientos e investigaciones sonoras y artísticas: implica también una actitud, una manera personal, radical e inspiradora de acercarse al hecho artístico.

Ha ganado notoriedad en Internet por estos días un video que muestra cómo en enero de 1960 el compositor, ya por encima de los cuarenta años, participa como invitado en el popular programa concurso norteamericano I’ve got a secret. En el show, transmitido para todos Estados Unidos a través de la cadena CBS, Cage le cuenta un secreto quizás un tanto extravagante al presentador Steve Allen mientras la audiencia estalla en carcajadas: los instrumentos que empleará para la pieza que interpretará en el programa consisten, entre otros, en una botella de vino, una tetera, platillos, un pato de goma y una bañera llena de agua. Lo que sucede a continuación en el set de grabación resulta desconcertante: sobre una serie de sonidos disonantes producidos por un reproductor de cintas, Cage percute, rasca, agita y deja caer los distintos objetos que hacen parte de su pieza, guiado por un reloj de mano que determina precisamente en qué momento debe emprender cada acción. Al notar la risa del público, y con la serenidad de quien se sabe transitando por caminos distintos a los esperados, afirma no sentirse ofendido: “Prefiero la risa al llanto”, dice, mostrando una amplia sonrisa.

Sobre esa sonrisa mucho se ha dicho: impropia de los más estrictos músicos académicos e impensable en sus contemporáneos europeos, las carcajadas juguetonas y casi sarcásticas de Cage eran la columna vertebral de una personalidad que, instantáneamente, generaba simpatía. Como señala el crítico norteamericano Mark Swed, estos rasgos de personalidad están íntimamente ligados al lugar donde el compositor creció: Los Ángeles, a inicios del siglo XX. Una ciudad en la que los místicos de los más extraños cultos convivían con artistas de vanguardia, entre una atmósfera decididamente optimista y abierta al florecimiento de otros puntos de vista. En Nueva York, desde 1941 y hasta el fin de sus días, Cage se reencontraría con este mismo ambiente. Se vincularía, también, al mundo de la danza a través del vínculo amoroso y artístico que lo uniría de por vida con Merce Cunningham, el aclamado revolucionario del baile contemporáneo.

Inventor de sonidos

John Milton Cage Sr., padre del compositor, fue un inventor de éxito moderado que patentó un submarino con el que rompería el récord mundial de permanencia bajo el agua y que en sus últimos años trabajaría en modelos teóricos para los viajes espaciales. Cage, guiado por este ejemplo, fue también un inventor que echó mano de recursos inimaginados: tras componer piezas para ballets acuáticos en las que sumergía instrumentos de percusión en una piscina –buscando que los bailarines escucharan sus vibraciones en este nuevo medio–, Cage compondría una de las primeras piezas electroacústicas de la historia (en 1939), Imaginary Landscapes 1, para tocadiscos, platillo y piano con sordina.

En 1940 haría otra de sus grandes jugadas. Interesado en la música para ensamble de percusión, pero sin la posibilidad de poner de acuerdo a tantos músicos para ensayar sus obras, Cage incrustaría objetos como gomas, pernos y tornillos en las cuerdas del piano, armando una orquesta de un solo hombre que alteraría para siempre la pureza del que es considerado el rey de los instrumentos en la música occidental. Obras clásicas como las Sonatas e interludios para piano preparado, dejarían una tremenda huella en la música del siglo XX.

La filosofía zen cambiaría su vida, tras un periodo de crisis personal y artística. La transferencia que haría de estas ideas al mundo musical generarían, a partir de los años cincuenta, una auténtica revolución dentro del arte contemporáneo: con piezas como 4’33’’, en la que el intérprete permanece sentado frente al piano por cuatro minutos y treinta y tres segundos sin interpretar ningún sonido, el autor logra invitarnos a escuchar más allá. Basta digitar el nombre del compositor y de la pieza en YouTube para formar parte de esta extraña experiencia. Nos sugiere sutilmente que allí donde la música se detiene, empieza la percepción atenta del mundo sonoro que nos rodea.

Para Lucrecia Piedrahita, directora del homenaje a John Cage en Medellín, lo más importante del evento fue haber logrado “comunicar la obra del músico al público de la ciudad, acostumbrado a una visión más tradicional de las artes”. Para la curadora, el que a los talleres, conferencias y conciertos en el marco de la celebración hayan asistido más de mil personas –niños, estudiantes y amas de casa– no es sino la prueba de que la obra del compositor es universal, en tanto que atraviesa con libertad las fronteras entre el sonido, la danza, la filosofía y las artes plásticas.

Cuentan que en sus últimos años el compositor solía permanecer silencioso en su apartamento de New York, oyendo los sonidos de las avenidas circundantes. Esta experiencia de contemplación auditiva, casi mística, fue el culmen de sus años de invención y reflexión. El fin de una vida de intentar expandir, hasta el infinito, las posibilidades sonoras de la música.

Por este motivo su obra será siempre relevante: sea en Manhattan o en un vagón del metro en Medellín, las ciudades querrán contarnos su propia historia a través de los sonidos que producen. Y es entonces cuando la obra de Cage gana vigencia: pareciera invitarnos a que apaguemos los iPods. A que cerremos los ojos. A que estemos pendientes de los murmullos, los rumores lejanos y los autos. A que, al menos por una única vez, escuchemos de verdad. Quizás oyendo, en esa sintonía, y con los sentidos así de aguzados, podríamos esbozar una sonrisa tan amplia y sincera como la del compositor.

* Musico y bloguero de Arcadia