Bomba Estéreo en el festival Detonante que se realiza anualmente en el Chocó. Crédito: León Darío Peláez / Semana.

La historia de los 'beats' colombianos

Del 12 al 15 de septiembre se realizará un nuevo Bogotá Music Market, con un enfoque decidido por la música electrónica. Aunque para muchos queda la nostalgia de los años noventa, cuando la escena despertó, la música y la cultura electrónica en Colombia tienen una particular expresión e historia en los últimos 25 años.

2017/08/25

Por José Plata* Bogotá

Las experiencias previas en aspectos como la creación o el desarrollo de eventos en los años ochenta, fueron limitados y ligados a personas que podían acceder a información o conocimiento que no tenía una presencia masiva en los medios colombianos. Los equipos musicales para crear eran costosos y difíciles de conseguir. Los discos de música electrónica que llegaban eran pocos y consumidos rápidamente. Si bien hubo prensajes locales de artistas como Depeche Mode, Kraftwerk, Devo, Jean Michel Jarre o Yello, esto no fue una constante como en otros países.

Por su parte, la academia desarrolló trabajos en los campos de la música acusmática, electroacústica y contemporánea que tuvieron espacios de divulgación en aquella época y que sembraron un camino para artistas que aún hoy desarrollan esto. Hay que sumar además la tensa situación política y social generada por el narcoterrorismo de los ochenta y noventa.

El ambiente no era el mejor para divulgar, pero sí para crear. Tanto Bogotá como Medellín tuvieron artistas con bases electrónicas como Estados Alterados, Le Kaffage, Xolodigital o The Mess. Solo Estados Alterados firmó con una compañía discográfica en lo que se convertiría en una grabación emblemática para la música electrónica local. Su disco homónimo apareció en 1991 y dejó una marca instantánea con canciones como Muévete o Hace cien años.

Ya a mediados de los noventa, a través de espacios televisivos de los sistemas de cable y programas radiales especializados, se conocería la actualidad creativa que empezó a tener un impacto en el país. Si bien existieron anteriormente espacios dedicados a sesiones DJ en emisoras nacionales, es en este contexto cuando los sonidos de artistas y proyectos como Moby, Gus Gus, Roni Size, Massive Attack, Portishead, Prodigy, Chemical Brothers, Daft Punk o Underworld suenan en programaciones habituales. El acceso a información en línea a través de internet y la relativa facilidad para acceder a estos discos debido a las importaciones que se produjeron en aquellos años generó una especie de relación inmediata con una cultura que estaba ya presente en el mundo.

La fiesta como motor

La Ley Zanahoria fue una medida tomada por la Alcaldía de Antanas Mockus, en diciembre de 1995, con el objeto de disminuir la violencia nocturna producida por el consumo desaforado de alcohol, pero a la vez fue un detonante clave para la música electrónica. Con el cierre de los establecimientos públicos a la 1:00 de la madrugada, el ánimo del jolgorio no se diluía. Al contrario, buscaba otros lugares. Los after parties se convierten en una válvula de escape en la que hubo tanto resistencia como comercio. Por un lado, se buscaron espacios como bodegas o casas abandonadas para poder hacer fiestas, reclamando así un espacio natural en la ciudad para vivir aquello que se estaba negando y en donde además hubiera una igualdad social que no estaba del todo presente en la noche bogotana. Pero también fue el tiempo para realizar eventos en poblaciones como Chía, Cajicá. Tocancipá. Silvania o Girardot en los que los DJ colombianos compartían escenario con talento internacional.

Como negocio o como proyectos colaborativos, la medida canalizó el creciente deseo de bailar con los sonidos de cotizados nombres de DJ. Las visitas internacionales estuvieron a la orden del día y se generaron todo tipo de distorsiones en precios y talentos. Los patrocinios de cigarrillos y bebidas alcohólicas aprovecharon la oportunidad antes de ser restringidos.

La fiesta y sus expresiones fueron evolucionado en la última década, presentando un reflejo de tendencias globales que han pasado por el techno, drum and bass, house, minimal y también han llegado al sonido del EDM (Electronic Dance Music). La música electrónica como negocio no ha dejado de existir en 20 años. Así se han tenido festivales y fiestas multitudinarias, al igual que propuestas que se han visto en clubes, teatros y discotecas que han tenido todo tipo de artistas. Las iniciativas recordadas pasan por nombres como Festival Input, Colón Electrónico, Encuentro Electrónico, Love Parade Tribute, Summerland, Ultramar, Baumfest, Freedom, Sónar Bogotá, MicroMutek, ciclo El Suiche, Patio Sonoro, Bogotrax, Storyland, Radikal Styles, The Zoo, entre otros. Todos han sido expresiones en las que el talento ha pasado por DJ y live acts, generando interés en gran parte por un público ávido de disfrutar y también de sentirse parte de una expresión que está en todo el orbe.

Como ventana de exposición, estos eventos han sido también, en algunas ocasiones, una barrera de acceso a esta cultura debido a los precios de boletas e insumos. Mientras en algunos países existen iniciativas que por años buscan un acceso a la fiesta y a la cultura electrónica de una manera libre, Colombia ha creado espacios que en ocasiones resultan ser más costosos que una jornada musical en países europeos o en Estados Unidos.

Crear, proyectar y recuperar

Los mismos noventa fueron punto de inflexión para la incursión colombiana en el mundo de la electrónica. De manera paralela empezaron a aparecer composiciones electrónicas generadas por un talento nuevo que había accedido a equipos y programas más baratos (inclusive en versiones pirata) que podían producir en casa y compartir sin la necesidad de compañías discográficas gracias al formato MP3 que se había convertido en la base de trabajo e intercambio de sonidos en diferentes plataformas. Estos talentos representados en nombres como Protov, Panorama, Iván Panqueva, Verselover, Miguel Navas, Tomás Jaramillo, Sismo, Posthuman, Dynamicrón, Planeta Rica, AM 770, Federico Goes, entre otros.

El posterior desarrollo y acceso a la tecnología y a plataformas de difusión ha sido un punto destacable dentro de la creación electrónica. Así como se compartieron producciones en portales de difusión, electrónica colombiana hubo en MySpace y, desde hace unos años, Soundcloud, Bandcamp y Mixcloud se han convertido en el lugar para conocer obras nuevas y sesiones de estos creadores.

Pero a pesar de esto, persiste una pregunta frente al uso artístico de estos equipos. Si bien pueden estar al alcance de todos y tienen las mismas sonoridades, ¿cómo puede hacerse entonces para darle una característica local y a la vez sonar global?

La primeras respuestas vienen con Richard Blair y su proyecto Sidestepper. Iván Benavides, quien fue parte de la propuesta, recuerda cómo el trabajo de unión entre “lo circular del ritmo electrónico y la música local hizo que se tuviera un sonido que hablaba por una Colombia moderna, que unía la máquina y la tradición. Algo que se nutría del dub de Jamaica y que no buscaba ser la estructura convencional musical de occidente”. Era una primera respuesta que ofrecía Colombia, mientras México y Argentina se preguntaban lo mismo y su respuesta era sacar Nortec, Nopalbeat y Gotan Project o Narcotango.

La pregunta se ha mantenido y ha sido respondida de diversas maneras. Expresiones como la cumbia electrónica, pasando por la champeta, la salsa choque, el género urbano y el trap, se han convertido en maneras de entender un espíritu local con ánimo universal. Las obras de artistas como Bomba Estéreo, Cero39, Masilva, Monareta, Ghetto Kumbé, Sultana, El Freaky, Systema Solar o Mitú han tenido repercusión local e internacional y continuidad.

Pero antes de esto, la champeta, expresión electrónica que viene desde los ochenta en Cartagena, ha tenido una vida y un código propios que le han permitido sobrevivir y mantener un espíritu local y soportar todo tipo de críticas y atisbos de comercialización. Cali, por su parte, al ofrecer la salsa choque en los últimos años, muestra un despliegue creativo que contagia la nación al usar la base de la salsa con una serie de programaciones y beats. Y por su parte, Medellín proyecta una respuesta al reguetón con lo que se conoce como sonido o música urbana. De un modo u otro, la música electrónica se cuela y está presente en la actualidad sonora colombiana.

Bien sea para el mundo underground o para el mainstream, el consumo de esta cultura no se detiene. Al contrario, está presente y a la vez comprende nuevos nombres.

Creamos aquí, presentamos afuera

El ánimo creativo en la electrónica nacional ha generado también reflexiones locales en aspectos como consumo de drogas en la escena, evolución de estos sonidos en el país, el papel de la mujer, la presencia de la comunidad LGBTI, entre otras. Son estos momentos necesarios y claves que reafirman un espíritu siempre presente en esta cultura: el de hacerlo por uno mismo.

Este motor creativo ha generado obras que están presentes en los diferentes estilos sonoros de la electrónica. Pero muchas de ellas tienen mayor repercusión internacional que local. Incluso, hay artistas electrónicos colombianos viviendo fuera del país como Gabriela Jimeno (Ela Minus), Isa Gt, Víctor Lenis, Sano, Jhon Montoya, Lido Pimienta y Paulo Olarte, entre otros.

Y si las plataformas de sellos digitales (netlabels) como Series Media o Monofónicos han sido en su momento un canal de difusión, las condiciones actuales hacen que artistas como Magdalena, Cáceres, Merino, Pernett, Julio Victoria, Felipe Gordon, Música Inmobiliaria, Dany F, mnkybsnss, Ságan, Zyderal, Mia Hush, Fiona Beeson, Dijon Triathlon, Vandel, Okraa, Lunate, Las Hermanas, Mr. Bleat, Popstitute, Shifter, La Payara, Monitor, Vilamarea, Nuclear Digital Transistor, Verraco y más, le apuesten a la creación sonora que supone ser la banda sonora ya no del país, sino de la sociedad tecnológica actual. Bien sea para la pista de baile o para escuchar, hay creación electrónica constante. Andrés Cáceres, talento nacional con tres vinilos publicados en el sello Low to High Records, quien además desarrolla eventos en la capital, dice que “los patrones rítmicos propios de la música electrónica hacen que la gente solo piense en moverse en su forma más auténtica. La fiesta es el lugar donde nos mostramos a los demás como somos”.

Siendo la tecnología y su alcance artístico una liberación creativa que permite hacer música más allá de las reglas establecidas previamente, se ha logrado hacer que aspectos básicos de la humanidad como el deseo de igualdad, el rito del baile o la esperanza creativa se retomen justamente con esta música. Y ahora esto se enriquece más al coexistir tecnología y plataformas analógicas y digitales para crear, producir y difundir, como nunca antes hubo oportunidades. Alfredo Vargas, artista y director de Audiotecna (distribuidor de equipos Moog y Ableton, entre otros) ve un futuro electrónico para explorar. Su trabajo le ha hecho ver cómo “los artistas colombianos buscan ávidamente equipos y tecnología de los setenta, pero están al tanto de las nuevas tendencias digitales y análogas del momento. No todo lo puede hacer un computador, y un instrumento análogo tampoco hace todo”.

En físico o en digital, el espíritu electrónico colombiano está. Pero paradójicamente, frente a escenas de países como Argentina, Brasil, Chile o México, ha generado pocos documentos propios de memoria como libros, discos recopilatorios, documentales o muestras retrospectivas.

Está hecho todo, pero todo está por hacerse.

*Periodista musical. Ha publicado en medios en España, México y Estados Unidos, entre otros. 

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