Parlantes comenzó su carrera en 2002 con exintegrantes de bandas como Bajo Tierra y Planeta Rica./ Foto: Alfonso Posada

Parlantes: adanes y ladrones

Con un sonido que recoge tanto del punk como de la música popular, que le toma prestado a la poesía versos para incomodar, el grupo antioqueño firma su tercer álbum con una actitud rockera que lleva más de una década buscando un lugar en un mundo cada vez más comercial y aferrado a fórmulas de mercadeo.

2016/05/24

Por Ana Cristina Restrepo* Medellín

Desarraigo, rock, punk”, señalaba la nota de rechazo del demo que los organizadores de la reedición del Festival de Ancón le devolvieron a Parlantes en 2005. Los tres rótulos parecen insuficientes para describir a esta banda antioqueña cuya complejidad narrativa y sonora se despliega en Todo esto eran mangas, su tercer álbum (con edición limitada en formato elepé), recién lanzado con un concierto en la Universidad Eafit.

“The tide is high but I’m holding on, I’m going to be your number one. No soy un simple gañán, que suelta el remo y se va”. Las canciones de Parlantes juegan con los ecos de los años ochenta y noventa: una vez presionan el botón de play en la memoria, suenan los casetes de Blondie, Eric Clapton, B-52’s y The Clash –y una que otra tonada tanguera, de salsa y merengue–; simultáneamente, liberan letras tal vez relegadas en los anaqueles de la biblioteca. Un canto de Vicente Huidobro se cuela en el clásico Bolero Zombie; León de Greiff, en la nueva canción Raponero; Nicanor Parra, en Futuro anterior.

A los integrantes de Parlantes les gusta considerarse simplemente como rock, por las características que los acercan al origen del género: son un ensamble de música urbana, independiente, con vetas de sonidos populares de distinto origen. Si bien las raíces musicales de esta agrupación, con 14 años de existencia, se aferran a las bandas locales de punk, metal y rock, su estilo también se nutre de los ritmos y sonidos de la calle y de aquellos que, hace décadas, sus integrantes conseguían en casetes y elepés.

Estos músicos que hoy se benefician de la distribución de su música a través de descargas pertenecen a una época en que era necesario esperar semanas (o meses) para que un disco llegara a un almacén especializado. Tener música suponía un esfuerzo que afinaba el gusto, que obligaba a una contemplación más exhaustiva: “El que tenía tres discos, se los aprendía. Intercambiaba discos de Queen, de Kiss. Eran formas de apropiarse de una lengua y de una música que eran distintas”, recuerda el compositor y vocalista de la banda, Camilo Suárez. Después de haber rellenado con cinta o un pedazo de papel la esquina del casete, era posible regrabar una canción sobre otra (algunas veces, por supuesto, el casete era robado del cajón de música de los padres: los Visconti silenciados a punta de “música americana”).

Parlantes son adanes y ladrones, su música es el resultado de años de experimentación. Todo esto eran mangas retoma la que podría considerarse la frase más nostálgica que se repite a diario entre las montañas de ladrillo y asfalto del Valle de Aburrá. Y es que los himnos urbanos de Parlantes son nostalgia: “La imitación es un principio de creación básico: oír cosas que a uno le gustan y querer hacer luego cosas parecidas no es muy diverso a lo que ocurre en pintura, literatura o cualquier otra expresión del arte”, discuten entre los integrantes de la banda.

Como otras expresiones del arte, la música de Parlantes surge de las márgenes, las mismas que alguna vez definieron el carácter de los cuentos de Luis Miguel Rivas y las miniaturas de José Antonio Suárez Londoño.

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Parlantes comenzó a tocar en 2002, en una casa convertida en estudio de grabación.

La banda se conformó con exmiembros de Bajo Tierra, Estados Alterados, Planeta Rica y actuales integrantes de otras bandas paisas como Gordos Project: Alfonso Posada (batería), David Robledo (percusión), Pedro Villa (bajo), Fredy Henao (teclados), Juan Camilo Orozco (guitarra), José J. Villa (guitarra) y Camilo Suárez (vocalista). (Tres integrantes han salido de la banda: John Henao, Jaime Pulgarín y José Gallardo).

Después de tardes y noches de cervezas, exploración y afinación de motivos musicales, melodías y letras, se presentaron en el bar Deck de Medellín, con un repertorio de canciones originales y algunos covers de música popular colombiana, pueblerina, de pianola, como Lamparillas, Senderito y Ojos indios.

El primer disco, Parlantes (2003), fue realizado en el estudio de John Henao; el segundo, Lengua negra (2009), en el de Mauricio Serna; y el tercero, Todo esto eran mangas (2016), en el Ato Estudio, de Juan Diego Galvis. En la historia del grupo tiene singular importancia el sencillo Stella maris, un proyecto que funcionó con la venta de cien bonos antes del lanzamiento para financiar la producción final del álbum Parlantes: los abonados después tuvieron derecho al disco completo.

El segundo álbum, Lengua negra, los llevó en dos oportunidades a Rock al Parque. Los integrantes de la banda evocan su segunda participación en el festival capitalino, en la cual estuvieron en la Media Torta, escenario destinado al metal. Para Parlantes no fue sencillo tocar entre metaleros; sin embargo, cuando el público pogueó Senderito, fue “el mejor regalo, el premio de esa experiencia”.

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Para Camilo Suárez, que también es poeta y profesor universitario, escribir canciones es como escribir poemas… mucho más de lo que la gente está dispuesta a aceptar. Suárez considera que está relacionado con un segmento antiquísimo de la tradición poética: “La lírica griega arcaica era fundamentalmente episódica. Estos se van para la guerra: hagamos un peán; estos se están casando: hagamos un poema para celebrar a los novios. Estaban vinculados a eventos, había una relación con los actos sociales que hacía que esas composiciones fueran algo que podía relacionarse con la enunciación, con melodía, incluso había algo de danza y de disposición dramática. Sin duda, la relación entre sonido y sentido es algo que interesa a la poesía. Y en una canción hay mucho de eso”.

¿Ha musicalizado o cantado un poema suyo?

Me gustaría creer que mis canciones son poemas.

¿Musicalizar un poema no es redundante?

Jaime Jaramillo [Escobar] se pone furioso cada vez que oye esa relación entre poemas escritos y versiones musicales. Él dice: “Cómo así, si ya tenía música”. El trabajo de escritura de las canciones atiende y es capaz de utilizar todos los recursos de esa tradición. Respecto de otros poemas existentes: el particular modo de las canciones de nuestro grupo también lo tiene en cuenta. Hay versos de otros autores, motivos de otros autores, que se cruzan dentro de las canciones de nosotros porque allí hay algo que ocurre con todas las artes, nuevamente: la conciencia de una tradición en la que hay personas que antes han hecho algo mucho mejor que uno. Si León de Greiff ya les dijo a las nubes ilusas del cielo: maravilloso. Hay que coger a esas ilusas y ponerlas en la letra de Raponero, que es el hijo bastardo de ellas. Si aquí le decimos a Raponero que es un viento, hijo bastardo de esas ilusas, ya hay algo del carácter de esas ilusas que queda ampliado gracias a la primera calificación que De Greiff había ofrecido.

La línea divisoria entre la deshonestidad y la re-creación es muy delgada. ¿Sus letras son homenajes o robos?

Hay intertextualidad. Somos amigos de lo ajeno, en ese sentido, nadie puede presumir de una condición adánica en términos de creación. Cualquier autor de cualquier género de creación va a mirar muy bien su último trazo y se dará cuenta de que eso está medio parecido a Lucien Freud, pero tal vez en esta parte es muy mía; o si le echo unos chorritos de pintura dirán que soy Pollock. En fin, no creo en esa condición adánica plena, me parece que la tradición es muy rica, la condición de apoyarse o de tomar cosas que están bien hechas para incluirlas en otras es absolutamente válida.

¿Se sienten marginales?

En cierta medida todo el que tenga un grupo de rock en la ciudad sabe que está así. Hay algo de margen: por ejemplo, hay que preguntarse si hay poesía en las canciones. Sí hay literatura, pero no es literatura en su modo canónico. A mí me hace gracia que a Leonard Cohen le den el Premio Príncipe de Asturias de las Letras o que a Bob Dylan lo nominen para el Premio Nobel de Literatura. Eso no me resulta escandaloso ni extraño, pero sí entiendo y respeto mucho el hecho de que, claro, una tradición con géneros más definidos y un trabajo crítico más amplio valore otro tipo de creaciones desde el centro de esos campos. Sí hay algo de margen porque es un género musical popular; en la escuela de música de Eafit no hay ni énfasis ni una materia que se llame rock, no hay historia del rock: ahí también hay margen. Creo que hay muchas categorías sobre lo que hacemos que nos ponen en una condición marginal. Marginal es una línea de frontera que le impartiría una pátina muy interesante a lo que hacemos, pero es marginal desde hace mucho tiempo y desde muchos otros lados. Lo mismo podría decir un escritor en nuestro medio.

¿El éxito en el mercado acabaría con esa categoría? Por ejemplo, en literatura, la obra de Luis Miguel Rivas es marginal, ahora es una suerte de “escritor de culto”.

El reconocimiento. A mí me gustaría pensar que Luis Miguel y nosotros estamos haciendo cosas muy parecidas. Ahí hay algo que tiene que ver con la recepción y lo que produce en la persona que está detrás de los proyectos. Pienso en Andrés Felipe Solano, Corea: apuntes desde la cuerda floja es un libro premiado, que ya sale del margen, pero que comenzó siendo unas notas, un diario personal. Después de este premio ya empezó a ser un autor distinto. Tomás González en nuestro medio puede ser un buen ejemplo de alguien que ha tomado una distancia.

¿Ustedes han discutido sobre el distanciamiento frente a la posibilidad de contaminación con “lo comercial”?

Al menos cuando estábamos en Bajo Tierra, a muchos de nosotros nos pasó que Codiscos vio en el rock una posibilidad pero no atendió todas las indicaciones que nosotros le dimos para hacer nuestra Lavandería Real. A pesar de ellos, lo pudimos sacar, pero después aparece una mánager mexicana, dice que quiere trabajar con Ekhymosis, después dice lo mismo con Bajo Tierra, entonces empieza a sonar un poco el asunto: abren los patrimonios, apuestan, en nuestro caso hay una ruptura fuerte con Marusa [la mánager de Ekhymosis] y nos separamos. En fin, en ese punto pudimos haber replicado el fenómeno o por lo menos participado de algo parecido a lo que le pasó a Ekhymosis, a Juan Esteban [Aristizábal]. Allí ya habíamos entendido cómo funciona mucho de eso: dinero, intereses, mención de un nombre que pueda ser una marca. Eso ya lo conocimos de cierto modo y volvimos a tocar, no porque quisiéramos llegar a ese punto, sino porque nos gustaba hacer algo que no tenía nada que ver con eso. Además, uno no puede simplificar tan fácil la relación con la aceptación, con el éxito, con que un disco venda no sé cuántas copias. Estoy pensando en Parlantes como una especie de Buena Vista Social Club de Medellín, con rock. Lo que sí resulta apreciable en términos hipotéticos es que cualquier resultado de esa recepción permitiera continuar haciendo lo que uno hace. Si este disco nos permite tocar en un bar en Tokio, como acá en Medellín, fantástico. Y conectar eso con todo lo que uno vive. En esa medida el éxito es deseable.

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