Gustavo Cerati dejó una vasta obra con Soda Stereo y también como solista.

Todo personal

El escritor, músico y periodista Eduardo Arias hace esta semblanza de Gustavo Adrián Cerati Clark, fallecido en Buenos Aires el pasado 4 de septiembre. ¿Cómo fue la llegada de Soda a nuestro país?

2014/09/23

Por Eduardo Arias* Bogotá

Debo confesar que cuando supe de Soda Stereo el nombre me supo a cacho. Eso fue a finales de 1986, en el almacén Musiteca, de Saúl Álvarez, quien me presentó el grupo a través de un LP prensado en Colombia titulado Nada personal y me dijo que iban a tocar (o que acababan de tocar) en Corferias. Miré el álbum y me parecieron como raros los nombres de los integrantes. Cerati me sonaba a Varoni, a Ruanini, a Vinagretti. Los otros dos… Zeta, Charlie Alberti… Pero bueno. Eran detalles menores. Compré el vinilo (que resultó ser un compilado de los dos primeros álbumes argentinos de la banda con la portada del primero) y, como era de esperarse, al oírlo quedé atrapado por “Nada personal” y “Juegos de seducción”, canciones muy en la onda new wave británica que tanto me gusta y que muy pronto se volvieron indispensable en las fiestas.

En 1987 Soda Stereo volvió a Colombia, esta vez a la Plaza de Toros, y ahí pude darme cuenta del poder de la banda para tragarse, literalmente, el escenario. Un sonido impecable, una puesta en escena contundente, un espectáculo musical y de luces avasallador. En ese concierto, en el cual presentaban material de Signos, su tercer álbum, descubrí un Cerati que no solo tocaba guitarra sino que también no-tocaba guitarra. Es decir, un músico que les daba tanta importancia a las notas como a los silencios. Tenía a su lado una torre con unidades de efectos que se encargaban de generar toda suerte de ecos y de mantener los acordes en suspensión por varios segundos. Una propuesta musical asombrosa con letras un tanto extrañas. No entendía (y sigo sin entender) aquello de “mar de fondo/ no caeré en la trampa. Llámame pronto/ acertijos bajo el agua”. Estrofas como esa eran recurrentes y le daban a Soda Stereo (y a Cerati, su autor), un sello único. Desde entonces dejé de ver a Soda Stereo como el grupo divertido y ocurrente de “Nada personal”, “Juegos de seducción” y “Un misil en mi placard” al que la suerte le había sonreído un poco más de lo que merecía.

La influencia de Cerati no solo era musical. En 1987 los tres integrantes de Soda Stereo llegaron a Colombia con un peinado bastante extraño, una especie de copete Alf crespo, a mitad de camino entre Robert Smith, de The Cure, y Ana Curra, de Alaska y los Pegamoides y luego Parálisis Permanente. Varios músicos de la escena del rock bogotano imitaron el peinado para parecérsele a él cuando volviera a Colombia. Como en esa época no había internet, la única referencia eran las fotos disponibles en las portadas de los álbumes. Cual no sería su sorpresa cuando, un año después, Gustavo Cerati se bajó del avión con el pelo corto. Como quien dice, “esa platica se perdió”.

Luego vino Doble vida, grabado en Nueva York, un ejercicio de estilo fruto de su alianza con el gran productor y guitarrista Carlos Alomar, que se promocionó con las canciones “Pic nic en el 4B”, “Doble vida” y, un poco más adelante, “Lo que sangra” (la cúpula), pero que traía escondida “En la ciudad de la furia”, (tema dos del lado B del LP), una de las obras maestras de Cerati, y que fue emergiendo poco a poco hasta alcanzar el pedestal que se merece. A esas alturas del paseo Cerati era una influencia para cualquier guitarrista latinoamericano. No dispongo de cifras, pero es indudable que gracias a él se dispararon en América Latina las ventas de pedales chorus, flanger, phaser y delay. Cerati, Robert Smith, de The Cure, y The Edge, de U2, fueron el manual de estilo de cómo tocar la guitarra a finales de los años ochenta.

Mi afición por Soda Stereo rozó el fanatismo con el álbum Canción animal, de 1990. Soda Stereo daba un nuevo paso adelante. Y Gustavo Cerati, ya instalado en el panteón del rock de América Latina como un clásico, se mantuvo unos años más con Soda Stereo, consolidó su carrera como solista y participó en proyectos mucho más underground. Combinó el rock y el pop con la electrónica, incursionó en la música sinfónica, reinterpretó sus antiguas canciones en el muy celebrado disco unplugged… A esas alturas del paseo, Cerati estaba a un millón de años luz de “Cuando pase el temblor”.

Pasan los años y gran cantidad de su herencia musical se escucha como si hubiera sido grabada hace 15 días. Músicos coyunturales hay muchos. Estructurales, que resistan el paso del tiempo y que cada año suenen mejor, más bien pocos. Y uno de ellos es Gustavo Adrián Cerati Clark.

*

Es curioso. Cuando en mayo de 2010 Cerati sufrió el accidente que lo dejó postrado en estado de coma, yo pensaba en lo absurdo de la situación, que debería morir lo más pronto posible. Pero ahora que esa noticia es realidad, su muerte me ha sumido en una profunda depresión, como si el accidente hubiera sucedido la víspera.

Es triste ver de nuevo las fotos de Cerati. Tan lleno de vida, tan joven aún a sus 50 y pico, por no mencionar tantas ideas que desconocemos que quedaron atrapadas en su mente.

En llamas me acosté y en un lento degradé supe que te perdí”, cantaba en “Crimen”. ¿Premonitorio?

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