Las calles de Bogotá, en los años noventa, estaban llenas de volantes que anunciaban conciertos en teatros y bares como TVG, Vértigo, Membrana o Florhisteria.

Así llegó el rock sucio a Colombia

El pasado 3 de diciembre murió Scott Weiland, líder de Stone Temple Pilots. Además, en 2015 Pearl Jam visitó Bogotá, se estrenó un documental sobre Kurt Cobain, y algunos sobrevivientes de un género que parecía olvidado tras 25 años de haber aparecido en la escena del rock cobran relevancia. ¿Cuál es la historia y cómo impactó aquel movimiento a la juventud colombiana?

2016/02/28

Por José Plata* Bogotá

Tras la muerte del cantante Scott Weiland, de la banda Stone Temple Pilots, el pasado 3 de diciembre, la prensa musical volvió a darles espacio a algunos fenómenos que no han sido ajenos a la historia del rock and roll desde sus inicios: la muerte por abuso de drogas, los excesos y el manejo desorbitado de la fama o la fortuna. Si bien Weiland murió a los 48 años, algunos hicieron referencia al llamado club de los 27, una etiqueta mórbida en la que se encuentran aquellos personajes que fallecieron a esa edad y que se convirtieron de inmediato en leyendas. Así el mundo reconoce a Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin, Brian Jones, Kurt Cobain o Amy Winehouse como héroes o víctimas del mundo del entretenimiento o la cultura pop.

Pero lejos de esta clasificación y de aquellas lecturas inquisidoras, la muerte de Weiland hizo un llamado de atención a cómo una de las tendencias musicales más representativas de fines del siglo XX se ha ido desvaneciendo o simplemente es algo que ya otros recuerdan a partir de videos, listas de reproducción en servicios de streaming o especiales nostálgicos de los noventa. Se trata del grunge, aquella última escuela sonora de Estados Unidos que se reprodujo en el mundo y que ha vivido lo suficiente para ser documentada masivamente y también entrar de lleno a la red.

El grunge era la respuesta a ese sonido de una rebeldía mediática que se vanagloriaba de los excesos y solía tener el ideal de mujer californiana ligera de ropas, rubia y voluptuosa como meta humana. Era música que podía ser fuerte, cruda y densa; pero también podía encarnar melancolías, euforias y anhelos. No buscaba agradar con una imagen, pero fue precisamente este detalle uno de los polémicos asuntos que hicieron que se masificara. Tampoco se refería a los excesos en las drogas, si bien la heroína fue un referente común entre algunos de sus músicos.

Corazón hardrock, espíritu punk, mente libre

Frente a otras ciudades estadounidenses como Chicago, Los Ángeles, San Francisco o Nueva York, que han vivido oleadas creativas y que han tenido sus propias leyendas alrededor de bandas, locales, discotecas o canciones, Seattle no tenía presencia musical. A comienzos de los ochenta, tan solo era recordada por ser el lugar de nacimiento del guitarrista Jimi Hendrix. Alejada de las posibilidades de entrar a un circuito de giras de grandes artistas, tuvo que apostarle a desarrollar su propia mirada y hacer su propio circuito. Se aducía que era un lugar lejano y en el que no había suficiente público.

Si a esto se le suma un clima de bajas temperaturas a lo largo del año, la ciudad se convertía en un férreo desafío de supervivencia artística que debía ser aprovechado a través del prensaje de discos, los conciertos pequeños y los intentos de consolidar una escena musical. Las bandas de los ochenta sabían que no iban a entrar a formar parte de los circuitos masivos; así que no tenían que acoplarse a las exigencias de la industria. No estaban interesadas en perder su independencia. Nadie ganaba, nadie perdía, simplemente se vivía y resistía a través de sencillos y discos de pequeños tirajes. La comunidad musical solía asistir a los mismos pequeños locales, comprar en las tiendas independientes o escuchar los mismos programas de radio. Todo bajo una efervescencia que se reproducía localmente y que no era registrada en los grandes medios.

Los ochenta de Ronald Reagan y su promesa del “sueño americano” estaban en la mente de los estadounidenses; solo que no todos podían vivirlo. Los jóvenes se enfrentaban a la necesidad de estudiar en la universidad y prepararse para entrar a trabajar y seguir sirviendo a la máquina; mientras que otros simplemente tenían que conformarse con subsidios o trabajos temporales. Una generación entera resistía a través de la música y de la búsqueda de canales de expresión alejados de mtv, la prensa masiva o las adulaciones excesivas de la crítica.

Ya no solo era Seattle, que se sentía alejada de la búsqueda de aquella felicidad en el consumo y la opulencia; el descontento era masivo y se enfocaba a través del alejamiento de lo que se aceptaba como normal en la música. En las listas de éxitos estaban Madonna, Prince, Michael Jackson, Cindy Lauper y una estela de cantantes pop. Pero las bandas que no encajaban en las reglas de la industria tenían sus propias tácticas: armaban giras artísticas en pequeños locales de las ciudades; se transportaban en buses o en camionetas por las diferentes carreteras; intercambiaban discos en sus conciertos, armaban redes de gestión, subsistían y se apoyaban; inclusive sobrevivían tocando por pequeñas sumas o hacían trueques. Algunas de ellas fueron: Minor Threat, Black Flag, The Melvins, Fugazi, Descendents, Hüsker Dü y Butthole Surfers.

Su hábitat sonoro natural eran los espacios radiales de las emisoras universitarias. Al no estar regidos por estudios de audiencias o mercados se convertían en el espacio propicio para descubrir nuevas propuestas de otras ciudades de Estados Unidos o Inglaterra o para conocer qué sucedía localmente. Por estos programas desfilaron gran cantidad de artistas.

En esa misma década se consolidaron los sellos independientes, dedicados a lanzar las canciones de las bandas que mostraban un definitivo aprecio por la distorsión y densidad del heavy metal, pero además la rapidez y la efectividad del punk. Bajo el nombre de Sub Pop, una publicación independiente de Olympia (capital del estado) comenzó a distribuir en sus ediciones impresas casetes con grabaciones de bandas locales. La idea no era novedosa: en otras ciudades, los fanzines y las grabaciones caseras circulaban de mano en mano. Pero la diferencia era que en Seattle y sus alrededores había suficiente material para hacerse notar.

Sub Pop pasó luego a ser un sello independiente sagaz y estratégico: comenzó a lanzar a finales de los ochenta las grabaciones de esa camada de bandas que llamaban la atención de la ciudad y que ya llevaban varios años rondando. Junto a él, existieron otros sellos como K Records, C/Z, Estrus o PopLlama. Los nombres de Soundgarden, Mudhoney, Nirvana, Green River, Tad, Love Battery, Skin Yard, entre otros, comenzaron a ser reconocidos ya no solo dentro del estado; ahora se hablaba de aquel sonido que mostraba una densidad y una fuerza sin par. No tenía relación alguna con el glamur y descuido de las bandas del llamado “hair metal” de Los Ángeles. Tampoco tenían relación con el new wave y postpunk de Nueva York. Estas eran bandas alejadas del clisé de los excesos. Eran formadas por personas criadas entre anhelos y angustias y que no dependían de la aprobación masiva. Sin embargo, se apreciaban los trabajos de bandas como Pixies, Sonic Youth o R.E.M., que si bien estaban en un camino intermedio entre la independencia musical y la distribución masiva a través de las multinacionales, solían destacar a las bandas de esta ciudad.

Los artistas usaban botas, pantalones cortos, bluyines raídos, camisas de leñador o camisetas de algodón como algo habitual. Pero algunos lo interpretaron como un código de vestimenta y se empeñaron en darle un valor o código supremo. Lo que era una música, comienza a ser una motivación comercial aprovechada por diversas industrias. La primera, por obvia facilidad, fue la musical. El grunge vino a ser el nuevo gran sonido que se expandió y convirtió en tendencia mundial entre los tempranos noventa. Inglaterra tenía la explosión del sonido Manchester y las bandas del llamado “shoegazing”; pero el impacto no fue masivo en Estados Unidos. Entre recopilaciones, videos y discos de ventas multimillonarias, los grupos de Seattle alcanzaron la fama, pero algunos no pudieron desprenderse de ella. La industria textil transformó la ropa de uso diario como algo exclusivo, casual y de espíritu global. La prensa hacía reportajes sobre el lugar más “cool” del planeta; tratando de hallar las razones y presentar los motivos que lograron hacer que la música que provenía de allí llamara tanto la atención. Inclusive, con la película Singles, de Cameron Crowe (1992), Seattle se convertía en el espacio para una comedia romántica alrededor de esta música.

Si bien la muerte de Kurt Cobain en abril de 1994 supuso un golpe fuerte para esta movida, no vale la pena descartar el impacto que tuvo por otros años. Bandas como Alice in Chains o Pearl Jam han seguido tocando y dejando en claro que la etiqueta fue algo que se agotó o que terminó por hacer que muchas bandas de aquellos años no tuvieran la visibilidad que merecían. No solo además se asoció el grunge con las bandas de aquella ciudad; otros proyectos como Stone Temple Pilots, Candlebox o Bush fueron etiquetados como grunge, por una mera necesidad de mercadeo. 

El impacto criollo

Aquella propuesta sonora de Seattle tuvo su impacto sonoro en Colombia, pero hay que rastrearla dentro de los sonidos independientes de Bogotá y Medellín que surgieron a comienzos de los noventa. Justo cuando el coletazo del rock en español de 1988 caía aplastado por las bombas y los atentados del narcotráfico, nuevas bandas y lugares buscaban ser el refugio de una inquieta juventud colombiana. Si bien se supo del grunge a través de la radio y los videos que se emitían en espacios televisivos, la estructura de la industria discográfica en el país estuvo más atenta a los sonidos tropicales que al rock. Los pocos grupos de rock nacional como situación de éxito, ligados a una experiencia multinacional, se cuentan con los dedos de la mano; razón por la cual una necesaria revisión de la independencia se hace relevante.

A través de bares como Vértigo Campoelías, Kalimán, tvg, acme, Transilvania, La Florhisteria, Fangoria, Rotten Rats entre otros, la ciudad vivió y sintió esos sonidos. Las ondas radiales de espacios en UN Radio, Javeriana Estéreo, Musicar FM, 88.9 o Radioactiva sirvieron para que el oyente nacional pudiera conocer las diferentes facetas del grunge. Desde las grabaciones que se podían conseguir en las tiendas musicales de la época o en aquellos discos de rarezas que circulaban de manera independiente, este sonido se fue colando en la juventud de los noventa.

La huella del grunge en nuestro país da también para recordar proyectos que musicalmente buscaban ser un reflejo local de aquellos sonidos que emergían de Seattle. Justo eran los tiempos en los que Colombia vivía el apagón de 1992, la naciente apertura económica y en los que todavía internet estaba en pañales. Así que todavía se podía ser grunge sin pecado alguno. Hubo bandas como Catedral en Bogotá o Juanita Dientesverdes en Medellín, que se aproximaron a este sonido desde un punto de vista musical; pero también hubo otras agrupaciones como El Zut, La Derecha, 1280 Almas, La Giganta, Ático, Marlohabil o Danny Dodge que si bien no tenían particularmente un estilo musical como el grunge, representaban ese espíritu de la independencia sonora que en los noventa labró el camino para tener algunas de las experiencias más apreciadas del rock nacional en aquella década.

Particularmente Catedral logró un reconocimiento local a través de un disco, un video y presentaciones en escenarios de la época. Humberto Moreno, de Discos mtm, firmó al grupo en 1993 para su sello luego de conocerlos a través de una maqueta que su representante le hizo llegar. El sonido de la banda le ofrecía un timbre particular: rock con un violín, letras atrevidas y una alta creatividad. El vocalista y violinista de Catedral era Amós Piñeros. Miguel Navas, quien fue su guitarrista, reconoce cómo el grunge permitió reconocer las nuevas tendencias musicales locales y cómo fue un semillero de bandas y de un sentir distinto. Y añade: “Si en algo falló el movimiento fue en la politización que se hizo de las bandas. Por su nombre, nos relacionaban con la cárcel de Pablo Escobar. Pero nunca tuvimos orientación política”.

Miguel Ruget, director de la revista Disidencia, recuerda cómo al comienzo de la década se hablaba de rock alternativo, más no de grunge. “Llegaban las revistas extranjeras que mostraban las bandas de la época y que luego se conocieron a través de las grabaciones importadas”. Cuando se comenzó a hablar del fenómeno grunge, la gente lo asociaba con Nirvana o Pearl Jam, que fueron las bandas que más sonaron en la radio.

Quienes dicen que los fenómenos históricos no suelen durar más de cinco años pueden tener razón en cuanto al grunge en su fuente original y sus repercusiones en otros lados del planeta. Pero no contaban con la existencia del repositorio actual de los recuerdos humanos a unos cuantos clics. Rastrear la historia del grunge es cada vez más fácil con Google y otras herramientas, pero los recuerdos vivos de sus protagonistas, sus legados y anécdotas no han sido recogidos en Wikipedia, Snapchat, Vine, Instagram, Twitter o Reddit. Todavía hay música por  descubrir y emociones por vivir por parte de las nuevas y las viejas generaciones.

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