John Zorn nació en Queens, Nueva York, en 1953. Su banda, Masada Marathon, está en parte inspirada en los mandatos de la Torá.

¿Quién es John Zorn?

Celebrado como uno de los compositores emblemáticos de los últimos tiempos, a los 62 años John Zorn sigue trabajando. Sale de gira, hace la curaduría de Stone –su mítica sala de conciertos–, y edita al menos cinco discos suyos al año.

2015/09/16

Por Luis Daniel Vega* Bogotá

Rodeado de su imponente colección de discos, el compositor y saxofonista norteamericano John Zorn (Queens, 1953) trabaja desde hace más de 40 años en su apartamento ubicado en Alphabet City, un antiguo y peligroso barrio del East Village en el bajo Manhattan. Allí, en el edificio donde vivieron Allen Ginsberg y Jack Kerouac, en el mismo vecindario donde deambulaba Charlie Parker, Zorn permanece imperturbable, alejado de las distracciones del mundo. No tiene hijos, su familia son los músicos que lo han acompañado durante más de tres décadas, no tiene televisor, no lee revistas y tampoco ojea los periódicos. Su rutina diaria se reduce a levantarse muy temprano, resolver algunos entuertos de oficina, leer un poco, ir al cine o al museo, comer algo, y a eso de las tres de la tarde (hasta la madrugada), dedicar todas sus energías al oficio creativo. Como si de un asceta se tratara, John Zorn ha decidido aislarse del ruido exterior para concentrarse exclusivamente en la música y todas las tangentes que de ella derivan.

Con todo esto uno creería que John Zorn es un artista iluminado, ermitaño, amargado y solemne. Al contrario, a los 62 aún viste de chamarra de cuero o saco de capota, camiseta, pantalones camuflados y zapatos deportivos. Gusta de la comida japonesa, va a muchos conciertos, hace negocios y, sobre todo, le gusta trabajar duro: “(…) trabajo 24 horas al día. Incluso cuando duermo estoy trabajando. Mientras hablo con usted trabajo. Voy a comer, tengo una discusión con alguien, hablo de música, de arte. Siempre estoy trabajando. Mi vida es trabajar. Por eso estoy aquí. Es muy fácil. Elijo trabajar… no me voy de vacaciones”. Esta sencilla y casi patológica confesión que el periodista Bill Milkowski le sonsacó en una entrevista para la revista JazzTimes viene bien para entender su desmesurada obra musical que, como si fuera un “formidable collage cagiano”, está construyendo desde 1973.

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En oposición a la dogmática movida de música clásica moderna que se practicaba en el uptown y el midtown de Nueva York –específicamente en lugares como Juilliard, el Lincoln Center y la Universidad de Columbia– durante las décadas de los cuarenta y cincuenta, surgió un movimiento de música experimental que se rebeló ante la rígida pompa de la tradición clásica y moderna europea que, después de la Segunda Guerra Mundial, se había tomado como modelo estético dentro de la comunidad de compositores norteamericanos. En medio de este clima virulento y discriminatorio, los conceptos subversivos explorados por John Cage en la década de los cincuenta, además de la influencia de Marcel Duchamp, incitaron a muchos artistas a crear espacios más flexibles, alejados de la retórica de la música clásica europea y las convenciones comerciales de la música pop. Surgieron en 1961 la serie de conciertos Chambers Street –realizados en el loft de Yoko Ono y curados por el compositor La Monte Young– donde se estrenaron obras de algunos artistas que luego se involucraron con el movimiento Fluxus. Se empezó a hablar de la música del downtown, palabra que, más allá de referirse a un género musical específico, sugiere un estado de ánimo, una práctica interpretativa y un vanguardismo sincrético abierto a la espontaneidad, el performance, la experimentación, el ruido, el cruce de disciplinas artísticas y la influencia de músicas populares como el rock y el jazz.

Asociado directamente al devenir estético e histórico de la música experimental en Nueva York, el espíritu de la controvertida downtown music –término acuñado por el crítico y compositor Kyle Gann- se instaló en John Zorn, quien arribó a Manhattan a mediados de la década de los setenta. En una atmósfera de creatividad febril, el joven compositor, que apenas frisaba los 20 años, asistió a conciertos en The Kitchen, Artist Space, Knitting Factory, Roulette, el loft RivBea de Sam Rivers y bebió, también, del minimalismo de Steve Reich y Philip Glass, el conceptualismo de Yoko Ono y Robert Watts, el performance de Laurie Anderson, el totalismo del colectivo Bang on a Can, el rock experimental o no wave de dna, Glenn Branca y Sonic Youth y la improvisación libre de Terry Riley, Elliott Sharp y Pauline Oliveros.

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Desde sus primeras grabaciones en 1973 –que vieron la luz finalmente en 1995–, Zorn manifestó su interés por la herencia del free jazz afroamericano, los collages de cintas y la música concreta de Varesse. En los ochenta se inventó los llamados game pieces, un método de composición aleatoria basada en cartas y señales y grabó varios discos de jazz. También en esa década, reinterpretó la música de Ennio Morricone e inició una larga serie de bandas sonoras para documentales, películas subterráneas, anuncios de televisión y dibujos animados. Más tarde incursionó en el hardcore punk y el grindcore con Naked City y Painkiller, aventura que cristalizó a mediados del nuevo milenio con su aterrador trío Moonchild.

Todo esto, sumado a la onda instrumental de Les Baxter, música para niños, un desconcertante rango de composiciones camerísticas y orquestales (conciertos para piano, violín, chelo y voz, cuartetos de cuerda, música vocal, réquiems profanos y sonatas), música de Navidad e improvisación electroacústica, lo dejan ver como un dínamo hiperactivo que no conoce límites. Aunque esta abrumadora obra que lo respalda lo ha puesto en otro sitio más allá del músico marginal de culto, ha sido el proyecto Masada con el que ha alcanzado gran repercusión mediática en los últimos 20 años y con el que se presentará en Bogotá el 3 de octubre en el Teatro Colsubsidio Roberto Arias Pérez.

Llamado como la fortaleza natural donde se refugió y se suicidó la secta judía de los zelotes, perseguida por los romanos en el siglo I, Masada es un proyecto monumental construido a la manera de los cancioneros de Burt Bacharach y Thelonious Monk, e inspirado en el free, el surf, el punk, el klezmer, sonidos balcánicos, gitanos y árabes. Entre 1993 y 2009, Zorn escribió 613 canciones que desde la numerología corresponden cada una a los 613 mandatos de la Torá. Las primeras 200 composiciones le dieron renombre al cuarteto Masada, una banda mítica en la que se condensa la fuerza y el éxtasis devocional del klezmer. La segunda parte titulada “The Book of Angels” contiene 300 piezas inspiradas en la demonología y la mitología judeo-cristiana, interpretadas por más de 20 formatos instrumentales distintos e incluidas en una hermosa colección de 25 discos editados por Tzadik, el sello discográfico de Zorn, donde se han publicado más de 600 referencias en las que no solo expone abiertamente su obra sino que nos revela algunos de los nombres más inquietantes en el panorama contemporáneo del jazz, la composición, el klezmer de avanzada, el rock y el ruidismo. Recientemente el ciclo se completó con el estreno de “The Book of Beriah”, un nuevo capítulo en el que a sus más entrañables colaboradores (Marc Ribot, Greg Cohen, Dave Douglas, Joey Baron, Uri Caine, Erik Friedlander, Mark Feldman, Cyroo Baptista, Trevor Dunn, Sylvie Courvoisier) se les ha sumado una generación nueva y fresca, como los mexicanos Klezmerson, el grupo vocal Mycale, Abraxas y el grupo de afrobeat Zion 80.

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Enfrentarse a la obra del compositor supone localizarnos en el centro mismo de la polémica posmodernista. Zorn ha creado su propia tradición jugando al bricolaje, la ironía, el pastiche y la contradicción. Al mismo tiempo, sus tácticas polémicas de autopromoción, su carisma iconoclasta, su enfrentamiento radical tanto con el nuevo contexto musical dominado por los medios como con el pasado y la misma vanguardia lo instalan en franco diálogo con la ruptura, lo extremo y un lugar del arte que para él permanece inacabado. De allí que su obra sea colosal e inaprensible y que, además del ilimitado archivo sonoro sin tiempo ni geografía que puebla su cabeza, aparezcan cientos de referencias inverosímiles que nos sitúan en el punto equidistante donde su universo musical-esotérico aturde y encanta: las pinturas extáticas de William Blake, los escritos mágicos de Giordano Bruno, la síntesis alquímica de Harry Smith, la ontología estructural de Richard Foreman, la intuición hermética de Joseph Cornell, la poesía insurrecta de Rimbaud, la numerología, la cábala, el ocultismo, Walt Whitman, Bataille, Gurdijef, Heligábalo, Lewis Carroll, El cantar de los cantares, Shakespeare, Jean Cocteau, la filosofía gnóstica de los archivos Nag Hammadi, Aleister Crowley, Godard y Antonin Artaud. Quien se sintoniza en este viaje, no tiene vuelta atrás.

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