Guiseppe Verdi y Richard Wagner

El terapeuta y el terrorista

No es gratuito que mientras las arias de Verdi se usan para vender helados, las oberturas de Wagner acompañen las tensas escenas de Apocalypse Now y de Melancholia. Cuestión de temperamentos.

2013/03/18

Por Hernán D. Caro *Berlín

Según un lugar común, existen ciertos gustos que se excluyen mutuamente. Así, sostienen algunos, uno prefiere el café o el té, las montañas o el mar, los perros o los gatos, las rubias o las trigueñas, los Beatles o los Rolling Stones, Platón o Aristóteles. Y ascendiendo un poco más en la escala de sofisticación, a uno le gusta Wagner o le gusta Verdi.

Este año se celebran los doscientos años del nacimiento de Richard Wagner y Giuseppe Verdi, los más importantes compositores de ópera del siglo xix y, cada cual a su manera, músicos innovadores y geniales. Y junto a los incontables conciertos y montajes que se realizan en escenarios de todo el mundo, junto a las conferencias, las exposiciones, las biografías que se publican este año, el tema del supuesto antagonismo esencial entre los dos músicos también está de vuelta.

Richard Wagner nació el 22 de mayo de 1813 en la ciudad alemana de Leipzig. Su vida estuvo marcada por la afición a los amores desesperados y a los grandes lujos (lo que le causó inmensas deudas, usualmente liquidadas por sus patrocinadores), así como por una intensa actividad intelectual, a la cual se debe su amistad con Federico Nietzsche, quien lo repudió durante sus últimos años. También por su carácter ambulante: de Dresde a Zürich, de allí a Múnich y Bayreuth, y finalmente a Venecia, donde murió en 1883. Wagner es recordado además por su radical nacionalismo y por un antisemitismo feroz. Este, así como el uso de la mitología germánica en sus obras y el temperamento impetuoso de su música, lo convirtió en uno de los artistas más venerados por Hitler y el resto de criminales nazis. Con el apoyo del rey Luis II de Baviera, Wagner inauguró en 1876 el llamado Festival de Bayreuth, el gran teatro wagneriano, hasta hoy centro de peregrinación de cientos de fanáticos de su obra, que se reúnen durante varios días cada año para escuchar óperas como Tannhäuser (1845), Lohengrin (1850), la tetralogía monumental El anillo de los Nibelungos –compuesta por El oro del Rin, La valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses–, Tristán e Isolda (1865) y Parsifal (1882).

La vida de Verdi fue algo más serena, si bien su fama no tuvo nada que envidiarle a la de Wagner. Verdi nació el 9 de octubre en Le Roncole, en la provincia italiana de Parma. Su educación musical y gran parte de su carrera como compositor las realizó entre París y Milán, donde murió en 1901. También un nacionalista, su coro “Va pensiero, sull’ali dorate” –cantado en la ópera Nabucco (1842) por prisioneros hebreos– se convirtió en una especie de himno nacional italiano. Gracias a su fama, Verdi era ya a los treinta años un hombre acaudalado y dueño de una gigantesca casa de campo que también le producía ganancias. Durante sus últimos años solía pasar vacaciones con su segunda esposa y su amante, ambas cantantes de ópera. Hoy en día Verdi es el compositor más interpretado en los teatros internacionales. Algunas de sus óperas más conocidas son Nabucco, Macbeth (1847), Rigoletto (1851), La traviata (1853), Don Carlos (1867), Aída (1871) y Falstaff (1893).

La importancia de ambos compositores para la historia de la música es innegable, así como su influencia sobre el desarrollo posterior de la ópera. Como sostiene el director de la Ópera de Covent Garden de Londres, Kasper Holten, Wagner y Verdi “transportaron la ópera del clasicismo de Mozart hacia el siglo XX y hacia el futuro”. Pero los contrastes entre los dos compositores también son notables.

 La distancia entre los dos músicos es acaso más evidente en la impresión inmediata que sus composiciones suelen producir sobre el oyente. Basta comparar, por ejemplo, el preludio al primer acto de La traviata y la overtura de El oro del Rin: las melodías de Verdi comunican una ligereza que difícilmente se encuentra en Wagner, cuyas obras son más bien, en una palabra, aplastantes. En el libro Verdi and/or Wagner (2011), el crítico cultural inglés Peter Conrad lo formula de modo escueto: “Wagner es un terrorista, Verdi un terapeuta”. Impresión esta que Hollywood y la televisión han explotado y reforzado consecuentemente: mientras el aria “La donna è mobile” del Rigoletto de Verdi ha sido usada en Alemania en la publicidad de pizzerías y la overtura de “La forza del destino” en propagandas de cerveza en Inglaterra (para publicitar “la buena vida”, se podría decir), la overtura de Tristán e Isolda de Wagner acompaña al fin del mundo en Melancholia de Lars von Trier, y la legendaria “Cabalgata de las valquirias” a una bandada de helicópteros en Vietnam en Apocalypse Now.

Ahora bien, que este contraste dependa, como algunas veces se afirma, de que en Wagner no haya melodías identificables, es discutible, como resulta obvio para todo quien escucha (y luego silba obsesivamente) la “Cabalgata de las valquirias”. La diferencia es un tanto más compleja y radica más bien, por una parte, en la forma en que las melodías de los dos artistas están construidas, y por otra en la jerarquía que le otorgan a los elementos musical y vocal de sus obras.

Comparadas con las de Verdi, las composiciones de Wagner se caracterizan por una polifonía de acordes en la que cada voz individual –instrumental o humana– se disuelve en el tono general. El oyente de Sigfrido, por ejemplo, tiene la sospecha permanente de que Wagner siente gran placer al crear temas melódicos que muy pocos segundos después hace sumergir en una especie de tapete tonal compacto. Esto produce la impresión de peso y de densidad musical que se relaciona con las obras de Wagner, y crea un suspenso constante que se resuelve con el final explosivo de los actos, que pueden durar hasta dos horas. Verdi, por su parte, parece concentrarse en sus óperas en la composición de breves unidades cerradas. De ahí que las óperas de Verdi vivan ante todo de los coros y las arias, piezas de canto para solistas acompañados por la orquesta, conectadas por interludios melódicos y narrativos que se encuentran claramente supeditados a aquellas. Por el contrario, en las obras de Wagner el efecto dramático de la narración reposa, más que en la belleza de temas melódicos particulares, en el ímpetu de todo el conjunto instrumental. O en palabras de Martin Geck, biógrafo de Wagner: si suponemos que el gran mito del siglo XIX es la ópera, y que Verdi y Wagner son los grandes maestros de la ópera moderna, la diferencia radica en que para el primero se trata del mito del canto, y para el segundo del mito de la música.

Pero hay algo más que solo contrastes musicales. Con Verdi y Wagner nos encontramos frente a personalidades y universos creativos radicalmente distintos. Nike Wagner, bisnieta del compositor y directora del reputado Festival Cultural de Weimar, exponía la diferencia hace poco en el semanario alemán Die Zeit de esta forma: “Verdi hizo uso de material histórico, Wagner de historias épicas y mitos. Verdi empleaba a libretistas, Wagner escribió todo él mismo. Aquí el católico y humanista y la pasión amorosa, allí el protestante y la música que quería ser una religión, la ambición desmedida y los conflictos entre hombre y mujer. Toscanini lo puso claramente: ‘Si Tristán e Isolda fueran italianos tendrían siete hijos al final del segundo acto. Pero son alemanes, así que a esas alturas siguen discutiendo’. Verdi es tradicionalista, Wagner creó un tipo de ópera completamente nuevo. Suavidad, tolerancia y popularidad con el italiano, agresividad y ruptura con el alemán”.

También con respecto a la intención tras sus obras el contraste es marcado. Como explica el director de la Ópera Estatal de Baviera, en Múnich, Nikolaus Bachler: “Verdi le apuesta a la experiencia directa y emocional de las tragedias, los sueños y los conflictos en sus figuras. En Wagner, el vértigo y las pugnas se encuentran en algún lugar del enorme océano tonal. Wagner usa el drama para desarrollar un análisis filosófico. Esto hace que Wagner siempre haya sido propicio para convertirse en un culto. Verdi jamás fue uno. En Verdi lo importante es la narración. Wagner crea mundos, Verdi personas”.

Quizá quien mejor ha expresado en términos teóricos, y de forma más contundente –y más atrevida– la idea de que Verdi y Wagner representan dos tipos opuestos del artista, es el filósofo e historiador inglés Isaiah Berlin. En el ensayo “La naïveté de Verdi” (1969), Berlin recuerda la distinción propuesta por Federico Schiller entre poetas “ingenuos” (naïve) y “sentimentales”. Los primeros, aclara Berlin, no son conscientes de ruptura alguna entre ellos y su ambiente, o en sí mismos. El arte es para ellos “una forma natural de expresión”, y crean sin un “propósito ulterior”, distinto del arte mismo. No observan sus propias creaciones desde afuera, a fin de expresar sus sentimientos acerca de ellas. Están, por así decirlo, “en paz consigo mismos”.

Los poetas sentimentales, por otra parte, crean desde la conciencia de una unidad fracturada, que desean restaurar en sus obras. Son “conscientes de sí mismos, de sus objetivos ideales”, y de la “infinita distancia” que los separa de ellos. Mientras el artista ingenuo está “felizmente casado con su musa”, el sentimental mantiene una relación turbulenta con ella. Y así, el efecto del artista sentimental no es la alegría y la paz, sino la tensión, “el conflicto con la naturaleza o la sociedad, la búsqueda insaciable, las neurosis de la edad moderna”. Según Berlin, representantes del primer tipo son Homero, Shakespeare, Goethe o Verdi. Del segundo, Dostoyevski, Flaubert o Wagner.

Como toda distinción teórica, esta bien puede ser cuestionada, relativizada. Y sin embargo, da fe de que Wagner y Verdi son dos mundos enteros. Quizá también, al subrayar la diferencia fundamental entre ambos, pone en evidencia la necedad de creer que los gustos deben ser excluyentes. Pues tanto Verdi como Wagner crearon obras geniales. Y es muy probable que su combinación produzca un programa musical y dramático perfecto. Lunes: temeridad e incesto apasionado con Wagner (Sigfrido); martes: amor prohibido y honor con Verdi (La traviata); miércoles: exotismo egipcio (Aída); jueves: mitología germánica (Lohengrin, El ocaso de los dioses)… Es una suerte que este año de conmemoraciones nos dé la oportunidad de probar aquel programa.

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