Joan Manuel Serrat nació en Barcelona en 1943. Foto: Getty Images / Robert Marquardt

Retrato del artista en el séptimo piso

En noviembre, Joan Manuel Serrat se presentará en Bogotá, Manizales, Cali y Medellín dentro de la gira internacional con motivo de sus 50 años como artista. Un perfil escrito por uno de sus mejores amigos lo celebra.

2015/10/23

Por Daniel Samper Pizano* Madrid

Por carambolas de la vida, Joan Manuel Serrat ofreció su último concierto en Madrid el 21 de septiembre. Tenía que haber cantado meses antes, pero una afonía inoportuna, una taquilla agotada, una agenda estrecha y el compromiso de cumplir lo obligaron a presentarse cuando estaba tensa Cataluña por unas elecciones separatistas y en España flotaba un amargo malestar por el movimiento de independencia catalán.

Escuche estas 5 canciones para celebrar los 50 años de carrera de Joan Manuel Serrat.

Hubo quien temió que algo de estos enfrentamientos se manifestara durante el concierto. Pero no pasó nada. Nada desagradable, digo. El Palacio de Deportes, repleto de abuelos, padres e hijos, se entregó a Serrat, cantó con él, se rio con sus chistes, le exprimió seis o siete bises y lo aplaudió incluso cuando interpretó algunas canciones en catalán, como suele hacerlo. A sus 71, y luego de dos operaciones de barriga abierta, se desempeñó en el escenario como si tuviera 20 diciembres: cantó, aporreó la guitarra y hasta bailó durante dos largas horas. Quién diría que el hombre está cumpliendo medio siglo como artista…

Quince días después, ya en México, señaló que es partidario de que Cataluña decida su futuro, pero se opone a la independencia. Para él la convivencia del catalán y el español “es tan natural como cortarse las uñas”. Una vez más este antiguo estudiante de Agronomía, hijo de un obrero de Barcelona y un ama de casa aragonesa, demostró que está por encima de las nacionalidades, de las lenguas, de las generaciones y hasta de la biología.

Serrat ha llegado a ser lo que propiamente se llama un clásico.

Llorar en catalán

El Nano, como lo llaman en Argentina, empezó su carrera de cantautor en medio de lamentos. “Ella se va lejos de mí/ y me deja solo, muy solo”. Lo decía en catalán y lo decía en 1965, cuando grabó su primer disco. Contenía tres canciones. La segunda estaba dedicada a su guitarra, su mejor compañera, que “canta cuando canto y llora siempre conmigo”. La tercera no era tan triste como las dos primeras, pero refrendaba un viejo tema romántico: el pañuelo que legó la amada. Ya lo habían trajinado otros compositores: el colombiano Jorge Añez en forma de bambuco, el puertorriqueño Tito Rodríguez en ritmo de bolero y el argentino Lalo Fransen en cadencia de rock lento. (Faltaba aún Y no regresas, almibarado paseo del Binomio de Oro donde el trozo de tela protagoniza un drama amoroso).

Doy un paso al lado para comentar que el catalán es una lengua que hablan 10 millones de personas. No resulta práctica para pedir empleo en Nueva York, explicaciones sobre el funcionamiento de la lavadora en Berlín, ni instrucciones para llegar al hotel en Shangái. Pero valdría la pena aprenderla solo por disfrutar de algunas de las canciones de Serrat. No esperen a que el autor las cante traducidas, porque él sostiene que cada lengua tiene su ritmo, su acomodo y su métrica y en el corral que nacieron han de quedarse.

En 2006 lanzó el disco Mô (Mahón), todo en catalán, que recoge, entre otros números, una larga y divertida canción a base de monosílabos. Es intraducible. En ese mismo disco grabó el adiós a su amigo Capgrós, el Cabezón. No hay duda de que la más bella elegía que ha cantado Serrat es la de Miguel Hernández a Ramón Sijé. Pero mucha atención a la que Joan Manuel compuso a su amigo Josep María Bardagí, el Cabezón, genial y sibarita. Allí se habla de un especie de fantasma que crearon juntos en Maison per entregues (Pesadilla por entregas) y que regresa a estorbar en sus predios al saber que Bardagí acababa de morir. “Me suplanta en el espejo cuando me estoy afeitando/Atraviesa paredes, me revuelve los cajones”. Copio enseguida el final, traducido al español por su propio autor, a sabiendas de que suena mejor en catalán:

Te espero a cenar. Te gustará el menú:

tracamondres, peixin, y marinet de postre.

Si él ha podido volver, ¿por qué no tú, Cabezón…?

¿Por qué no tú…?

Múltiples aguas

Siglo xx. Décadas de los sesenta y los setenta. No tardó Serrat en seducir a una generación que pedía cambios. La dictadura de Francisco Franco apuraba sus últimos tiempos, pero aún tenía fuerzas para enviar opositores al paredón. España era un convento custodiado por militares. A Serrat le prohíben cantar en catalán en el Festival de Eurovisión de 1968 y la censura oficial lo veta en la tv. En 1969 gana en Rio de Janeiro el IV Festival Mundial de la Canción con Penélope y empieza a construirse la leyenda.

Ese mismo año emprende su primera correría por América Latina y surge un interminable romance con el público del continente mestizo, hasta el punto de que desde entonces profesa ser “un latinoamericano nacido en Barcelona”. En 1975, perseguido por una orden de captura del gobierno, se exilia en México.

España y América Latina… castellano y catalán… canción francesa (chanson) y canción pop… Estas son algunas de las aguas múltiples en que se cuecen las canciones de Serrat. Su música es de todas partes. En ella resuenan ecos de rock, de pasodoble, de vals, de flamenco, de copla, de bolero, de salsa, de tango, de carnavalito, de foxtrot, de son… Ha cantado hasta vallenato, en su disco Cansiones.

Serrat recuerda, renueva y acumula. Ahora, con más sabiduría y serenidad que antes, sigue haciendo camino al andar. Suma y suma canciones, pero no cambia el espíritu que las anima desde el origen. A sus primeras protestas juveniles, por ejemplo “Pueblo blanco”, “Pare”, “A usted”, añade luego, entre otras, las de “Niño silvestre”, “África”, “La gente va muy bien”…

Fe de vida

Al contrario que otros cantautores y poetas, que empiezan la vida contentos y se van volviendo cenizos con el paso del tiempo, las canciones más nostálgicas de Serrat son las de su adolescencia. “Balada de otoño” y “Palabras de amor” surgieron en 1969; “Mi niñez” y “Si la muerte pisa mi huerto”, en 1970; “Qué va a ser de ti”, en el 71. Era entonces un sardino con añoranzas dignas de cuarentón. En cambio, ya corría hacia la meta volante del sexenio cuando compuso “Fe de vida”, que proclama lo que su nombre indica; también “Qué sería de mí sin ti” y esa joya que se titula “Es caprichoso el azar”. Canciones de amor realizado, canciones descaradamente optimistas. Hace más de veinte años que cumplió veinte años de haber compuesto Ahora que tengo veinte años (Ara que tinc vint anys) y ya no es el adolescente melenudo que desvalija a los padres del amor de la niña consentida, sino el enamorado que se resigna al olvido y lo que ahora llaman “la invisibilidad”. Escribe entonces en una de sus mejores canciones, “Entre un hola y un adiós”:

Me halaga que me recuerdes

como tu primer amor

aunque tal vez me confundes

con algún otro señor.

Sigue imaginando personajes. En el altar de sus criaturas entrañables, donde antes había guindado al tío Alberto, a Penélope y a Curro el Palmo, encontramos ahora a Princesa, la niña que quiere triunfar en un concurso de televisión, a la indiferente bella del metro y al finado Benito y su anónimo compañero de hambres y desventuras. Engorda también la lista negra de sus antipatías, a las que suele despellejar con el bisturí del humor para que brote menos sangre: a los políticos de “Algo personal” (1983) y al lagarto proverbial de “Yo me manejo bien con todo el mundo” se han añadido “Buenos tiempos” y “Los macarras de la moral” (1998).

Hace medio siglo, Serrat denunciaba. Ahora se gradúa de pitoniso. Así lo prueba aquella exacta profecía de “Disculpe el señor” (1992), que no hace más que anticipar en dos décadas lo que Europa mira hoy con ojos desorbitados:

Disculpe el señor,

se nos llenó de pobres el recibidor

y no paran de llegar

desde la retaguardia, por tierra y por mar (…)

¿Quiere usted que llame a un guardia y que revise

si tienen en regla sus papeles de pobre?

Entre casa

Instalado en el séptimo piso, Serrat continúa fiel a Serrat. Solo han cambiado un poco las apariencias. Se le ha despejado el cogote, tiene unos kilos de más y ya no se toma fotos haciendo equilibrio en un puente sobre la autopista. Ahora es un marido solícito y un padre y abuelo cariñoso que tiene a su hijo Queco en el equipo que lo acompaña y habla a diario con sus dos hijas por larga distancia. María es periodista en Londres y Candela, actriz en Madrid. A veces, cuando está de gira, llama a Yuta, su mujer, y le pide que haga ladrar en la bocina a Pepe, un perro con cara de enano chino en el que ha puesto la familia todas sus complacencias.

Permanece apegado a los surcos, aunque sea por vocación y no –mal asunto en un catalán– para ganar dinero. Le fue mal como productor de vino y su finca en Menorca cría las doce lechugas y los veinte melones más costosos del mundo. De vez en vez, como a todo español que se respete, se le sube una agriera de mal genio. Pero casi siempre es un tipo afable que, cuando no está trabajando, adora comer bien, navegar, ver partidos del Barça y reír con sus amigos. Eso sí, dícese que en reuniones con sus cuates jamás empuña la guitarra, ni siquiera por cortesía, para entonar “Mediterráneo”, elegida la mejor canción española de los últimos cien años, o aunque fuera “Clavelitos”, que nos la sabemos todos.

El reino de este mundo

En sus bodas de oro profesionales, Joan Manuel Serrat sigue siendo rebelde, libertario, irónico y romántico. Hace buena pareja con su compadre Joaquín Sabina, que es escéptico, perdedor, satírico y descocado. Dos pájaros que se quieren y se complementan.

A la gente le da por escribir su autobiografía al alcanzar ciertas alturas de la vida. No es el caso de Serrat. Él viene cantándola desde el primer disco. Se describe a sí mismo en “Malas compañías”, apunta el almanaque en la serie de los vint anys e incluso explora a aquel que camina a su lado oculto en un callejón oscuro. Ese otro yo se llama Tarrés, un sinvergüenza encantador que no paga sus cuentas y habla pestes del sosias a pesar de vivir a sus expensas. Nada de lo cual le impide confesar que sin Tarrés “llueve en el corazón/ no baila mi mujer/y se calla la canción”.

Al cabo de 50 años de ocupar el trono de los cantautores españoles y latinoamericanos, Joan Manuel Serrat ya no pertenece a este mundo. Ahora habita en la esfera de los grandes y más populares trovadores modernos. Está sentado a la diestra de George Brassens, muy cerca de Jacques Brel, Charles Aznavour, Leonard Cohen y Chico Buarque de Hollanda.

Desde allí reina por todos los medio siglos de los medio siglos. Amén.

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