Guillermo González (a la izquierda) junto al bolerista Felipe Pirela. Estudios Odeón. México, 1966.

Guillermo González, el lustrador de canciones

Uno de los últimos grandes maestros de la música colombiana murió el pasado abril. Con él se desvanece otro trozo del siglo XX. Una crónica sobre un par de visitas al autor del famoso verso “no estaba muerto / estaba de parranda”.

2016/05/24

Por Esteban Duperly* Medellín

Es septiembre de 2015 y el maestro Guillermo González Arenas está enfermo. Tiene 92 años y un bajón de salud lo mandó a la clínica Soma, en el centro de Medellín. Lleva varios días en cama, pero luego de ganarle el pulso al fin de semana incierto en que lo hospitalizaron, y tres noches más de descanso y observación –cómo dicen los doctores–, está de regreso en este lado del mundo.

Lo busco para una nota destinada a aparecer en la edición de octubre en esta misma revista, sobre músicos foráneos que cosecharon éxito en Medellín, cuando la ciudad era una Meca de disqueras y sellos que ahora suenan a leyenda –Sonolux, Fuentes, Codiscos, Sonomúsica, Ondina, Zeida–. Lucho Bermúdez y Joe Arroyo ya no existen, pero Guillermo González, de su misma talla y calibre, está muy vivo. Aunque enfermo.

Durante las últimas cuatro tardes he estado en contacto con Nora, su esposa, quien es su voz, ahora que está atiborrado de analgésicos y adormecido por medicinas intravenosas. Pero me dice que ese día el maestro quiere conversar. Tener su testimonio es una suerte. Cuando por correo electrónico le cuento al periodista musical Jaime Andrés Monsalve que finalmente iré a entrevistarlo, su respuesta salta como un resorte: “¡Grande el maestro González! Es una insignia nacional”. Es cierto: en 2009, el Ministerio de Cultura eligió a los 32 maestros de la música colombiana, uno por cada departamento, y Guillermo González fue elegido por Caldas.

Como dicen los bambucos, su cuna era Manizales. Y también con una frase de bambuco resume Carlos Arturo Marín, director de la Banda Sinfónica de la ciudad y amigo suyo durante los últimos 25 años, la relación del maestro González con ella: “Siempre quiso mucho su terruño”. Nació allí en 1923, y aunque cosechó todo su éxito en Medellín, y viajó por Centroamérica y el Caribe haciendo arreglos musicales para una constelación de artistas tropicales y románticos, iba a Manizales cada vez que podía: a visitar amigos, a ver a la familia y, sobre todo, a entregar en persona algún arreglo encargado para la Banda Municipal, que él llamaba “mi banda”. Era un manizaleño genuino, y buena parte de la música propia que compuso son alegorías a su tierra; al paisaje, a los colonos, al amanecer visto desde Villamaría, al Nevado del Ruiz, o pasodobles para la Feria. Aunque de su autoría no es la canción Feria de Manizales, como se estima por error; esa letra es de un homónimo, llamado Guillermo González Ospina, un poeta de Anserma. Pero suyo sí es el arreglo musical más conocido. “De esa música nunca hubo partituras –explica Marín–. Lo que sucedió fue que el maestro hizo, de oído, un arreglo, que fue el que se popularizó”.

En efecto, ahí era un hombre fuerte. Y en su medida, el poder detrás del trono, porque los arreglistas son personas que dan lustre a canciones que el público recuerda por otros. Guillermo González fue el arreglista, solo para nombrar un par, de Felipe Pirela, el cantante de boleros, y de Daniel Santos. Marín cuenta que a Santos, González le cobró 70 dólares la primera vez que trabajaron juntos –un dineral en la época– y lo hizo enfadar. Pero luego la estrella no tuvo más remedio que volver para que le engalanara canciones que después se convertían en éxitos.

En la esfera nacional, las partituras para banda sinfónica de la música más nuestra –Campesina santandereana, para ilustrar con un ejemplo que cualquiera puede tararear– a menudo son arreglos del maestro González. Ahí radica su importancia. En Colombia solo unas cuantas ciudades grandes tienen orquesta sinfónica; pero banda, existe en la mayoría de los pueblos. Y ahí González hizo el gran trabajo de difundir no solo su música, sino la de otros compositores.

Cuando la enfermera me indica su habitación, lo encuentro sentado en una silla. Tiene la muñeca conectada a un catéter, y una manguerita le cruza el labio superior y le inserta en la nariz el oxígeno que a veces se le acaba. No tiene malo el semblante, pero cierta lividez es la impronta de los días malos que acaba de pasar. Lo más incierto es el aire, que se le va acabando cuando habla; es como un acordeón que tiene el fuelle roto, y al final no suena. Pero está animado, despierto, alerta, me aprieta firme la mano en el saludo, y quiere conversar.

“En la casa todos estudiamos música, no por obligación sino por hobby. Pero yo no quería ser músico; yo quería dizque ser militar”, recuerda. Pacho González, su padre, también fue compositor, y le enseñó los primeros rudimentos. Después de contar eso, el maestro comienza a hilar, más o menos en orden, su trasegar de músico: “Los Diminutos Artistas, que éramos dos mandolas, tiple y guitarra. Pero todo en partitura. Yo les escribía todo”. Eso, cuando apenas era un adolescente. Más tarde, al regresar de dos años en la academia militar, donde en efecto estuvo, se fue a Filadelfia, Caldas, como director musical de una banda. Dice: “Hicimos una bandita muy querida, los organicé, los puse a tocar cositas de música clásica, cositas conocidas, y bambucos. La gente era feliz escuchándonos”. Después, “Ritmo y Juventud, con un promedio de 20 años por músico”. Con ella tocó por primera vez en Bogotá. Y finalmente, “El Conjunto Azul, pura música estilizada, romántica e italiana. Tocábamos ‘cha cha cha, qué rico cha cha cha’”. El maestro canta para mostrarme de qué se trataba todo, pero con el esfuerzo se le va el aire y le cuesta retomar.

El Conjunto Azul se transformó en Guillermo González y su Orquesta, que después se llamó, y así se quedó para siempre, La Italian Jazz. La integraban él más una legión de italianos exiliados de la Segunda Guerra Mundial. El primer concierto grande fue en Palmira. “Un amigo me contrató para una fiesta –recuerda– y cuando llegamos la ciudad estaba empapelada con carteles que decían ‘¡Directamente desde Roma a Palmira, llega La Italian Jazz!’. Y esos italianos en tremenda algarabía, felices, porque había una orquesta italiana en la ciudad y querían conocer a sus compatriotas. Entonces apenas llegamos al hotel le pregunto a mi amigo: ‘Oíste, Jaime, ¿cuál es la orquesta italiana? Y me dice: ‘¡Pues la tuya! Guillermo González en Manizales puede ser muy querido, pero aquí en Palmira no lo conoce nadie’”.

Pero ni Palmira ni Manizales, ni siquiera Bogotá, eran la meta. Medellín, para entonces, era el lugar a donde querían llegar los músicos. Era la ciudad que tenía las mayores casas disqueras. Era el núcleo. Así que de regreso en Caldas, González y sus italianos grabaron en Radio Manizales un acetato que por un lado tenía un tema de Pacho Galán, y por el reverso Arrivederci Roma. Con ese disco se fue al Club Medellín, donde estaban buscando una orquesta y logró un contrato por cuatro meses. “Allá me dijeron: cuatro meses y ni un día más. Y si no es la orquesta que suena en este disco, mañana mismo se me van. ¡Se me van, nada! ¡Duré nueve años!”.

En su rostro comienza a modificarse muy leve la expresión; las comisuras de los labios se van hacia arriba, sube el mentón y dice: “Del Club Medellín tengo un recuerdo guardado, que es el mejor de todos”. Entonces mueve las bolas de los ojos hacia la ventana un par de veces, con rapidez, para indicarme que mire hacia allá, y levanta al tiempo las cejas, que es el gesto que uno hace cuando está orgulloso. Junto a la ventana está sentada Nora, su esposa, mucho más joven.

—¿No me diga que se conocieron en el Club Medellín? –le pregunto.

—¡Sí! Allá me llevaban a empanadas bailables –responde Nora, mientras se ríe–. Yo tenía 14 años y desde que lo vi me encantó. Les decía a mis compañeras “él es mi novio, pero no lo sabe”, y le contaba a todo el mundo que tenía un novio grande que tenía una orquesta inmensa. Le pedía permiso a mi papá para ir a almorzar al Club los domingos con la esperanza de ir a verlo, porque yo sabía que él se mantenía allá.

—Ese es mi recuerdo eterno, el más grande, y fue hace 50 años –remata el maestro.

Diez días después lo entrevisto de nuevo. Está de regreso en su casa del barrio Boston y ha aceptado revisar su archivo fotográfico, para buscar fotos que lo muestren en sus gloriosos. Lo encuentro sentado a un escritorio con la mirada puesta en la pantalla de un computador que tiene una partitura digital. El software se lo instaló su hijo, que es productor musical, y allí el maestro trabaja poniendo notas sobre un pentagrama. Al final de ese mes le harán un homenaje en Manizales, pero para ponerle la carnada y que acepte ir, le piden los arreglos de los temas que tocará una banda de 70 músicos. Ya no está conectado a una bala de oxígeno, pero hay un caminador ortopédico a su lado, y no puede levantarse solo.

Sus álbumes son una claraboya a una época suntuosa, que ya no existe. Allí aparece, retratado, todo aquel glamour de las orquestas tropicales, como unas big band que en lugar de jazz tocaban porros y ‘música caliente’ y divertían a la gente. Sale junto a sus músicos italianos, vestidos de saco blanco y corbatín negro y zapatos de charol. Aunque él tiene puesto un saco oscuro –porque es el director– y un pañuelo blanco en el bolsillo de la solapa. También, en otra, junto a Lucho Bermúdez, de quien fue amigo personal: ambos ataviados con sus trajes de maestro, en lo que parece ser el intermedio de una gala compartida. El pelo de Bermúdez peinado hacia atrás, brillante con el fogonazo del flash, y el de González crespo y quieto, bien cortado. Unos dandis morenos.

Paso las hojas de los álbumes con cuidado y pongo cada foto de vuelta en su lugar, pero el maestro González se desespera un poco con tanta solemnidad y me mira como queriéndome decir: “Muchacho, no es para tanto”. Le discuto que sí, y para defenderme aparece una postal enviada desde Cuba: “Para Guillermo, un recuerdo”. La firma en letras redondas, grandes y bullosas dice: “Celia Cruz. 1960”.

La nota más alta en la vida de Guillermo González Arenas fue El muerto vivo. Ese fue el hit de su vida, aunque suyos son también otros temazos bailables como Juan Onofre, Cumbia Ron, y El Tiburón. “Estaba yo haciendo unos arreglos que ya ni me acuerdo para qué –cuenta el maestro González– y me cansé y miré en el periódico la noticia: a un obrero de Argos, Marco Herrera, le hicieron la liquidación, se fue a tomar con un amigo y no volvió a aparecer. La mamá reconoció el cadáver, en una morgue, por una cicatriz en la rodilla. ¡Y lo enterraron! Pero a los días apareció, ¡vivo!”. Y esta vez no canta, sino que recita los versos de su porro, medio muriéndose de risa de su propia historia, que más que una canción es una crónica.

El muerto vivo lo grabó el Trío Venezuela en los estudios Sonomúsica en Medellín. El maestro mismo lo dice, “para rellenar un disco”. No volvió a saber nada del tema, porque en el mundo chico de ese entonces las noticias andaban despacio. Pero en un viaje a Caracas se vio a sí mismo en una noticia del periódico, que anunciaba su presencia en la ciudad. De la canción se apropiaron luego varios y la hicieron aún más famosa, aunque sin reconocer a veces la autoría de González: el cubano Rolando Laserie y el catalán Peret, quien la acomodó a una rumba flamenca, e inventó una historia propia en donde el obrero se trasformó en un tal músico suyo. Más tarde Joan Manuel Serrat la cantó también, y aún lo hace junto a Sabina. En sus versiones todos le han cambiado el nombre al muerto, para que la métrica se ajuste a su ritmo, pero no se han atrevido a mover lo fundamental: que el sinvergüenza no estaba muerto, sino de parranda.

Mientras guardo la cámara fotográfica y la grabadora, el maestro González vuelve al pentagrama del computador. Me despido de su esposa, y cuando regreso a su estudio para agradecerle, lo encuentro de pie, a pesar de que el médico le tiene prohibido hacer el esfuerzo de levantarse solo. Pero a un hombre de 92 años nadie le dice qué hacer. Así que insiste en acompañarme hasta la puerta y le alcanza para hacerme un chiste sobre tomarnos un aguardiente, aunque es exageración, porque él mismo me confesó que nunca fue un gran bebedor.

“Hasta pronto”, le digo. Uno nunca tiene la conciencia de estar diciendo adiós.

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