Jorge Velosa y Javier Moreno en una foto de comienzos de los años ochenta.

Javier Moreno Forero: el carranguero inquieto

Fallecido en 1985 de manera temprana, el requintista fundador de Los Carrangueros de Ráquira y director del grupo La Murga ha sido recuperado gracias a un homenaje 31 años después. ¿Quién era este arquitecto que se murió de tristeza?

2017/01/24

Por Humberto Pérez* Bogotá

La fotografía es legendaria: cuatro hombres juntos que visten sombrero de fieltro, ruana de lana sin cardar, camisa, saco, pantalón de dril y botas café; en el medio de ellos, un caballito de madera con riendas y montura. Los cuatro posan frente a una cámara de placas y un fotógrafo que se apresta a obturar en algún parque de la capital. La foto, autoría de Marta Rojas, enmarcó el incontestable debut discográfico de Los Carrangueros de Ráquira, editado en 1981 por FM Discos & Cintas con referencia LP4004. En la imagen, tres de ellos llevan ruana y sombrero de color oscuro: Jorge Velosa, Ramiro Zambrano y Javier Apráez; el otro se distingue de sus compañeros porque sus prendas son de tono claro, lleva lentes de culo de botella y el pelo largo, además, su cara no apunta a la cámara. Ese otro es Javier Moreno Forero, el carranguero inquieto.

Moreno, nacido en Bogotá el 21 de julio de 1951, empezó a cultivar su afición por la música y la canción popular latinoamericana en el grupo Cantalibre, a mediados de los años setenta, mientras estudiaba Arquitectura en la Universidad Nacional de Colombia; allí, en ese contexto, conoció a Velosa, que estudiaba Medicina Veterinaria. Coincidieron en largas jornadas de bohemia en la taberna Arte y Cerveza –ubicada en la calle 43 con 13–, reconocieron su gusto por la música, puntualmente el interés común por la tradición musical campesina del altiplano cundiboyacense, y establecieron un vínculo definitivo que se concretó en la creación de Los Carrangueros de Ráquira.

Aunque la vida de Los Carrangueros fue relativamente corta, de 1977 a 1982, cambiaron la música popular colombiana para siempre. En menos de cinco años llevaron las historias cotidianas de los lugareños del altiplano cundiboyacense, en forma de coplas y cantas en ritmo de merengues, rumbas y paseos –que remitían a torbellinos y vallenatos–, desde la cabina de transmisión del programa Canta el pueblo de Radio Furatena, de Chiquinquirá, hasta la tarima del Madison Square Garden, de Nueva York, dejando a su paso más de un millón de copias vendidas de sus tres únicos álbumes: su debut homónimo editado en 1981, Viva quien la toca! (sic) (1981) y Así es la vida (1982). En cada uno de ellos el cuarteto desperdigó con ingenio una música que se cocinaba en lo más profundo de los valles de Ubaté y Tenza, sacando a la luz a un género musical oculto hasta entonces y que terminó por denominarse música carranguera. Si bien el hermoso daño ya estaba hecho, cada uno de los integrantes del grupo tenía intenciones e inquietudes estéticas irreconciliables que derivaron en su disolución en 1982.

Mientras Velosa continuó explorando los vericuetos de la copla campesina, Moreno Forero optó por expandir su quehacer sonoro; aunque el bogotano se había formado como músico autodidacta atraído por el ingenio telúrico de los Andes colombianos, también lo seducían el encanto pop de los Beatles, el misterio atmosférico de Pink Floyd, la hondura lírica de Silvio Rodríguez, el desparpajo rítmico de Pedro Laza y el arrebato bailable de Guillermo Buitrago, entre tantas otras cosas. Entonces, con el ánimo puesto en crear y terminar sus propias canciones, en 1983 dio forma a un nuevo grupo bautizado como La Murga, integrado por amigos y familiares, en el que tenían cabida además de su requinto de clavijas de madera, el tiple, la guitarra y la guacharaca –los instrumentos habituales de la música carranguera–, instrumentos extraños para dicha música como el clarinete, el acordeón, el fagot, el bajo y las percusiones menores.

Pero el crecimiento de La Murga se vio truncado porque ninguna casa discográfica se atrevió a grabar las nuevas canciones de Javier; fieles a su mala costumbre, los agentes de las oficinas de A&R de las disqueras solo vieron el dedo que apuntaba a Marte. Frustrado e incomprendido, Moreno disolvió el grupo y se sumió en una tristeza infinita. Asmático de nacimiento, silencioso, introvertido y aficionado mayor al sabor dulce del Pielroja, su salud se fue debilitando como consecuencia de una crisis asmática aguda y una depresión profunda que derivaron en un paro cardiorrespiratorio letal.

Javier Moreno Forero falleció el 5 de julio de 1985, tenía 33 años y un vasto universo musical por compartir. Su muerte y el dolor insondable que ocasionó en sus amigos más queridos pusieron en riesgo su memoria y su legado. Solo entre ellos resguardaron y protegieron el recuerdo de un músico atrevido: el requintista y mentalista de Los Carrangueros –en palabras de su coequipero Velosa–; el arquitecto, poeta, caricaturista y fotógrafo de sonrisa generosa y humor negro; el amante de lo “populárico”.

Para los demás, el testamento creativo de Moreno se remitía a su brillante y novedosa ejecución del requinto en los discos de Los Carrangueros y la autoría de cuatro canciones: El requinto carranguero, El cangrejito, Sabanera de ojos negros, El pastuso carranguero –escrito a cuatro manos junto a su tocayo Javier Apráez– y la pieza instrumental Flores para María. Muchísimos años más tarde internet les permitiría a los rebuscadores incansables descubrir versiones de canciones de Javier como Azulito aguamarina o Día rosa, que integran álbumes recopilatorios temáticos editados a comienzos de los años noventa. Lo que los demás desconocían era que el círculo íntimo de Javier también conservaba cuatro casetes con grabaciones caseras de Moreno en donde liberó su ingenio: ensayos rockeros para requinto, piezas inconclusas, experimentaciones y, como si se tratara de un artefacto preconcebido, un casete con doce canciones grabadas junto a La Murga, dicho en otras palabras: un disco o la idea de él.

Tres décadas más tarde, ese repertorio fue recreado, grabado y editado en un álbum titulado Barrio. Canciones de Javier Moreno que rinde homenaje a su creador y permite que el resto de los mortales disfrutemos de su obra. El disco fue ideado, concebido, financiado y producido por Fabio Forero, primo, amigo y colega de Javier, quien encomendó las grabaciones caseras de La Murga al joven requintista Marco Villarreal, integrante de la agrupación carranguera Los del Pueblo, para que se encargara de la producción y dirección musical. El resultado, después de tres años de trabajo y 30 de duelo, es un álbum precioso que recrea, casi con exactitud, las doce piezas que en su momento Moreno trabajó junto a La Murga, y que invocan y revelan el genio creativo, el espíritu luminoso y el carácter integrador de su autor.

Nombres destacados de la canción popular colombiana de los últimos 40 años como Lucía Pulido, Iván Benavides, Pedro Nel Amado –del legendario grupo de música campesina Los Amado–, Edson Velandia, Las Áñez y sus excompañeros Ramiro Zambrano y Jorge Velosa se sumaron a este homenaje que da cuenta de cómo las canciones de Javier Moreno trascendían la sonoridad carranguera para conversar de forma orgánica con las tradiciones musicales de otras regiones del país. Así, por ejemplo, Pelaíta, en la voz de Velandia, es un merengue joropiao, mientras que la encantadora Qué lindo es amar, interpretada por Las Áñez, es una rajaleña en tono mayor.

No menos importantes son las letras de las canciones. A diferencia de la evocación campesina de Los Carrangueros, junto a La Murga Moreno narró directamente vivencias urbanas como Atracan a Juanita, que cuenta las peripecias de una anciana en el centro de Bogotá, cantada por el tiplista Yeison Perilla, o La # 3, que relata una historia de chisme y traición. Como buen narrador, mientras Javier trabajaba en el mejoramiento de viviendas en barrios informales de Bogotá, también observaba y decantaba todo lo que ocurría a su alrededor. A su vez, y fiel a su interés por la tradición, Moreno rescata adivinanzas y coplas; aunque quizás sean las canciones de amor las que permiten apreciar su esencia contemplativa y pastoral.

Al margen de las canciones de Barrio o quizá gracias a ellas y a su autor, el disco, ese episodio concebido en los últimos tres años, tiene sus propias virtudes: después un cuarto de siglo de haber editado su último disco como dueto, Lucía Pulido e Iván Benavides –quien también fue integrante de los incipientes Carrangueros de Ráquira– vuelven a firmar un registro sonoro bajo el nombre mítico de Iván y Lucía. Caricias, un precioso poema de Moreno, arreglado por Villarreal, es uno de los momentos más emotivos de este trabajo. Otro de ellos es la canción que da título al álbum y que cuenta con la participación especial de Jorge Velosa; en ese merengue corralero que se funde y se confunde con un joropo, Moreno, en la voz de su otrora compañero, sintetiza de forma brillante y conmovedora la vida de los barrios populares de Bogotá, sus alegrías y sus lamentos que, 30 años después, se resisten al paso del tiempo.

De entre tantos capítulos maravillosos que contiene este álbum, de escucha obligatoria para todos los curiosos de la música nacional –especialmente para aquellos oídos ávidos de tesoros perdidos y rescatistas de la memoria discográfica de un país que sucumbe ante su oscuro presente–, el bonus track del disco es la única grabación profesional de La Murga: Atracan a Juanita, grabada en 1984 como parte de un sencillo que también incluyó Polita es bonita, encapsula un brevísimo pero delicioso instante en el que Javier Moreno interpreta el acordeón y hace coros, mientras conduce al resto del grupo, incluyendo a sus amigos Fabio Forero y Nacho Castro, hacia un momento de desorden impagable.

Si hay que encontrarle algún lunar a Barrio. Canciones de Javier Moreno, quizás sea la ausencia de unos textos más juiciosos sobre la vida y obra del homenajeado. Si bien incluye caricaturas del propio Moreno, se echan de menos unas notas, o incluso anécdotas, que junto a las canciones y las letras de las mismas, le permitan a quien se acerca al trabajo de Javier conocer su aproximación a la música popular desde sus días junto a Cantalibre, pasando por Los Carrangueros de Ráquira, hasta sus última etapa frente a La Murga. Pero eso es un apunte menor. Frente al descubrimiento de la obra de un autor adelantado a su tiempo, y ante un gesto de amor genuino como este disco, solo queda celebrar la vida y la música que se resisten al olvido y a la muerte. Que Javier Moreno está vivo –y como dicen sus Coplas del 7– “echen pólvora e’ colores y echen a volar los cuetes”.

*Periodista musical.

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